Capítulo 21
—¿Recuerdas a Kenneth y a Susan? El matrimonio inglés del yate de lujo —le aclaró Mireia a Kenia, semanas después.
—Sí, claro que los recuerdo. Lo pasé muy bien con ellos. Me gustaron bastante. ¿Por qué? ¿Han vuelto a llamar? No me importaría repetir la experiencia —confesó Kenia, alegre ante la posibilidad de que los ingleses requiriesen sus servicios otra vez.
—Pues estás de suerte porque sí, han vuelto a llamar y han preguntado por ti.
Kenia, feliz, dio saltitos y palmadas como una niña pequeña cuando recibe por Navidad su juguete deseado.
Chloé y Dunia llegaron en ese momento al piso. Al verla tan contenta, le preguntaron a qué se debía.
—Se va a pasar tres días con unos clientes a la Costa Azul, concretamente a Niza —explicó Mireia.
—¡Qué suerte! —exclamaron sus amigas a la vez.
Kenia dejó de saltar y dar palmas en cuanto escuchó a Mireia.
—¿Cómo que me voy tres días a Niza? —preguntó atónita.
—Sí, guapa. Te han contratado por tres días, que pasarás en su yate, y con otro amigo suyo que se unirá a la fiesta. Salís el jueves por la tarde, así que ve haciendo las maletas.
Kenia fue a replicar algo, pero Mireia no la dejó.
—Bueno, tampoco prepares mucho. Ya sabes que te vas a pasar la mayor parte del tiempo desnuda y que si tienes frio, ellos te darán mucho calor.
—Uhhhh —soltaron Dunia y Chloé entre risas.
—No puedo irme tres días con ellos en el barco. El curso ha empezado hace un mes y no me quiero perder ninguna clase —se quejó la escort .
—También han contratado a Breixo —la informó Mireia—. Acabo de hablar con él y me ha dicho que lo hará encantado siempre que seas tú quien lo acompañe en esta aventura.
—Pero… pero…
—Pagan veinte mil euros, Kenia. Diez mil para ti —la informó su compañera—. Y a Breixo le van a dar tres mil. Me lo acaba de confirmar él.
—¿Solo tres mil euros para él? —preguntó Dunia.
—Sí, solo tres mil. Los acompañantes masculinos ganan mucho menos que nosotras. Ya lo comentó Breixo cuando lo conocimos, ¿recordáis?
Mientras sus amigas hablaban sobre esto, Kenia debatió consigo misma si aceptar el servicio o no.
Era mucho dinero, sinceramente, y sabía que a Breixo le iban a venir muy bien los tres mil que ganaría.
Los dos podrían despreocuparse de los gastos universitarios, el piso, la comida y demás en unos cuantos meses.
Ella ya tenía acumulada una pequeña fortuna y, aunque se había visto mermada al pagar la nueva matrícula de ese curso, todavía podía permitirse algunos lujos.
A Breixo nunca le había preguntado cuánto tenía ahorrado, pero se imaginó que al ganar menos que una escort femenina y dado que la matrícula en su facultad era elevada, necesitaba el dinero para sanear sus cuentas.
Además, la oportunidad de conocer Niza y hacerlo en compañía de Breixo se le antojaba una experiencia única.
Y ser compartida por tres hombres y una mujer la tentaba de una manera escandalosa.
Como se ausentaría de las clases del viernes en la facultad tendría que pedirle los apuntes a alguna compañera o a algún compañero y trabajar duro la siguiente semana para ponerse al día. Pero no importaba. Ella tenía capacidad suficiente para hacerlo.
—Está bien. Acepto —respondió por fin a Mireia.
Nada más terminar de hablar, sonó el móvil de Kenia. Al mirar en la pantalla, comprobó que era Breixo.
—Hola, guapo.
—Hola, preciosa. ¿Ya te ha contado Mireia lo de Niza?
—Sí, y he aceptado, igual que tú.
—¡Fantástico! ¡Verás qué bien lo vamos a pasar! —exclamó él al otro lado de la línea telefónica.
Kenia recordó en ese momento que Breixo tenía que trabajar esa noche y por eso no habían quedado para verse.
—Oye, ¿tú no deberías estar con una clienta? —le preguntó.
—Sí. Estoy llegando a su casa. Cuando termine el servicio, te llamaré y, si no estás cansada, podemos vernos un rato.
—De acuerdo. Esta noche yo no trabajo, pero he venido al piso porque había quedado con las chicas para cenar y ver una película, como te comenté ayer.
—Sí, lo recuerdo —dijo Breixo—. Pasadlo bien todas. Luego nos vemos, cielo. Besos en todas tus partes sonrosadas —se despidió con una voz sensual que excitó a Kenia.
—Igualmente —ronroneó ella como si fuera una gata en celo.
···
La capital de la Costa Azul enamoró a Breixo y a Kenia por su luminosidad excepcional y el mar de hermosos tonos azulados. A esto había que sumarle su extraordinario emplazamiento geográfico, entre el mar Mediterráneo y las montañas, la diversidad de sus paisajes y la suavidad del clima.
Niza era una ciudad de historia, de cultura, de ocio, de aromas y sabores. Los amantes tuvieron tiempo de recorrer los distintos mercados de frutas y verduras, de flores y demás productos típicos de la zona sur de Francia.
La ciudad vieja, con sus callejuelas estrechas, sus iglesias barrocas y sus piazzettas les mostró otros muchos tesoros que aguardaban al turista.
