Capítulo 19
—Oye, ¿cómo va lo mío sobre la agencia de modelos en la que tú trabajas? —le preguntó Jessica varias semanas después.
Kenia se tensó al escucharla.
—Pues he preguntado y, de momento, no necesitan ninguna chica nueva.
—¡Vaya! ¡Qué pena! ¡Con las ganas que tengo de trabajar de modelo, viajar y conocer a gente interesante como haces tú! Y a chicos guapísimos como tu novio —suspiró su compañera de piso.
—No te preocupes. Si no trabajas de modelo puedes hacerlo de otra cosa para sacarte un dinerillo extra.
—Ya, pero seguro que no ganaré tanto como tú. Yo también quiero comprarme ropa cara, perfumes, calzado… ¿Ese bolso es de Prada? —le preguntó Jessica, observando atentamente.
—¿De Prada? ¡Qué va! ¡Ya quisiera yo! Es imitación, muy bien hecha, eso sí, pero más falso que un billete de tres euros. —Se rio Kenia para ocultar su mentira—. Bueno, me tengo que ir porque he quedado con mi chico. No me esperes despierta —añadió bajo la escrutadora mirada de su amiga.
Salió del piso como si estuviera en llamas, notando los ojos de su compañera taladrándole la nuca.
Mientras bajaba al portal, rezó para que Jessica se creyera su mentira y no indagara más. Esperaba haberle quitado la ilusión de trabajar en la misma agencia de modelos que ella, puesto que tal negocio no existía.
Cuando llegó a la acera, el taxi que había llamado ya estaba esperándola. Le dio la dirección de la cafetería donde tenía que ir y llamó a Breixo por teléfono.
Estaban a mitad de septiembre y los habían contratado para asistir a una fiesta de exalumnos que celebraban sus veinticinco años de graduación.
Cuando Mireia le pidió que hiciera el servicio, Kenia le dijo que no, pues había quedado con Breixo para ir al cine.
Pero nada más colgar, él la llamó para cancelar la cita porque le había salido este trabajo de los exalumnos.
Ella empezó a reírse y le contó que acababa de rechazar la propuesta de Mireia para el mismo trabajo.
Breixo la ordenó que llamase inmediatamente a la recepcionista de la agencia para quedarse con ese servicio.
Y allí estaba ahora. En un taxi rumbo a su cita con el cliente.
—Ya estoy en camino —dijo cuando él contestó.
—Muy bien, preciosa. Ahora vas a hacer algo por mí, ¿de acuerdo?
—Sí, dime.
—Te vas a quitar las bragas o el tanga que lleves…
—¡No puedo hacer eso! —exclamó Kenia, quejándose.
Pero ¿es que su chico se había vuelto loco?
—Sí puedes.
—No —volvió a negarse ella.
—¿No decías que te gustaba el riesgo? Demuéstramelo. Atrévete.
—Pero… no puedo estar allí sin ropa interior —susurró Kenia, apretando el móvil contra su cara, esforzándose para que el taxista no escuchara su conversación.
—No vas a estar sin lencería, al menos, no todo el tiempo —prometió él.
—Madre mía —gimió ella—. En qué estarás pensando.
—En ti, cielo. Siempre en ti y en tu placer.
Kenia emitió un tembloroso suspiro. La forma en que su novio le había dicho aquella frase, en voz baja y sensual, hizo que todo el vello de su cuerpo se erizara excitado.
—Está bien. Dime qué tengo que hacer.
Breixo sonrió al otro lado de la línea. Le encantaba jugar con su chica y esa noche lo iban a pasar muy bien. Sobre todo ella.
Cuando Kenia llegó a la cafetería donde había quedado con su cliente, se encontró con un señor de mediana edad, igual de alto que ella, rubio y con algo de sobrepeso.
Se saludaron con dos besos en las mejillas y él comenzó a explicarle lo que esperaba de ella esa tarde.
Aunque ya se lo había contado Mireia, le gustó saber que no iba a haber ningún cambio de última hora.
Su cometido era pasearse del brazo de Raúl hasta que se cumpliera el tiempo contratado para el servicio.
Él la iba a presentar a sus antiguos compañeros como su novia, por lo que debía mostrarse cariñosa en todo momento.
No habría sexo, prometió el cliente. Solo quería que sus conocidos de aquel entonces le tuvieran envidia durante un par de horas —que era el tiempo contratado— por tener a esa belleza colgando del brazo.
Kenia no preguntó el motivo por el que Raúl quería dar envidia a sus antiguos amigos. Tampoco le importaba. Ella iba a cumplir con su trabajo lo mejor que pudiese y punto.
Siempre que Breixo no le pusiera las cosas difíciles, claro.
—Tengo que llamar por teléfono un momento e ir al aseo, si no te importa —informó al cliente.
—Claro, claro, haz lo que tengas que hacer. Cuando vuelvas, nos iremos al hotel donde se celebra la fiesta. Está aquí cerca, así que podemos ir dando un paseo.
Kenia sacó su móvil y llamó a Mireia para que supiera que el servicio comenzaba y pudiese contar el tiempo.
Mientras hablaba con ella, se metió en uno de los cubículos del aseo femenino y cuando cortó la comunicación, se levantó la falda del vestido turquesa que llevaba para quitarse el tanga, como le había pedido Breixo.
Lo guardó en el bolso y salió de allí rumbo al evento con el cliente.
