Capítulo 17
Cuando Breixo recogió a Kenia en su casa, con una potente moto negra al día siguiente, ella estaba muy nerviosa.
No sabía cómo comportarse con él después de su conversación la noche anterior.
¿Estaban saliendo en serio? Él le había asegurado que no quería que aquello entre los dos fuera algo pasajero.
Desde su habitación, había oído cuchichear a sus dos compañeras de piso sobre que ella salía con un chico guapísimo.
Jessica, que era muy cotilla y no sabía guardar ningún secreto, se lo contó a Alejandra.
Así que cuando Kenia abandonó su cuarto, pasó rápido por el salón donde las otras estaban y se despidió con un «He quedado con mi novio.
Hasta luego». Huyó del piso para que no la hincharan a preguntas sobre su relación con Breixo.
Bajó a la calle y lo vio esperándola, subido a una moto de gran cilindrada.
Él la sonrió, recorriendo con una mirada incendiaria el cuerpo de Kenia, que ese día llevaba un pantaloncito corto de color blanco y una blusa azul sin mangas.
Ella sintió las famosas mariposas de las que tanto hablaba él revoloteando frenéticas en su estómago.
—Hola —dijo acercándose a la moto.
En cuanto la tuvo a su alcance, Breixo la agarró de la cintura y se pegó a sus labios como un sediento lo haría a una botella de agua.
—Hola, preciosa —susurró él contra su boca después del beso—. ¿Estás lista para pasar el día conmigo?
Kenia asintió, tratando de recuperar el aire que sus pulmones reclamaban con impaciencia porque Breixo se lo había robado con su caliente beso.
—¿Es tuya lo moto?
—Sí.
—Es muy bonita.
—Gracias. Me gusta tener algo potente entre las piernas. Como esta moto y tú.
Le guiñó un ojo, con una sonrisa espectacular, y la tendió otro casco para que se lo pusiera.
—Eres un provocador, ¿lo sabías? —Kenia se rio.
—Es mi segundo nombre. Venga, sube y agárrate bien a mí.
—¿Dónde vamos? —preguntó ella montando en la moto.
—A comer en el puerto. Después, si te apetece, pasaremos la tarde en la playa.
—Es un buen plan —afirmó Kenia.
—Por la noche, iremos a una discoteca que conozco, así podrás bailar con un tío genial.
—¡Guau! ¿Y quién es ese tío genial con el que voy a bailar? —le preguntó, burlándose de él.
Breixo echó la mano hacia atrás y la metió entre sus cuerpos. Busco la entrepierna de Kenia, que quedaba abierta al estar sentada ya a horcajadas encima de la moto, y la dio un pellizco.
—No seas mala.
Ella se sobresaltó al notar en su sexo la presión de los dedos de Breixo. Dio un pequeño respingo y su corazón se aceleró de tal modo que creyó que le rompería la caja torácica. En milésimas de segundo su tanga se empapó.
¿De verdad había tenido Breixo el valor de pellizcarla en sus partes íntimas en plena calle? ¡Vaya! ¡Lo de ser un provocador se quedaba corto!
—¿Me acabas de tocar ahí abajo sin importarte quien nos pueda ver? —preguntó ella escandalizada, pero al mismo tiempo, excitada y encantada de que él fuera así de atrevido.
—Es que no me puedo resistir. Tu cuerpo es una tentación demasiado grande para mí —contestó riéndose.
Kenia lo abrazó por la cintura, pegándose a él, y le susurró a través del casco, aunque no sabía si él podría oírla al hablar tan bajo.
—Me gusta mucho que seas así.
El joven arrancó la moto y salieron volando de allí en dirección al puerto.
El día fue espectacular. Kenia estuvo en una nube todo el tiempo. Breixo era encantador, atento y cariñoso. A cada poco, él la besaba o ella a él. Se acariciaban, sintiendo en las yemas de sus dedos la calidez de su piel, deleitándose con ella.
La noche llegó y después de acudir a una discoteca a bailar, decidieron dar por concluida la velada.
—Lo he pasado muy bien —dijo ella saliendo del sitio de copas.
—Me alegro. —Carraspeó un poco y añadió—. ¿Te apetece venir a mi casa?
La chica se quedó pensando tanto rato, que Breixo creyó que le diría que no, pero finalmente ella puso una sonrisa en su boca y le contestó.
—¿Cuál es tu tarifa? Porque si es muy cara a lo mejor no me interesa.
Él se acercó a ella, inclinándose sobre su oreja para susurrarle el precio.