Habían llegado hacía dos días. Dos días en los que no salieron del barco, en alta mar frente a Niza, sumergidos en la bacanal de sexo compartido con Kenneth, Susan y Sam, un productor de videos musicales amigo del matrimonio inglés.
Lo habían pasado muy bien, pero ese día, cansados de tanto sexo y de dormir pocas horas, decidieron disfrutar de la ciudad. Breixo y Kenia se marcharon los dos solos para descubrir la increíble belleza de ese rincón de la Costa Azul.
—Esto es precioso. Me quedaría aquí a vivir —comentó Kenia recuperando el aliento después de subir los doscientos catorce escalones para alcanzar la cima de la Colina del Castillo.
Su esfuerzo y el de su novio se vieron recompensados por unas vistas fascinantes de la Baie des Anges y del conjunto de la ciudad.
—Tienes razón. Todo esto es espectacular. ¿Recuerdas ayer cuando navegamos frente a la ciudad observando a los delfines y las ballenas? —preguntó Breixo mientras la abrazaba por detrás—. No lo olvidaré mientras viva.
—Sí, fue muy bonito. Hemos tenido suerte al haber venido aquí con Kenneth y Susan, ¿verdad? Así que disfrutemos mientras podamos porque no sé si en el futuro viviremos más experiencias como esta.
—Yo creo que alguna más viviremos si continúan contratando nuestros servicios. Además, Sam está muy interesado en ti, ¿lo has notado? —comentó Breixo.
—No más de lo que lo están los otros dos —dijo Kenia encogiéndose de hombros.
Breixo la abrazó más fuerte y la dio un delicado beso en la nuca.
—Yo creo que sí, aunque tú no lo sepas ver.
—No me gusta cómo me folla —confesó Kenia bajando la voz para que solo su novio la oyera—. Es un bruto y me hace daño. Pero bueno, he estado con más clientes de este estilo, así que como pagan bien no me quejaré.
Él no añadió nada y los dos permanecieron en silencio unos minutos observando las increíbles vistas de la bahía y el mar.
—¿Seguimos con el paseo? —preguntó Kenia al cabo de un rato.
Breixo asintió. La giró para besarla en la boca y, agarrándola de una mano, continuaron visitando aquella maravillosa ciudad hasta la hora de comer.
—Estás muy callado. ¿En qué piensas? —quiso saber ella.
—Estoy pensando en la diferencia entre hombres y mujeres en esta profesión. Vosotras estáis más desvalidas, sois más vulnerables. ¿Cómo sabéis que un cliente no os violará durante un servicio? No podéis. Estáis desprotegidas. Me preocupa que te suceda algo así.
Llegaron a la terraza de un restaurante y el maître les indicó una mesa libre. Tras leer la carta, Kenia pidió por los dos. Sabía que Breixo era de buen comer y que a él no le importaba lo que ella eligiese, pues le gustaba todo. Además, él no hablaba francés y ella sí.
—Una botella de Château de Bellet rosado, una ensalada nizarda para compartir, y después él…
—señaló a su novio—… Comerá daube, es un guiso de carne, con salsa a base de tomate, acompañado de polenta y ravioli —le explicó a Breixo para que supiera lo que le había pedido para almorzar—, y para mí una pizza pissaladière. De momento eso es todo, merci.
Cuando el chico se hubo retirado, continuó la conversación.
—Supongo que es cuestión de suerte, Breixo. Yo no suelo pensar que me va a pasar eso, de lo contrario, no podría trabajar en esto.
—Pues yo cada vez pienso más en ello —repuso él.
—¿Tienes miedo de que una clienta te viole? —se burló Kenia.
—Esto es serio —la riñó Breixo—, no hagas bromas.
El camarero regresó con el vino, descorchó la botella, sirvió un poco del líquido en las copas y, tras dejarlo sobre la mesa, se marchó de nuevo.
—No tengo miedo por mí. Tengo miedo por ti —confesó el escort .
Kenia se estiró hacia él para poder besarlo en los labios.
—No te preocupes. No me va a pasar nada —susurró contra su boca.
Después, corrió la silla para pegarla a la de él y poder hablar en voz baja. No quería que nadie a su alrededor supiera de lo que estaban charlando.
—Además, tenemos nuestra forma de protegernos.
¿Por qué te crees que llamamos antes y después de cada servicio?
Para tener un control de lo que sucede. Si alguna vez nos retrasamos y pasa el tiempo contratado, Mireia, Luca o Lali, se ponen en marcha rápidamente.
Saben en todo momento con quién está cada chica para poder actuar y ayudarla.
Y los clientes también lo saben. Si alguno nos hace algo, por muy putas que seamos, denunciaríamos y todo saldría a la luz.
La mayoría están casados, son personas con prestigio, nivel económico alto…
¿Crees que se arriesgarían a que la gente supiera lo que hacen, si se van de putas o no?
Sería un escándalo que mancharía su reputación.
—Estoy de acuerdo con todo lo que dices, pero aun así, no me gusta.
Podría ocurrirte algo —confesó Breixo—. ¿No te duele saber que para esas personas solo vales el dinero que han pagado por ti?
Nosotros somos mucho más que acompañantes de lujo.
Mucho más que un chico y una chica que van de cama en cama y acaban con las manos llenas de billetes.
Tú eres una mujer muy inteligente, divertida y cariñosa.
¿No te duele que ellos no sepan ver tu verdadera naturaleza?