Capítulo16
Las inspectoras llegaron a la céntrica calle de Barcelona donde estaba la agencia de prostitución de lujo.
Nada más que aparcaron el coche, Silvia fue a bajarse pero Aroa la detuvo.
—Tú, mejor, quédate aquí y si ves entrar o salir a alguien que te resulte sospechoso, me avisas.
Su compañera obedeció y la inspectora Martínez se apresuró a entrar en el edificio de aspecto señorial y noble fachada al tiempo que una ancianita salía de él. Mientras subía en el ascensor de principios del siglo xx los recuerdos de otro tiempo llegaron hasta su mente.
Pero los descartó de inmediato. En el pasado, cometió errores y tenía que pagar por ellos.
Por eso pasaba las frías noches en soledad y durante el día no había sol que la iluminase.
No se merecía el calor de nadie. Se sentía más sola que Eva en el Paraíso sin Adán, pero era la penitencia que se había impuesto para purgar sus pecados.
Salió al descansillo de la escalera preguntándose qué se iba a encontrar al otro lado de la puerta de madera maciza, bellamente labrada.
Alzó un dedo y tocó al timbre.
Poco después la puerta se abrió.
···
Cuando Aroa volvió al coche donde la esperaba Silvia minutos después, su compañera le preguntó si había obtenido la información que necesitaban.
—Nada. Lo que me han contado las chicas de aquí no nos servirá para nada —le dijo a su compañera.
—Pero ¿y los clientes con los que se veía? Habrá que interrogarlos.
—Sí, pero prefiero que eso lo hagan Doménech y Capdevila y nosotras dedicarnos a otras cosas para avanzar en la investigación. —Hizo una pausa y añadió—: Ya ha terminado nuestro turno. ¿Quieres que te lleve a casa?
Silvia la miró extrañada mientras salían del estacionamiento. Aroa nunca era amable con ella.
—Me encantaría, pero ¿por qué lo quieres hacer? Nunca…
—Tengo prisa —la cortó, uniéndose al tráfico barcelonés.
Su compañera la miró intensamente.
—¡Tú has quedado con Gabriel Serna para cenar! —exclamó, apuntándola con un dedo—. ¡Por eso tienes prisa en librarte de mí!
Aroa fue a replicar, pero lo pensó mejor y se calló.
—¿Me contarás mañana cómo ha sido la cita? —prosiguió Silvia.
—No.
—Por fi…
—De verdad, Boix… —La llamó por el apellido, como solía hacer algunas veces—… ¿Tienes veinticuatro años o tienes tres? —E imitándola, repitió—: Por fi… Por fi…
—Búrlate todo lo que quieras, pero como mañana no me cuentes cómo es Gabriel Serna en la cama… tendré que averiguarlo por mí misma.
Aroa frunció el ceño molesta al escucharla otra vez hacer referencia a su interés en el hombre.
—Es muy mayor para ti —dijo.
—Me gustan los hombres mayores —rebatió su compañera—. Además, tiene un aura muy fuerte. Desprende una energía tan positiva que…
—¡No me jodas, Silvia! ¿Otra vez me vas a soltar tus rollos sobre los chakras, el yin y el yan, las energías positivas, negativas y toda esa mierda espiritual que te gusta?
—Llegaron a un semáforo en rojo y detuvieron el vehículo.
Aroa se giró para encarar a la otra inspectora—.
De verdad, ¿por qué no le dijiste a tu papá que te montase una consulta de parapsicología en lugar de unirte al Cuerpo para soltar tus frikadas cada dos por tres?
O mejor aún. Ya que tienes enchufe con los espíritus, podías coger una tabla güija y preguntarle a la víctima quién es su asesino —se burló de ella.
—¡Me gusta ser policía! —soltó ofendida—. Y en cuanto al tema de los espíritus, deberías creer en ellos. Sus presencias nos rodean y pueden ayudarnos.
—Aquí no se viene a jugar a ser El Mentalista —repuso Aroa, nombrando una famosa serie de la televisión—. Esto es la vida real, niña. A ver si te enteras de una vez.
El semáforo se puso en verde y las chicas reanudaron la marcha.
—De verdad, Aroa, necesitas echar un polvo con urgencia.
—Sí, claro, lo que tú digas, doña Mística.
El resto del trayecto lo hicieron en silencio.
