Cuando te falte mi piel Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Kenia solo llevaba un conjunto de lencería que dejaba bien poco a la imaginación.

Medias de liga negras y unos altísimos zapatos de tacón.

El pelo suelto le caía por la espalda. Tuvo que retozar en la cama ella sola, tocándose sensualmente, mientras el resto observaba en silencio, grabándola.

Después, entró en escena Breixo, con un pantalón negro y el torso descubierto.

Se subió a la cama con ella y comenzó a besarla cerca de sus rincones íntimos.

—Me estoy poniendo cardíaco —susurró contra su piel.

—Shhh, calla, o nos harán repetir la toma —le ordenó Kenia.

—Por mí podemos repetir todas las veces que haga falta.

En ese momento, Sam le ordenó a la joven que se diera la vuelta para enseñar el trasero a la cámara y que Breixo se lo mordisqueara y lo manoseara con posesión.

—Como si yo necesitara que me dijeran que te toque posesivamente el culo —murmuró para que solo ella lo oyese—. Si este culito es mío…

En ese momento, el cantante entró en escena.

Cogió a Breixo por los hombros y lo arrancó de al lado de Kenia.

Comenzaron una pelea ficticia, donde los golpes, puñetazos y patadas iban todos destinados a que el escort acabase en el suelo.

Después, cuando el cantante hubo vencido, se acercó a la cama y se llevó a la chica.

—Menos mal que sé que al final con quien te vas a ir a la cama es conmigo, que si no… —le dijo Breixo a Kenia riendo cuando todo terminó aquel día.

La joven aprovechaba los ratos libres para estudiar. Su novio hacía lo mismo, gracias a que los compañeros de ambos les mandaron el temario de esos días por email .

Rodaron exteriores en el Torreón del Monje, uno de los iconos de la ciudad balnearia marplatense.

Se trataba de una edificación de influencia gótica, construido sobre las rocas de Punta Piedras en 1904.

Su arquitectura, con los tejados rojos, la cúpula, la torre y el puente peatonal, hechizaron a Kenia.

—Este lugar es precioso. Me encanta —susurró con los ojos recorriendo aquella maravilla arquitectónica—. ¿Te imaginas haciendo un reportaje de boda en un lugar así? Tiene que quedar súper bonito y muy romántico.

—¿Eso es un sí?

—¿Un sí a qué? —preguntó ella sin saber de qué estaba hablando su novio.

Breixo se acercó más a ella con su andar felino y la tomó de la cintura para pegarla a él.

—Una vez te pregunté si querías casarte conmigo y aún estoy esperando una respuesta.

Kenia recordó la conversación que mantuvieron en la fiesta de exalumnos a la que habían ido con un par de clientes.

—No me preguntaste nada. Diste por sentado que tú y yo nos casaremos algún día.

—Vale, lo reconozco. No te hice la típica pregunta, pero mis intenciones quedaron bien claras y continúan siendo las mismas. Entonces ¿te gusta este sitio para celebrar la boda y hacer las fotos? —quiso saber el chico.

—Ya te dije entonces que vas demasiado rápido. Me asustas, Breixo. Además, estoy a punto de cumplir veintiún años. ¿Quién demonios se casa a esa edad?

—Es cierto que es demasiado pronto para casarnos. Somos muy jóvenes los dos. Quizá dentro de algunos años lo hagamos. Pero tienes que saber que yo tengo muy claras las cosas en mi vida, Kenia, y sé que te quiero en ella desde la primera vez que te vi.

Sam se acercó a ellos para indicarles algunas posiciones, por lo que tuvieron que dejar de hablar.

El video terminaba con que al cantante lo detenía la policía por secuestro, liberando así a la chica y esta se reunía con Breixo, fundiéndose en un apasionado beso.

Cuando acabaron el rodaje ese día, el último ya, decidieron dar un paseo por la Plaza Colón, disfrutando del extenso parque.

—Cuando volvamos al hotel quiero estudiar un rato antes de acostarme —lo informó Kenia.

—¿No quieres que vayamos a la fiesta que da la productora para celebrar que ya hemos terminado?

—No. Estoy cansada y mañana nos espera un largo día de viaje de vuelta a España. Prefiero estudiar un poco y dormir.

—A mí me apetecía pasarme por la fiesta un rato —comentó Breixo.

—Puedes ir, si quieres. Así no te aburres mientras yo estudio.

—Está bien. Pero te prometo que volveré pronto. No quiero que te duermas sin darte lo tuyo.

—¿Y qué es lo mío? —preguntó ella, con voz melosa, haciendo como que no sabía a lo que se refería su novio.

Breixo, por toda respuesta, la besó.

···

Kenia estaba sobre la cama, sentada al estilo indio, con el ordenador encima de sus piernas, repasando los apuntes que le había mandado un compañero de la facultad.

Al oír cómo la puerta se abría, levantó la vista y se encontró con Breixo, que portaba en una mano una bolsa del casino y en la otra una botella de champán.

—Hola, belleza —saludó a Kenia con un ronroneo sensual, al tiempo que cerraba la puerta con el pie.

—Hola, guapo. ¿Qué tal la fiesta en el casino?

—Bien. Lo he pasado genial.

—Y si estaba tan bien la fiesta, ¿por qué te has venido? Es un poco pronto, ¿no? —dijo ella mirándose el reloj en la muñeca.

