Capítulo 31
—Kenia, han hallado a mi padre. Está… muerto.
A Breixo se le quebró la voz. Rompió a llorar como un niño pequeño. Se sentía perdido, desconsolado y enfadado con la vida; con el mar que se había llevado a su padre.
—¡Dios mío! Lo siento mucho, cariño —susurró Kenia al otro lado del teléfono.
Lo escuchó llorar su dolor durante varios minutos, impotente por no poder hacer nada por él.
Cuando su novio se calmó, le pidió que empaquetara todas las cosas personales que había en su piso —Kenia tenía una copia de las llaves de la casa donde vivía el joven— y se las enviara a su pueblo, en Coruña.
—Cuando las tengas todas preparadas, dímelo para mandar a una empresa de paquetería y que las recoja.
—Sí, no te preocupes. Pero ¿cómo está tu familia?
—Estamos todos destrozados. Aunque sabemos que esto podía ocurrir cualquier día. Es el riesgo en la vida de un pescador.
—Lamento mucho todo por lo que estáis pasando.
—¿Has pensado en lo que te dije? ¿Sobre venirte a vivir aquí? —quiso saber Breixo.
Ella inspiró hondo.
Sabía que al joven no le iba a gustar su decisión, pero era lo mejor para todos. De la manera en que estaban sus vidas en esos momentos, no podía hacer otra cosa que la que iba a hacer.
—Escucha —comenzó diciendo—: No hay nada que pensar. La respuesta sigue siendo la misma. No me voy a ir contigo a Galicia.
—Pero…
Intentó hablar él; sin embargo, ella no lo dejó.
—No me interrumpas, porque si lo haces, no seré capaz de decirte todo lo que tengo que decirte. No me voy a ir contigo a tu pueblo —repitió— y además… voy… el bebé… voy a abortar.
—¡No! —gritó Breixo al escucharla.
—Tengo cita para esta tarde. Me practicarán un legrado y todo se acabará. Un problema menos que tendremos los dos —continuó hablando ella.
—¡No! ¡Maldita sea! ¡No puedes hacerlo! —continuó gritando el joven—. ¡También es mi hijo! ¡No puedes deshacerte del bebé como si fuera una cosa usada e inservible!
—Breixo, tú no estás aquí y con todo lo que está pasando… Además, no sé ser madre. Y todos los planes de futuro que tengo… No cargaré con un error de por vida.
—Escúchame bien, Kenia —escupió, mordiendo cada una de las letras por la rabia que le inundaba el cuerpo—.
También es mi hijo y yo tengo derecho a decidir sobre él.
Si abortas, estarás matando el fruto de nuestro amor, aunque fuera un accidente, pero es algo nuestro.
Forma parte de ti y de mí. Lo hicimos con todo nuestro cariño, aunque no supiéramos que estábamos creando una vida.
No lo hagas, por favor, no te conviertas en una asesina.
—No soy ninguna asesina —masculló enfadada—. Es mi cuerpo. Yo decido.
—No me vengas ahora con ese rollo feminista. ¡Estás matando a nuestro hijo!
Kenia inspiró hondo.
—Muchas gracias por todo este tiempo a tu lado. He sido una mujer muy feliz. Espero que todo te vaya bien en la vida. Adiós —se despidió y colgó mientras amargas lágrimas acudían a sus ojos y descendían por sus mejillas.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó en el borde de la cama, llorando desconsolada.
Era lo mejor para todos.
¿Verdad?