Capítulo 21 #2
Kenia tomó un sorbo de su copa disfrutando del sabor del vino rosado, mientras pensaba en todo lo que había dicho su novio y él hizo lo mismo esperando su respuesta.
—Breixo, solo es un trabajo. Nada más. Entiendo que no todo el mundo podría dedicarse a esto, pero a mí se me da bien y me gusta.
Es morboso, transgresor. Hago algo prohibido y eso me excita.
Y lo hago porque quiero, no lo olvides. Además, la pasta que gano me viene genial.
A partir de ahora, voy a ahorrar todo lo que pueda porque quiero estudiar el último año de la carrera en Estados Unidos y necesito tener efectivo para costeármelo.
—¿Te vas a ir a estudiar fuera? —se sorprendió él.
Kenia asintió con la cabeza. Al ver la expresión de su rostro, añadió desafiante:
—¿Algo que objetar?
—No.
—Bien, porque te recuerdo que eres mi novio, no mi dueño. Haré con mi vida lo que crea oportuno en cada momento. Si te gusta, bien. Si no, te aguantas.
Breixo esbozó una pequeña sonrisa y la agarró de la barbilla para acercar su boca a la de ella.
—No te enfades. Es solo que me ha sorprendido porque no me habías comentado nunca nada sobre esto.
Tras besarla con dulzura, continuó hablando.
—Me parece muy bien que te marches a estudiar fuera. Es una experiencia enriquecedora. Pero me preocupa nuestra relación. Podría resentirse.
El camarero llegó con la ensalada, que dejó en el centro de la mesa y se marchó a buscar los demás platos que habían pedido.
—Un año pasa rápido. Además, estaríamos conectados. Hoy en día, internet es un gran aliado de las relaciones a distancia. Podríamos vernos y hablar por Skype.
Breixo le dio la razón y todo lo que habían estado hablando hasta ese momento pareció que el viento se lo llevaba porque no volvieron a tocar ninguno de los dos temas. Continuaron disfrutando de la comida nizarda, deleitándose con sus sabores y sus aromas.
Cuando estaban pagando, oyeron un estrépito a su lado y al girarse comprobaron que a otro camarero se le había caído una bandeja cargada con bebidas.
El pobre hombre se cortó en una mano y la sangre le inundó la palma.
Kenia corrió a auxiliarle. Inspeccionó la herida y tras ver que ningún cristal se había incrustado en ella, sacó de su bolsito un pañuelo desechable para taponarla. El empleado le agradeció su ayuda.
Cuando ella se giró, vio a Breixo sentado en la silla, inclinado hacia delante, con los codos sobre sus rodillas y las manos tapándose el rostro.
—Ya está. No ha sido nada. Nos podemos ir.
—Espera un momento —dijo el joven sin levantar la cara—. Si me muevo ahora, me caeré redondo al suelo.
—¿Por qué? ¿Te encuentras mal? ¿Demasiado vino?
Kenia lo observó más detenidamente. El trozo de piel que sus manos dejaban al descubierto se había vuelto de un tono pálido verdoso.
—No soporto la visión de la sangre ni su olor. Hace que me maree —confesó Breixo a duras penas, notando cómo el aire le faltaba a sus pulmones.
Ella, al escucharlo y ver en ese estado a aquel hombre alto y fuerte, se sorprendió. Pero la sorpresa le duró poco, pues enseguida una carcajada salió de su garganta.
—Qué mala eres —la acusó él, por entre los dedos de sus manos, con la cabeza gacha todavía.
—¡Ay! ¡Perdona! —se disculpó Kenia, aguantándose la risa—. Es que no esperaba esto de ti.
Kenia se volvió a sentar en la silla a su lado y lo rodeó con los brazos, acunándolo igual que una madre haría con su niño pequeño.
—Tengo un abanico en el bolso. ¿Quieres que te dé un poco de aire? ¿Necesitas beber agua? —preguntó con voz dulce.
