Cuando te falte mi piel Capítulo 28
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Capítulo 28

Aroa regresó a comisaría con lentitud. Necesitaba estar ese tiempo a solas, dentro de su coche, y pensar en todo lo que había hablado con Gabriel sobre la víctima y sobre su relación del pasado.

Le parecía increíble que él la hubiese perdonado cuando ni ella misma lo había hecho.

Pero el caso es que así era. Las palabras del empresario sobre que comprendía sus actos en aquellos momentos y que no se lo echaba en cara; que lo único que pretendía en esos instantes fuera que volviesen a estar juntos, sin reproches, para continuar amándose como antaño, habían ido calando en el corazón de Aroa y por primera vez en muchos años sintió cómo su dolor se diluía un poco y los remordimientos la dejaban tranquila.

Ella necesitaba esa paz que Gabriel le había transmitido con sus comentarios.

¿Sería posible retomar su relación sin esos fantasmas?

Porque de una cosa estaba segura. El amor que sintió por él aún seguía ahí, anidado en su corazón, esperando para volver a unirse con el alma de Gabriel, un alma que la complementaba a la perfección.

Llegó a comisaría y descubrió que ya estaba allí el supuesto novio de la víctima, esperando.

—Buenas tardes. Solo queremos hacerle unas preguntas y podrá irse —comentó Aroa.

—Muy bien. Pregúntenme, aunque ya les dije todo lo que sé y no sé en qué más puedo ayudar, pero si es para que atrapen al asesino de mi chica, haré lo que haga falta.

La inspectora lo observó. Vio profundas ojeras y tenía los ojos hinchados, como si hubiese estado llorando mucho tiempo. Estaba demacrado y se le notaba más delgado que la última vez que estuvo allí declarando. Parecía que realmente lo estaba pasando mal por la muerte de la escort .

Aroa se apiadó del chico por unos segundos.

—¿Cómo se encuentra? —quiso saber.

Él la miró con los ojos vacíos, desprovistos de vida.

—Echo una mierda. Tenía planes de futuro con ella, ¿sabe? Planes que ya nunca podremos hacer realidad. —La voz se le quebró al pronunciar las últimas palabras.

—¿Quiere un vaso de agua?

Él negó.

—Lo que quiero es matar con mis propias manos al hijo de puta que ha asesinado a mi novia.

Aroa vio cómo una solitaria lágrima rodaba por la mejilla del chico, que se quitó con rabia y dolor con el dorso de la mano.

—Tranquilo. Lo cogeremos —prometió la inspectora.

Tras hacer una pausa en la que observó al joven limpiarse otra lágrima que resbalaba por su pómulo, inició la conversación con él mientras Silvia, a su lado, no perdía detalle de nada.

—La autopsia ha rebelado que Tamara estaba embarazada.

—Sí, pero de muy poco tiempo —confirmó él.

—¿Por qué no nos lo dijo cuando vino a declarar?

—Porque no me lo preguntaron. Solo tuve que explicar mi relación con ella, cómo la conocí y qué estuve haciendo la noche en que a Tamara… en que a ella… ¡Dios! No puedo ni decirlo —sollozó y más lágrimas descendieron por sus mejillas.

—Cálmese. ¿Seguro que no quiere un poco de agua?

El joven volvió a negar. Inspiró profundamente y pareció relajarse un poco.

—¿Conoce a Gabriel Serna, el propietario de la discoteca Delirium? —quiso saber Aroa.

—Sí. Es amigo nuestro. Aunque Tamara tenía más relación con él que yo.

—¿Sabe que la noche de los hechos, su novia acudió al señor Serna para pedirle consejo sobre la interrupción de su embarazo?

—Sí. Cuando supimos que yo la había dejado en estado estuvimos pensando en qué hacer.

Ella quería abortar. Yo no lo tenía tan claro.

Así que decidimos pedir consejo a alguien con más madurez que la nuestra, pero Gabriel le dijo a Tamara que eso debíamos decidirlo nosotros, no él.

Teníamos que haber ido juntos a hablar con Gabriel, pero esa noche me salió un servicio y no podía rechazarlo.

Era mucha pasta. Y pensé… pensé que nos vendría bien para el bebé.

Así que ella fue sola a la cita con él y luego, cuando regresaba a casa en un taxi, me llamó para contármelo.

—¿Habló con ella? Pero ¿no estaba en un servicio? —preguntó Aroa extrañada.

—Me dejó un mensaje en el buzón de voz. Ella sabía que yo iba a estar ocupado casi toda la noche porque la clienta me había contratado por varias horas, pero aun así le dije que me dejase un mensaje de todas formas y yo lo escucharía al terminar el servicio.

Si quiere puedo ponérselo para que lo oigan.

—Si es tan amable, por favor.

El chico buscó en su móvil y cuando localizó dicho mensaje, las dos inspectoras pudieron escuchar con claridad las últimas palabras de Tamara Aragón.

