Capítulo 13
Kenia se preparaba para la cita con su cliente. O mejor dicho, sus clientes. El servicio de esa noche se trataba de una fiesta privada en un barco, en el puerto de Barcelona.
—Es un matrimonio inglés al que le gusta compartir. Además de ti habrá también un acompañante masculino —le explicó Mireia.
Kenia, al escucharla, recordó a Breixo inmediatamente. A los dos días de haberle dado supuestamente su teléfono, recibió una llamada de él.
—El restaurante asiático que me recomendaste tiene una amplia gama de arroces y demás productos. ¿Te apetece quedar y comemos algo?
No había reconocido el número y tampoco esa voz grave que le erizó todo el vello corporal, pero al oír la referencia al wok, supo enseguida que se trataba de Breixo.
—¿Cómo has conseguido mi número? —quiso saber Kenia.
—No gracias a ti, desde luego. —Sonó divertido, como si la jugarreta que le había hecho ella le resultase graciosa.
—Breixo… —masculló con apremio.
—Está bien. Está bien. Me lo ha dado Chloé. Cuando te marchaste, ella me dio su teléfono y me pidió que la llamara alguna vez para vernos. No le importa pagar por mis servicios como a ti…
Hizo una pausa para ver si Kenia replicaba algo, pero ante el mutismo al otro lado de la línea, continuó hablando.
—El caso es que llamé al número que tú me diste y cuando comprobé que me habías engañado, hablé con Chloé para que me diera el teléfono correcto. Y aquí estoy. Invitándote a comer. ¿Te viene bien sobre las dos?
—No voy a quedar contigo.
—Venga, no me quites la ilusión de disfrutar de tu compañía y conocerte un poco mejor —se quejó él. En su voz, se notaba la sonrisa con la que hablaba—. ¿O es que me tienes miedo? ¿Tienes miedo de no ser tan fuerte como tú te crees y rendirte a mis encantos?
Kenia soltó una carcajada. ¿Rendirse a sus encantos? ¡Por todos los cielos! Si ya se estaba mojándose solo con escuchar su voz al otro lado de hilo telefónico.
—¡Ya quisieras tú! —exclamó, no queriendo darle la razón.
—Entonces ¿por qué no te atreves? —preguntó él en un tono sugerente.
—No estoy en Barcelona.
—¿Y dónde estás?
—De vacaciones con mi familia —le aclaró ella.
—¿Dónde?
—No te lo voy a decir. Serías capaz de presentarte aquí solo para fastidiarme con tu presencia. No quiero tener un mal recuerdo de mis días estivales —lo pinchó.
—Oh, me rompes el corazón. Qué mala imagen tienes de mí. Si me conocieras un poco más, tan solo un poquito más…
Kenia vio cómo su padre la llamaba con un gesto de la mano para que se acercase a atender a unos clientes. Ella salió con rapidez de detrás del mostrador de Recepción del pequeño hotel que regentaba su familia en Mallorca.
—Oye, Breixo, tengo que colgar.
—¿Tan pronto? ¡Aguafiestas!
—Bueno, Dios me hizo así. Cualquier queja, habla con él —se burló ella.
—¿Cuándo vuelves de las vacaciones?
—No lo sé.
—Esperaré ansioso tu regreso, soñando con que te tengo debajo de mí, desnuda y caliente, rozando tu cuerpo con mi piel ardiente.
Y cortó la llamada.
Kenia se quedó paralizada con el móvil en la mano. No supo cuánto tiempo estuvo así, intentando asimilar lo que él le había dicho. Pudieron ser minutos u horas. Pero, en realidad, su padre la sacó de su asombro a los pocos segundos.
Después de esa llamada, vinieron otras. Durante todas las vacaciones, Breixo estuvo llamándola. No había una hora concreta para hablar. Podía ser por la mañana, por la tarde o por la noche, lo que hacía que Kenia estuviera en un estado de agitación continua esperando su llamada.
Cuando no podía atender el teléfono y tenía que dejarlo sonar sabiendo que era él, se ponía de muy mal humor.
No entendía qué tenía ese hombre, con el que había comenzado con mal pie, pero que le estaba demostrando en cada llamada lo encantador y sensual que era.
Quizá su voz. Grave, varonil, hipnótica.
O las cosas que le decía, que hacían que se sintiera especial, única y querida.
«No te confíes. Es un prostituto. Está entrenado para regalarles los oídos a las mujeres, entre otras cosas. Seguro que lo mismo que te dice a ti es lo que le dice a sus clientas», le replicaba su conciencia una y otra vez.
—Kenia, ¿me estás escuchando?
La voz de Mireia la sacó de sus pensamientos, devolviéndola al momento presente, lejos del hotel de su familia, de las vacaciones y de Breixo.
—Perdona, ¿qué?
Su amiga le repitió el acuerdo al que había llegado Lali con los clientes de esa noche.
—Te comentaba que el servicio durará tres horas. Nos han pagado cuatro mil euros, así que tú déjate hacer de todo. Si tienes que darle placer a la esposa… —Le lanzó una significativa mirada. Mireia sabía de sus reticencias a estar con una mujer—… Se lo das y punto.
—¿Sabemos quién será el otro escort ? —preguntó rezando porque fuera Breixo, aunque con tantos acompañantes masculinos que había en Barcelona, dudaba de que fuera a tener esa suerte.
