Capítulo 12
—Ya tengo los resultados de la investigación que me encargaste —le comentó Julio a Gabriel, pasándole una carpeta con el nombre de Aroa Martínez.
El empresario la abrió y comenzó a leer con avidez mientras el detective se lo resumía.
—¿Cómo es posible que haya estado en la ciudad todo este tiempo y yo no me haya enterado? —quiso saber Gabriel.
—Quizá porque es una mujer que no se relaciona con nadie. No tiene amigos y tampoco pareja, hijos, etcétera. No sale de casa, excepto para ir a trabajar y un par de días al gimnasio. La compra la hace por internet. Esta es la dirección de su casa —dijo Julio, señalándole una esquina.
—No me cuentes más. Has hecho un buen trabajo —lo felicitó.
···
Aroa estaba en su casa, descansando tras haber terminado su turno de ese día. No podía hacer otra cosa que esperar, lo cual la molestaba muchísimo.
Los resultados de las pruebas aún no estaban listos, la autopsia no había concluido y no tenían ningún sospechoso.
Tras el visionado de las grabaciones y los interrogatorios quedó claro que nadie de Delirium era el culpable del asesinato de Tamara Aragón, pues a todos se les veía trabajando durante toda la noche.
Incluso Gabriel Serna quedó descartado, pues quince minutos después de que él estuviera con la víctima, ella salía por una puerta trasera que daba directamente a la calle. Sola.
Y como bien había dicho Gabriel, la inspectora Martínez conocía su debilidad, lo cual lo eximía de haber cometido el delito.
Aroa estaba de un mal humor increíble ante la ausencia de resultados.
Para despejarse, cogió un libro de su biblioteca.
Uno al azar, que resultó ser Nómadas de Gor.
Las crónicas de la Contratierra, volumen 4, de John Norman.
Era una serie de fantasía erótica que se publicó allá por 1988, aproximadamente, en España.
Aroa se aficionó a su lectura cuando cayó en sus manos a los diecisiete años el libro número once, La esclava de Gor .
Desde entonces, se había dedicado a buscar esas novelas hasta conseguir los catorce tomos que componían la serie.
Las había devorado todas. Algunas, incluso, las leyó varias veces.
Se sentó en el sofá y comenzó la lectura en la que el protagonista, Tarl Cabot, se unía a los llamados «Pueblos del Carro».
Estaba absorta con la novela cuando el timbre de la puerta rompió el silencio que la rodeaba.
Se sobresaltó, pero no fue a abrir. No esperaba visita y no le daba la gana moverse del sofá.
El timbre sonó de nuevo; esta vez con más insistencia.
«Joder, por qué no se irá a tomar por culo quien sea que está al otro lado», masculló para sí.
Esperó, sin moverse, a ver si la persona que osaba interrumpir la paz de su casa desaparecía.
Y cuando el timbre volvió a sonar por tercera vez, acompañado de unos golpes en la puerta, ya no lo resistió más. De un salto se levantó del sofá y fue a ver quién puñetas era.
Cuando vio, a través de la mirilla de la puerta, a la persona que estaba al otro lado, se quedó perpleja.
—Aroa abre la puerta. Sé que estás ahí.
—¿Qué quieres, Gabriel? —preguntó a través de la madera.
—Tenemos que hablar. Ábreme.
Esperó un par de minutos, pero ella no obedeció.
—Te contaré todo lo que sé sobre Tamara Aragón.
—No puedo dejarte entrar.
—¿Por qué? —Quiso saber Gabriel—. ¿De qué tienes miedo?
«De nosotros dos juntos y solos», respondió ella mentalmente.
—Aroa… por favor… no me hagas suplicar…
En la voz del hombre había cierto matiz de desesperación.
La mujer suspiró y se armó de valor. Abrió la puerta y le hizo pasar con un gesto de la mano, rezando por contenerse y no abalanzarse sobre él ahora que estaban solos, en un ambiente íntimo.
