Capítulo 20
Gabriel estaba irritado porque Aroa le había dado plantón. Con lo cabezota que era ella, sabía que algo así podría ocurrir. Pero lo que no se explicaba era por qué después de tanto tiempo Aroa continuaba mortificándose por lo que pasó.
¿Pensaría que él todavía estaba enfadado con ella?
¿Creería que la cita de esa noche era para echarle la bronca por lo que hizo?
Estaba del todo equivocada.
Él quería hablar con ella para solucionar las cosas.
Decirle que, aunque al principio le dolió mucho que obrase de esa manera tan egoísta, con el paso de los años, se había dado cuenta de que la decisión que tomó ella era la mejor para los dos.
De haber seguido adelante como quería él, todo habría sido más complicado.
Aunque hubieran salido adelante. Él siempre salía adelante.
Era una virtud que tenía. Se crecía frente a los problemas para salir victorioso y solucionar lo que estuviera mal.
Ya le había confesado cuando fue a su casa a verla, que en todos estos años no había conseguido olvidarla.
Así de fuerte era su amor. Y no pensaba dejar pasar ni un día más ahora que se habían reencontrado.
No iba a rendirse. Ella era su destino, aunque hubiera dejado su relación en puntos suspensivos.
Ahora era el momento de continuar hacia adelante juntos.
No iba a consentir que sus remordimientos ganasen la batalla y los alejaran de nuevo.
No dejaría que Aroa desapareciera de su vida otra vez.
···
Aroa no dejaba de pensar en el plantón que le había dado a Gabriel. ¿Se habría enfadado mucho?
De todas formas, era su problema, no el de ella.
Bastante tenía ella con enfrentarse a sus propios demonios cada día, cada noche, y tratar de superarlos. Intentaba perdonarse por lo que hizo hace veinte años, pero no lo conseguía y estaba segura de que no lo lograría jamás.
La culpa y el remordimiento no la dejaban vivir tranquila. Hubo un tiempo en el que creyó que sería capaz de alcanzar su objetivo, pero cuando regresaba a casa los tormentosos recuerdos volvían a aparecer.
Se obligó a deshacerse de ellos. Esa noche quería dormir. Lo necesitaba.
Estaba a punto de acostarse cuando sonaron unos golpes en la puerta.
Se quedó quieta y casi no respiró esperando que se marchase la persona que estaba al otro lado.
Pero los golpes se produjeron de nuevo.
—Aroa, sé que estás en casa. Ábreme.
Exhaló todo el aire de sus pulmones al darse cuenta de que no era Gabriel quien llamaba y fue a abrir.
—Alonso, ¿a qué se debe la visita? —preguntó con la puerta entreabierta.
—Déjame pasar. Hay algo que quiero contarte.
Ella se hizo a un lado y el comisario entró en el piso.
—No sigas viendo las cámaras del banco que había frente a la casa de Tamara.
—¿Por qué? —quiso saber ella, cruzándose de brazos.
Alonso no respondió de inmediato. Se pasó las manos por su pelo canoso y se tiró de los mechones.
—Porque descubrirás que a las diez y media de la noche yo fui a verla —confesó con un suspiro cansado.
Aroa contuvo el aliento, esperando que él continuara hablando. Pero no lo hizo.
—¿La mataste tú? —preguntó la inspectora con cautela.
Se movió hacia el perchero donde estaba colgada su arma reglamentaria por si tenía que usarla.
Alonso la miró con la cara desencajada.
—¡No! ¡Yo no la maté! ¡Yo la quería! ¡La quería! —comenzó a sollozar y se derrumbó en el sofá—. Estábamos enamorados. Tamara iba a dejar la agencia y a su novio. Íbamos a vivir juntos cuando ella terminase de estudiar Criminología. Yo la iba a meter en el Cuerpo, ¿sabes? Quería tenerla cerca.
«Joder, otra recién licenciada en un cargo que no se ha ganado como Silvia. Al menos esta chica sabía de qué iba el tema si estaba estudiando esa carrera», bufó la inspectora para sus adentros.
—¿Para qué fuiste a su piso esa noche?
Aroa se acercó a él y se sentó a su lado.
—Fui porque no podía pasar una sola noche sin hacer el amor con ella —declaró el comisario con vergüenza.
—Alonso, ¿por qué no me lo dijiste cuando te enseñé el listado de la agencia en el que estaba tu nombre?
—Porque allí, en comisaría, no quería decírtelo. Cualquiera podría oírnos y…
—Entiendo —lo cortó.
—Pero yo no la maté, Aroa, tienes que creerme —suplicó, agarrándole las manos a la policía.
Ella se soltó sin ninguna delicadeza y se puso de pie.
—Alonso, tengo que hacerte unas preguntas… íntimas.
—Adelante.
—A Tamara y a ti, ¿os iba el rollo sadomaso y el bondage ? Sabes que la descubrimos atada a la cama.
El hombre se encogió de hombros.
—Bueno… no especialmente… aunque a veces jugábamos. Ella me pedía cosas y yo… yo haría cualquier cosa por ella, pero esa noche no la até —volvió a sollozar.
—El semen que encontramos en las sábanas…
—No. No es mío. Siempre usábamos condón. Ninguno de los dos quería tener niños. Tamara era demasiado joven aún y yo… —Se encogió de hombros—. Bueno, yo tengo edad para ser abuelo, no padre.
—Entonces, si siempre usabais preservativo, ¿de quién son los restos de semen que había en la cama? ¿Se os rompió el condón? ¿Se salió el líquido al quitártelo?
—No, no ocurrió nada de eso. Habrá que esperar a la autopsia para que nos confirmen de quien eran esos fluidos.
—El otro escort , el que estaba enamorado de ella, ¿sabía las intenciones que teníais la víctima y tú? —continuó con el interrogatorio.
—No. Tamara aún no había hablado con él. De todas formas, su relación no era seria, por mucho que ese joven intentase enamorarla. Alguna vez habían hecho servicios juntos. Salían de vez en cuando. Él la invitaba a comer o a cenar, todo por conseguir su amor, pero era en vano. Ella me quería a mí.
—¿A qué hora te marchaste de su casa?
—A las once y media. Tamara me dijo que iba a estudiar después de que yo me fuera y tampoco podíamos entretenernos mucho porque si sus compañeras de piso volvían antes de tiempo y me pillaban allí… —Dejó la frase en el aire porque sabía que Aroa comprendería la situación.
Ella sacudió la cabeza. Aquello se iba complicando.
—Y el escort que estaba enamorado de ella tiene coartada. Lo hemos comprobado.
En esos momentos, el timbre de la puerta sonó.
Aroa le hizo un gesto a su jefe para que se estuviera quieto y callado.
Espero a que volviesen a llamar, pero no lo hicieron.
—Es hora de que te vayas, Alonso.
—Tienes que descubrir quién fue. Tenemos que encerrarlo —dijo el comisario levantándose del sofá y caminando hasta la salida.
—No te preocupes. Lo cogeremos.
Aroa abrió la puerta para que su jefe abandonase la vivienda y, al hacerlo, se encontró en el felpudo una botella de vino rosado. Del cuello de la botella, colgando de un hilo rojo, había una postal de Niza.
—¿Tienes un admirador? —le preguntó Alonso.
Ella agarró el vino y le dio la vuelta a la postal. No había nada escrito en ella.
—Eso parece.
Cuando se marchó su jefe, caminó hasta el sofá y se dejó caer con la botella de Château de Bellet en las manos mientras no dejaba de observar la tarjeta.