Capítulo 15 #2
—¿Por qué no me has dicho esta mañana, cuando hemos hablado por teléfono, que habías vuelto a Barcelona? —le reprochó él.
Ella se encogió de hombros y le dedicó su mejor cara de niña buena.
—Será porque no tengo que darte explicaciones. No eres mi novio ni mi chulo.
Él pasó por alto el comentario, sobre todo la última palabra.
—Menos mal que Mireia me ha conseguido este servicio, así puedo vigilarte.
Kenia abrió la boca sorprendida y se detuvo para observarlo.
—¿Cómo que Mireia te ha conseguido este servicio?
—Yo tampoco tengo que darte explicaciones, ¿sabes?
—Breixo… Dímelo —le exigió ella.
El joven inspiró hondo. Después soltó el aire despacio. Muy despacio.
—Me llamó para contarme que unos clientes habían solicitado a una pareja para hacer un servicio. Como vuestra agencia es solo de escorts femeninas y yo voy por libre, me preguntó si me interesaría hacerlo. Le dije que sí, por supuesto. Y más cuando me comentó que tú ibas a estar aquí.
—A mí me llamó Mireia ayer para contarme esto de hoy. ¿Cuándo te avisó a ti? —preguntó Kenia asombrada por la jugada de su amiga.
Ella sí sabía quién iba a ser el prostituto que iba a estar con los ingleses y no le dijo nada cuando le preguntó esa tarde antes de acudir a la cita. ¡Maldita sea!
—Ayer también.
—¿Así que esta mañana ya lo sabías y no me has dicho nada? —soltó ella indignada.
—A ver si ahora te vas a enfadar cuando soy yo el que debería estarlo. Te recuerdo que esta mañana me has afirmado rotundamente que aún seguías de vacaciones con tu familia y que no sabías cuándo ibas a volver. ¿Por qué lo has hecho, Kenia? ¿Por qué me has mentido?
El rubor tiñó las mejillas de la chica.
—No lo sé. Quizá sea porque me gusta jugar al gato y al ratón contigo.
—Mala —la acusó él sonriendo.
El silencio se adueñó de ellos, que comenzaron a caminar otra vez. Al cabo de unos minutos, de nuevo Breixo tomó la palabra.
—¿Cuándo me dejarás que termine lo que he empezado esta noche? Me ha gustado mucho darte placer y estoy deseando repetir. Eres exquisita. Cuando he ido a la ducha…
—¿Terminar? ¿No has tenido bastante? Te has arriesgado mucho —lo cortó—. Si ellos llegan a darse cuenta, podrían haberse enfadado. En teoría tenemos que darles placer a los clientes, no dárnoslo entre nosotros cuando estamos trabajando.
—A no ser que ellos nos lo pidan —rebatió el joven.
—Yo no he oído a ninguno de los dos pedir que me metieses los dedos en el coño hasta conseguir que me corriese, ni que intentases follar conmigo en la ducha o te masturbases delante de mí.
—¿No me dijiste que te gustaba el riesgo? —preguntó él.
—Y me gusta. Pero en el trabajo no. No quiero que la agencia pierda clientes por no trabajar correctamente —replicó Kenia molesta.
—¡Qué chica más responsable, Dios mío! —refunfuñó él riéndose.
Ella no dijo nada más, pero Breixo esperaba la respuesta a la pregunta que le había hecho y que ella, tan hábilmente, no había contestado.
—¿Cuándo podré terminar lo que he empezado hoy? —insistió.
—Breixo no creo que…
—Venga, no me digas que tú no lo deseas tanto como yo. Quiero hacerte el amor —la interrumpió—. Sé que sientes mariposas cuando me ves. No te voy a engañar. Yo también siento sus alas acariciándome el pecho cada vez que te veo o hablo contigo.
—¿Mariposas? —Se rio Kenia—. Breixo, vamos, ¡eres un puto!
—Y tú una puta, ¿y qué? ¿No podemos enamorarnos porque nos dedicamos al negocio del sexo?
Kenia sacudió la cabeza a un lado y al otro.
—Déjame enamorarte —continuó él, agarrándola de la mano para detenerla—.
Desde que te conocí, no dejo de pensar en cómo sabrán tus labios.
Tienes algo, no sé qué es, pero cuando te veo todos mis sentidos se centran en ti.
—Colocó las manos en sus mejillas, enmarcándole el rostro y la miró con intensidad—.
Me muero por tocarte, por acariciarte. Cuando te tengo cerca, pierdo el control.
Ya lo has visto ahí dentro. No he podido contenerme para darte placer.
—Breixo… —gimió Kenia, notando la calidez de sus manos abrasándole la piel de los pómulos.
—Conviértete en mi adicción, en mi obsesión, en mi delirio…
—No sabes lo que dices.
—Sí lo sé —afirmó él rotundo.
—No, no lo sabes. Nos conocemos solo de ¿cuánto? ¿Un par de veces que nos hemos visto?
—Estoy de acuerdo en que nos hemos visto poco, pero nuestras conversaciones telefónicas han significado mucho. Al menos para mí. Me gustas y quiero intentar algo serio contigo. Atrévete, Kenia. Dame una oportunidad.
Ella retrocedió y las manos de Breixo cayeron a ambos lados de su cuerpo, dejando de tocar la fina piel de su rostro.
