Capítulo 19 #3
Miró furtivamente a Kenia y esta lo fulminó con sus castaños ojos. Sabía que la frasecita iba dirigida a ella.
No se habían alejado ni dos metros cuando la joven sintió de nuevo otra oleada intensa en su nudo de nervios. Apretó los dientes para reprimir el jadeo que pugnaba por salir de su garganta y se aferró con más fuerza al brazo de Raúl.
—¿De verdad te encuentras bien? —quiso saber el cliente.
—Sí —respondió, notando cómo las piernas se le debilitaban y el corazón se le salía por la boca.
—Estás colorada y parece que empiezas a sudar. ¿Seguro que te sientes bien? —volvió a preguntar Raúl.
—Necesito sentarme un momento, por favor.
Raúl la acompañó hasta un rincón donde había varias personas charlando y aprovechó para saludarlas mientras Kenia tomaba asiento en una silla cercana.
Nada más posar el trasero sobre la tapicería, volvió a levantarse como impulsada por un resorte al sentir una nueva descarga que a punto estuvo de hacerla gritar de gozo.
«Voy a matar a Breixo», gimió interiormente.
Raúl se la quedó mirando, junto con el corrillo de exalumnos, al ver su reacción.
—Mejor voy al baño —comunicó al cliente—. Necesito refrescarme un poco. Si me disculpáis…
Caminó lo más dignamente que pudo, teniendo en cuenta que se moría de placer al rozar los muslos uno contra otro. Y para colmo, Breixo que la vio cruzar la sala atestada de gente, se dedicó a presionar el botón cada tres pasos de Kenia para hacerle más difícil su huida.
Ella avanzaba a duras penas, intentando que no se le notase nada, pero ir dando pequeños brincos cada dos por tres era complicado.
Cuando alcanzó la salida, estuvo a punto de llorar aliviada. Ya nadie la observaba.
Caminó por el pasillo unos metros y de pronto sintió la fuerte mano de Breixo en la parte baja de su espalda, instándola a ir más deprisa.
—No sabes cuánto te odio en este momento —gimoteó Kenia.
Él, por toda respuesta, pulsó el botón del mando.
Ella se aferró a su camisa, deteniéndose ambos.
—Ya basta, por favor. No puedo soportarlo más —le pidió.
Entonces Breixo la cogió en volandas y se metió con ella en el mismo almacén de antes.
—Tranquila, cielo. Ya te voy a dar lo tuyo.
La dejó un momento en el suelo, lo justo para deslizar por sus piernas la lencería escondida y bajarse él el pantalón, llevándose consigo el slip .
Con rapidez se colocó un condón en su duro miembro y, cogiendo a Kenia por el trasero, la levantó para empotrarla contra la puerta.
Ella abrazó las caderas del joven con sus piernas y lo pegó a su pecho.
En el mismo instante en que notó la erección de su novio colmándola y la pelvis masculina chocando contra la suya, alcanzó el orgasmo. Él bombeó algunas veces más dentro de ella, mientras Kenia se deshacía en torno a su pene, hasta que también logró su liberación.
—Estoy muy enfadada contigo —susurró una jadeante Kenia.
—¿No te ha gustado mi regalo? —quiso saber él, respirando con dificultad—. Porque a mí me ha parecido un juego muy morboso y excitante.
—Es magnífico.
Breixo se distanció unos centímetros para mirarla a la cara.
—¿Entonces? ¿Por qué estás enfadada si te ha gustado? Y no te lo he hecho pasar tan mal. Podía haber sido peor —se excusó.
Kenia tragó saliva y aspiró el aire viciado de sexo que había alrededor.
Compuso una sonrisa en su cara antes de contestar a Breixo.
—Estoy muy enfadada contigo porque no me has invitado a la boda.
—¿Qué boda? —preguntó él perplejo.
—La tuya con la tiparraca esa que te saca veinte años.
En cuanto él comprendió que se refería a la clienta, quién supuestamente era su esposa en aquella fiesta de exalumnos, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Y encima te ríes… Ya te vale, Breixo. Creía que éramos amigos. Mira que no invitarme a tu boda… —lo riñó Kenia, fingiéndose ofendida.
Él dejó de reír y se puso serio. Clavó sus ojos en los de ella y muy solemne le habló.
—El día que yo me case tú estarás allí. Vestida de blanco y caminando hacia mí. Llegarás hasta el altar y cuando pronunciemos los votos matrimoniales, quedaremos unidos para siempre.
Ella se quedó sin habla. Completamente asombrada.
—No hace falta que te alegres tanto —soltó él malhumorado, pasados un par de minutos en los que no le quitó la vista de encima a ella.
Salió del interior del sexo de su chica y se deshizo del condón. Lo dejó en el suelo, después de hacerle un nudo para que no se escurriese el líquido del interior, y comenzó a recomponerse la ropa.
—Es que… Es que eres tan… directo y sincero y… me asustas, Breixo —confesó ella, colocándose bien el vestido.
—Vaya, pues lamento ser tan directo, sincero y asustarte, pero no veo motivo para esconder lo que siento por ti. Te quiero, Kenia.
La agarró de las manos y con los pulgares trazó círculos en los dorsos.
—Y sé que tú a mí también. Es solo que no te atreves a admitir lo que tu corazón te grita.
Como ella continuó en silencio, él concluyó aquella conversación.
—Pero no pasa nada. Esperaré hasta que lo reconozcas y estés lista para decírmelo. Te esperaré hasta que decidas unir tu vida con la mía y ser felices los dos juntos.