Capítulo 13 #2
Se habían sentado los tres en el interior del barco, en una sala decorada en tonos blancos, con pocos muebles de madera oscura. Mientras esperaban la llegada del escort , bebían. Susan y ella champán. Kenneth un whisky . A las consumiciones acompañaban bombones de chocolate puro y fresas.
Kenneth acariciaba los muslos de Kenia, que iba con un vestido plateado corto, de tirantes, ideal para aquella noche de finales de agosto.
Susan se había sentado al otro lado en el sofá de cuero blanco y deslizaba sus dedos por el cabello de Kenia, rozándole el cuello y el hombro izquierdo con cada pasada.
El matrimonio la contemplaba como si se la fuera a comer y ella supo que también tendría que darle placer a la esposa.
Haría de tripas corazón, como solía decirse.
Cuatro mil euros por una noche de sexo era mucha pasta.
Debía realizar su trabajo sin quejarse y sin que los clientes lo hicieran tampoco.
Unos golpes sonaron en cubierta y Susan dejó de pasar sus dedos por el sedoso cabello de Kenia para ir arriba.
A los pocos minutos regresó.
Breixo la acompañaba.
Si él se sorprendió o no de verla allí, no lo demostró. Ella, interiormente, saltó de alegría.
Saludó a todos en un perfecto inglés y Kenneth le preguntó qué deseaba tomar.
Mientras Breixo contestaba y el cliente le servía un whisky , Kenia se entretuvo en repasarlo al tiempo que notaba las mariposas en su estómago revoloteando frenéticas y la sangre corriendo enloquecida por sus venas.
Vestía vaqueros y camiseta negra ajustada, que marcaba sus deliciosos músculos. La prenda se ceñía a sus brazos y a su torso divinamente.
Él dio un sorbo a su whisky al tiempo que se acomodaba al lado de Susan, que se había sentado frente a ellos.
Por encima del vaso que tocaban sus labios miró a Kenia.
Fueron apenas unos segundos, pero la mirada era tan ardiente que incendió a la cortesana.
Tuvo que apretar los muslos ante la descarga sexual que había sentido con esos ojos ¿azules?
, ¿verdes?… posados en ella. Kenia dudaba del color del iris de Breixo, una tonalidad indescifrable.
Sin embargo, ¿qué importaba eso ahora? Con la mirada que le había dedicado le estaba prometiendo una noche de pasión desenfrenada.
Sintió la mano de Kenneth sobre su muslo y cómo esta ascendía peligrosamente hasta sus ingles, al tiempo que la boca del cliente recorría su garganta con lengüetazos furiosos. Era como si quisiera devorarla en cuestión de segundos.
Kenia vio cómo Susan ponía su mano en la entrepierna de Breixo y lo acariciaba con el fin de endurecer aquella parte de su anatomía.
A su vez, el escort —que había dejado el vaso de whisky en una mesita cercana— le tocaba los senos por encima del vestido rojo que la inglesa llevaba.
Cuando sus manos ascendieron hasta los tirantes de la prenda, comenzó a bajárselos poco a poco.
Susan se acercó a su boca y lo besó con pasión.
Breixo correspondió al beso con los ojos clavados en los de Kenia.
A la joven la situación se le antojo tremendamente erótica. Los dos se dejaban hacer, tocar, besar… mientras mantenían sus miradas inexplicablemente enganchadas en el otro.
Kenia notó cómo se iba mojando cada vez más.
Las caricias de Kenneth también influyeron en esto.
El cliente metió la mano entre el elástico del tanga y su cuerpo, comprobando así el estado de la muchacha.
Pasó un par de veces los dedos por toda la hendidura empapada de la joven y ella gimió de gusto.
—Desnúdate —le ordenó, bajándole la prenda íntima.
La chica obedeció inmediatamente. Se deshizo del tanga, que ya tenía en los tobillos, y se levantó para sacarse por la cabeza el vestido plateado. Cuando lo arrojó al suelo, junto con el sujetador, miró a Breixo y este le sonrió de esa manera socarrona y traviesa tan suya.
Kenneth la agarró de la cintura y ella tuvo que girarse, dándole la espalda al escort .
—Bájame el pantalón.
Kenia se puso de rodillas e hizo lo que el señor le había pedido. Kenneth no necesitó darle más órdenes. Ella sabía muy bien lo que venía a continuación.
Abrió la boca y se metió el pene del inglés en ella. Comenzó a chupárselo, a masajearlo con las manos, a arañarle con los dientes hasta que llegaba a la corona rosada y volvía a empezar.
De repente, notó unas manos en su trasero desnudo y se puso tensa. Eran unas manos finas y delicadas de mujer. Las de Susan.
Continuó con la felación ignorando cómo la otra jugaba con su cuerpo, preguntándose dónde demonios estaba Breixo y por qué no estaba entreteniendo a la clienta.
Kenneth la tenía cogida por el pelo, en una coleta improvisada, y arremetía contra su boca buscando su liberación. Por lo que la joven no podía mirar alrededor para localizar a Breixo.
