Capítulo 26
Cuando Aroa llegó a Delirium se lo encontró cerrado a cal y canto. Dio una vuelta alrededor hasta hallar la otra salida, pero tampoco estaba abierta.
Fastidiada caminó hasta su vehículo. Estaba sacando el móvil para llamar a Gabriel —finalmente tendría que hacerlo, por mucho que la molestase— cuando vio que Mateo Bosch, el encargado, aparcaba su coche delante de la disco.
Guardó el móvil y se acercó a él, preguntándole por el dueño.
—Debería estar dentro —respondió este.
—Bien. Te acompaño.
—¿Tienes una cita con él?
—No. Pero seguro que se alegrará de verme —comentó sarcástica.
Mateo sacó un juego de llaves y eligió una. La introdujo en la cerradura y abrió.
Aroa accedió al interior de Delirium mientras el encargado iba encendiendo más luces de las que ya había.
—Supongo que estará arriba —dijo Mateo.
Hizo amago de subir las escaleras, pero Aroa lo detuvo.
—Tranquilo. Sé el camino.
—Pero…
—¿Te crees que voy a hacerle algo? ¿O que voy a robaros? Soy policía, ¿recuerdas?
«So memo», estuvo a punto de añadir, pero se mordió la lengua a tiempo.
Le dio la espalda a Mateo y subió las escaleras.
Al llegar a la puerta, entró sin llamar y se encontró a Gabriel con una jovencita.
Ella estaba sentada encima de la mesa, con las piernas abiertas y los pies apoyados sobre la madera.
Gabriel, entre los muslos de la chica, se preparaba para darse un festín.
Los dos se sobresaltaron al escuchar el ruido de la puerta al abrirse.
La joven enseguida bajó las piernas, descendió de la mesa y se colocó bien la falda que llevaba mientras un leve rubor teñía sus mejillas.
Gabriel suspiró, echándose hacia atrás en su asiento.
—¿No te han enseñado a llamar antes de entrar, Aroa?
—Quiero hablar contigo —dijo la inspectora recuperándose de la impresión de encontrárselo de esa guisa.
—¿Sobre qué?
Ella miró a la chica y después clavó su vista en Gabriel.
—A solas.
—Sheila sal un momento, por favor. Después seguiremos con la entrevista —le guiñó un ojo a la joven con picardía y esta abandonó la estancia.
Aroa la siguió con la mirada. No debía de tener más de veintidós años.
—¿Entrevista? —preguntó escéptica—. ¿Es que consiguen el puesto de camarera a cambio de favores sexuales? Sabes que eso es delito, ¿verdad?
Gabriel se levantó del asiento y se llevó una mano a la entrepierna para colocarse bien la erección que tenía. Aroa siguió el curso de esa mano y, al ver el tamaño del bulto, tragó saliva excitada.
—Sheila no está aquí para trabajar de camarera —informó él con tranquilidad.
—¿Es una prostituta de lujo? Pensé que tú no pagabas por follar con una mujer.
—Y no lo hago. Me conoces bien. Pero ella todavía no lo es. Primero tengo que probarla.
A Aroa se le cortó el aliento con esa declaración.
—No hay nada de malo en follarme a una chica con su consentimiento y explicarle cómo funciona el negocio del sexo —añadió Gabriel dando un paso hacia ella.
—Estás incitando a prostituirse a una persona. Me dijiste que Delirium no era ningún burdel.
—Y no lo es. Yo solo me las follo, les hablo de este mundo y si les interesa, aceptan. Si no, se van por donde han venido y adiós. La elección la tienen ellas siempre. Yo no las coacciono ni nada por el estilo. Solo pasamos un buen rato juntos.
Mientras Gabriel hablaba se había ido acercando a la inspectora hasta que llegó un punto en que sus torsos casi se tocaban.
—Y en caso de que acepten, yo no les pido ni un euro. Ya sabes cómo son las leyes sobre la prostitución, Aroa. Si yo no me beneficio con ello, no estoy haciendo nada malo. No soy ningún proxeneta. Y ella es libre de acostarse con quien quiera y cobrar o no.
La cercanía de Gabriel la estaba aturdiendo, pero aun así, se dijo que todo lo que él mencionaba era cierto. El Código Penal así lo avalaba.