Había llegado de Mallorca el día anterior, pero cuando él la llamó esa mañana, ella fingió que seguía de vacaciones.
No supo por qué no le dijo la verdad. Quizá porque ellos no eran nada, así que no tenía que dar explicaciones a ese chico de lo que hacía o dejaba de hacer o ir corriendo a verlo como si fuera su novia.
Aunque en ese tiempo, con sus conversaciones telefónicas, habían desarrollado una especie de amistad muy cariñosa.
Breixo siempre estaba de buen humor y aguantaba con paciencia el hecho de que Kenia no quisiera quedar con él, ni darle ninguna información sobre su vida real.
Cada vez que él preguntaba por su familia, por su nombre verdadero o por dónde se encontraba en ese momento, ella cambiaba de tema.
Breixo pertenecía a su otra vida. Una vida que no deseaba mezclar con la real. Así que cuanta menos información tuviera él sobre ella, menos posibilidades habría de que alguien diese un paso en falso y se descubriera su otro yo.
—No. ¿Por qué?
—Por nada —contestó encogiéndose de hombros.
Mireia continuó explicándole más cosas hasta que Kenia estuvo lista para marcharse.
···
El barco resultó ser un magnífico yate de veinticuatro metros de eslora. Kenia llegó puntual a las diez de la noche. Llamó a Mireia para que supiera que ya estaba allí y que el servicio iba a comenzar.
La recibió Susan, la esposa. Una mujer de cuarenta años, muy rubia y de tez muy blanca.
Tenía los ojos azules, era delgada y bastante más alta que Kenia.
Ella le hizo pasar al interior del yate, donde Kenia se encontró con el marido, Kenneth.
De la misma edad que su mujer y apariencia física similar.
También tenía la piel muy pálida y pecosa.
Kenia pensó que cuando estuvieran todos desnudos parecerían una mezcla de café con leche, pues ella se había bronceado bastante ese verano a pesar de haber estado trabajando en el hotel de sus padres.
Solo disfrutó de las vacaciones los ocho días que se había pasado recorriendo Suiza y Austria.
Sin embargo, en Mallorca con su familia había ido a ratos a la playa, con lo que su piel había adquirido un hermoso tono dorado.
Recordó cuando le comentó a Breixo que se iba de vacaciones.
—Mañana me voy de viaje.
—¿Otra vez? Pero ¿no estás ya de viaje con tu familia? —preguntó él, al otro lado del teléfono.
—No. —Se rio Kenia—. Estoy de vacaciones con mi familia, pero no me he ido de viaje a ningún sitio.
—Ah… Bueno… ¿Y a dónde os vais?
—Me voy a visitar un par de países de Centro Europa. —Hizo una pequeña pausa y añadió—: Sola.
—¿Sola? ¿Cómo que sola?
—Lo que oyes. Me voy yo sola.
—No deberías viajar sola. Una mujer sin compañía es el objetivo ideal de ladrones, violadores y todo tipo de maleantes —dijo Breixo con preocupación.
Kenia estalló en una carcajada.
—Me va el riesgo —confesó sin parar de reír.
—¿Te va el riesgo? ¿Y por qué no te arriesgas a quedar conmigo?
—Porque tú eres más peligroso que todos esos delincuentes que has dicho que me van a atacar durante mi viaje, yo sola, en Centro Europa —recalcó las últimas palabras para hacer rabiar al joven.
—Venga, Kenia, en serio. No me gusta que viajes sola. Dime a qué países vas y los días que vas a estar; y miro billetes de avión y hotel para acompañarte.
—¡Oh, me conmueve tú espíritu protector!
—No te burles. Estoy hablando en serio.
El joven emitió un suspiro cansado.
—Y yo también. Vamos, Breixo. Sé cuidarme sola. Recuerda a qué me dedico —dijo como si aquello fuera la clave para que nadie la hiciese daño.
—A las prostitutas también las agreden, las violan y las matan —replicó el escort con dureza.
Kenia comprobó que él iba perdiendo su buen humor de siempre y decidió dar por finalizada la llamada por ese día.
—Tengo que colgar ya. Debo ayudar a mi madre con algo.
—Kenia… No vayas sola, por favor —suplicó al otro lado de la línea su reciente amigo.
—Lo siento. Ya está todo organizado.
—Te llamaré todos los días, pero si hasta que recibas mi llamada te ocurriese algo, prométeme que te pondrás en contacto conmigo de inmediato —le pidió él.
—Si me ocurre algo, llamaré a la policía. Es lo más lógico, ¿no? Tú estás en España; yo en Centro Europa. ¿Qué vas a hacer? ¿Materializarte a mi lado por arte de magia? Tranquilo, Breixo, estaré bien. Te lo prometo.
Él bufó impotente por no haberla convencido y ella se despidió con un «Buenas noches» que le supo amargo.
Durante aquel viaje, Breixo la llamó dos veces al día para comprobar que ella estaba bien.
Kenia se cuidó mucho de no informarlo de dónde estaba.
Le comentaba sus impresiones sobre lo que tenía a su alrededor, edificios, monumentos, etcétera, pero siempre sin nombres que pudieran darle a Breixo alguna pista sobre la ciudad que visitaba.
—El chico no tardará en llegar. —Oyó que le decía Susan con su marcado acento inglés, haciéndola volver al presente.