—Sí, por favor —respondió él, mortificado porque le avergonzaba enormemente que su novia lo viera en aquel estado de vulnerabilidad.
—Cuando vas a hacerte análisis de sangre, ¿cómo consiguen las enfermeras sacártela? —quiso saber Kenia al tiempo que sacaba del bolso su abanico.
—¡Uf! No veas la que monto. Tengo que tumbarme en una camilla, mirar para otro lado y taparme la nariz. Si no hago esto, me caigo redondo al suelo.
Minutos después, cuando Breixo se hubo repuesto de su indisposición, continuaron con la visita a la ciudad.
Una vez terminado el turismo, Kenia y Breixo regresaron al barco anclado en el puerto de Niza, y comprobaron que los clientes ya habían comenzado la fiesta sin ellos.
Se encontraron a Susan a cuatro patas haciéndole una felación a su marido mientras Sam la empalaba por detrás.
—Desnudaos deprisa —les ordenó Kenneth—. Tenemos ganas de follarnos a Kenia y de que tú… —Señaló a Breixo—… Le des placer a mi esposa.
La pareja se despojó de las ropas de inmediato y se unieron a ellos. Kenia comenzó a besar a Kenneth mientras este le acariciaba el sexo desnudo para excitarla. Breixo se tocaba el pene con la intención de endurecerlo y sustituir a Sam con Susan, que no dejaba de chupar el miembro de su marido.
—Quiero correrme dentro de ella —indicó Sam, saliendo del interior de la inglesa y señalando a Kenia.
La agarró de un brazo y tiró de ella para tumbarla en la cama. Acto seguido, sustituyó el condón por uno nuevo, por higiene, se hundió entre los pliegues femeninos de la joven y comenzó a entrar y salir de ella con bestialidad.
Susan continuó con la felación a su marido y Breixo se colocó en el suelo, entre las piernas de la mujer, para jugar con su clítoris y su vulva.
Sin embargo, sus ojos no podían despegarse de lo que sucedía en la cama.
Ese hombre era un animal salvaje y estaba seguro de que lastimaría a su chica.
Recordó lo que su novia le había comentado sobre la manera en que él la follaba y sintió deseos de ir hacia allí y arrancarle de encima del cuerpo de su novia, pero al ver que alcanzaba el orgasmo en ese momento, respiró un poco más tranquilo.
Kenneth también estaba a punto de lograr su éxtasis, pero no deseaba hacerlo en la boca de su esposa. Salió de ella y se encaminó a la cama, donde Kenia yacía descansando.
—Ahora me toca a mí —le dijo.
La escort se abrió de piernas nuevamente y el inglés, tras colocarse un preservativo, se insertó en ella de una certera estocada que le hizo gemir de placer.
Kenia notaba cómo se iba calentando con cada choque de la pelvis masculina contra la suya y en pocos minutos ya estaba al borde del orgasmo. Ladeó la cabeza buscando el aire que le faltaba a sus pulmones y vio a Breixo con Susan en brazos.
Su novio aplastaba a la inglesa contra la pared mientras la colmaba con su erección y ella no dejaba de gritar que quería más… más… más…
Breixo giró la cara y miró a Kenia. Le dedicó su sonrisa más canalla antes de tirarla un beso con los labios y devolver su atención a Susan.
Los dos se corrieron a la vez, pero disfrutando de cuerpos ajenos.
···
A la mañana siguiente, antes de desembarcar en el puerto de Barcelona, al que habían llegado hacía poco, Sam se dirigió a ellos con una propuesta.
—Tengo que rodar un video para el cantante Ash —Kenia y Breixo asintieron, pues los dos conocían sus canciones—. Me gustaría que vosotros participaseis en él.
—¡Vaya! —exclamó el joven.
Kenia, sin embargo, no dijo nada. Se había quedado sin habla por la sorpresa.