Cuando te falte mi piel Capítulo 18
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Capítulo 18

Gabriel conducía su Maserati rojo mientras escuchaba Tremble for my beloved, de Collective Soul, un grupo de rock alternativo que le gustaba desde hacía años.

De repente la música se interrumpió porque el teléfono sonó.

—Dime, Mireia.

—Ha estado aquí.

—¿Le has dado la lista de los clientes? —quiso saber él.

—Sí.

—Muy bien.

—¿Crees que volverá? —preguntó Mireia.

Gabriel se quedó pensando unos segundos.

—No lo sé —contestó al fin.

—Ten cuidado —pidió ella.

—Tranquila.

Se despidió de su amiga y, cuando cortó la comunicación, la música volvió a sonar en el habitáculo.

···

Aroa revisaba las cámaras de seguridad de algunas sucursales bancarias que estaban en el recorrido que había hecho Tamara Aragón desde que salió por la puerta de atrás de Delirium hasta su casa.

Vio cómo, al abandonar la discoteca, llamaba por teléfono y un taxi la recogía en pocos minutos.

De allí, la llevó a su casa. Eran las diez de la noche cuando la chica se metía en su portal.

Lo que acortaba las horas de acción del asesino.

En principio calcularon que iban desde las ocho de la tarde, cuando sus compañeras de piso la dejaron sola en casa, hasta la una de la madrugada.

Bien. Ahora sabían que a las diez de la noche aún estaba viva. Esperaba que la autopsia revelara la hora exacta.

Continuó observando la grabación de la cámara de seguridad del banco que había frente a su portal a la esperaba de vislumbrar algo, lo que fuera, que les diera alguna pista para llevarlos hasta el asesino.

Mucha gente pasaba por allí. Vecinos del barrio y de aquel edificio. Unos entraban, otros salían, pero nadie parecía sospechoso. Era un viernes por la noche cualquiera del mes de abril.

—¿Qué tal ayer la cita con Gabriel Serna? —preguntó Silvia a su lado—. Todavía no me has contado nada.

—Ni te lo voy a contar —replicó Aroa.

«Principalmente porque no salí con él», pensó la inspectora.

—¿Os acostasteis? Debe de ser muy bueno en la cama… —suspiró Boix.

Aroa la miró mal, pero no contestó. Podía haberle soltado alguna de las suyas; sin embargo, prefirió hacer como que no la había escuchado.

Un agente llegó hasta ellas con un ramo de rosas rojas.

—Han dejado esto para ti, Martínez —dijo entregándole las flores.

Dicho esto, se dio la vuelta y se alejó.

Silvia miró a Aroa.

—Son de él, sin duda. Eso es que la cita fue bien, ¿no? —cotilleó, sonriéndola.

La policía no respondió. Sacó un sobre pequeño que había entre las rosas y dejó el ramo encima de la mesa para poder abrirlo. Dentro había una tarjetita. La letra clara y redonda de Gabriel la citaba en uno de los restaurantes más lujosos de Barcelona a las diez de la noche.

—¿Qué pone en la tarjeta? —quiso saber Silvia.

—Nada que a ti te importe.

—¡Oh! ¡Vamos! ¡Venga! ¡Cuéntamelo! Sé guardar un secreto. Al fin y al cabo, soy policía.

Aroa la miró de arriba abajo con una mueca de desprecio.

«¿Policía tú? Cuando te hayas pateado las calles de media España como he tenido que hacer yo; cuando te hayan disparado y herido como a mí; cuando hayas detenido delincuentes tras perseguirlos; cuando hayas resuelto algún caso, entonces, sí podrás decir que eres policía.

Hasta entonces, no tienes derecho a llenarte la boca con esa palabra, niñata de los cojones».

—No —respondió la inspectora Martínez.

Se guardó la tarjeta en un bolsillo del pantalón y apagó las grabaciones.

Le dolían los ojos por estar todo el día mirando la pantalla y, además, su turno estaba a punto de acabar.

Recogió la mesa y se puso la chaqueta del traje beis que llevaba.

Agarró las flores y se despidió de Silvia hasta el día siguiente.

De camino a la salida, paró un momento para hablar con los dos agentes que se estaban encargando de interrogar a los clientes de la víctima.

—¿Cómo lo lleváis, chicos?

—De momento nada —respondió uno de ellos.

—La gente es reacia a hablar y todos nos piden discreción. Como si nosotros fuéramos periodistas de la prensa amarilla —comentó el otro policía.

—Inspectora Martínez hay un nombre tachado en la lista —dijo el agente que había hablado primero—. Y es que no hay forma de saber a quién pertenece. Está tan rayado que incluso hay un agujero en el papel.

—Ese cliente lo interrogué yo. No debes preocuparte por él —declaró Aroa, acordándose del comisario—. No le saqué nada tampoco. Bueno, chicos, mañana nos vemos.

Tras despedirse de ellos, salió al exterior, donde la recibió el aire primaveral de Barcelona.