Capítulo 27
Había pasado una semana desde que Breixo tuvo que regresar a su tierra natal.
De los cinco tripulantes de la embarcación, tres habían sido hallados con vida a las pocas horas del hundimiento y al cuarto lo habían encontrado muerto la tarde anterior.
El padre del joven seguía desaparecido. El dispositivo de búsqueda se mantenía en la zona, apoyado por una lancha de la Guardia Civil y una avioneta para localizar al marinero desde el aire.
Los ánimos iban decayendo con el paso de las largas jornadas de espera y eso hacía mella en el corazón de Breixo.
Solo tenía consuelo cuando, por las noches, hablaba con Kenia por teléfono.
Era su momento de paz. Pensar que ella esperaba un hijo suyo era la única alegría que tenía en aquellos tristes y oscuros días.
—Hoy he ido a buscar los resultados de los análisis de sangre y de orina y me han confirmado lo que ya sabíamos.
Estoy embarazada —le contó ella—. Así que me han recetado ácido fólico y me han dado cita para la matrona.
También tengo que ir al ginecólogo y me harán una ecografía para saber exactamente de cuántas semanas estoy.
Por mis cálculos debo de estar embarazada de siete semanas, pero para cuando me hagan la ecografía ya estaré de más.
¿Regresarás a tiempo para ir conmigo a los médicos?
—Nada me gustaría más que hacer todo eso contigo, pero en estos momentos no puedo dejar a mi madre y a mi abuelo solos. Me necesitan.
Kenia notó en su voz la pena que le oprimía la garganta al hablar y lamentó por lo que él estaba pasando, acompañándolo en su dolor, a pesar de la distancia.
—Tranquilo, cariño. Entiendo tu situación.
No es que no pueda ir yo sola al médico, incluso me pueden acompañar Dunia, Mireia o Chloé, pero me gustaría que fueras tú quien estuviera a mi lado.
De todas formas, no te preocupes por mí.
Lo que os está pasando a vosotros es mucho más grave, pero ya verás como todo sale bien —le dijo intentando animarlo.
—No lo creo, cielo. Estoy seguro de que mi padre está muerto. Ya son demasiados días desaparecido… Así que es mejor que nos hagamos a la idea lo antes posible.
—Lo siento mucho, Breixo —respondió con tristeza—. Ojalá pudiera estar ahí contigo para abrazarte bien fuerte y mostrarte todo mi apoyo.
Él inspiró hondo para serenarse y cambió de tema.
—¿Qué tal todo por Barcelona? ¿Cómo vas con los estudios?
—Bueno… teniendo en cuenta que los últimos días me voy durmiendo por los rincones y así es difícil concentrarse en estudiar… y que me duele el pecho por lo sensible que lo tengo, por lo demás todo bien.
—¿Ya le has dicho a tus compañeras de piso que estás embarazada? ¿Y a tus padres? ¿En la agencia lo saben también?
—No. Aún es pronto para que la gente lo sepa. Bueno, Dunia, Chloé y Mireia sí que lo saben porque les comenté mis dudas cuando volvimos de Mar de Plata, pero no se lo he dicho a nadie más.
—No quiero que continúes siendo escort ahora que estás embarazada.
—Ya lo sé y yo tampoco quiero hacerlo. Tendré que ir un día para hablar con Lali porque no deja de llamarme para darme servicios y yo me tengo que inventar mil excusas para rechazarlos.
Está empezando a cabrearse y no puedo seguir dándole largas.
Creo que sospecha que quedo con los clientes personalmente para ganar más dinero y no darle a ella su parte, como ya te comenté en mi cumpleaños.
—Sí, lo mejor será que hables con ella cuanto antes —suspiró pesadamente Breixo.
···
Al día siguiente, Kenia decidió que debía contarle a la madame lo que ocurría. Así que la llamó y concertó una cita para esa tarde en el piso.
—Estoy embarazada —confesó una vez que estuvo con Lali.
Su jefa abrió la boca sorprendida.
—¿Cómo has permitido que te preñasen, niñata tonta? Eres una estúpida —le soltó Lali, que en pocos segundos pasó de la sorpresa al enfado.
—Ha sido un accidente —respondió ella, avergonzada.
—¿Un accidente? ¡Ja! ¿No será que te has quedado a propósito para chantajear a alguno de nuestros clientes?
—¡No! —gritó Kenia ofendida porque la madame pensara que ella era capaz de hacer algo así—. Me he quedado embarazada de mi novio.
—¿Y no se te ha ocurrido tomar la píldora del día después?
—Pues… no. No se me ocurrió. Pero ahora que lo dices…
—Ahora ya es tarde y no haría efecto.
La mujer la miró de arriba abajo y chasqueó la lengua con fastidio.