—¿Y la parte secreta de Delirium? —consiguió preguntar ella a duras penas.
El olor de Ultra Male la envolvía y hacía que sus rodillas flaqueasen.
El cuerpo de Gabriel desprendía calor, mucho calor, y ella jamás se había sentido tan necesitada de saciarse con un hombre, con sus caricias, con sus besos, con su virilidad que en ese instante notaba dura contra su vientre de tan cerca como estaban los dos.
—¿Quieres que te la enseñe? ¿Ahora? ¿Para eso has venido? —quiso saber él con un tono de voz bajo, ronco y sensual.
—Sí.
La voz le tembló a Aroa. Tenía el pulso tan acelerado que creyó que le daría un infarto allí mismo.
¿Por qué demonios no podía controlarse en cuanto Gabriel se acercaba a ella? ¡Joder! ¡Parecía un animal en celo!
—Bien. Vamos.
El empresario agarró de la mano a la inspectora y, al hacerlo, un latigazo de electricidad recorrió el cuerpo de ambos. Él la miró, sabiendo que ella también lo había notado y una perezosa sonrisa apareció en su cara al ver que Aroa temblaba como una hoja.
Salieron del despacho y bajaron las escaleras.
La chica que estaba con Gabriel cuando Aroa llegó, se encontraba sentada en uno de los cómodos sofás hablando con Mateo.
Cuando estaban ante la puerta secreta, el hombre sacó del bolsillo un manojo de llaves y seleccionó una. Abrió y encendió una luz a su derecha.
Avanzaron por un largo pasillo después de cerrar la puerta. Gabriel no le soltaba la mano a Aroa. Le gustaba sentirla así, como si la estuviera guiando por el mundo, por su mundo.
A mitad del corredor había dos puertas y al final del mismo, la que daba a la calle.
Se pararon frente a una de ellas y Gabriel la abrió.
—Este es el reservado A. El de enfrente es el B.
Los usamos solo cuando los clientes nos piden fiestas privadas.
Normalmente suelen venir con prostitutas de lujo.
Pasan el rato con ellas y después se marchan por la puerta de atrás con total discreción.
Yo solo les facilito un lugar en el que divertirse.
Podrían hacerlo en un hotel u otro sitio.
Pero ellos prefieren que sea aquí. Los clientes me pagan por alquilar el reservado durante una hora, dos, tres…
el tiempo que vayan a estar. Si se follan a las chicas o no, no es asunto mío.
Yo no cobro por los servicios sexuales que hacen ellas, ya te lo he dicho.
Aroa dio varios pasos internándose en la habitación decorada con gusto.
—Lo que me acabas de contar suena a burdel.
—No lo es —se defendió Gabriel—. Si en lugar de citarse aquí, lo hicieran en el baño, ¿también considerarías que Delirium es un prostíbulo?
Muchas chicas se tiran al tío de turno que acaban de conocer en los aseos de las discotecas.
Yo, al menos, les proporciono un lugar más íntimo e higiénico.
Les cobro el alquiler, como ya te he dicho.
Luego, si follan o no, o si simplemente se dedican a hablar, es cosa suya. Ahí no me meto ni me lucro.
Aroa recorrió con los ojos toda la habitación. Giró sobre sí misma para captar todos los detalles y cuando estuvo de nuevo frente a él, continuó hablando.
—¿Tuviste relaciones sexuales con Tamara?
—La probé igual que a las demás. Luego, se la mandé a Mireia para que negociasen.
—La noche que estuvo aquí, antes de que la asesinaran, ¿te acostaste con ella o tuviste algún tipo de…?
—No. Esa noche no hice nada con Tamara.
—¿Y Mateo?
—Tampoco.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —quiso saber Aroa.
Gabriel pensó un momento su respuesta.
—Porque Mateo está enamorado de Mireia desde que la conoció y no se ha acostado con nadie desde entonces. Es como un monje. Se mantiene célibe hasta que logre conquistarla.
Se acercó a Aroa lentamente y dio una vuelta en torno a ella como si fuera un satélite orbitando alrededor del cuerpo femenino. El aroma de Olimpēa que emanaba de la inspectora le trajo viejos recuerdos. Recuerdos que lo excitaron al máximo.
