Cuando te falte mi piel Capítulo 25
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Capítulo 25

Cuando Kenia llegó a su piso lo encontró vacío.

Sus compañeras estaban a esa hora en la facultad de Medicina donde estudiaban las dos.

Dejó en la habitación de cada una las dos fotos que el cantante les había dedicado y se fue a la suya.

Se sentó en la cama, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar desconsolada.

Esto no podía pasarle a ella. No.

Su teléfono comenzó a sonar y Kenia, limpiándose las lágrimas con el dorso de una mano, lo cogió para contestar.

—Dime, Breixo.

Él notó en su voz el llanto y maldijo entre dientes.

—Joder. Sabía que ibas a estar llorando. Ahora mismo voy a tu casa.

—No.

—Voy a ir quieras o no. Estás mal y necesitas que esté a tu lado —se obcecó él.

—No, no te necesito.

—Vale, pues entonces iré porque yo sí necesito estar a tu lado. Porque quiero estar con mi novia cuando está nerviosa e intranquila como ahora para que se calme. Porque necesito verte y saber que estás bien. Porque te quiero y me duele cualquier cosa mala que te pase.

—No vengas —le ordenó ella, cabezota.

—No puedes prohibirme que esté contigo cuando más me necesitas, Kenia. Yo también formo parte de esto. No me puedes dejar fuera. No me excluyas.

Dicho esto, Breixo colgó y Kenia supo que en menos de veinte minutos estaría en su casa.

Justo cuando sus compañeras volvieran de la universidad.

No podían discutir el tema con ellas en el piso. No quería que nadie supiera lo que había pasado.

Así que se lavó la cara para intentar borrar el rastro de las lágrimas. Se colocó las gafas de sol, se puso el abrigo y bajó a la calle a esperarlo.

En el portal se encontró con Jessica y Alejandra.

—¡Hola! ¿Qué tal el viaje?

—Bien. Luego os lo cuento todo, que ahora he quedado y no puedo entretenerme. En vuestras habitaciones os he dejado la foto firmada que me pedisteis. Una para cada una. —Les sonrió sin ganas y salió a la calle.

Anduvo hasta la esquina para que ellas no la vieran desde el portal y, una vez allí, esperó a Breixo.

Cuando su novio llegó a lomos de su moto y la hubo aparcado, se quitó el casco y se bajó de la potente máquina. Colocó la protección debajo del brazo y caminó hacia Kenia mirándola con seriedad.

—No podemos subir. Jessica y Alejandra acaban de llegar y no quiero que nos oigan discutir.

—¡Ah! ¿Pero es que vamos a discutir? —preguntó Breixo, sarcástico.

—Dime si no a qué has venido.

—He venido para decirte a la cara que no importa lo que pase, pero quiero que me pase contigo. ¿Te enteras ya? Sea bueno o malo, quiero que sea contigo. Quiero estar aquí para ti siempre.

A pesar de que Kenia llevaba las gafas de sol puestas, no se sintió protegida por ellas ante la mirada tan intensa que le dirigía Breixo mientras le hablaba. Giró la cara hacia un lado, huyendo de aquellos ojos enfadados.

Pero él la agarró del mentón con una dulzura que contrastaba con su tono de voz duro y con la rabia que bullía en su interior, dominándose. La obligó a continuar mirándolo, aunque él no pudiera ver sus ojos castaños a través de los cristales oscuros.

—No me excluyas de tu vida, Kenia. No se te ocurra hacerlo. No tienes ningún derecho.

—No voy a hacerlo —murmuró ella con la voz temblorosa.

—Y entonces ¿por qué quieres estar sola? —preguntó, deseando entenderla.

—¡Para llorar a gusto, coño! —le soltó—.

Si te tengo a mi lado todo el día rondando me dirás que no llore, que no me ponga así, que tal y que Pascual.

¿No te das cuenta de que me asusta la posibilidad de ser madre?

¡Estoy cagada de miedo! ¡Déjame llorar y sacármelo todo!

—le gritó, observando que en ese momento la calle estaba desierta y dándole un manotazo para que la soltara.

Breixo la miró muy serio. Pasados unos segundos, asintió despacio.

—Está bien.

Le pasó el brazo libre por la cintura y la atrajo hacia él para besarla.

—Somos idiotas —susurró apoyando su frente en la de ella y cerrando los ojos cuando el beso acabó—. Estamos peleándonos y aún no sabemos si estás embarazada o no. Haciendo una montaña de un grano de arena. Vaya par de tontos.

Kenia reconoció que tenía razón. Se lo estaban tomando a la tremenda cuando aún no sabían si un bebé estaba en camino o no. Ella la primera.

Así que tomó la determinación de calmarse ya de una vez y esperar, intentando estar lo más tranquila posible.

Deshizo el abrazo y se quitó las gafas, suspirando.

—Es cierto. Me estoy comportando como una niñata histérica. Lo siento.

—No te disculpes. Estás tan acojonada como yo —comentó Breixo, sonriéndole.

—Ya, pero tú te lo estás tomando mucho mejor que yo. ¡Qué cría soy!

Sacudió la cabeza a un lado y al otro y chasqueó la lengua con fastidio.

—Te quiero, aunque seas una cría. En realidad los dos somos unos críos, ¿no te parece?

—Sí, pero tú eres más maduro que yo —afirmó Kenia, colgándose de su cuello.

—¿Me estás llamando viejo?

Breixo fingió ofenderse.

—Qué tonto eres.

