Cuando te falte mi piel Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Además, ella también sentía curiosidad por saber más cosas de él. Aunque no lo reconocería en voz alta ni por todo el oro del mundo. Apenas lo miraba, denotando así desinterés por el hombre moreno sentado en la otra parte de la mesa y todo lo que les contaba.

Le gustó saber que también estudiaba en la universidad.

Administración y Dirección de Empresas, había comentado.

Les contó que empezó con Económicas, pero solo cursó dos años.

Luego se pasó a la carrera que estaba estudiando actualmente.

Tenía veintitrés años y se había trasladado a Barcelona a los dieciocho desde un pueblecito pesquero de Galicia en el que no había futuro para los jóvenes como él.

Para que la economía familiar no se resintiera por los gastos que ocasionaba la universidad, el alquiler del piso en el que vivía solo, comida, ropa y demás, se había metido en ese mundo de prostitución desde bien temprano.

Empezó trabajando de camarero en un selecto restaurante hasta que una clienta asidua lo invitó a una copa tras acabar el turno.

Esta señora le propuso después algo más que una bebida fría.

Él, que siempre había sido valiente y decidido para este tipo de cosas, aceptó.

Tuvo suerte con ella. Era una mujer que le doblaba la edad, con una posición económica excelente, a quien le gustaban los jovencitos a pesar de tener poca experiencia sexual.

Con ella aprendió mucho y con las amigas de esta clienta, igual de ricachonas y aburridas de sus maridos que ella, perfeccionó sus artes amatorias.

Kenia dedujo que el impresionante físico de Breixo, atractivo a más no poder, junto con sus buenos modales, le habían ayudado mucho también.

Después de tomar el postre, pidieron la cuenta y cuando el camarero se acercó con la nota en la mano, Breixo sacó su cartera.

—Yo invito —dijo mirándolas a todas, pero en especial a Kenia.

Las chicas le agradecieron el gesto. Todas menos ella. Sabía que estaba siendo descortés, pero no le importó. No iba a volver a verlo y la tortura de tener sus ojos clavados en su piel, recorriendo cada centímetro que el vestido dejaba al descubierto, se iba a terminar de un momento a otro.

—Podías darnos tu teléfono —le pidió Chloé coqueta—, por si algún día necesitamos tus servicios. —Se acercó a él y le habló más bajo—. Necesito acción constantemente. Y contigo estoy segura de que lo conseguiría.

Breixo sonrió al escucharla. Se oyeron las risitas ahogadas de sus amigas, pero la que él quería oír no.

No entendía por qué Kenia estaba tan seria y como…

enfadada. Cierto era que habían comenzado con mal pie y sus comentarios la noche que la conoció no fueron los más acertados.

Pero había pasado ya un mes y ¿ella seguía mosqueada? ¡Vaya! Sí que era rencorosa esa mujer.

Se había pasado toda la cena siendo amable con sus amigas y sonriéndola solo a ella para que captara su interés y, al parecer, no estaba dando resultados. Lo cual le frustraba muchísimo, hiriendo su orgullo masculino.

Pero no se iba a dejar amedrentar por su genio y desinterés e iba a conseguir lo que había querido desde que la vio en la tienda. Es más, desde que la vio en la fiesta de la compañía telefónica a la que él fue con Julia y ella con Sebastián.

—Te daré mi teléfono si Kenia me da el suyo —comentó sin rodeos, dejando claras sus intenciones.

Observó cómo la cortesana dejaba de respirar unos segundos para, después, recomponerse y lanzarle una mirada furibunda. Sus amigas se observaron unas a otras sonriéndose. Luego, clavaron sus ojos en ella, esperando a que hiciera lo que el joven había pedido.

Con parsimonia, Kenia cogió una servilleta y sacó de su bolso un pequeño bolígrafo. Anotó el número y se la lanzó por encima de la mesa. Breixo lo atrapó al vuelo, sonriendo triunfal. Cogió su móvil y lo metió en «Contactos».

