Capítulo 15
Kenia se estaba duchando al acabar el servicio en aquel yate de lujo.
El cubículo era más bien pequeño para este menester.
Ella pensaba que, dadas las dimensiones del barco y lo espectacular que era todo allí, los constructores deberían haberlo hecho más grande.
Pero bueno, al menos podía borrar de su cuerpo las huellas de esa noche de desenfreno y lujuria, así que tampoco se iba a quejar mucho.
El cuarto de baño estaba dentro del dormitorio, pero desde la cama no se veía. Decorado en madera oscura con los sanitarios en blanco y un espejo que ocupaba toda la pared encima del lavabo.
Cuando estaba a punto de acabar, Breixo entró.
Ella se quedó un momento inmóvil al verlo en todo su esplendor otra vez. La sangre comenzó a correrle excitada por las venas y la boca se le resecó mientras contemplaba su provocativo acercamiento. Tenía un cuerpo perfecto. Hecho para dar y recibir placer.
La mirada de deseo que Breixo la dedicó, le atravesó la piel y redujo a cenizas todos sus pensamientos.
Él agarró el tirador de la mampara de cristal, la abrió y se metió dentro con Kenia.
—¿Qué haces? Esto es muy pequeño. No cabemos los dos —le riñó ella, con la respiración alterada por lo que su cercanía le hacía sentir.
—Sí cabemos, ¿no lo ves? —rebatió él, aplastándola contra la pared negra de la ducha, mientras el chorro de agua los empapaba.
—Es mejor que salgas. Los clientes se pueden molestar si nos ven juntos. Pensarán que estamos follando y hemos venido a darles placer a ellos, no a satisfacernos mutuamente nosotros.
Kenia tenía las manos sobre los pectorales de Breixo mientras le hablaba.
Le gustó sentir cómo sus músculos se contraían bajo su contacto.
Tenía la piel caliente y la fina capa de vello que recubría su torso era suave.
Sintió deseos de examinar con sus dedos cada rincón de la anatomía del escort , pero por prudencia no lo hizo.
—Están dormidos los dos. No se van a enterar de nada de lo que hacemos… a no ser que te pongas a gritar como una loca cuando llegues al orgasmo —replicó Breixo, inclinándose sobre la garganta de Kenia para lamer las gotas de agua que le caían.
Ella notó que sus piernas se convertían en gelatina. Sentía la erección de Breixo, caliente y aterciopelada, aprisionada contra su vientre. Deseó rendirse a la petición del joven, pero sabía que no debía hacerlo.
—No voy a gritar porque no vamos a hacer nada —dijo con la voz temblorosa.
Lo empujó con más fuerza hasta que logró sacárselo de encima.
—Sal —ordenó ella.
Como Breixo no hizo amago de obedecerla, Kenia imprimió más dureza a sus palabras.
—Haz el favor de salir de aquí inmediatamente o te juro que dejaré de hablarte. No volveré a coger el teléfono cuando me llames.
Él ladeó la cabeza y entornó los ojos, observándola un momento. La piel de Kenia estaba sonrosada a pesar del bronceado que había adquirido ese verano. Sabía que ese sonrojo se debía a la excitación que él acababa de proporcionarle.
—Está bien —claudicó Breixo.
No quería presionarla y perder lo que había conseguido con ella ese verano. Sus llamadas, su sincera preocupación cuando se marchó de viaje sola y el resto de cosas tenían un fin: Enamorarla.
Pero no iba a desperdiciar la oportunidad de verla así, desnuda y excitada, y de que ella lo viera de la misma manera.
Así que salió de la ducha, cerró la mampara y agarró el tirador para que ella no pudiese abrir por dentro hasta que él se lo permitiera. Tenía algo en mente y lo iba a llevar a cabo ante los ojos de Kenia.
Comenzó a tocarse la erección, arriba y abajo, mojada por el agua de la ducha.
Ella, al comprobar lo que estaba ocurriendo, abrió los ojos muy sorprendida de que Breixo fuera capaz de hacer algo así en aquel momento, con los clientes a solo unos metros de ellos.
Ese hombre estaba loco y la iba a meter en problemas a ella.
Cerró el agua de la ducha y agarró la puerta para abrirla, pero como el escort la tenía firmemente sujeta por el otro lado, no lo consiguió.
—Déjame salir —siseó entre dientes.
—Tócate para mí —solicitó él.
—¿Estás mal de la cabeza? —preguntó clavando su mirada en los iris claros de Breixo.
Él, por toda respuesta, le dirigió su sonrisa más provocativa y traviesa.
—¡Dios! —gimió ella desesperada ante la situación y lo que podía ocurrir si los clientes se despertaban y los pillaban así.
Ella desnuda y mojada dentro de la ducha y Breixo en el exterior, masturbándose sin quitarle los ojos de encima.
—¿Te has creído que soy un póster de alguna tía buena como los que tenías en tu cuarto cuando eras adolescente y fantaseabas con follártela?
—No. Tú eres mil veces mejor. Eres real.
—Joder, Breixo, para.
—Tócate para mí —volvió a pedirle.
Ella se cruzó de brazos. No pensaba obedecerlo.
—Muy bien. No me hagas caso si no quieres. Puedes seguir babeando mientras me miras —comentó Breixo con el ritmo cardíaco alterado por los roces de su mano sobre la piel mojada del pene.
