Cuando te falte mi piel Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Mientras esperaban sentados en la cama de sábanas revueltas, uno al lado del otro, agarrados de la mano, no dejaban de observar la pequeña pantalla del test.

—¿Cuántas rayas rosas tienen que salir? —preguntó ella.

—Según las instrucciones, si hay embarazo, dos. Si no…

—Mierda —murmuró Kenia viendo cómo se coloreaba la pantallita de la prueba de embarazo con dos rayas justo en ese momento.

Le soltó la mano a Breixo y se levantó de la cama. Comenzó a pasear por la habitación de un lado a otro con los dedos tapándose la boca.

Él cogió el test para comprobar que lo que allí había era cierto.

Kenia estaba embarazada.

Oyó el sollozo que salió de la garganta de su novia y al devolver la vista hacia su figura se la encontró temblando. Dejó el test sobre la cama y se levantó para ir a abrazarla.

—Lo sabía. Sabía que me habías dejado preñada.

—No te preocupes. Ya lo hemos hablado y todo va a salir bien. Tranquila.

—¿Que no me preocupe? ¡Estoy embarazada, Breixo! ¡Joder! —le gritó histérica, empujándolo para deshacer su abrazo, mientras amargas lágrimas surcaban su rostro.

Él la contempló unos instantes apenado y acojonado por lo que les estaba pasando. Pero enseguida se repuso y salió de la habitación para ir a buscar algo que había comprado esa semana por si al final resultaba que sí que iban a tener un bebé.

Estaba seguro de que cuando Kenia viera ese pequeño detalle no se lamentaría tanto, pues era una prueba de que su novio no la iba a dejar en la estacada. Se iba a hacer cargo de ella y del niño y no les faltaría de nada.

Kenia lo vio salir.

«Muy bien, eso es —pensó—, lárgate. Mucho rollo con que vamos a estar juntos en esto y cuando llega el momento huyes».

Cuando él regresó al cabo de pocos minutos, ella estaba vistiéndose.

—¿Te vas?

—Sí.

—No te puedes ir —dijo Breixo.

—¿Por qué no?

Kenia se encaró con él de mal humor.

—Tengo algo para ti.

Alargó el brazo y le entregó a Kenia una pequeña caja forrada con tela de rayas azul, blanca y rosa.

—¿Me vas a pedir matrimonio ahora? —quiso saber ella ofendida.

—Pues no sería mala idea, pero no. No te voy a pedir que te cases conmigo ahora. Lo haré más adelante. Además, fíjate bien en la caja. Es demasiado grande para contener un anillo, ¿no crees? Anda. Ábrela.

Cuando Kenia levantó la tapa de la cajita vio que dentro había unos patucos de bebé de lana blanca.

—Fue un impulso —comenzó a explicarle Breixo—. Pasé por una tienda hace un par de días, los vi en el escaparate y entré a comprarlos. Así si llegaba este momento…

Ella miraba con aprensión los diminutos patucos, como si fueran un par de bichos sucios y asquerosos.

Dejó la caja sobre la mesilla y se apartó con rapidez.

—¿No te gustan? —preguntó él.

—Tengo que irme. Tengo que salir de aquí.

Kenia terminó de vestirse, notando cómo el aire a su alrededor se hacía tan espeso que le costó respirar.

Breixo la detuvo, sujetándola de ambos brazos y la miró fijamente.

—Yo también estoy asustado, pero estamos en esto juntos.

—Joder… Mis padres ni siquiera saben que salgo con un chico.

—No pasa nada. Se lo decimos y ya está.

—Sí, claro. —Se soltó de su agarre y retrocedió un par de pasos—. Hola, papá y mamá. Mirad este es mi novio, con el que estoy desde hace tres meses y que me ha dejado embarazada. ¡Enhorabuena! ¡Sois suegros y abuelos a la vez!

—Bueno, es una manera de presentarme como cualquier otra —comentó él.

—Mierda. ¿Sabes a todo lo que tendría que renunciar por culpa del bebé?