Cuando dejó a Silvia en su casa, Aroa se dirigió a la comisaria. Necesitaba hablar con alguien.
Poco después, entraba en el despacho del comisario.
—Alonso este es el listado de clientes que me han dado en la agencia a la que pertenecía nuestra víctima. Aquí están los nombres de todos los que han contratado sus servicios desde que empezó a trabajar como escort .
Sacó un papel doblado del bolsillo del pantalón. Se lo había guardado ahí antes de bajar a la calle donde la esperaba Silvia en el coche. No quería que su compañera supiera nada de aquello.
—¿Te han dado un listado? ¿No se supone que es confidencial y se necesitaría una orden judicial? Una orden que no has pedido, por cierto. ¿Te quieres meter en líos, Martínez?
—Si hubiese pedido una orden habrían tardado en dármela y esto corre prisa. La mujer de la agencia me lo ha entregado de buena fe.
Alonso la miró muy serio.
—Ya —respondió escéptico.
Hubo una pausa y después, el comisario añadió:
—¿Me vas a explicar cómo coño lo has conseguido? —preguntó de mal humor.
Aroa extendió el papel sobre la mesa y lo giró para que él pudiese ver lo que le señalaba.
—¿Me vas a explicar tú por qué está tú nombre en la lista?
···
Aroa llegó a su casa agotada tras la intensa jornada.
La confesión de Alonso sobre que él solicitaba los servicios sexuales de la víctima, la había dejado sorprendida.
¿Cómo había podido acostarse con la hija de un amigo suyo?
¿Eso no era sacrilegio o incesto o algo así?
Y no una vez ni dos. Al parecer, su jefe era asiduo a la chica. Estaba encandilado con ella.
Se dirigió a la ducha mientras por el camino iba desprendiéndose de la ropa.
Al pasar por el salón, cambió el rumbo y sus pasos la llevaron hasta el equipo de música.
Buscó entre los cd que tenía hasta que encontró el que deseaba escuchar mientras se duchaba y, cuando lo sacó de la cajita de plástico, lo introdujo en el reproductor.
Le dio al botón y los primeros acordes de Basket Case , de Green Day, una banda de rock punk que a ella le gustaba desde que era muy joven, inundaron la estancia.
Se quedó un momento quieta frente al equipo de música hasta que, al llegar al estribillo de la canción, notó cómo los turbios pensamientos se alejaban de ella. Así era el poder de la música. Siempre conseguía relajarla y hacer que olvidase todo.
Cantando, se metió bajo el chorro de agua y cuando terminó de asearse, salió.
Estaba enrollándose una toalla al cuerpo cuando tocaron al timbre. Se quedó quieta, rezando para que quien estuviera al otro lado se marchase. No quería visitas.
Un par de minutos después se puso en marcha de nuevo.
Le extrañó que no hubiera insistido la persona que fuera, ya que la música se podía escuchar por todo el piso y, por lo tanto, denotaba su presencia en la casa.
Sin embargo, se alegró de que no lo hubiera hecho. No tenía ganas de hablar con nadie.
Se dirigió a su habitación y se puso ropa cómoda para estar en casa.
Cuando iba de camino a la cocina, el timbre sonó de nuevo.
No hizo caso y continuó su andadura.
Pero quien fuera que estuviera al otro lado, volvió a llamar.
Enfurruñada, fue a abrir y se encontró al otro lado a su vecina de enfrente, una ancianita de ochenta años, con su pelo blanco recogido en un tirante moño y vestida siempre de negro por el luto de su difunto marido.
—Tenías esto en el felpudo, niña.
La entregó una pequeña caja, que Aroa cogió.
—¿Sabe quién la ha dejado? —preguntó a la mujer.
Ella negó con la cabeza, por lo que la inspectora se despidió de su vecina, cerrando la puerta.
Fue a la cocina y apoyó la cadera contra el mármol de la encimera.
Estudió la caja unos segundos y la sacudió para escuchar el contenido, pero no le dio ninguna pista de lo que había dentro.
La abrió y se encontró con un yate de lujo en miniatura y un trozo de hilo rojo.
Lo sacó todo frunciendo el ceño. ¿Qué significado tenía aquello?
Observó con más detenimiento la caja donde venían la embarcación y el hilo, buscando pistas. Pero no halló nada.