El olor a Ultra Male, de Jean Paul Gaultier, la envolvió cuando Gabriel pasó por su lado, haciendo que a Aroa le flaqueasen las rodillas. Había echado tanto de menos su aroma…
¿Era posible que un simple olor pudiera excitarla? ¿Qué una mirada o una voz pudiese hacerla arder? ¿Qué no necesitase contacto físico para sentirse transportada al cielo?
Cuando Gabriel entró en el piso, observó a su alrededor. Era pequeño, austero e impersonal. No había cuadros en las paredes blancas, ni fotos en el mueble del salón. La cocina y la sala estaban comunicadas por una barra donde, supuso, Aroa desayunaba, comía y cenaba.
Había dos puertas en un lado del salón. Una estaba cerrada. Se imaginó que sería el cuarto de baño porque, a través de la otra —que estaba medio abierta— Gabriel vio una cama de matrimonio, con la colcha morada.
Frente al sofá había una librería abarrotada de novelas y, al lado, la televisión. Un libro descansaba en un lateral del sofá. Supuso que Aroa estaba leyendo en el momento que llegó él. Al ver el título, sonrió. Ella se mantenía firme en sus gustos literarios.
Devolvió sus ojos a Aroa, vestida toda de negro con unos leggins y una camiseta cuyo ancho cuello dejaba al descubierto el hombro izquierdo.
Al ver aquella porción de cremosa piel, Gabriel tuvo que reprimir sus instintos más primarios que le gritaban que la cargase sobre sus caderas y se fuera a la cama que había vislumbrado escasos segundos antes para cumplir con ella todas sus fantasías más obscenas y pervertidas.
Continuó con su escaneo a la deliciosa figura de Aroa hasta llegar a los pies. Iba descalza, como era costumbre en ella. Algunas cosas no cambian con el paso de los años, pensó.
—Tu piso es muy…
—Has dicho que me contarías cosas sobre Tamara Aragón —lo cortó ella, notando cómo la sangre en sus venas se calentaba debido al repaso que le había dedicado ese viril y sexy hombre.
—Siempre yendo al grano —murmuró él.
—No me gusta perder el tiempo.
Gabriel centró su mirada en los ojos de Aroa.
—¿Ah, no? ¿Y qué es lo que has estado haciendo estos últimos veinte años? Desapareciste, Aroa. ¿Sabes lo que es volverte loco buscando a una persona y no encontrarla? ¿Muriendo por tenerte y no poder abrazarte?
—¿Cómo sabes dónde vivo? —preguntó, ignorando sus comentarios.
—Te he investigado.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? —La miró sin comprender—.
La mujer que llevo amando los últimos veinte años reaparece otra vez en mi vida ¿y piensas que me voy a quedar de brazos cruzados?
Necesito explicaciones. Quiero hablar de lo que nos pasó.
Quizá una disculpa tuya por haberte borrado del mapa durante tanto tiempo y dejar nuestra relación en puntos suspensivos.
—No, Gabriel.
—¿No? Mira que eres cabezota. ¿Por qué insistes en que estemos separados? Estás tan sola…
Hizo un gesto con la mano abarcando todo el espacio casi vacío. Igual de vacío que su corazón.
—Y yo me muero por arrancarte de esta soledad que te has impuesto tú misma. Dime si ha valido la pena todo por lo que hemos pasado —prosiguió.
Se acercó a ella, quien retrocedió hasta chocar con la pared, y levantó las manos como si tuviera que defenderse de él.
—Estoy bien así —replicó.
—Tu mirada me dice lo contrario.
Gabriel se pegó a ella. Aroa pudo sentir en sus manos todo el calor que emanaba del hombre a través de la camisa que él llevaba.
—Una vez te juré que siempre estaría a tu lado —susurró el empresario, clavando sus azules ojos en los ojos castaños de ella—; que esperaría el tiempo que hiciera falta hasta que te decidieras. Pero te fuiste, dejando un gran vacío en mí. Me partiste el corazón en mil pedazos.
