Cuando te falte mi piel Capítulo 30
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Capítulo 30

Aroa sabía que el vello en los genitales de la víctima coincidiría con el de Alonso, como así se comprobó con la prueba de adn.

Pero aún faltaba saber a quién pertenecía el femenino hallado en el pubis de Tamara Aragón.

Esperaba que la mujer fuera la asesina de la prostituta de lujo y así poder cerrar el caso.

Había otra posibilidad y es que fuera el propio Alonso, pero no quería pensar en ello. A lo mejor su superior se dio cuenta del engaño de la chica y en un arrebato la mató.

Pero albergaba la esperanza de que no hubiera sido él. Era una persona íntegra… Mejor dicho, lo había sido, porque descubrir que él frecuentaba a la prostituta de lujo le había bajado de ese escalafón.

Llamó a la agencia a la que pertenecía la escort para que le facilitaran por email un listado de las clientas, pero Mireia le dijo que todos los que contrataban los servicios eran hombres.

Sin embargo, Aroa sabía que en este tipo de sexo de alquiler también intervenían las parejas de los clientes.

En más de una ocasión, a las chicas las contrataban para dar placer tanto al hombre como a la mujer, aunque en el listado solo figurase el nombre masculino.

Así que tuvo que citar de nuevo a los clientes y preguntarles si cuando Tamara les proporcionó sus servicios sexuales estaban solos o acompañados.

Hubo varios que contestaron afirmativamente. Así que citaron a sus parejas y tomaron muestras del cabello de esas mujeres para analizar. Los resultados de adn tardarían unos cuantos días.

Cada vez se complicaba más el asunto y ella estaba impaciente por resolver el crimen.

Ese caso la estaba tocando de lleno en cada fibra de su ser y necesitaba desahogarse. Llevaba unos días muy agobiada con todo y volver a ver a Gabriel no le había puesto las cosas fáciles.

Pero esa noche se dijo que iba a desquitarse.

Abrió el armario y rebuscó entre la ropa hasta que halló un vestido rojo, que se ceñía a su silueta marcando sus curvas escandalosamente; largo hasta medio muslo y con un vertiginoso escote.

Se maquilló y se peinó recogiéndose el pelo en una coleta alta.

Antes de salir de casa, comprobó que llevaba todo lo necesario.

Llaves, móvil, labial por si tenía que retocarse el carmín, etcétera.

Se miró en el espejo que había al lado de la puerta de entrada y la imagen que este le devolvió fue sumamente atractiva y provocadora.

Cogió su abrigo negro y el bolso, y salió.

Condujo hasta Delirium con el sonido del rock alternativo de Paramore y su Decode taladrándole los oídos.

Tras superar al matón de la entrada a la discoteca, se dirigió al despacho de Gabriel con prisa.

Sin detenerse a llamar, abrió la puerta. No sabía si él estaría solo o acompañado como las otras veces, pero le daba igual. Esa noche había ido a satisfacerse y no regresaría a su casa sin haberlo conseguido.

Por suerte o por desgracia, Gabriel estaba solo. Sentado tras su escritorio, alzó la cabeza al escuchar cómo se abría la puerta.

—Aroa —dijo sorprendido.

Ella cerró y fue a su encuentro, al tiempo que él se levantaba del asiento de cuero.

—No te muevas —le ordenó la inspectora, quitándose el abrigo y dejándolo en un lado del sofá junto con el bolso.

—¿Ocurre algo? —quiso saber el empresario, obedeciéndola y quedándose quieto en su sitio.

Cuando ella se colocó entre el cuerpo de Gabriel y la mesa, lo obligó a volver a sentarse, empujándolo en un hombro hacia el asiento.

Después, se sentó en el borde del escritorio mientras el empresario la miraba confuso por su conducta.

Aroa levantó las piernas y apoyó los pies en la madera de la mesa.

—Necesito un desahogo, Gabriel. Hazme disfrutar. Haz que me olvide de todo —gimió al tiempo que abría los muslos para mostrarle su sexo desnudo y anhelante.

Una lenta y seductora sonrisa se extendió por la cara del dueño de Delirium. Los ojos le brillaban con deseo al tener por fin a Aroa de aquella manera que había soñado durante tanto tiempo.

—Con mucho gusto, cielo —se relamió antes de inclinarse hacia su pubis y posar la boca sobre los pliegues femeninos.

Con el primer lametón, Aroa vio las estrellas.

Gabriel la agarró de los muslos y la abrió todavía más para poder meterse mejor en el hueco de sus piernas.

La segunda vez que su lengua entró en contacto con el sexo desnudo de Aroa, ella creyó que iba a explotar.

Pero aún faltaba.

Gabriel no iba a dejar que llegase al clímax tan pronto.

Continuó bebiéndose los fluidos de Aroa mientras ella se apoyaba con las manos en el escritorio y jadeaba con la cabeza echada hacia atrás. Sus neuronas fundiéndose poco a poco por el increíble placer que estaba recibiendo. El remedio perfecto para su dolor.

Sabía que había hecho bien en acudir allí. Solo Gabriel era capaz de comerla así. A pesar de haber tenido otros amantes en todos esos años que habían estado separados, ninguno estuvo a la altura del empresario. Nadie lo hacía mejor que él.

El sabor de Aroa era adictivo. Sentirla de nuevo en su lengua estaba haciendo que a Gabriel le creciese la erección a la velocidad del rayo. Escuchar los sonidos de su placer conseguía reducir a cenizas hasta el último de sus pensamientos.

