Capítulo 23 #4
Después de que naciera el bebé y, según el dinero del que dispusieran, ya decidirían entre los dos si seguían estudiando o no. O al menos uno de ellos, preferentemente Kenia. Podría continuar en la universidad cuando el pequeñín fuese a la guardería.
A Breixo no le importaba renunciar a su carrera por el bien de ella y el niño. Dentro de unos años, si todo marchaba bien, podría terminar de sacársela en la universidad a distancia, estudiando por las noches o ya vería cómo.
Kenia estaba aterrada. No dejaba de darle vueltas al asunto del condón roto.
¿Estaría caducado, en mal estado o algo así?
¿O lo habría roto ella con los dientes al colocárselo a Breixo en el pene?
¡Joder! ¡Qué mala suerte! Con la cantidad de veces que había hecho esa técnica y nunca había pasado nada…
Al menos, podía dar gracias a Dios porque le había sucedido con Breixo y no con cualquier cliente. Pero aun así…
Se pasó el viaje en avión rezando por no estar embarazada. Pidiéndole a Dios que le viniese el período el día que le tocaba.
De lo contrario… su vida se acabaría.
Tendría que renunciar a su carrera. No podría irse a Estados Unidos y volver convertida en inspectora de homicidios.
Sus padres pondrían el grito en el cielo cuando supieran que, con veintiún años, iba a ser madre de un novio que no sabían ni que existía, pues ella nunca les había hablado de Breixo.
Tendría que dejar la agencia. Adiós a las fiestas, adiós al sexo, adiós a pasarlo bien los próximos años.
Su vida se reduciría a atender al bebé, cambiar pañales, dar el pecho y salir a pasear por el parque.
A las siete de la tarde, que era cuando ahora solía salir de casa, tendría que regresar a ella para bañar al niño, darle de cenar y acostarlo, como hacían su hermano y su cuñada con su sobrina de diez meses.
Aunque le gustaban los niños, en estos momentos, el posible bebé que tuviera no era bien recibido. No estaba preparada para ser madre.
Observó a Breixo a su lado, ambos parados ante la cinta portaequipajes, esperando sus maletas una vez aterrizados en el Prat.
Si a ella le dolía tener que renunciar a su carrera, no quería ni pensar lo mucho que le dolería a su novio hacer lo mismo. Él, que tenía tantos planes de futuro; que quería montar su propia empresa y ahora ella se los iba a romper todos. Bueno, ella no. El bebé.
No podía estar embarazada. El destino no les jugaría esa mala pasada, ¿verdad?
Salieron del aeropuerto y cogieron un taxi, que los llevó a casa de Breixo.
—¿Por qué hemos venido a tu piso? —quiso saber Kenia, frente al portal.
Había estado tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta hasta que se bajó del coche.
—Quiero que te vengas a vivir conmigo y hoy puede ser un buen día para empezar. No voy a dejarte sola. Me ocuparé de ti y…
—Ya te he dicho que no tienes que ocuparte de mí. Soy lo suficientemente inteligente e independiente para hacerlo yo —siseó enfadada.
Breixo emitió un largo y cansado suspiro.
—Vamos arriba para hablar con tranquilidad.
—No.
—Por favor.
—No. Me quiero ir a mi casa. Llamaré a otro taxi —dijo Kenia, cabezota.
Él la detuvo cuando la vio sacar el teléfono del bolso.
—No lo hagas más difícil, cielo.
—¿Por qué no puedes entender que necesito estar sola? —gritó.
—¿Y para qué quieres estar sola? ¿Para comerte la cabeza con ideas absurdas? Yo también formo parte de esto, ¿sabes? Además, no sé por qué coño estamos discutiendo si todavía no sabemos si estás embarazada o no —soltó él en el mismo tono de voz alto que ella.
—Habla más bajo —murmuró ella entre dientes.
Miró a su alrededor y comprobó con alivio que la gente que pasaba por allí no los había oído.
Breixo dejó su maleta en el suelo y enmarcó el rostro de Kenia con las manos.
—Escucha: he estado pensando mucho durante el vuelo.
Llevo tiempo ahorrando para montar mi propia empresa cuando termine la carrera, como tú ya sabes.
Ese dinero lo puedo destinar al bebé, a ti, a todo lo que se necesite en los primeros meses de vida de nuestro hijo, si finalmente resulta que estás embarazada.
No tendrás que preocuparte por nada. Incluso podrás seguir estudiando.
Solo tendrás que renunciar a lo de irte a Estados Unidos.
Acabarás la carrera aquí, en Barcelona, mientras criamos juntos al bebé.
Eso en el caso de que estés embarazada. Pero si no lo estás…
nuestra vida continuará como hasta ahora.
No te preocupes por nada, cariño. No pienses en nada.
Tanto si es una cosa como si es la otra, vamos a salir adelante. Ya lo verás.
La besó despacio, rozando delicadamente sus labios, transmitiéndole todo el amor que sentía por ella.
Pero Kenia no le devolvió el beso. Se quedó quieta, como si fuera una estatua, dejándole hacer.
A él le dolió que ella no lo correspondiese, pero se dijo que era fruto del miedo que ella sentía ante la posibilidad de que estuviera en estado.
Abandonó sus labios poco a poco y la miró intensamente a los ojos.
—Te amo, mi vida. Todo a salir bien.
—Vale, pero me voy a mi casa —comentó Kenia, como si no hubiera oído nada de lo que él acababa de confesarle.