—Mi tarifa es que me entregues tu corazón, Kenia. Es lo único que quiero de ti.
Su cálido aliento le hizo cosquillas en el contorno de la oreja, provocándole un hormigueo excitante que le recorrió todo el cuerpo. El calor se apoderó de ella, desatando el fuego entre sus piernas.
—Sí.
Breixo sonrió al escuchar aquel monosílabo que significaba la rendición de Kenia.
Se apoderó de su boca y la besó con pasión. Nunca se había sentido tan necesitado de la dulzura y el cariño de una mujer; de sus caricias y del apremio por saciarse con un cuerpo femenino. De amar y ser correspondido.
Se subieron a la moto, aparcada a varios metros de la discoteca, y el joven puso rumbo a su casa.
El piso donde vivía Breixo era pequeño, pero estaba bien decorado y limpio. Nada más entrar, el escort aplastó a Kenia contra la puerta y comenzó a devorar su boca con ardientes besos.
El deseo que tan cuidadosamente había mantenido bajo control todo el día se desató y la euforia se apoderó de él de tal manera que a punto estuvo de hacerle caer de rodillas.
Tenía a Kenia para toda la noche. La erección dentro de sus pantalones creció más al pensar en todas las maneras en que le haría el amor durante horas y horas.
Cogiéndola en brazos igual que a una novia recién casada, se dirigió con ella hacia su habitación mientras no dejaba de besarla.
A Kenia las sandalias y el bolsito de mano se le cayeron por el camino. Pero era tal el ímpetu y las ganas de entregarse a Breixo que ni se molestó en ver dónde quedaban. Ya los recogería al día siguiente cuando tuviera que marcharse a casa.
Se entregó a los besos del joven con idéntica pasión. Estaba nerviosa, pues iba a ser la primera vez que haría el amor con él. Notó cómo el pulso acelerado le palpitaba en las sienes impidiéndola pensar con claridad.
Breixo agarró la colcha azul de la cama y de un tirón la sacó. Depositó a Kenia sobre el lecho cubierto por las sábanas con una delicadeza que contrastaba con el fuego interior que lo recorría imparable haciéndolo arder de deseo.
Y al verla allí tendida sobre su cama, como tantas veces había soñado desde que la conoció, su corazón bombeó frenético. Quería hacerla disfrutar como nunca en su vida. Quería que su primera vez juntos fuera memorable. Que jamás pudiera olvidarlo.
—Desde que te vi, supe que eras para mí —confesó él con sus ojos clavados en los de ella—.
Primero, te voy a tomar rápido y fuerte porque no aguanto más el deseo loco que siento por ti, pero luego, cuando me haya calmado, te voy a hacer el amor despacio.
Vamos a disfrutar durante horas. ¿Estás preparada?
Kenia asintió con la garganta reseca y la lujuria bailando en sus pupilas. Aquellas palabras hacían que jadease de placer. Ese hombre la excitaba de cualquier manera. Con sus besos, con su cuerpo, con sus caricias, sus miradas y con su voz tan varonil. Hacía que se sintiese única y especial.
Con el corazón al borde del colapso, Breixo comenzó a desnudarla, venerando cada centímetro de piel que iba descubriendo y besándola en todas las zonas de su cuerpo que quedaban libres de ropa.
Kenia hizo lo mismo. Le picaban los dedos por la necesidad de sentir la piel de su novio contra sus yemas, así que le arrancó la camisa dejándola tirada en el suelo.
—Dios mío, qué hermosa eres… —murmuró Breixo.
Se recreó unos instantes en su preciosa Kenia, con el pelo desparramado por la sábana, y sintió que ella era la razón por la que el sol brillaba cada mañana.
—Breixo… —jadeó Kenia con apremio al ver que él se detenía para observarla.
—Ya voy, ya.
El joven terminó de desnudarse y se colocó un preservativo en su duro miembro. Se ensartó en ella rápido. Ya no aguantaba más sin sentir en cada centímetro de su erección el calor del sexo de Kenia, envolviéndolo igual que una funda hecha a medida.
Ella enlazó sus piernas en torno a las caderas de Breixo, notando cómo él chocaba contra sus húmedos pliegues femeninos con cada vaivén de su cuerpo. Sentía deslizarse dentro de sí la maravillosa anatomía de ese hombre que tanto placer le estaba dando.
Kenia sabía que él iba a ser así. Intenso y atrevido; y que le saturaría los sentidos con sus ardientes caricias y con su cercanía.