—Yo también renunciaré a cosas, pero no me importa.

—¡Pues a mí sí! ¡No puedo ser madre ahora! ¡Solo tengo veintiún años y muchas cosas que hacer todavía antes de que llegue el momento de tener niños! —gritó histérica.

—No me chilles y cálmate un poco —le pidió Breixo con paciencia.

—¡Y a ti se te ocurre comprar unos malditos patucos!

—Solo es un detalle, Kenia. Me pareció muy tierno comprar algo para el niño si finalmente resultaba que estás embarazada. Y si no, los habría guardado para cuando lo estuvieras más adelante, dentro de unos años.

Ella no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Pero es que no se daba cuenta de que ese bebé no deseado iba a joderles la vida? ¡Los dos eran muy jóvenes! Y ninguno estaba preparado para ser padre.

—Me voy a casa. Tengo que pensar lo que voy a hacer —dijo volviéndose hacia la puerta.

—¿Cómo qué tienes que pensar lo que vas a hacer? ¿Y yo qué? También formo parte de esto. Lo que sea, lo decidiremos entre los dos, ¿te enteras? —la recriminó él.

Fue detrás de Kenia por el pasillo y la pilló justo en la entrada de la casa, cogiendo el abrigo y el bolso.

—Es mi cuerpo. Yo decido —masculló ella furiosa.

—Y yo soy su padre. Tengo derecho a…

Kenia se volvió hacia él y lo empujó haciéndolo retroceder.

—¡Tú no tienes derecho a nada! ¡Soy yo quien lleva en su vientre un niño que no quiere tener! ¡Este bebé es un error! ¡Yo no estoy preparada para ser madre y tú tampoco! ¡No cargaré toda la vida con algo que…!

No pudo seguir gritándole porque Breixo la agarró y le tapó la boca con la mano.

—No lo digas. Y no se te ocurra hacer lo que estás pensando. También es mi hijo.

Kenia se revolvió para librarse de su agarre y de su mano que la impedía hablar.

—¿Pero es que no ves que lo mejor es abortar? Este error nos va a arruinar la vida a los dos.

—Este error, como tú insistes en llamarlo, es el fruto de nuestro amor.

De acuerdo que ha sido un accidente y llega demasiado pronto a nuestra vida, pero es algo que hemos hecho juntos, con cariño y amor.

Y no tiene por qué arruinarnos la vida. Tenemos dinero ahorrado para comprar todo lo necesario y mantenerlo.

—Pero no tenemos ni idea de cómo cuidar a un bebé. No sabemos ser padres —replicó ella.

Él se acercó de nuevo y enmarcó su rostro con las manos. La miró intentando transmitirle calma y ternura.

—¿Y quién lo sabe, Kenia? Los niños no traen un manual de instrucciones.

Hay que aprender con ellos sobre la marcha, como hacen todos los padres.

Al menos eso es lo que yo he visto con mis hermanas cuando tuvieron a mis sobrinos.

Tendremos que guiarnos por nuestro instinto y encomendarnos a Dios y a todos los santos para hacerlo bien.

En ese momento, ella se derrumbó. Aferrándose a la camiseta que Breixo llevaba puesta, hundió la cara en su cálido pecho y comenzó a llorar desconsolada. Él la envolvió en un dulce abrazo, susurrando palabras de ánimo al oído, mientras la acariciaba el cabello con mimo.

—Estoy muy asustada.

—Yo también, cielo, pero lo superaremos. Tenemos que ser optimistas.

En ese momento, el teléfono sonó y la pareja deshizo el abrazo.

Breixo fue a descolgar mientras Kenia se quedaba inmóvil en la puerta de entrada sin saber qué hacer, repasando toda la conversación mantenida.

Cuando él regresó, traía mala cara.

—¿Qué ocurre? —quiso saber ella.

—Mi padre… ha desaparecido en el mar… Salió a faenar con su barco y… —Alzó la vista y la clavó en Kenia—. Tengo que volver a mi pueblo, en Coruña. Mi familia me necesita.