Mientras caminaba por la calle colgada del brazo de Raúl, sentía cómo el aire le acariciaba el sexo desnudo. Un estremecimiento por la excitación de lo que ocurriría la recorrió entera.
Si Raúl lo notó o no, no dijo nada al respecto.
Ella no dejaba de pensar en qué sería lo que Breixo le tendría preparado. Con lo juguetón y travieso que era, podía tratarse de cualquier perversión suya. De lo que sí estaba segura era de que lo iba a pasar muy bien.
Por fin, llegaron al sitio donde se celebraba la fiesta de exalumnos.
Nada más entrar, Kenia buscó a Breixo con la mirada y lo encontró rodeado de mujeres.
Todas le sonreían mientras se lo comían con los ojos, subiendo así el ego femenino de la clienta, agarrada del brazo derecho del escort .
La señora de mediana edad le acariciaba el brazo y el pecho delante de las otras.
Recostaba su cabeza en el hombro de su acompañante y este le daba un tierno beso en el pelo.
Al levantar los labios del cabello femenino, Breixo miró en dirección a la puerta de acceso y vio a Kenia.
En el momento en que sus ojos se encontraron, él esbozó una pícara sonrisa que le dijo a Kenia que la tarde acababa de volverse muy interesante y caliente.
Raúl, el cliente de Kenia, saludó a un grupo de amigos y presentó a su acompañante de lujo como su novia.
Todos lo envidiaron por tener a semejante belleza en su vida e hicieron bromas sobre cómo había conseguido una mujer tan espectacular cuando en el instituto no tenía éxito con ninguna de las chicas.
A Kenia le dolieron las mofas que Raúl recibía por parte de sus antiguos amigos y se esforzó por mostrarse lo más cariñosa posible con el cliente.
El salón era bastante espacioso. Decorado en tonos neutros, con dos grandes mesas en un lateral, una de bebida y otra de comida. Había varios camareros que se dedicaban a quitar lo vacío y reponerlo. Una tenue música dejaba charlar a los exalumnos con comodidad.
Kenia miró hacia donde estaba Breixo y lo sorprendió observándola.
Él hizo un gesto con la cabeza, queriéndole decir que se aproximaba el momento de descubrir lo que le tenía preparado.
Habló al oído de su clienta y se distanció de ella en dirección a un pasillo, donde un letrero indicaba los aseos.
—Necesito ir un momento al baño, cariño —le dijo a Raúl, que en ese instante estaba enfrascado en una conversación sobre valores bursátiles y había dejado olvidada a Kenia.
Le dio un beso en los labios antes de abandonarlo y se dirigió hacia la misma salida que había tomado poco antes Breixo.
La excitación crecía por momentos. Todo el tiempo que estuvo en el salón con Raúl se preguntó si alguien notaría que no llevaba ropa interior. Varias veces tuvo que apretar los muslos ante el anhelo desesperado de que Breixo la llamara para reunirse con él y calmar sus ansias.
Cuando dobló un recodo del pasillo desierto, se estampó contra el fuerte y amplio pecho del escort .
—¿Has hecho lo que te pedí? —preguntó él, tomándola entre sus brazos.
—Sí —respondió ella con la garganta seca por el calor que le producía aquella situación.
—Buena chica.
Breixo tomó sus labios de una manera voraz, que dejó a Kenia sin aliento.
—Ven, aquí hay un almacén donde podemos estar sin que nos vean.
Arrastró a Kenia al interior del sitio y, una vez que la puerta se cerró, la estampó contra ella.
Comenzó a besarla como si el mundo fuera a acabarse mientras recorría con sus manos la cintura de la chica y bajaba hasta sus muslos.
Levantó la falda del vestido y metió una mano entre las piernas de Kenia.
Ella notaba cómo las caricias de Breixo la hacían arder. Cada vez estaba más caliente, preguntándose si él la iba a hacer el amor allí, en aquel almacén lleno de cajas polvorientas.
Cuando notó los atrevidos dedos de su novio acariciando su hendidura, creyó morir. Cada vez que Breixo la tocaba, se iniciaba un fuego en su interior muy difícil de controlar.
—Me encanta cuando eres obediente y cumples mis deseos —susurró él, pasando una y otra vez su mano por el sexo desnudo de Kenia.
—Pues ahora vas a tener que cumplir tú los míos. Fóllame rápido —gimió ella.
Breixo la sonrió con chulería.
—Es pronto —contestó—. Primero tengo que calentarte un poco más.
—Ya estoy bastante caliente con tu jueguecito de no llevar bragas.
—Y al principio estabas reticente cuando te lo pedí —recordó.
—Pues ahora estoy que echo humo. Fóllame deprisa, que tenemos poco tiempo —jadeó Kenia mientras él continuaba con sus caricias en sus partes íntimas, excitándola cada vez más.
—Impaciente —le riñó él sin dejar de sonreír.
—Morboso —correspondió ella, que se abalanzó sobre sus labios para devorárselos.
Pero no pudo hacerlo porque Breixo se distanció. Sacó la mano de debajo del vestido turquesa y se lamió los dedos. La mirada de deseo que le dirigió a ella, le traspasó la piel y la hizo arder más todavía.
La otra mano, que había mantenido a la mujer agarrada por la cintura, la metió en su bolsillo y sacó unas braguitas negras con algo dentro.