Capítulo 23 #3
Se inclinó sobre ella hasta casi rozar su boca.
—Hay un corazón que late por ti —susurró, acariciándole los labios a Kenia con su cálido aliento, haciendo que ella se estremeciera de puro deseo—. Te quiero.
La besó despacio, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Ella soltó los billetes que tenía en la mano para cogerle de la nuca y profundizar ese maravilloso y sensual beso que se estaban dando.
Abrió las piernas para que Breixo se colocara mejor entre ellas y continuaron besándose algunos minutos más, aplastando los pesos argentinos, que se quedaban pegados a la piel de Kenia por culpa del pegajoso champán.
Ella notaba la dura erección de su novio en su excitado sexo, así que alargó una mano hacia la mesilla de al lado de la cama y agarró un condón.
Se distanció un momento de la mágica boca de Breixo para romper con los dientes el envoltorio metálico y cuando sacó el preservativo, su chico se arrodilló frente a ella para que hiciera los honores.
Antes de ponérselo, Kenia decidió que le dedicaría unos minutos de mimos al miembro que se alzaba potente y orgulloso entre las piernas de su novio. Acercó la boca a la corona rosada y comenzó a lamer, chupar y succionar.
Breixo se dejaba hacer. Nadie adoraba su pene como su novia. Notó cómo poco a poco ella le ponía la funda de látex, ayudándose con las manos y los dientes, y jadeó por el erotismo que desprendía eso para él.
Cuando ella alzó la cabeza de su polla, se dio la vuelta, poniéndose a cuatro patas para que él la embistiese desde atrás.
Breixo deslizó poco a poco su erección por entre los pliegues íntimos de Kenia, sintiendo el calor que se ceñía a cada centímetro de su verga, hasta que la colmó y comenzaron un baile de caderas, de entradas y salidas de la vulva de Kenia, hasta que los dos alcanzaron el clímax y cayeron exhaustos sobre la cama.
Él rodó hacia un lado para no aplastarla, llevándose el cuerpo de Kenia consigo, abrazado a su espalda, pero sin salir de ella. Le gustaba sentirse así, unidos por su miembro. En ese momento eran solo uno.
—¿Cómo podrás respirar cuando te falte mi piel? —murmuró Breixo en su oído—. ¿Cómo podré hacerlo yo si me falta la tuya? Cuando estés en Estados Unidos y no tengamos contacto físico. Me voy a ahogar sin ti hasta que vuelvas.
Kenia giró la cabeza y lo miró asombrada. Era lo más romántico que le habían dicho en su vida. Breixo siempre conseguía abrumarla con la intensidad de sus sentimientos y la aturdía. Sin embargo, no contestó. Lo observó fijamente por entre sus pestañas, sabiendo que él no había terminado de hablar.
—Ven a vivir conmigo —le pidió el chico—. Antes de que te vayas. Aprovechemos todo el tiempo que podamos para estar juntos.
Como ella seguía en silencio, él continuó hablando, tratando de convencerla.
—Ahorrarías más dinero para el viaje y la estancia allí porque ya no tendrías que pagar el alquiler del piso que compartes con tus compañeras ni tu parte de luz, agua, gas, comida…
—O sea, que si me voy a vivir contigo, me convertiré en una mantenida, ¿no? —soltó ella por fin—. ¡Qué poco me conoces, Breixo!
Se movió para levantarse y el pene de su novio salió del interior de su sexo. Cuando estuvo de pie, comenzó a quitarse algunos billetes que se le habían adherido al cuerpo por culpa del pegajoso champán mientras él hablaba.
—¡No! No lo veas así. Solo quiero ayudarte, para que te lleves más dinero a Estados Unidos por si lo necesitas. Aunque, de todas formas, siempre puedes pedírmelo a mí y yo te haría una trasferencia…
Pero Kenia ya no lo escuchaba.
Notó cómo algo caliente le recorría el interior de los muslos y cuando miró hacia abajo se quedó helada. Comprobó con horror cómo un reguero de esperma descendía por su piel y que algunas gotas blancas estaban ya sobre la moqueta oscura.
—Mierda —masculló entre dientes—. Mierda, mierda, mierda… ¡Joder! —acabó gritando.
Su mirada se encontró con la de Breixo.
—¿Estás limpio?
Él no comprendió al momento esa pregunta, pero al bajar la vista por el cuerpo desnudo de su novia, supo a qué se refería ella.
—Por supuesto. Me hago revisiones periódicamente y la última fue la semana pasada. Todo está bien. Estoy perfectamente limpio.
—¡Joder! —volvió a gritar ella—. ¿Y si me has dejado embarazada?
—¿No tomas la píldora?
—No. Me afecta al hígado y como estoy algo delicada de él, hay medicamentos que no puedo tomar.
Breixo notó el temblor en la voz de ella y supo que estaba conteniéndose para no llorar de pánico ante esa idea.
Aunque Kenia parecía de muy mal humor, él la conocía bien, a pesar de que ella lo hubiese acusado minutos antes de lo contrario, y sabía que estaba a punto de quebrarse.
Se levantó con rapidez de la cama y la abrazó, haciéndose cargo de la situación al instante.
—Tranquila. Vamos a sentarnos y a calmarnos. No pienses lo peor. Seguro que no te he dejado embarazada. No te preocupes.