—Ya te dije que los novios solo traían problemas. No me hiciste caso y ahora ¿ves lo que te ha pasado? Pero qué idiota has sido, jovencita. —Meneó la cabeza y añadió—: ¿Y qué piensas hacer? Supongo que abortarás, ¿no? En tu situación es lo más lógico.
—Pues… no. Breixo quiere que lo tengamos —confesó Kenia.
—Breixo… ¿Es ese chico que a veces hemos enviado a algún servicio contigo?
—Sí. Empezamos a salir hace…
Pero la jefa la cortó.
—Y bien, ¿dónde está ahora tu novio? ¿Por qué no ha venido contigo? Porque si ha sido lo suficientemente macho para hacerte un bombo, debería estar aquí dando la cara por ti.
Kenia le contó el motivo por el que Breixo no estaba a su lado en ese momento.
—Ya —soltó Lali escéptica—. ¿Y no será una excusa para hacer que tú cargues con todo? ¿No te habrá mentido para largarse y dejarte sola a tu suerte?
—No. No es ninguna excusa. Yo estaba allí cuando lo llamaron por teléfono para decírselo y, además, el naufragio y las labores de búsqueda han salido en las noticias varias veces desde entonces.
Permanecieron en silencio unos segundos hasta que Lali lo rompió.
—Sigo pensando que lo mejor es que abortes.
Eres demasiado joven. Tienes toda la vida por delante para tener otros hijos.
Además, tu carrera, tus estudios, todo por lo que has luchado estos años…
¿Vas a abandonarlo todo por un bebé que llega en el momento menos adecuado de tu vida?
Eso, por no decir que no tienes ni idea de ser madre.
—Eso pensaba yo al principio, pero Breixo…
—¡Oh, Dios! Breixo esto, Breixo lo otro…
De verdad, tu novio tiene que ser muy bueno en la cama para que renuncies a todo por hacer lo que él te ordena —dijo la madame con toda la intención de fastidiar, pues sabía lo orgullosa e independiente que era Kenia y que con ese comentario iba a dar justo en el centro de la diana.
La joven fue a responder, pero la madame no la dejó.
—De todas formas, chiquilla, yo no quiero meterme en cosas de pareja, pero si decides seguir mi consejo… —Abrió un cajón de la mesa y le tendió una tarjetita a Kenia—… Esta clínica es de total confianza. Allí te practicarán un aborto con absoluta discreción.
Kenia estaba hecha un lío. Todavía no estaba muy de acuerdo con lo de tener al bebé y todo lo que le había dicho Lali la había confundido aún más. Cogió el cartoncito blanco que la jefa le tendía y lo guardó en su bolso.
«Por si acaso —se dijo—, solo por si acaso».
—Bueno, niña, tengo trabajo que hacer, así que si me disculpas… —la invitó a marcharse.
Las dos se levantaron de sus respectivos asientos y salieron al pasillo. Cuando estaban en la recepción, sonó el timbre de la puerta.
Mireia fue a abrir mientras Lali y Kenia se despedían y cuando volvió, trajo consigo una sorpresa.
Jessica, su compañera de piso, estaba allí.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kenia horrorizada.
—He venido para ofrecerme en la agencia.
—No… No puedes…
Lali intervino en ese momento.
—¡Qué alegría! Justo cuando Kenia nos deja, llega un bombón como tú, guapísima.
—¿Kenia? ¿Quién es Kenia? —quiso saber Jessica.
—No. Lali, no. Ella no sabe… —intentó decir Kenia, pero su jefa ya había agarrado a la chica por el brazo con confianza y se la llevaba hasta el despacho.
La escort se quedó paralizada, sin saber qué hacer.
Mireia la sacó de su estupor.
—¿La conoces? —preguntó, refiriéndose a la chica nueva.
Kenia asintió.
—Es una de mis compañeras de piso —dijo—. Y no sabe a qué nos dedicamos aquí. No sabe nada de… mi función en la agencia. Piensa que realmente soy modelo.
En ese momento, una llamada interna sonó. Mireia descolgó y tras escuchar unos segundos, volvió a colgar.
—Tengo que llamar a Luca para que le haga unas fotos a tu amiga.
—¡No! —exclamó Kenia.
—Ya sabes cómo acabará esto cuando él llegue.
—Mierda… mierda… mierda… —masculló Kenia.
—Lo siento mucho. Es el riesgo de llevar una doble vida. Tarde o temprano alguien te descubre.
—Mireia, no llames a Luca, por favor. No puede venir —le suplicó la joven escort .
—Si no lo hago yo, lo llamará ella. Además, ¿no has pensado que a lo mejor a tu amiga le interesa la oferta? Igual Luca se lo propone y dice que sí, como hiciste tú.
Kenia lo pensó unos segundos. Cabía esa posibilidad ciertamente. Pero no las tenía todas consigo.
—Está bien. Llámalo y recemos para que Jessica diga que sí.
···
Pero Jessica dijo que no. Es más, le horrorizó la idea y amenazó con denunciarlos a todos.