Las manos de Susan ascendieron desde su culo hasta sus tetas en un recorrido sinuoso.
Cuando llegaron a sus pezones, se los apretó con un poco de fuerza.
Kenia no sintió mucho dolor, solo una pequeña molestia pasajera.
Susan continuó masajeándole los pechos mientras Kenia la notaba pegada a su espalda, de rodillas igual que ella y desnuda.
¿En qué momento se había librado ella de la ropa? ¿Breixo también estaría desnudo?
Por cierto, ¿dónde narices estaba Breixo?
De repente, una mano la obligó a separar las piernas y se posó en su depilado pubis, buscando su botón mágico. Empezó a acariciar toda su mojada hendidura sin descanso y a darle pequeños toques a su clítoris.
Si Kenneth tenía las manos aferradas a su cabello y Susan las tenía en sus tetas… esa mano solo podía ser del escort .
En su mente se instaló la visión de lo que estaban haciendo.
Ella chupándosela al cliente, la esposa abrazada a su espalda, tocándole los senos —las dos arrodilladas sobre la moqueta clara del salón del yate— y Breixo con la mano en sus pliegues íntimos.
El calor, que poco a poco se iba apoderando de ella, subió varios grados de forma imparable.
Notó cómo Susan era empujada contra ella y chocaban.
Un alarido de placer salió de la boca de la inglesa al mismo tiempo que el marido se corría en la de Kenia.
Kenneth la soltó el pelo y ella pudo girarse un momento para ver qué ocurría detrás mientras terminaba de tragar el caliente esperma inglés.
Susan estaba pegada a su espalda, abrazándola, mientras los espasmos del orgasmo se sucedían uno tras otro.
Breixo, tumbado en el suelo con la clienta sentada sobre su boca, lamía y penetraba con su lengua el sexo de ella. No lo pudo ver claramente, pero en esa posición no cabía lugar a dudas de lo que estaba haciendo.
Al mismo tiempo, tenía el brazo alargado hacia el cuerpo de Kenia, donde enterraba dos dedos para darla placer.
Kenia estalló en mil pedazos en ese momento.
Cuando Susan dejó de abrazarla, ella se recostó en el borde del sofá y miró a su alrededor.
Kenneth se había sentado en un extremo, intentando recuperarse.
Susan yacía desmadejada sobre la moqueta.
Y Breixo… Breixo era el único que no había obtenido placer en ese intercambio.
Los fluidos de la inglesa relucían en su mandíbula y en sus labios.
El escort alzó la cabeza del suelo en el que estaba tumbado y miró en la dirección que estaba Kenia.
Cuando sus ojos se encontraron, la sonrió pícaro y se lamió los dos dedos con los que había estimulado a la cortesana.
Se los metió en la boca y los chupó con ansia.
Kenia le devolvió la sonrisa, tratando de recuperar su ritmo cardíaco normal.
Con los labios, formuló un «Gracias» silencioso.
Breixo la guiñó un ojo. Ella aprovechó para recorrer el cuerpo del joven y empaparse de su belleza.
Tenía los músculos más definidos que en una clase de anatomía.
Su cuerpo parecía esculpido para dar placer.
La piel del escort estaba bronceada y una fina capa de vello oscuro le recubría el torso.
Cuando Kenia descendió con sus ojos hasta el trabajado vientre, que formaba una V perfecta, y más abajo, hasta su erección, sintió cómo renacían en ella con fuerza las ganas de follar.
Intentó despegar la vista del miembro duro de Breixo, pero no lo consiguió.
La boca se le hizo agua al pensar en cómo sería su sabor, su olor, su textura y suavidad.
Pero esa noche no estaba allí para acostarse con el puto. Y Breixo se había arriesgado mucho al darle placer cuando debería haberse centrado únicamente en la clienta.
Además, aún recordaba la conversación que tuvieron cuando se conocieron. Si ella quería tener algo con él, debía pagar.
Y no estaba dispuesta a ello.
Era una cuestión de orgullo.
Pero él le había hecho subir al cielo esa noche con sus dedos enterrados en su sexo y el pulgar rozándole el clítoris. ¿Cómo debía encajar eso? ¿Breixo quería demostrarle lo que se perdía si no accedía a pagar por tenerlo?
Kenneth dio órdenes de que se dirigieran todos hacia el dormitorio del yate para continuar allí con su pequeña orgía, por lo que Kenia tuvo que dejar de pensar en el joven prostituto.
Sobre la inmensa cama que ocupaba prácticamente la habitación se tumbaron los esposos.
Breixo se colocó un condón en su duro miembro y, poco a poco, fue penetrando a Susan.
Kenia le puso un preservativo a Kenneth y se empaló en él lentamente.
Cuando Breixo y ella se inclinaron hacia delante para cernirse sobre sus clientes, se miraron a los ojos y así, entrando y saliendo de esos cuerpos sudorosos, con el aire viciado por el sexo, minutos después alcanzaban el orgasmo.