—¿Qué siga babeando? ¿Por ti? No me hagas reír, por favor —intentó burlarse de él, pero no le salió bien la jugada.
Su mirada la delataba, centrada como estaba en su virilidad y el deslizar de su lengua por el labio inferior le dijo a Breixo que ella no era inmune a su físico. Kenia se relamía ante él igual que haría ante un trozo de su pastel favorito.
Ella estaba hechizada por él. ¿Era posible que, de repente y tras ducharse, se sintiera de nuevo sudorosa? ¿No hacía demasiado calor allí? ¿Sería el vapor de la ducha que se pegaba a su piel haciendo que necesitase otra vez aclarársela con agua? Con agua muy fría, a ser posible.
—Breixo, déjame salir —le suplicó ella, tirando de la manilla nuevamente.
—Hasta que no acabe no. Puedes acelerar el proceso cumpliendo mis deseos y tocándote para mí. Pensando en mí igual que yo estoy pensando ahora mismo en ti. Viéndote desnuda. Contemplando tu belleza salvaje y…
No pudo continuar hablando porque el orgasmo le llegó y tuvo que apretar los dientes para no soltar el grito que pugnaba por salir de su garganta.
Kenia supo que jamás podría borrar de sus retinas ni de su memoria lo que acababa de ocurrir allí.
Breixo dio un par de pasos hacia atrás, soltando la manija de la mampara de la ducha, y se sentó sobre la tapa del inodoro para recuperarse del espléndido clímax.
El chorro de semen resbalaba por la puerta de cristal, dejando constancia de lo sucedido.
Kenia observó que la mano del escort también estaba manchada por la esencia blanca.
Sintió deseos de limpiar con su lengua todo aquello y tragárselo para conocer de primera mano a qué sabía Breixo, pero se contuvo.
Abrió la mampara y agarró una toalla, con la que se envolvió el cuerpo. Después cogió otra para secarse el pelo.
—Vas a limpiar todo esto antes de irte, ¿entendido? No quiero que nadie descubra lo que ha pasado aquí —le ordenó al joven, que la miraba con los ojos vidriosos por el orgasmo y la respiración acelerada todavía.
Salió del cuarto de baño sin esperar su respuesta.
Caminó hasta dónde había dejado su ropa tirada al empezar el servicio y se vistió. Oyó el agua de la ducha correr y las imágenes de Breixo y ella en el interior de la pequeña cabina la asaltaron de nuevo. Cerró los ojos con fuerza para hacerlas desaparecer.
Una mano se posó en su hombro y ella se giró sobresaltada.
—Ha sido un placer —dijo Susan—. Volveremos a llamaros a los dos.
—Gracias. Me alegro de que hayáis disfrutado —contestó Kenia con una sonrisa, desenredándose el cabello húmedo con los dedos.
Susan se acercó a ella y la besó en la boca con delicadeza.
La escort le devolvió el beso imaginando que era Kenneth y no la mujer quien la besaba.
Pero la imagen de Breixo se coló en su mente y Kenia profundizó el beso que se estaban dando.
Recorrió con su lengua experta la húmeda cavidad que se entregaba a ella dócilmente y cuando oyó un gemido femenino, reaccionó.
Poco a poco, abandonó los labios de Susan y al separarse de ella la vio con los ojos cerrados, totalmente entregada al beso que se habían dado.
La clienta abrió despacio sus ojos y una sonrisa floreció en su bonito rostro.
—Es una pena que no podáis quedaros otro par de horas. Me están entrando unas ganas terribles de follar de nuevo.
—Lo siento. Las normas son así. La próxima vez contratad más tiempo —le recomendó Kenia pensando que ella se sentía igual que Susan. Con ganas de nuevo.
Se dio cuenta de que el beso que se había dado con la mujer le había gustado. No sabía si era debido a que pensaba en Breixo mientras tanto o porque los labios de Susan eran especiales.
Tampoco quiso pensarlo mucho. Debía marcharse. El servicio había terminado.
Vio cómo Breixo salía del baño como su madre lo trajo al mundo y gimió interiormente.
¿Pero es que este hombre no se cansaba nunca de ir por ahí provocando?
Susan se acercó a él para despedirse con un beso igual que había hecho con Kenia y, después, el joven comenzó a vestirse.
Ella subió las escaleras para acceder a la cubierta del yate y de ahí a la dársena donde estaba fondeado el barco.
Mientras caminaba, sacó el móvil para llamar a Mireia y que supiera que todo había ido bien.
Sin embargo, no pudo hacerlo, pues alguien la agarró del brazo.
Supo enseguida que quien la sujetaba era Breixo porque reconocería el calor de su mano en cualquier lugar. Una descarga eléctrica la recorrió entera al notar los dedos fuertes de él sobre su piel.
—¿Te vas sin mí?
—Ya he acabado lo que vine a hacer aquí, así que…
Breixo bufó.
—Te he dicho muchas veces que no deberías andar sola por ahí a estas horas de la noche. Podría pasarte cualquier cosa.
Ella no contestó. No tenía ganas de discutir con él por el mismo tema. Durante el verano ya lo había hecho muchas veces y no servía de nada. Él seguía insistiendo con lo mismo.
Comenzaron a caminar uno al lado del otro en silencio.
Kenia estaba nerviosa. No sabía qué decirle después de lo que había pasado dentro del barco.
Fue Breixo quien rompió el hielo.