La escort se levantó de la silla.

—Voy al baño para retocarme los labios. Enseguida vuelvo.

—A tus labios lo que le falta es el roce de los míos —soltó Breixo, sin importarle que sus amigas lo oyeran.

Estas, al escucharlo, emitieron unos silbiditos y se dieron ligeros codazos unas a otras. Se notaba claramente el interés del chico por Kenia.

Ella apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea. Agarró su bolso y, dándose la vuelta con actitud altiva, se dirigió al baño. Dunia se apresuró a seguirla.

—¿Qué te pasa con él? —preguntó nada más atravesar la puerta del aseo femenino.

—Es un idiota —masculló Kenia entre dientes—. Me pone de los nervios.

—Pues a mí me parece muy simpático, amable y educado.

Tiene buena conversación y es inteligente.

Además de muy atractivo. Y nos ha hecho reír durante buena parte de la cena.

El sentido del humor es muy importante en un hombre, al menos para mí.

No deberías desperdiciar a un joven que está tan interesado en ti.

Su aspecto encantador no está reñido con una estupidez congénita, gracias a Dios, como les suele suceder a muchos chicos de nuestra edad.

—Pues quédate con él si tanto te gusta.

Kenia sacó la barra de carmín del bolso y comenzó a retocarse mientras se contemplaba en el espejo.

—Él parece muy interesado en ti —objetó Dunia.

—Pero yo en él no. Menos mal que, después de esta noche, no voy a volver a verlo.

—Si te ha pedido tu teléfono es porque piensa llamarte. Apuesto a que en un par de días volverás a tener noticias de ese sexy hombre.

—Pues yo apuesto a que no. No me va a llamar —sentenció Kenia, sonriendo con malicia—. Al menos, no a mí —añadió, terminando de pintarse los labios.

Dunia la observó, sabiendo que su amiga escondía un as en la manga.

La joven se apresuró a sacarla de dudas.

—Le he dado el número del wok donde encargamos siempre la comida asiática.

Su amiga abrió tanto la boca por la sorpresa, que casi se le desencaja la mandíbula. Pasados unos segundos, comenzó a reírse a carcajadas.

—¡No es cierto! —exclamó entre risas.

—Sí lo es —afirmó Kenia, uniéndose a su amiga en la risa mientras guardaba la barra de carmín en el bolso—. Pero no digas nada. No quiero que lo descubra hasta que le hayamos perdido de vista.

—Pero ¿por qué? No lo entiendo. Puedes acostarte con él y pasar una noche increíble en brazos de alguien joven…

—Y tener que pagarle —cortó a Dunia.

—¿Y qué más da?

—No pienso pagar por los servicios de Breixo. Si quiere follar conmigo, tendrá que ser él quien pague.

Dunia meneó la cabeza a un lado y al otro.

—¿No crees que te estás pasando con eso? Alguna vez podías hacerlo simplemente por disfrutar, por placer, no por dinero.

—¿Quién ha dicho que yo no disfruto cuando estoy con los clientes? —Y sin dejar responder a la chica, añadió—: Además, lo mío con él es una cuestión de orgullo.

Dándose la vuelta, abandonó el baño.

Cuando se reunieron todos de nuevo, Kenia no pudo evitar que un escalofrío la recorriese entera al descubrir la mirada hambrienta que Breixo le dedicó. Sintió las alas de las mariposas que revoloteaban en su estómago e hizo un esfuerzo por matarlas a todas.

A todas.

Hasta que no quedó una viva.

Ese hombre no le convenía para nada y, aunque la atraía bastante —mejor dicho, mucho—, no estaba dispuesta a caer en sus redes.

Salieron al exterior del local, a la noche barcelonesa cálida y agradable de finales de junio.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Mireia.

—Hay un local muy cerca de aquí donde ponen unos cócteles espectaculares —los informó Breixo—. La música es buena y, a esta hora, todavía no habrá mucha gente.