Cuando te falte mi piel Capítulo 11 #3
23%

Capítulo 11 #3

Kenia bufó. ¿Pero no había tenido suficiente ese hombre con cenar con ellas, que ahora pretendía alargar la noche en su compañía?

—Yo me voy a casa. Estoy cansada —se excusó para no tener que continuar aguantando el cortejo del joven.

—¿Ya? ¿Tan pronto? —se quejó Mireia.

Kenia asintió con un movimiento de cabeza.

—¿Te acompaño? —se ofreció Breixo.

—No, gracias. Pediré un taxi.

—Venga, quédate un poco más —le pidió Chloé.

—No. Además, mañana tengo que viajar, ya lo sabéis.

—¡Vaya! ¡Pues sí que eres una aguafiestas! —soltó Breixo, divertido.

Sabía que ella huía porque él la ponía nerviosa. Lo que no se explicaba aún era por qué había accedido a darle su teléfono. Supuso que para no quedar mal delante de sus amigas.

Kenia lo asesinó con la mirada durante una fracción de segundo. Luego lo ignoró. Sacó el móvil y llamó al servicio de taxi de Barcelona para que le mandasen uno a la dirección donde estaba.

—En diez minutos estará aquí —informó a sus amigas, evitando mirarlo a él—. Podéis iros si queréis. No me importa esperar sola.

—De eso nada. Me quedo contigo hasta que el coche llegue —le dijo Breixo, en tono protector.

Ese hombre la descolocaba. Primero se mofaba de ella y ahora pretendía protegerla.

—No es neces…

El dedo que el escort le puso en los labios a Kenia cortó su respuesta, quemándole la suave piel de su boca. Se apartó de inmediato con el corazón agitado y las pupilas dilatadas. ¿Por qué un simple roce había provocado en ella esas sensaciones?

—Insisto.

Breixo le dirigió una mirada que no admitía réplica.

Kenia desvió la vista turbada, intentando recomponerse y hallar de nuevo la paz mental que ese maldito hombre le robaba. Vio que sus amigas se habían distanciado un poco, dejándoles intimidad, y las maldijo. ¿Por qué la dejaban sola con ese tipo?

El joven escort se acercó más a ella, hasta que sus torsos casi se tocaron.

Kenia hizo amago de alejarse, pero él no se lo permitió.

La agarró por la cintura y ella pudo sentir todo el calor de su palma y sus dedos abrasándola.

Como si fuera un hierro candente con el que se marcan las reses.

Seguro que cuando se quitara la ropa esa noche, encontraría allí tatuados sus dedos.

Breixo la miró fijamente a los ojos antes de hablar.

—Vas a ser mía. Voy a conseguir tenerte. No sé cuál será la clave para acceder a ti, pero yo la voy a descifrar. Y cuando lo haya logrado, te entregarás por completo a mí para que pueda calmar todos mis antojos.

Aquellas palabras, así como su cercanía, aturdieron a Kenia. Aun así, supo reaccionar y contestarle.

—No te hagas ilusiones, guapo. No voy a ser tuya ni de nadie. Tendrás que conformarte con mis amigas. A mí no me vas a tener —soltó, imprimiendo a sus palabras toda la fuerza y la seguridad que pudo para que Breixo se las creyera.

Se desasió de la mano con la que él la pegaba a su cuerpo, echando de menos el calor de su palma y sus dedos al instante. Pero era mejor así. Necesitaba alejarse para recuperar su cordura.

—No seas mala. No me dejes con las ganas —sonrió Breixo, soltándola al ver que ella quería irse.

—No soy mala. Al contrario. Soy buena. Muy buena. Pero tú no lo vas a poder comprobar —afirmó con chulería.

—Oh, me rompes el corazón.

El joven se llevó una mano al pecho, fingiéndose afectado.

—Seguro que cualquiera de tus clientas o de mis amigas podrán arreglártelo. Descuida. No te vas a morir por esto.

Kenia dio un par de pasos hacia atrás, distanciándose más de él. Por encima del hombro del escort, vio que se acercaba un taxi. Debía de ser el suyo.

Por un lado, se alegró de que hubiese tardado menos tiempo del indicado por la operadora.

Por otro, se entristeció por tener que separarse de él. Su aventura con Breixo se acababa y, por mucho que lo negara, le gustaba demasiado ser el centro de atención de ese viril y atractivo espécimen masculino.

Ella hizo un gesto con la mano para que el taxista parase a su lado.

Fue a despedirse de sus amigas, a unos pocos metros de allí. Luego caminó hasta el taxi.

—¿No me vas a dar un beso de despedida? —Oyó que Breixo le preguntaba.

—No.

—¡Vaya! ¿Así me agradeces que te haya invitado a cenar, que haya esperado contigo el taxi, protegiéndote de cualquier depredador, y que ahora tenga que entretener a tus amigas para que no se aburran el resto de la noche?

—Yo no te he pedido que hicieras nada de eso —le soltó Kenia, con la mano agarrando la puerta del coche abierta.

El joven cabeceó sonriendo.

—Está bien. Como tú quieras. Te llamaré.

—Sí. Hazlo. Llámame.

El chico le guiñó un ojo con picardía mientras Kenia se metía en el taxi.

Ella sonrió, al tiempo que pensaba cómo le gustaría ver la cara del hombre cuando llamase al teléfono que le había dado y una voz desconocida y con acento chino le leyera las clases de arroz frito.

Seguro que de su cabeza saldrían rayos y centellas como en las viñetas de los cómics.

Breixo cerró la puerta del auto con la imagen de la sonrisa de Kenia grabada en sus retinas. Esa mujer iba a ser suya. Tardase lo que tardase. La conseguiría.