Capítulo 32
Kenia pasó una semana en reposo tras someterse al legrado.
Una semana en la que no dejó de darle vueltas a la idea de si había obrado bien o mal.
De todas formas, ya estaba hecho. Se había librado del niño y podría continuar con su vida.
Dunia, Chloé y Mireia habían pasado a visitarla todos los días.
A pesar de que no estaba sola en su piso, pues tenía a su compañera Alejandra —a quién le había dicho que debía guardar reposo por un problema de hígado, del que siempre había estado algo delicada—, las chicas de la agencia no quisieron abandonarla a su suerte.
Se había creado una fuerte amistad entre ellas y, aunque Kenia ya no trabajase en la agencia, todas deseaban seguir manteniendo el contacto.
A la clínica la acompañó Mireia, quien había pasado por una situación similar con una hermana.
—Pero lo de mi hermana fue aborto natural —le explicó su amiga—.
Y le dieron unas pautas que debía seguir, como por ejemplo, guardar reposo, nada de baños, ni relaciones sexuales en quince días por lo menos.
No sé yo si en un sitio de estos — dijo refiriéndose a la clínica— te darán esas instrucciones, por eso quiero estar contigo y que sepas qué tienes que hacer.
Kenia le agradeció en el alma sus consejos y no estar sola en esos momentos. Echaba de menos a Breixo, pero él estaba lejos y no iba a volver en mucho tiempo.
Tras cortar su última llamada, él insistió durante la siguiente media hora con más llamadas y mensajes de texto.
Finalmente, Kenia desconectó el móvil. Su exnovio la estaba saturando con su insistencia y ella no quería pensar en nada en esas horas previas al aborto.
No deseaba que nada le hiciera dudar de su decisión, así que hablar con Breixo no era lo más oportuno.
Aunque sus amigas tampoco estaban muy de acuerdo, bueno, Chloé sí —ella hubiera hecho lo mismo—, pero Dunia y Mireia no compartían su decisión. Aun así, respetaban su idea y la apoyarían en cualquier caso.
—¿Aún sigues sangrando? —le preguntó Mireia aquella tarde, cuando fue a visitarla.
—No, hoy ya no. —Kenia se quedó un momento en silencio y, después, añadió—. Creo que es el momento de volver a la normalidad. Se acabó la semana de luto. Además, tengo que ir a casa de Breixo y recogerle todas las cosas para mandárselas a Galicia. Se lo prometí.
—No deberías haber roto con él —la riñó Mireia. Su tono sonó cariñoso, pero Kenia sabía que en realidad su amiga estaba enfadada con ella por esto.
—Es lo mejor. No puedo continuar con nuestra relación después de lo que he hecho; sabiendo que él no estaba de acuerdo y que intentó convencerme por todos los medios de lo contrario.
—Al menos, podías haber esperado un poco más, haber viajado hasta allí para estar junto a él en el sepelio de su padre y habérselo dicho a la cara.
No se rompe una relación por teléfono. Y menos cuando la otra persona está en un momento difícil.
Era la puntilla que le faltaba al pobre chico.
Su padre muere, su novia aborta y encima lo deja.
Te has lucido, bonita —continuó recriminándola en el mismo tono dulce de antes.
—Mireia, ya no puedo cambiar lo que he hecho. Era lo mejor para todos —afirmó ella, cabezota.
Pero en su interior una voz le gritaba que se había equivocado en todo, que había hecho las cosas mal y que el joven no querría verla nunca más después de aquello.
—Bueno, ¿me acompañarás al piso de Breixo para empacar sus cosas?
···
Al día siguiente, entre Kenia y Mireia lo recogieron todo.
Breixo tenía pocas cosas allí. Los libros de texto de la facultad, algunos cd de música, ropa y calzado —todo de marca—, un par de fotos con su familia en el pueblo…
Lo metieron en varias cajas y las precintaron. En cada una de ellas, colocaron pegatinas con el nombre del chico y la dirección.
Cuando Kenia estaba terminando con la última, Mireia apareció desde la habitación con algo en las manos.
—¿Y esto? —preguntó con una cajita forrada en tela de rayas azules, rosas y blancas—. Dentro hay unos patucos de bebé, de lana blanca. No me digas que ya habíais empezado a comprar cosas para el bebé.
Kenia se alzó del suelo en el que estaba sentada, sobre una alfombra. Mireia le entregó la caja.
—No. Bueno… Breixo los compró en un impulso unos días antes de hacerme el test. Como ya sospechaba que yo estaba embarazada…
quiso… —Se le formó un nudo en la garganta por la emoción de ver aquellas diminutas prendas destinadas a cubrir los piececitos del que hubiera sido su bebé y el de su exnovio, y tuvo que hacer un esfuerzo por continuar hablando—…
Quiso tener algo para celebrarlo llegado el momento.
—Joder, Kenia… —Su amiga continuaba llamándola por su seudónimo de vez en cuando en lugar de hacerlo por su nombre real, que ya conocía a esas alturas de su relación amistosa.
—Ya lo sé. Sé que he cometido un error, pero tengo que asumirlo y continuar con mi vida. Lo hecho, hecho está. No puedo cambiar el pasado.
Gruesas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas. Al limpiárselas, reparó en que aún llevaba puesta la pulsera de oro blanco que le regaló su exnovio el día de su cumpleaños.
Se quedó observando la joya, en el silencio que se había creado a su alrededor, con la caja que contenía los patucos en la otra mano.
Rompió a llorar más fuerte y Mireia la envolvió en un abrazo para reconfortarla.
—La he cagado, ¿verdad? —preguntó a su amiga.
—Pues sí. Pero la cuestión ahora es, ¿qué vas a hacer? ¿Intentarás arreglarlo con Breixo o serás una cobarde y no lo harás?
Iba a ser una cobarde.
No tenía el valor suficiente para ir a Galicia y pedirle perdón a Breixo por lo que había hecho.
—No. No lo haré. No puedo enfrentarme a él. Ver la decepción en su cara… No, no puedo. —Sollozó—. Quítame la pulsera y métela en la cajita con los patucos. Se lo devolveré también.
—Otro error más, Kenia. ¿Cuándo vas a empezar a hacer las cosas bien en tu vida?
No pudo contestar, pues el teléfono sonó y cortó la respuesta de la joven. Inspiró hondo para controlar las lágrimas y contestó cuando lo consiguió. Tras escuchar unos segundos, colgó.
Miró a su amiga y en apenas un susurro declaró:
—Jessica ha fallecido.