—Tenía que haber rechazado el servicio de esa noche y haber estado con ella. Ahora estaría viva y a mi lado —se lamentó el joven tras acabar de escuchar el mensaje.

—El destino es… —comenzó a decir Silvia, pero Aroa la interrumpió. Si se iba a poner en plan filosófica, prefería no escucharla y, además, seguro que soltaría alguna chorrada que no tenía que ver con la investigación.

—¿Quién más sabía que Tamara estaba en estado? —preguntó Aroa.

—Sus amigas. Quiero decir, sus amigas de la agencia, no sus compañeras de piso.

Con las chicas de la agencia tenía muy buena relación y todas prometieron ayudarnos con lo que fuera, con la decisión que tomásemos, aunque algunas no la compartieran.

Con sus compañeras de piso se llevaba bien, pero tenía menos confianza. Y bueno, el señor Serna.

—La familia supongo que no sabría nada de esto —comentó la inspectora.

El chico negó con la cabeza.

—No. Nadie más.

Aroa se quedó un momento pensando; recapitulando las últimas horas de la víctima.

Estuvo en casa desde que llegó de la facultad a mediodía.

Encerrada en su cuarto, estudiando, hasta que a las ocho de la tarde sus compañeras de piso se marcharon.

En las cámaras de seguridad del banco frente a su vivienda se la veía salir de la casa a las ocho y media.

En las de Delirium, estaba grabada entre las nueve y las nueve y media de la noche.

Después regresaba a su casa, donde llegó a las diez.

Alonso estuvo con ella de diez y media a once y media. Y luego la mataron.

—Bueno, a no ser que se lo dijera al comisario, por si influía en su decisión de meterla en el Cuerpo cuando terminase la carrera —comentó el escort .

Aroa se quedó lívida. El joven acababa de desvelar que Alonso se veía con ella.

Silvia, a su lado, parpadeó confusa. Abrió la boca para decir algo, pero la inspectora Martínez la atajó.

—Boix, vete a buscar un botellín de agua.

—Pero… si ha dicho que no quería beber nada —repuso la otra.

—Es para mí.

Con desgana, Silvia se levantó de su asiento y salió de la sala.

Cuando se cerró totalmente la puerta, Aroa prosiguió.

—¿Me puedes explicar lo que acabas de decir? —preguntó al chico.

—Claro. El comisario era un cliente asiduo de Tamara.

Yo creo que incluso estaba obsesionado con ella porque la quería ver todas las noches.

Cuando supo que estudiaba Criminología, él la ofreció un puesto aquí.

Dijo que así la tendría cerca. Supongo que pensaba follársela también en el trabajo.

—Se encogió de hombros—. No sé. Tamara me contó que una vez el comisario la siguió desde la agencia hasta su casa al acabar un servicio con él.

Quería dormir con ella, pero Tamara le dijo que no.

Desde entonces, se lo encontraba cada vez más a menudo frente a su portal.

Un día que llovía a cántaros, Tamara se apiadó del señor y, aprovechando que sus compañeras no estaban en casa, lo invitó a subir y le preparó una taza de café bien caliente.

Una cosa llevó a la otra y acabaron teniendo sexo.

Después de esa noche, vinieron otras. Siempre que sus compañeras de piso no estuvieran en casa, claro.

Tamara me decía que se iba a aprovechar de que Alonso estaba obsesionado con ella para que la metiese en el Cuerpo al acabar la carrera.

Después, una vez que hubiese conseguido entrar, suponía que él perdería el interés poco a poco hasta dejarla en paz.

Lo que no sé es si Tamara le había contado algo sobre su embarazo al comisario. La verdad es que no se lo pregunté.

Aroa lo escuchaba con atención mientras la furia se iba apoderando de ella.

No le gustaba nada saber que la víctima estaba engañando a Alonso.

Tenía sexo con él solo para conseguir entrar en el Cuerpo, haciéndole creer que estaba enamorada de él y que a su novio no lo quería, que no tenía ninguna relación seria con el escort .

—Y, sabiendo que su novia estaba embarazada, ¿le permitía continuar prostituyéndose? —preguntó Aroa apretando los dientes por la rabia.

—Yo no quería que lo hiciera.

Silvia llegó con el botellín de agua.

—Toma —dijo tendiéndoselo a su compañera.

—Hemos terminado. Gracias por venir —soltó la inspectora de malos modos, con una voz fría como el hielo.

Se levantó de su asiento y el joven hizo lo mismo.

—Boix, acompáñale a la salida —ordenó a Silvia, que continuaba con el brazo alzado hacia ella, tendiéndole la botella.

Su compañera dejó el botellín de agua sobre la mesa y le hizo una señal al chico para que la siguiera.

Cuando salieron, Aroa cerró la puerta y se volvió hacia la mesa donde había tomado declaración al escort . Agarró el agua y la lanzó contra la pared, al tiempo que gritaba de rabia.