—¡No podemos tener una relación seria! —exclamó—. ¿No te das cuenta? Con la vida que llevamos no podríamos ser fieles el uno al otro. Y no sé tú, pero yo no pienso dejar la prostitución así como así, ni por ti. Todavía me quedan dos años de carrera y necesito el dinero que gano con esto.
Breixo dio un paso hacia ella y la agarró de los brazos.
—No te estoy pidiendo que dejes nada por mí.
Además, el tema de la fidelidad tiene fácil solución.
En cada servicio entregamos nuestros cuerpos, pero nuestro corazón y nuestra alma nos pertenecen solo a nosotros.
Yo sería tuyo y tú serías mía. Sería como las parejas a quienes les gusta compartir.
Como Kenneth y Susan. Se trata solo de disfrutar viviendo la sexualidad de otra manera.
De la forma en que Breixo se lo explicó, le resultó muy tentador. ¿Podría tener una relación seria con él y que los dos continuasen vendiendo sus cuerpos a otras personas? Para ella era una cuestión de trabajo entregar su sexo a otros. No le importaba. Siempre que el cliente pagase bien, claro.
Además, le seducía la idea de ser compartida por otros hombres. Ya lo había hecho más veces, pero si Breixo estaba implicado en el asunto… le atraía todavía más.
Aun así, tenía que pensarlo seriamente. ¿Y si a la larga aparecían los celos y todo se iba a la mierda?
Breixo rezaba porque ella recapacitase, meditara su proposición y aceptase.
Desde que la conoció, no podía dejar de pensar en Kenia.
Le gustó desde el primer momento y con sus charlas telefónicas de ese verano se había ido enamorando de ella poco a poco.
Además, estaba el plano sexual. Kenia lo atraía tanto y de tantas formas distintas que le costaba pensar en todas ellas.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Kenia en aquella fiesta donde la conoció, se colaba tras sus párpados.
Soñaba con desnudarla y unirse a ella. Ya no recordaba la cantidad de veces que se había masturbado pensando en Kenia ese verano.
—Tengo que llamar a Mireia para que sepa que he terminado el servicio y se quede tranquila.
—Bien. Pero esta conversación no se ha acabado —la advirtió él.
···
—El servicio ya se ha terminado y todo ha ido bien —informó Kenia a Mireia—. Por cierto, me podías haber dicho que el escort de esta noche era Breixo en lugar de mentirme y decirme que no sabías quién iba a ser.
—Anda, no te quejes —le soltó Mireia riendo—.
Seguro que te lo has pasado muy bien con él.
Si te hubiera dicho que Breixo te iba a acompañar, habrías rechazado el servicio.
Con lo cabezota que eres…Y míralo por el lado bueno.
Habéis pasado un rato increíble sin que ninguno de los dos haya tenido que soltar pasta para estar con el otro.
Tú mantienes tu orgullo intacto, él también y los dos habéis disfrutado.
—Joder, Mireia… —bufó Kenia.
Pero su amiga tenía razón en todo lo que había dicho.
Se despidió de ella y, acto seguido, marcó el número del servicio de taxis.
Mientras esperaban al vehículo, Breixo volvió a la carga.
—Es poco más de la una de la madrugada. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Te apetece seguir de fiesta conmigo? ¿Vamos a bailar a algún sitio? ¿A hacer el amor en mi casa?
Kenia meneó la cabeza.
—Me voy a casa. Estoy cansada.
—Bien. Compartiremos taxi, entonces.
—¿Por qué no te pides uno para ti?
—Porque quiero estar contigo el mayor tiempo posible —respondió él.
—No… Breixo… no —murmuró ella—. Por favor, no me hagas esto.
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Me vendo los ojos para que mi corazón no se enamore más de ti cada vez que te veo?
—No me digas esas cosas, Bre…
Pero no pudo continuar.
El joven la agarró de la cintura con una mano y la pegó a él. Con la otra mano, la cogió por la nuca, hundiendo los dedos en su cabello todavía húmedo. Fusionó sus labios con los de ella en un lento beso que hizo que hasta la luna sintiera envidia de su incipiente romance.
La besó como si el mundo fuera a acabarse esa noche y tuviera que beber de ella para salvarse.
Kenia cedió ante el deseo irresistible que la inundaba cuando sintió los labios de Breixo contra los suyos. Esta sensación se apoderó de su cuerpo mientras la otra boca le pedía acceso, lo encontraba y era recompensada con una mezcla de dulzura y fuego jamás soñado.
Los dos gimieron de placer y Breixo recorrió con expertas caricias el interior de la boca de Kenia, no dejando ningún rincón por explorar.
—Estaba loco por besarte —murmuró contra sus labios húmedos cuando se distanció un poco para tomar aire.
Ella lo observó embelesada por ese magnífico beso que él le había dado. Ese beso le había llegado hasta el alma y hacía que quisiese rendirse a él para que la enamorase como pretendía.
—¿Sientes ahora las mariposas de las que te hablaba? —quiso saber Breixo.
Kenia jadeó, todavía con la respiración y el corazón alterados. Los dedos de él rozaban la nuca de la joven, enviando descargas de placer que recorrían todo su cuerpo y se alojaban entre sus piernas.
Se lamió los labios, intentando volver a capturar el sabor de Breixo, pero como le supo a poco, se acercó a él para unir sus bocas de nuevo.
Ella profundizó ese otro beso cayendo en la adicción de su sabor.
El pitido del taxi los sobresaltó.
Se separaron, sonriendo, y los dos se metieron dentro.