Cuando te falte mi piel Epílogo
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Epílogo

Ocho meses después…

Gabriel estaba entusiasmado. Esa mañana, Aroa le había despertado con una gran noticia.

—¿Qué es eso? —preguntó, aunque sabía de sobra lo que contenía la caja.

—Son los patucos de bebé que compraste hace más de veinte años para nuestro primer hijo.

—¿Y por qué los has sacado precisamente ahora?

—Bueno, el otro día los encontré por ahí y decidí tenerlos más a mano. Sabía que este día llegaría.

Hizo una pausa en la que su marido la miró con expectación.

Se habían casado hacía cuatro meses en una ceremonia civil en el Torreón del Monje, en Mar de Plata, tal y como soñaron una vez.

La luna de miel la pasaron recorriendo Estados Unidos, como le prometió Gabriel a Aroa al poco de reencontrarse y retomar su relación.

—¿Estás…? —quiso saber él, sin acabar la pregunta.

Una alegre sonrisa se extendió por la cara de ella.

—Sí, lo estoy.

Gabriel la abrazó con toda la felicidad del mundo inundando su cuerpo. Dio un grito de alegría mientras la alzaba del suelo agarrándola por la cintura para dar una vuelta sobre sí mismo con ella bien pegada a su torso, riendo a carcajadas.

Pero de pronto se detuvo y poniéndose muy serio, añadió:

—No podré acompañarte en el paritorio. Seré un estorbo inútil y no quiero que me tengan que atender a mí en lugar de al bebé y a ti.

—No te preocupes. Tienes nueve meses para superar tu hematofobia. Mejor dicho, tienes siete meses y medio porque estoy de algo más de un mes.

—¿Crees que lo conseguiré? Si no lo he logrado en tantos años… —dudó Gabriel.

—Con lo cabezota que eres, estoy segura de que así será. Además, el premio es el mejor del mundo. Verás nacer a nuestro hijo.

—Bien. Lo intentaré, al menos.

Aroa buscó su boca para reclamarla con un beso lento y sensual. Gabriel se entregó a sus labios como si no hubiera en el mundo cosa más deliciosa que ellos.

···

Horas después, ambos estaban terminando de arreglarse para salir a cenar y celebrar la noticia del embarazo.

Gabriel llevaba un pantalón chino oscuro y una camisa rosa.

—¿Te falta mucho? Tengo la mesa reservada a las diez —la apremió él.

—¿No preferirías cenar en casa? —preguntó ella.

—No, cielo. Quiero salir para celebrar la gran noticia que me has dado hoy.

—¿Seguro que quieres cenar fuera? —insistió.

Para convencerlo, Aroa se sentó encima del tocador de la habitación que le quedaba justo a la altura del trasero.

Colocó los pies sobre la madera de nogal y al inclinarse hacia atrás para pegar su espalda al espejo del mismo, la falda de vuelo que llevaba resbaló por sus muslos.

Se abrió de piernas para enseñarle a Gabriel las braguitas y comprobó cómo a él se le encendía la mirada con deseo.

La lencería que llevaba era una prenda de cuero negro con una abertura en la entrepierna que dejaba al descubierto los labios íntimos de la mujer.

Su esposo se relamió al verla y sonrió con malicia.

—Tienes razón, cariño. Mejor cenamos en casa —confirmó al tiempo que se bajaba los pantalones.

Fin