Ella se tensó, preparándose y deseando al mismo tiempo que él la tocara.
—Es un romántico empedernido. Ya quedan pocos así.
—Tú eras así antes. ¿Has cambiado? —se le escapó a Aroa y, al instante, se reprendió.
¿A ella qué narices le importaba cómo era Gabriel ahora? ¿Si había cambiado o no?
—Déjame demostrártelo.
La agarró de la cintura y la pegó a su torso.
Se inclinó sobre la boca que se abría para recibir la suya y lamió con suavidad los labios carnosos de Aroa, buscando desatar el fuego en ella.
—Gabriel, no…
—Por favor, Aroa… No sabes lo difícil que es la vida sin ti.
—Lo siento, Gabriel. No puedo hacer nada para solucionarlo.
—Sí que puedes. Vuelve conmigo, por favor. Tu ausencia me está haciendo un daño terrible —confesó él, dándole tiernos mordiscos en la hinchada carne de su labio inferior.
—¡No puedo volver contigo! —chilló, empujándolo para separarse de él—. ¿No lo entiendes? No sé cómo olvidar lo que pasó.
Gabriel la miró con intensidad. Aroa respiraba agitadamente.
—Ojalá pudiera borrar tu memoria para volverte a enamorar. Ojalá no hubiera pasado todo aquello. Pero pasó y ya está. Éramos muy jóvenes, mi amor, y los dos cometimos errores.
—Tu único error fue conocerme. ¿Por qué no te enamoraste de alguna de mis amigas? —gimió ella desesperada por la situación.
—Porque tú tenías la magia para hacer que me enamorase de ti. Tú y solamente tú. Y aún la tienes, Aroa. Esa magia todavía no se ha ido.
—¿Cómo es posible que me digas esas cosas? ¿Cómo es posible que me sigas queriendo cuando ni yo misma lo hago? ¿Cómo es posible cuándo todos los días que han pasado desde entonces me he arrepentido de lo que hice?
Gabriel inspiró profundamente.
—Es posible que porque desde que te vi soñé con tenerte cada noche. Y luego me acostumbré a ti en cada madrugada. Estar contigo era mi destino. Aún lo sigue siendo.
—No puedo perdonarme a mí misma aquello —sollozó Aroa.
Las amargas lágrimas que llevaba tiempo reteniendo, comenzaron a deslizarse por sus pómulos.
—Si vuelves conmigo, te amaré sin reproches. Jamás saldrá de mi boca una palabra culpándote ni recriminándote nada —susurró con dulzura Gabriel, cogiéndole la cara entre manos para limpiarle con los pulgares las gotas de agua salada.
—Me arrepiento tanto… tanto… ¿Cómo es posible que tú me hayas perdonado? ¿Qué estés aquí hablando de amor y de continuar juntos?
—Porque yo te sigo queriendo. Porque nunca acepté los puntos suspensivos que le pusiste a nuestra relación. Sabía que tarde o temprano el destino nos uniría de nuevo.
—Para mí no fueron puntos suspensivos. Más bien, fue el final del cuento —murmuró Aroa sintiendo las manos fuertes de Gabriel acunándole el rostro, calentándola además de la piel, el corazón.
—No, cariño. Aquello no fue el final de nuestra historia. Todos estos años han sido un paréntesis. He estado esperando con paciencia porque cuando se ama de verdad no existe el tiempo. Y aunque tú creas que hay mil razones para renunciar, no voy a dejar que nuestra llama se apague. No me rendiré.
—¿Cómo es posible que no te arrepientas de haberme conocido? Después del daño que te hice… —quiso saber Aroa, perdida en los ojos de Gabriel.
—Porque, para bien o para mal, yo no me arrepiento de mis pecados contigo.
Éramos muy jóvenes y, ahora con la madurez que dan los años, comprendo la decisión que tomaste.
No te niego que lo pasé muy mal durante bastante tiempo.
Se me juntó todo, pero lo superé. —Gabriel sacudió la cabeza—.
Pero no hablemos más del pasado. Ahora nos hemos reencontrado; tenemos una nueva oportunidad.