Ella sonrió de verdad por primera vez desde que se había iniciado todo aquello el día anterior en Mar de Plata.

El joven se inclinó, buscando su boca para reclamarla con un beso que los dejó sin aliento. Kenia lo recompensó por su paciencia y buena actitud frente al posible problema.

—Bueno, voy a subir porque mis compañeras estarán deseando que les cuente todo con pelos y señales —dijo ella para despedirse.

—Espera. Te he comprado algo.

Breixo sacó una pequeña bolsita del interior de su cazadora de cuero negra y se la tendió a Kenia.

—Un test de embarazo —comentó ella al verlo, arqueando las cejas sorprendida.

—Sí… Es que… He pensado que igual a ti te daba vergüenza pedirlo en la Farmacia, así que, viniendo para aquí, he parado en una para comprarlo yo.

—Gracias. Lo guardaré hasta que sea el momento de usarlo.

Se despidieron con más besos y cuando ella subió a su piso, las compañeras la acribillaron a preguntas sobre el rodaje, el cantante, Mar de Plata y demás.

···

El cumpleaños de Kenia llegó, pero el período no. Cada vez estaba más nerviosa, dándole mil vueltas a todas las ideas que tenía en la cabeza y rezando para que la puñetera regla hiciera acto de presencia de una santa vez.

A las chicas de la agencia les contó sus inquietudes. Todas intentaron tranquilizarla diciéndole que seguramente no estaría embarazada y, en caso de que lo estuviera, Breixo estaría a su lado responsabilizándose como debía hacer y como le había prometido.

Era sábado y había quedado con ellas para comer en un restaurante del puerto y celebrar así su cumpleaños. Después, su novio iría a buscarla y pasarían la tarde y la noche juntos.

Tras cantar el cumpleaños feliz con tarta incluida, le dieron los regalos. Un libro de un escritor que a Kenia le gustaba, un bolsito de mano de Chanel y un perfume de Paco Rabanne, que ella les había comentado que tenía intención de comprar próximamente.

Les agradeció entusiasmada los presentes. Todos le habían encantado.

Breixo pasó a recogerla por el restaurante a la hora acordada y se marcharon al cine.

Cuando estaban en la puerta, a punto de entrar para ver la proyección, a Kenia le sonó el móvil.

—Es Lali. Seguro que me llama para hacer algún servicio —le comentó al chico, mirando la pantalla.

Se puso el teléfono en la oreja y habló con la madame.

—Hoy es mi cumpleaños y lo quiero pasar con mi novio. ¿No puedes llamar a otra?

Cerró los ojos al escuchar la negativa de la jefa.

Notó la mano de Breixo sobre su hombro y abrió de nuevo los ojos para centrar su mirada en él.

—En cinco minutos te llamo, Lali.

Colgó y pasados unos segundos, en los que Breixo esperó expectante, habló.

—Tengo que hacer un servicio en el piso. Dice que solo será una hora. A las ocho. Trescientos euros.

Él se colocó las manos a ambos lados de su cadera y resopló.

—No quiero que trabajes hasta que sepamos si estás embarazada o no.

—No puedo poner más excusas para no ir. Lali empieza a sospechar que me pasa algo. Cree que estoy quedando con los clientes a sus espaldas para no tener que darle a ella su parte. Si se cabrea, me echará.

—¿Y qué? Pues que te eche. Yo trabajaré por los dos hasta que sepamos…

Pero Kenia lo cortó.

—O sea, ¿qué tú sí puedes trabajar y yo no? —dijo encarándose con él.

—Solo hasta que sepamos si estás embarazada o no. No quiero correr ningún riesgo si de verdad llevas a nuestro hijo en el vientre.

Kenia se quedó pensativa. La realidad era que a ella tampoco le apetecía acostarse con nadie desde que supo que podría estar esperando un bebé. Además, hoy era su cumpleaños, su día especial, y no le apetecía pasarlo con nadie más que con Breixo.

—Vale. Voy a llamar a Lali para decirle que no haré el servicio.

La jefa no se lo tomó muy bien, pero no le quedó más remedio que llamar a otra de las chicas.

Después del cine, fueron a un restaurante para cenar y en el postre, su novio le dio el regalo que le había comprado.

—He pensado en qué regalarte, sabiendo que tienes casi todo lo que quieres. Y después de hablar con Dunia, Mireia y Chloé, me he decidido por esto.

Le tendió un estuche alargado de Cartier.

Kenia lo abrió con emoción y se encontró con una preciosa pulsera de oro blanco.

—¡Joder! ¡Te habrá costado una fortuna! —exclamó llevándose las manos a las mejillas.

—No importa. Todo es poco para ti.

—¡Pónmela! —le ordenó sacándola del estuche—. ¡Ay, Dios! ¡Me encanta!

Breixo se contagió de su alegría y le colocó la elegante pulsera alrededor de la delicada muñeca. Ella se quedó mirándola embobada unos segundos. Después se inclinó sobre la mesa y, agarrando a su chico de la nuca, lo acercó para fusionar sus labios en un tórrido beso de agradecimiento.

···

Ocho días. Habían pasado ocho días desde el cumpleaños de Kenia.

Ocho días en los que el período no le había llegado.

La pareja había decidido que esperarían hasta ese domingo para hacerse el test de embarazo.

Kenia se quedó a dormir en casa de Breixo para poder hacer la prueba en la intimidad con la primera orina de la mañana.

En su piso, con sus compañeras, habría tenido que dar demasiadas explicaciones si descubrían el test.