Cuando te falte mi piel Capítulo 22
52%

Capítulo 22

Hacía días que Aroa no pisaba el gimnasio al que acudía dos veces por semana desde que vivía en Barcelona. Así que ese día se dijo que no lo iba a dejar pasar. Tenía mucha tensión acumulada y necesitaba descargarse.

Se colocó los cascos para escuchar a Green Day mientras subía a la cinta de correr. Al tiempo que comenzaba a dar zancadas sobre ella, Boulevard of broken dreams inundó sus pabellones auditivos.

Concentrada en sus pisadas y en la música rock punk del grupo estadounidense, no se percató de que Gabriel estaba a su lado observándola desde hacía varios minutos.

Él admiraba el curvilíneo cuerpo femenino deseando recorrerlo con las manos. Empaparse de la suavidad de la piel de Aroa, que no había podido olvidar, y deleitarse con la madurez que estaba adquiriendo.

Una lujuriosa sensación de hambre sexual invadió sus venas. La presencia de Aroa lo excitaba sobremanera y dudó sobre qué hacer. ¿Se dejaría arrastrar por lo que su cuerpo le gritaba o retrasaría el deseo de hacerla suya?

Aquel no era el escenario más conveniente para dar rienda suelta a su pasión, desde luego.

En ese momento, Aroa giró la cabeza y se encontró con los ojos de Gabriel, que se habían convertido en dos lenguas de fuego que recorrían su piel, abrasándola.

Trastabilló y tuvo que agarrarse al dispositivo electrónico que le marcaba los kilómetros recorridos.

Comprobó cómo él esbozaba una lenta y sensual sonrisa tras ver su reacción.

Gabriel le habló, pero ella no llegó a oírlo pues la música a todo volumen de Green Day cantando American Idiot casi le perforaba los tímpanos.

Se sacó los auriculares con un gesto de fastidio que contrastaba con el repentino anhelo que la había asaltado nada más verlo.

Un nudo en el estómago retuvo las mariposas que revoloteaban frenéticas para no dejarlas escapar.

Su corazón bombeaba desbocado por la carrera, pero también por el magnetismo feroz que irradiaba Gabriel con los ojos clavados en ella, devorándola.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó la inspectora de mal humor.

Detuvo la cinta de correr y se bajó de ella.

El empresario observó su cuerpo sudoroso y fantaseó con que la próxima vez que ella sudase, sería a consecuencia de las noches de pecado que él la haría disfrutar teniéndola bajo su cuerpo.

O encima.

O de lado.

O contra la pared…

No le importaba la postura siempre que fuera él quien consiguiese hacerla sudar y, sobre todo, gritar de placer.

—Me han dicho que este gimnasio es muy bueno y, por eso, acabo de apuntarme.

Los dos se retaron a un duelo con la mirada.

Gabriel llevaba un pantalón corto de algodón y una camiseta gris que se ceñía a su espectacular torso y sus fuertes brazos.

Aroa lucía unas mallas negras y un top ajustado azul que marcaban deliciosamente su figura haciendo que cualquier hombre de los que allí había comenzase a salivar.

—Ya —soltó escéptica.

Cogió su botella de agua, que había dejado al lado de la máquina, y se dio media vuelta para irse.

Gabriel, en un rápido movimiento, la enganchó del brazo y se pegó a su espalda.

—Te follaría ahora mismo sin importarme quién esté mirando —susurró con voz ronca en el oído de Aroa.

Ella al notar el cálido aliento del hombre sobre su piel, se estremeció de deseo. Una corriente eléctrica se creó entre los dos e hizo crepitar el ambiente a su alrededor.

—Suéltame.

—¿Por qué faltaste a la cita? —preguntó él negándose a perder el contacto corporal con ella.

Aroa se soltó de un tirón y comenzó a caminar para alejarse de Gabriel. Necesitaba poner espacio entre los dos, si no, se volvería loca y haría algo de lo que se arrepentiría toda la vida. No estaba dispuesta a ello. Bastante tenía ya con los recuerdos del pasado.

Gabriel la siguió como un perrito faldero, babeando tras ella y conteniéndose para no darle un buen apretón en ese culo redondo y respingón que lo tentaba.

Al pasar por delante de uno de los espejos de la sala, la inspectora se dio cuenta de cómo el empresario correteaba detrás de ella por todo el gimnasio como si fuera un quinceañero persiguiendo a la chica popular del instituto.

Se dio la vuelta y Gabriel a punto estuvo de chocar contra ella.

—Porque me dio la gana, ¿vale? —soltó brusca.

—¿No será porque tienes miedo de reconocer que aún me sigues amando?

Ella miró a su alrededor. Parecía que nadie prestaba atención a la conversación que mantenían.

—Escucha Gabriel: No quiero hacerte más daño, ¿de acuerdo? Es mejor olvidar y dejarlo todo así. El pasado ya está muerto y enterrado.

Salió de la sala de fitness con la esperanza de que sus palabras hubieran convencido al empresario.

Se dio cuenta de que no había sido así cuando él volvió a cogerla por el codo para detener su avance en medio del pasillo.

—¡Joder! ¿Eres masoquista o qué? ¡Ya te he dicho que no quiero saber nada de ti! —le gritó.

Gabriel acalló su grito con un apasionado beso que dejó a Aroa sin respiración.

Al principio, ella intentó retirar la cabeza, pero él siguió el movimiento con los labios todavía fusionados.

Poco a poco, Aroa cedió. El irresistible deseo por Gabriel estaba ganando la batalla mientras la lengua masculina profundizaba en la boca de ella, recorriendo con pericia cada rincón, acariciándola con lentitud y siendo recompensada con un placer soñado durante largo tiempo.

Ella soltó un suave gruñido. Ese sonido hizo que el corazón del empresario latiera con una mezcla de excitación y ansiedad.

Gabriel la empujó con dulzura hasta chocar contra la pared y encerrar el cuerpo femenino entre sus brazos.

Aroa, con las manos sobre sus pectorales, sintiendo cómo estos se contraían bajo su presión, decidió que no podía rendirse a sus caricias por mucho que estuviera ardiendo de deseo.

Rompió el beso de manera brusca y le asestó un tortazo que le dejó todos los dedos marcados en la mejilla.

—No vuelvas a besarme —espetó enfadada, empujándolo para salir de su encierro.

Gabriel trastabilló hacia atrás mientras se acariciaba la zona lastimada.

—Volveré a hacerlo —la amenazó, viendo cómo ella se alejaba por el pasillo—. La próxima vez te daré un beso que te obligue a quedarte en mi vida para siempre.