—Puedes coger esos pedazos y repartirlos entre las mujeres que te rodean ahora —dijo, empujándolo para sacárselo de encima.
Caminó hasta la otra punta del salón para alejarse de él lo máximo posible, pero con las dimensiones de su pequeño apartamento no consiguió poner mucha distancia entre ellos.
—Tú eres quien tiene que juntar esos pedazos. —Fue tras ella y la abrazó por la espalda. Hundió la nariz en su cabello suelto y aspiró su aroma a Olimpēa, de Paco Rabanne—. Estoy cansado de amarte en la distancia, de esperar tu llamada, de que mi piel extrañe tu cuerpo y mi boca tus besos…
Aroa se revolvió para que la soltase. Se giró para mirarlo a la cara y, muy seria, le habló.
—Tienes que olvidarme, Gabriel. Han pasado veinte años. ¡Por el amor de Dios!
—¿Cómo puedes decirme que tengo que olvidarte si desde que te he vuelto a ver lo único en lo que pienso es en devorarte como hacía antes? Han sido muchos años sin decirte que te quiero y, por más que lo he intentado, no he conseguido aún engañar a mi corazón. Tú hiciste que no te pudiese olvidar.
—Pues tendrás que encontrar la manera igual que hice yo.
Aroa se cruzó de brazos. Pareció que lo hizo para reforzar su negativa, pero lo cierto era que estaba a punto de sucumbir a sus deseos y acariciar el cuerpo de Gabriel, anhelado durante tantos años.
Él notó el temblor de su barbilla y supo que no le era inmune su cercanía ni todos los sentimientos que despertaba en ella.
En otro tiempo, llegó a conocerla muy bien y sabía apreciar estos matices.
—Mentirosa. No me has olvidado. Lo que pasa es que te quieres hacer la dura para que me muera de amor por ti.
—Vete de mi casa —le ordenó sosteniendo su mirada en la de Gabriel.
—¿Quieres saber más cosas sobre la doble vida de Tamara Aragón?
¿Quieres saber a qué agencia de prostitución de lujo pertenecía?
¿Quiénes eran sus clientes más asiduos? ¿Dónde está ahora su novio?
¿Qué hay tras esa puerta escondida bajo las escaleras de mi discoteca?
Vuelve conmigo entonces y te lo contaré todo.
—Eso es chantaje y, además, un delito —gimió ella, luchando contra el deseo que la acuciaba para unirse a él de todas las maneras posibles.
—Mi único delito ha sido amarte. Déjame que te toque, que te acaricie, que te bese, que te quite la ropa para hacerte el amor… —le pidió él, intentando agarrarla, pero Aroa se zafó y caminó hasta la puerta.
—Sal de mi casa —volvió a exigirle con voz dura.
Gabriel se quedó mirándola unos instantes antes de comenzar a caminar hacia la salida. Por ese día ya había tenido bastante y sabía que cuando ella se obcecaba era muy difícil hacerla cambiar de opinión. Así que decidió dejarlo estar por el momento.
Al pasar por su lado, se detuvo un instante y la miró intensamente a los ojos.
—El rol de niña mala no te queda bien. Seguiré esperándote, Aroa.
Dicho esto, abandonó el piso de la inspectora, cerrando la puerta él mismo.
Aroa se apoyó en la madera y resbaló hacia abajo.
¿Cómo era posible que Gabriel aún deseara su regreso?
¿Cómo era posible que aún la estuviese esperando?
Después de todo lo que pasó. Después de todo el dolor.
Después de lo que ella le hizo. Debería odiarla en lugar de ir tras ella pidiendo que volviese.
Se apoyó con los codos en las rodillas y la cara entre las manos recordando aquellos días, llenos de felicidad, antes de que la culpa llegase para destrozarles la vida.