No voy a desaprovecharla con rencores, ni dándole vueltas a lo que pasó; arrepintiéndonos de algo que ya no podemos cambiar.
Hay que pasar página, Aroa, y continuar hacia delante.
Ella tragó saliva con dificultad. La congoja la estaba asfixiando. La cercanía de Gabriel, sus palabras, sus promesas… Estaba aturdida.
—Necesito pensar. Déjame.
Él la miró temiendo que ella escapase de nuevo, pero se dijo que si la presionaba, lo lamentaría. Así que se hizo a un lado para liberarla.
Aroa salió del reservado y mientras caminaba por el largo pasillo, iba pensando en cómo había sido capaz de sobrevivir sin las caricias y los besos de Gabriel. Fingiendo que no dolía; sin poder olvidarlo.
«Lo conseguiste porque dejaste de escuchar a tu corazón. Lo lograste porque te arrancaste la piel y aguantaste el dolor. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es qué vas a hacer ahora», le gritó su conciencia.
Cuando llegó a la puerta que unía aquella parte con el resto de la discoteca, se volvió para hablar con él.
—Hoy hemos conocido los resultados de la autopsia de Tamara Aragón.
Mantuvo relaciones sexuales consentidas la noche de su asesinato.
Ya tenemos a una persona que ha confesado que estuvo con ella —contó recordando a Alonso—, pero hubo otra más.
No sabemos quién. El novio tiene coartada, así que no fue él quien estuvo con ella esa noche.
Cuando vino aquí y entrasteis en el pasillo, ¿qué fue lo que pasó?
Gabriel la miró muy serio antes de contestar.
—Vino a pedirme consejo.
—¿Consejo? ¿Sobre qué?
—Estaba embarazada y dudaba si abortar o no.
Aroa inspiró profundamente.
—¿Lo sabías? ¿Sabías que estaba en estado y no me lo dijiste cuando te interrogué?
—No me lo preguntaste —se defendió él.
—¡Joder, Gabriel! —gritó Aroa, alzando las manos hacia el techo—. ¿Tú sabes lo importante que es eso para la investigación? Podía haberme ahorrado mucho tiempo.
—Pues no, no lo sé. La policía eres tú. Yo soy un simple empresario.
Se miraron durante unos segundos hasta que la inspectora tomó la palabra de nuevo.
—¿Quién es el padre?
—Su novio.
—¿Y qué le dijiste? Sobre el aborto.
—Le dije que yo no era quien para decidir eso.
—¿Tan amigos erais que vino a pedirte consejo sobre algo así? —quiso saber Aroa.
—Yo protejo a las chicas cuando están en mi local.
No me lucro con sus actividades sexuales, pero aun así, me preocupo por ellas.
Si tienen cualquier problema, saben que pueden acudir a mí y si está en mi mano las ayudo sin pedir nada a cambio —recalcó, para que le quedase claro a la policía que él no se aprovechaba de las chicas—.
A Tamara le dije que la decisión debían tomarla ella y su novio.
Que lo meditasen bien, porque un aborto es un asunto muy serio.
La inspectora Martínez asintió creyéndolo.
Se dio la vuelta para salir por la puerta, pero Gabriel la detuvo cogiéndola de la cintura y pegándola a él.
—Vuelve conmigo. Atrévete a entregarme tu corazón. El tiempo se nos va… Yo ya tengo cuarenta y tres años; tú, cuarenta. Hemos pasado veinte años separados. ¿A qué estamos esperando para ser felices?
—Tengo que pensarlo. Dame tiempo.
—¿Más tiempo? —La voz de Gabriel estaba teñida de impotencia.
—Sí, por favor.
Aroa notaba cómo la mano de él, fuerte y grande, posada sobre su vientre, la calaba con su calidez traspasándole la ropa.
Sin embargo, se obligó a distanciarse de él, aunque su cuerpo gritaba todo lo contrario.
—Adiós, Gabriel.
—Tengo el corazón hecho pedazos, Aroa; tan solo con un «te quiero» podrás curarlo.
Ella salió de allí sin volver la vista atrás.
Las últimas palabras de Gabriel la habían afectado demasiado. En realidad, todo lo ocurrido en Delirium.