Con las terminaciones nerviosas totalmente revolucionadas, Aroa agarró de la cabeza a Gabriel y lo alzó para besarle en los labios, terminando de desatar su pasión.

Él coló un dedo en la hendidura de la inspectora, rozándole con el pulgar el clítoris, presionando para darle la estimulación que requería, mientras no dejaba de recorrer su boca con expertas caricias húmedas.

Aroa le mordió los labios, queriendo comerse a ese hombre que tanto placer le estaba dando.

El despacho entero se llenó con los jadeos y gemidos de los dos amantes, al tiempo que el viciado aroma del sexo se extendió por la habitación.

—Fóllame —le pidió ella despegándose de sus labios pocos centímetros.

Él asintió, clavando sus ojos encendidos de deseo en los iris castaños de Aroa.

Sacó de un cajón del escritorio un preservativo. Se bajó el pantalón, junto con el slip y su miembro saltó contento al verse libre de la ropa que lo comprimía.

—Tu polla se alegra de verme —ronroneó Aroa.

—Sí, es que te echaba mucho de menos, igual que yo. Gracias a Dios que has vuelto —repuso él, desenrollándose el condón sobre la dura erección.

Cuando estuvo listo, agarró a la inspectora por la cintura y la arrastró todavía más hasta el borde de la mesa. Se insertó en ella con rapidez y ambos gimieron.

—En todos estos años no he podido dejar de pensar en tu boca —susurró Gabriel antes de apoderarse otra vez de sus labios.

Comenzó a entrar y salir de ella lentamente, alargando el momento de placer al máximo. Aroa rodeó sus caderas con las piernas para unirse más a él.

—Tampoco he perdido las ganas de quitarte la ropa —jadeó Gabriel, tirando del vestido para sacárselo por la cabeza.

Cuando comprobó que tampoco llevaba sostén, una sonrisa canalla se apropió de su cara.

—Sigues siendo la misma niña descarada de siempre.

—Calla y fóllame —ordenó la inspectora.

Atrapó su boca para que él no pudiese seguir hablando mientras pegaba su pecho desnudo a la camisa de Gabriel.

El calor que ambos sentían se iba propagando ardiente por sus venas, quemándolos.

Gabriel la agarró de la coleta y tiró de ella para que Aroa tuviese disponible su garganta. Abandonó los labios exigentes de la inspectora y regó de besos todo el mentón, bajando por su cuello, dejando un río de fuego por donde pasaban sus labios.

Aroa comenzó a pelearse con los botones de la camisa negra que él llevaba.

Desquiciada por el ansia de sentir la piel de su amante en contacto con la suya, dio un fuerte tirón y los malditos botones salieron desperdigados por todo el despacho.

Le bajó las mangas por los brazos, tironeando de ellas, haciendo que Gabriel la soltara del pelo.

—Shhh, tranquila, fierecilla, tenemos toda la noche… —intentó calmarla él.

—Yo no tengo toda la noche. Solo tengo este momento.

Aroa se lanzó de nuevo a por los labios de Gabriel mientras él continuaba entrando y saliendo de su sexo con una lentitud desesperante. Ella le dio un empujón en el culo con sus pies para que aumentase el ritmo de sus embestidas, pero el empresario no hizo caso.

Salió de ella y Aroa gimió de frustración.

—¿Por qué te separas ahora? —se quejó.

Gabriel no contestó. Aprovechó la distancia para liberarse de los zapatos, pantalones y demás, y quedarse como su madre lo trajo al mundo.

—Así estaremos más cómodos los dos —comentó él, agarrándola de la cintura para insertarse en ella de nuevo.

Con Aroa anclada a su cuerpo, se dirigió al sofá y se sentó con ella encima.

Mientras esta lo cabalgaba con un movimiento de caderas que lo estaba volviendo loco, Gabriel se apoderó de sus pezones, lamiendo y mordisqueando alternativamente.

Atormentándola con las húmedas caricias de su lengua, al tiempo que ella sentía el efímero caminar de los dedos del empresario por su espalda.

Cuando estos llegaron a la cabeza, Gabriel tiró de la goma que la sujetaba el cabello, que cayó desparramado alrededor de su cuerpo.

La habitación entera vibraba con la pasión de los dos amantes; esos dos diablos que se estaban consumiendo en el fuego del infierno.

Cuando ella alcanzó su orgasmo gritó en medio del frenesí sexual que sentía extenderse por cada poro de su piel, recorriéndola como lava ardiente.

Gabriel se unió a su orgasmo al notar en su miembro los espasmos del éxtasis y abrazó a Aroa con fuerza, sin querer dejarla ir.

Ella apoyó la frente sobre la del hombre y cerró los ojos, abandonada por completo a su placer.

Permanecieron así algunos minutos, con sus respiraciones relajándose y los corazones recuperando el latido normal. Cuando notó un hormigueo en los labios producido por los pequeños besos que Gabriel le daba, abrió los ojos y se despegó de su frente.

—Gracias.

—No hay de qué —respondió él con una perezosa sonrisa.

Aroa hizo amago de bajarse del regazo de Gabriel, pero él la detuvo.

—No tan rápido.

—Ya hemos terminado.

—Habrás terminado tú. Yo no —la informó.

Ella abrió los ojos como platos al escucharlo.

—¿Quieres un segundo asalto? —le preguntó.

—Y un tercero y un cuarto y que te quedes conmigo para siempre, para poder hacerte el amor todas las noches igual que esta. Para que despiertes conmigo en tu interior como estoy ahora. Para amanecer juntos todas las mañanas del resto de nuestras vidas.