Breixo se distanció un poco del pecho de Kenia para mirar hacia la unión de sus cuerpos. Ella siguió esa mirada y al encontrarse con el sexo de él entrando y saliendo del suyo, se excitó más aún.
Él se apoyaba sobre el colchón con los brazos en tensión, aguantando su peso para no aplastarla a ella y poder centrarse en el objeto de la lujuria que se había desatado en su cama.
Continuaba con su ritmo constante hundiéndose en Kenia.
Cuando se unía a ella, rotaba sus caderas para darle al clítoris toda la estimulación que requería y poder lanzar a su chica al firmamento.
Kenia volvió a subir de nuevo la vista hacia los ojos de Breixo, oscurecidos por el deseo, no sin antes deleitarse con ese increíble torso bronceado por el sol y esculpido para ser acariciado.
—Joder… qué bueno va a ser… —gimió Breixo, próximo a su liberación.
—Sigue… más fuerte… —suplicó ella con la voz ronca por la excitación, notando que estaba a punto de culminar.
—¿Cuánto te falta? Quiero que nos corramos a la vez, pero no sé si lo lograremos —jadeó él, apretando los dientes para retener su inminente orgasmo y conseguir lo que le estaba diciendo a Kenia.
—Poco… ya me falta poco…
Breixo se inclinó sobre el cuerpo desnudo de su novia. Ella notó cómo el vello de su torso le hacía cosquillas en sus pezones tensos. La cogió por el culo con sus grandes manos y ella lo agarró del pelo, clavándole los dedos en el cuero cabelludo.
Kenia se acercó a su boca y le mordió los labios.
Breixo continuó con su castigador ritmo hasta que ya no lo pudo resistir más y se dejó ir, exhalando un masculino gruñido. Enterró la cara en la curva del cuello de Kenia y ella notó su respiración alterada.
—Joder… creía que me iba a morir de lo intenso que era… —susurró la joven con todas sus neuronas aceleradas.
Él alzó la cabeza y la miró sonriente. Después se acercó a sus labios y los besó despacio.
Kenia cerró los ojos, disfrutando de las lentas caricias en su boca.
El olor inconfundible a cuerpos sudorosos y a sexo del bueno se extendió por la habitación.
Breixo rodó para que ella quedase encima y poder abrazarla.
Kenia apoyó el mentón en su pecho y lo miró totalmente hechizada.
—¿De qué color tienes los ojos? —preguntó—. Porque hay veces que los tienes verdes, otras azules, y otras es una mezcla de los dos.
—Depende de la luz del sol, de si está nublado el día… La verdad es que yo tampoco sabría decirte de qué color son.
—Bueno, no importa. Me encantan.
—Gracias —dijo sonriéndola.
Se besaron durante algunos segundos más hasta que él recordó que aún seguían unidos. Separó a la joven de su cuerpo para poder quitarse el condón, que dejó atado en el suelo.
Después, él quedó tumbado sobre la cama, con ella pegada a un lado, su pierna derecha encima de las de Breixo, con la mano recorriendo su torso, trazando corazones con un dedo sobre su piel.
El joven le acariciaba la espalda con lentitud, empapándose de la suavidad de la piel de Kenia.
—Cuenta una leyenda —Breixo comenzó a hablar— que todos nacemos con un hilo rojo, invisible, atado a la persona que amaremos para siempre.
Sin importar el tiempo que pase, el lugar o las circunstancias en las que se hallen los amantes, el hilo se podrá estirar, contraer o enredar, pero jamás romperse.
Eso es lo que siento cuando estoy contigo.
Que estoy atado a ti por ese hilo rojo, invisible, y que nunca nos vamos a separar. Por fin, te he encontrado.
El corazón de Kenia galopó como un caballo desbocado al escucharlo. Los sentimientos del joven hacia ella la asustaban. Todo era tan intenso, tan fuerte… que por un momento la inundó el pánico. Pero se obligó a tranquilizarse.
—Si el hilo es invisible, ¿cómo puedes decir que es rojo? —preguntó ella, burlándose para rebajar la tensión emocional de ese instante de intimidad.
Breixo soltó una carcajada.
—Joder, Kenia, yo aquí abriéndote mi corazón, diciéndote que te quiero y tú haciendo bromas. Eres más rara que Dalí, tía.
—Anda, calla y hazme el amor. Me lo has prometido. Primero fuerte y rápido, dijiste. Ahora toca lo otro.
Buscó la boca de su novio y lo besó, imprimiendo en ese beso todas las ganas que tenía de volver a sentir su miembro dentro de ella dándole placer.