—Eres una puta mentirosa —acusó a Kenia ante todos los presentes en la recepción de la agencia—.
Así que de aquí es de dónde sacas todo el dinero para comprarte ropa cara, zapatos, bolsos y demás, ¿eh?
Y el viajecito a Argentina con el cantante que me gusta, ¿también fue un servicio de esos que llamáis? ¿Te pasaste una semana follando con él?
—¿Qué viaje a Argentina? —quiso saber Lali.
Pero Jessica continuó amenazándolos.
—Os voy a denunciar a todos. ¡A todos!
—¡No! —exclamó Kenia—. ¡No, por favor, no!
—¿Lo saben tus padres? —continuó preguntando Jessica—. Apuesto a que no. ¿Y tu novio? ¿Qué diría si supiera que su novia se acuesta con media Barcelona a cambio de dinero? ¿Qué diría si se enterase de que eres una puta de lujo?
—Su novio es igual de puto que ella —soltó Luca en ese instante.
Kenia maldijo. El italiano había contado la verdad también sobre Breixo.
—¿Tu novio es un escort como tú? —preguntó Jessica alucinada, pero se recuperó pronto y continuó arremetiendo contra Kenia—. ¡Claro! ¡Por eso me dijiste que os conocisteis trabajando! No fue en un casting ni en una fiesta. ¡Os conocisteis follando!
—Por favor, Jessica, cálmate un poco y vamos a hablar tranquilamente —le suplicó Kenia.
—Mira, bonita, si no te quieres unir a nosotros, no pasa nada. Sales por esa puerta, te vas a tu casa y te olvidas de todo esto —le aconsejó Lali.
—Yo no venderé mi cuerpo como hacéis vosotras. Sois unas zorras, putas y os voy a denunciar. Ahora mismo me marcho a la comisaría más cercana a contar lo que hacéis aquí —amenazó Jessica, abriendo la puerta y saliendo al descansillo de la escalera.
Kenia y Lali fueron detrás de ella.
—No, por favor. Jess no lo hagas. ¿A ti que te importa lo que suceda en este piso? Es mi vida privada. No te importa si cobro por acostarme con alguien o no. A ti no te afecta. —La agarró de la manga del abrigo cuando vio que empezaba a bajar las escaleras.
—¡Suéltame, puta! —gritó su compañera de piso.
—No te servirá de nada denunciarnos, niña —intervino Lali colocándose al lado de Kenia, agarrándola también de la otra manga del abrigo—.
Tenemos varios clientes que son altos mandos de la policía.
Si les vas con el cuento, archivarán tu denuncia.
Y, aunque prosperase la demanda, también hay abogados, fiscales y jueces que se benefician de nuestros servicios sexuales.
¿Crees que admitirán una denuncia en la que pueden salir perjudicados tanto a nivel social como laboral?
No, cielo, no. Ellos se cubrirán las espaldas y no harán caso de tu denuncia.
Jessica continuó forcejeando mientras bajaba las escaleras.
—¡No me lo creo! ¡Es mentira!
—Tú misma, niña. Corre a la comisaría y compruébalo —le dijo Lali.
La soltó del brazo y Jessica perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás y arrastrando a Kenia.
Al dar con sus cuerpos contra las escaleras, el contacto entre las dos chicas se rompió. Kenia rodó un par de escalones hasta quedar de lado sobre uno de ellos, pero Jessica continuó deslizándose hacia abajo, golpeándose la cabeza.
Mireia corrió para ayudar a Kenia y Luca y Lali bajaron apresurados para ver el estado de la otra chica.
—¿Estás bien? —quiso saber Mireia, preocupada.
—Sí, sí, estoy bien. Me duele un poco el costado, pero estoy bien.
—¿Le habrá pasado algo al bebé? —preguntó su amiga.
—No. Creo que no. En la tripa no me he golpeado —contestó Kenia llevándose las manos al vientre.
—Será mejor que te vea un médico, por si acaso.
Mireia la ayudó a levantarse del escalón en el que había caído.
—¿Cómo está Jess? —Quiso saber mirando hacia abajo, hacia donde estaban Luca y Lali con la otra chica.
Una vecina salió a la escalera para ver qué ocurría con tanto ruido y tantos gritos.
—¿A qué viene tanto alboroto? —preguntó la mujer.
—Llame a una ambulancia, por favor. Se ha caído una chica por la escalera y está inconsciente —le pidió Luca a la señora.
—¡Santo Dios! —exclamó la vecina—. Enseguida llamo.
Se metió en la casa de nuevo y Kenia y Mireia se miraron aterradas.
—¿Pero está bien? —quiso saber Kenia con miedo.
—No lo sé —respondió el italiano—. Pero será mejor que nos pongamos de acuerdo en lo que ha pasado para dar todos la misma versión de los hechos.