—¡Yo no quiero calmarme! —chilló de nuevo, empujándolo para separarse de él—. ¿Dónde has comprado esos condones de mierda? ¿O es que estaban caducados? ¿Por qué no tienes más cuidado, joder, Breixo, por qué?
Él se quitó el preservativo y lo examinó con detenimiento mientras Kenia le gritaba, desatando su furia. Él también estaba cabreado, pero no se sentía el único responsable. Si había sucedido esa desgracia, era cosa de los dos, no solo suya.
Que su novia se pusiera en ese estado de agitación podía comprenderlo. A él también le acojonaba la idea de haberla dejado embarazada, pero no tenía ningún derecho de arremeter contra él ni él contra ella. Las cosas se podían solucionar hablando, no gritándose uno a otro como energúmenos.
—Está roto —confirmó Breixo, sentándose en la cama.
«¿Cómo es posible?», se preguntó. Sus condones no estaban caducados. Se encargaba de ello. A lo mejor lo había rasgado ella al colocárselo con los dientes.
¡Bah, qué importaba eso! Estaban los dos en esto y no tenía por qué buscar culpables. Ella era su novia. El amor de su vida. Le daba igual cómo se había roto la funda de látex. Harían frente juntos a lo que fuera.
—¡Ya me he dado cuenta! —continuó gritando Kenia.
En un rápido movimiento, él la agarró del brazo y tiró de ella para tumbarla en la cama. Se subió encima de su cuerpo, inmovilizándola de piernas y brazos, y le tapó la boca para que lo escuchara.
Kenia se resistió, pero Breixo era más fuerte y no pudo hacer nada más que quedarse quieta por fin, con el pecho subiendo y bajando al ritmo de su acelerada respiración. Se miraron unos segundos a los ojos, hasta que a ella comenzaron a correrle las lágrimas por las mejillas.
Su novio se inclinó sobre su cara. Apartó la mano de la boca de Kenia y la deslizó por el pelo con ternura. La besó en los párpados cerrados, bebiéndose cada lágrima que salía de ellos.
Él también se rompió por dentro al verla así. Pero no lo demostró. Uno de los dos tenía que ser fuerte para afrontar la situación con la cabeza fría.
Y ese iba a ser él.
—Todo se va a arreglar, cielo. No llores. Aún no sabemos si estás embarazada o no. No te pongas en lo peor.
—Pero… pero… no puede ser… no me puede pasar… esto… solo tengo… veinte años… —se quejó ella sin parar de llorar.
—¿Cuándo debería bajarte la regla?
Kenia pensó unos segundos mientras sollozaba.
—La… la semana… que viene… Me toca justo para… mi cumpleaños.
—Bueno, pues habrá que esperar y ver qué pasa. Tranquilízate, por favor. Deja de llorar.
—¿No lo entiendes? Si me quedo embarazada, adiós a mis estudios y adiós a mi carrera en el Cuerpo de Policía como inspectora de homicidios.
Siempre he soñado con serlo y ahora… no…
no puedo… es demasiado pronto… para un bebé…
Además… llevamos tan poco tiempo saliendo…
y mis padres no saben nada de ti… de que existes… de que estoy con alguien…
Breixo la abrazó y cargando con ella, se sentó contra el cabecero de la cama. A Kenia la colocó sobre su regazo, acunándola como si fuera una niña pequeña.
—Yo también estoy acojonado, si te soy sincero.
Tampoco entra en mis planes ser padre a los veintitrés.
Tendría que dejar mis estudios también y ponerme a trabajar para manteneros al niño y a ti.
Lo más seguro es que no lo estés, pero si sucede quiero que sepas que voy a estar a tu lado pase lo que pase.
Agarró la barbilla de Kenia con dos dedos y la alzó para centrar su mirada en la de ella.
—Llevo mucho tiempo diciéndotelo. Te quiero y nada me va a separar de ti.
Nada hará que nuestra relación se rompa.
Ni un embarazo no deseado ni nada de nada.
Así que quítate de la cabeza todas las ideas que tengas sobre que llevamos poco tiempo juntos, que vas a tener que dejar de estudiar, etcétera, y vamos a esperar a ver qué sucede.
A lo mejor te baja la regla y resulta que estamos aquí haciendo cábalas cuando no tenemos que preocuparnos de nada.
···
El viaje de vuelta a Barcelona lo hicieron en silencio. Aunque Breixo intentó distraer a Kenia de sus pensamientos, no lo logró y, finalmente, optó por no darle más conversación, pues ya veía que ella comenzaba a enfadarse.
Estuvo divagando sobre las posibilidades de que su novia estuviera en estado y se dio cuenta de que la idea no lo disgustaba en absoluto, a pesar de que también él estaba muerto de miedo.
Cierto que eran muy jóvenes para ser padres, pero ambos tenían ahorros con los que hacer frente a la situación de criar a un hijo.
Además, hasta que naciera el bebé, los dos podrían continuar con sus estudios en la universidad.
Obviamente él tendría que hacer más servicios como acompañante masculino hasta que llegase ese momento y ganar más dinero, porque estaba claro que no pensaba dejar que Kenia continuase siendo una escort .
Ahora más que nunca debía cuidarse, descansar y prepararse para la maternidad.
Ya no podía ir por ahí regalando sus besos a otros ni rondando en camas ajenas.
No permitiría que continuase con esa vida sexual cuando llevaba a su hijo en el vientre.