Él se acercó a la cama lentamente y recorrió con la mirada a su novia, que llevaba un corto camisón de satén gris con ribetes de encaje negro. Ella se estremeció bajo el poder de aquella mirada abrasadora que le había calentado la sangre en décimas de segundo.

—He venido tan pronto porque allí la gente comenzaba a desvariar.

Algunos ya estaban bastante borrachos y el consumo de drogas empezaba a hacer efecto en varios.

No me va ese rollo —comentó, haciendo una mueca de desprecio—.

Además, no dejaba de pensar en ti, aquí solita, y como te prometí que te daría lo tuyo antes de que te durmieses…

Dejó la bolsa encima de una silla y la botella en el suelo, al lado de la cama, mientras decía las últimas frases y, acto seguido, le quitó a Kenia el portátil de las manos. Lo llevó a una mesa cercana para dejarlo allí y después regresó a la cama con ella.

Kenia ya lo esperaba tumbada sobre el colchón, ansiando rendirse a sus caricias y sus besos.

—¿Un poco de champán, cariño? —preguntó él, descorchando la botella.

La joven se alzó un poco, apoyándose en los codos al tiempo que asentía con la cabeza. Él se sentó en el borde de la cama.

Breixo le sujetó la nuca y cuando ella abrió la boca, él vertió el líquido dorado en su interior. Después bebió un poco de la botella y luego volvió a darle a ella. Pero justo en ese instante, movió la mano y el champán cayó por el cuello y el pecho de Kenia, empapándole el camisón.

—¡Huy! ¡Qué torpe soy! ¡Mira cómo te he puesto!

Él fingió que lamentaba mucho lo ocurrido, pero una sonrisa maliciosa se extendió por su rostro mientras los ojos le brillaban con picardía.

—Creo que será mejor que me lo quite o me arruinarás el camisón —objetó Kenia sonriéndole de igual modo.

Se sentó en la cama y se pasó la prenda de satén por la cabeza para deshacerse de ella. Debajo solo llevaba un tanga de encaje blanco.

—Creo que deberías quitarte eso… —Breixo señaló el tanga—. Si no quieres que lo arruine también con el champán o que te lo arranque a mordiscos en un arrebato de pasión.

Ella obedeció y deslizó por sus piernas la lencería.

Cuando se volvió a tumbar sobre la cama, su novio vertió un poco de champán entre sus senos y, ávido, se lanzó a lamer los ríos de líquido que iban deslizándose por la piel de Kenia.

El contraste entre la fría bebida, la húmeda lengua de Breixo y el calor de su piel, hicieron que ella se estremeciese de placer.

Su novio se apoderó de uno de los pezones y lo fustigó con la lengua para endurecerlo. Cuando lo consiguió, pasó al otro, succionando hasta que lo tuvo igual que su compañero.

Kenia se retorcía bajo las caricias de Breixo sin parar de gemir.

—Desnúdate tú también. Quiero tocarte —le pidió ella.

El joven obedeció con rapidez y en pocos segundos comenzaron a rozar piel con piel, ardiendo con cada beso, con cada caricia.

Breixo recorrió con manos posesivas el vientre de Kenia hasta llegar al pubis.

Allí vertió un poco de champán para beberlo de entre los muslos de su chica.

Ella observaba la escena pensando que era lo más erótico que había visto en su vida.

Clavó los dedos en la cabeza de su novio y lo obligó a profundizar con la lengua entre sus pliegues femeninos, al tiempo que un hormigueante calor se iba extendiendo por su sexo.

Cuando alcanzó el orgasmo, quedó desmadejada sobre el colchón.

Con los ojos cerrados y el pulso latiéndole a mil, sintió el roce de los labios de Breixo sobre los suyos.

Abrió la boca para recibirlo, pero él no se demoró y la abandonó pronto.

Notó que se levantaba de la cama y caminaba por la habitación. Abrió un ojo para comprobar que era lo que estaba haciendo y la visión de su culo prieto le hizo desear que volviera pronto a su lado.

—¿Qué haces? —preguntó ella observando que su chico agarraba la bolsa que había traído del casino— Vuelve. Tengo frio sin ti.

—¿Sabes? He ganado algo de dinero jugando.

—Enhorabuena —lo felicitó ella.

—Y desde que me han pagado no dejo de pensar en cómo sería hacer el amor contigo sobre un montón de billetes.

Regresó a la cama, le dio la vuelta a la bolsa y sobre el cuerpo de Kenia, desnudo y pegajoso por el champán, cayó el dinero.

Ella abrió los ojos como platos al ver tantos billetes y comenzó a reírse por la idea que había tenido su novio.

—¿Cuánto hay?

—Cincuenta mil pesos argentinos —la informó él.

—Y eso al cambio es…

—No sé exactamente a cuánto está el peso argentino, pero creo que en euros serán unos mil setecientos.

—¡Vaya! Eres un chico con suerte —lo alabó Kenia.

Breixo se subió encima de ella y de los billetes, aplastando algunos, mientras Kenia examinaba varios de ellos tumbada en el colchón.

—Yo ya tuve suerte hace tiempo cuando te encontré a ti y quisiste ser mi novia. Esto de hoy no tiene nada que ver. Es fruto de mi mente ágil para las matemáticas y las combinaciones de números. Para contar las cartas que van saliendo, observando y calculando.

—Mi chico es todo un cerebrito.

—Debajo de esta impresionante fachada física hay algo más. ¿O qué te creías?