Cuando te falte mi piel Capítulo 11
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Capítulo 11

Había pasado un mes desde que conoció a Breixo en aquella fiesta y en todo ese tiempo Kenia no se había podido quitar de la cabeza sus ojos entre azul y verde, su arrogante sonrisa y sus comentarios.

Le hervía la sangre cada vez que recordaba que él había pretendido cobrarle por sus servicios.

¡Ja! ¡Iba listo si pensaba que ella pagaría!

Se había cachondeado a su costa cuando se lo contó a Mireia, Chloé y Dunia. Las risas habían sido tan escandalosas que les llamaron la atención en la cafetería donde estaban desayunando aquel día y tuvieron que bajar el volumen de sus voces.

Pero, a pesar de esto, Kenia continuaba pensando en él y en lo mucho que le gustaría besar esos labios para comprobar su suavidad y su sabor.

Terminó de arreglarse y cogió el bolso de Prada, a juego con las sandalias que llevaba puestas, antes de salir de su habitación.

En el pasillo, se encontró a una de sus compañeras de piso, que la miró de arriba abajo.

—¿A dónde vas tan guapa? —preguntó Jessica.

—He quedado.

—¿Con quién?

—Con mis amigas de la agencia de modelos. Hay algunas chicas que también estudian en la universidad y vamos a celebrar que por fin se han acabado los exámenes, que llega el verano… todo eso —dijo Kenia.

—Que te lo pases bien —le deseó su compañera de piso.

—Gracias.

Kenia ya se había acostumbrado a mentir cuando le preguntaban pero, aun así, no dejaba de dolerle ser falsa con las personas que apreciaba.

Sin embargo, sabía que no podía decir la verdad, pues pondrían el grito en el cielo y, probablemente, irían a las autoridades para denunciarla por prostituirse. Y eso que lo hacía por voluntad propia.

Había hablado de esto con Lali y sus compañeras.

Estas le habían comentado que lo que ellas hacían se encontraba en un estado de alegalidad, es decir, no era ni ilegal ni legal.

Era distinto de la trata de blancas —que sí estaba penado por la ley, ya que las mujeres estaban obligadas a ejercer la prostitución—.

Pero en su caso, como ellas lo hacían libremente y por propia voluntad, se quedaban con buena parte del beneficio, podían rechazar el servicio, trabajar los días que quisieran e incluso tomarse vacaciones, estaban en una especie de limbo no recogido en el Código Penal.

Sin embargo, como entregaban parte del dinero a Lali, a ella sí podrían acusarla de explotación sexual.

Era un tema peliagudo, complicado y confuso, en el que Kenia no quiso ahondar demasiado. Ella estaba contenta con lo que hacía y así pensaba seguir, al menos hasta que acabase los años de carrera que le quedaban.

Mientras bajaba en el ascensor hasta el portal, Kenia pensó que, al menos esa vez, la mentira que le había dicho a su compañera de piso no distaba mucho de la realidad.

En la calle paró un taxi, que la llevó al apartamento donde estaba la agencia.

Habían quedado todas allí, ese era siempre su punto de encuentro. Desde el piso se irían a ver tiendas y luego a cenar.

Cuando llegó, las chicas no perdieron mucho el tiempo y se lanzaron a la calle para arrasar con la mitad de los negocios donde se vendía moda femenina.

Estaban en Gucci cuando Kenia lo vio.

Breixo deambulaba por la zona masculina de la tienda, mirando las prendas colgadas en los percheros.

Lo observó unos minutos para ver si estaba solo o acompañado, deleitándose con su alto y atlético cuerpo, que ese día cubría con una camiseta de manga corta del diseñador catalán Custo Barcelona y unas bermudas vaqueras de Tommy Hilfiger.

La prenda superior se ceñía a su torso y a sus brazos, marcándolos deliciosamente.

En los pies llevaba unas zapatillas rojas de tenis.

Kenia tuvo que reconocer que tenía buen gusto para la ropa y el calzado, y que le iba igual de bien que a ella en ese mundillo a juzgar por las prendas caras con las que cubría su magnífico cuerpo.

Parecía que estaba solo.

—Madre mía… —Oyó a Chloé a su espalda, susurrando—. ¿Has visto qué tío más bueno? Cómo me gustaría que me pusiera mirando pa’ Cuenca .

Ella se volvió para hablar con su amiga. Las otras chicas estaban cerca, así que también pudieron oírla, a pesar de que no levantó la voz, pues no quería llamar la atención de Breixo.

—Es el chico que os comenté el otro día. El que es como nosotras.

—¿Ese bombón, sexy , volcánico, es el que intentó ligar contigo en aquel servicio con el cliente de la telefonía? —preguntó Dunia, para cerciorarse de que les hablaba del mismo hombre.

Kenia asintió con la cabeza y miró al escort por encima del hombro.

—Joder, pues a mí no me hubiera importado pagarle para que me follara —admitió Chloé.

—¿Te comentó cuál era su tarifa? —quiso saber Mireia.

—¿Estáis locas? —Kenia volvió a mirarlas, horrorizada—. Son ellos los que tienen que pagar por acostarse con nosotras, no al revés.

—Mujer… hay excepciones… y si es con un tío así, yo lo haría una y mil veces, aunque me arruinase, desde luego. —Se rio Dunia.

—Pues yo no pienso regalarle mi cuerpo a ese —dijo Kenia con desdén.

—Cuando tengas una relación seria con un chico, tendrás que regalarle tu cuerpo todos los días —comentó Chloé, con un tono de mofa.

—Bueno, pero en ese caso, será por amor y no hay nada más bonito que entregarte a un hombre del que estás enamorada y que te corresponde —afirmó Dunia, soñadora.

—Nos lo podías presentar —sugirió Mireia.

Kenia abrió la boca para farfullar una queja, pero no le dio tiempo.

Breixo había localizado a las cuatro chicas en el otro lado de la tienda y había reconocido a Kenia. Mientras ellas hablaban, él se había acercado a saludarla. Llegó justo en el momento en que una de ellas le pedía a Kenia que los presentase.

—¡Qué sorpresa tan agradable! —exclamó Breixo cuando estuvo a su lado—. No esperaba verte de nuevo, pero ¡aquí estás! La vida está llena de maravillosas coincidencias, ¿no crees? —Se inclinó hacia Kenia para darle dos besos en las mejillas.

La joven se había quedado estupefacta. Aquello no podía estar ocurriendo. Cerró los ojos al sentir el contacto de su piel con la de ella y se recreó en cómo Breixo le acariciaba las mejillas con sus labios, provocándole un cosquilleo que la recorrió todo el cuerpo.

A pesar de que le gustó, quizá demasiado, no quería estar allí con él. Ni en ningún otro sitio tampoco. No deseaba relacionarse con el joven después de sus comentarios cuando se conocieron.

Cuando Breixo se distanció de ella recorrió con ojos ávidos su figura.

Kenia llevaba un vestido color pistacho, de tirantes anchos y escote en V, ajustado a la cintura y con la falda del vestido de tipo evasé.

Lo conjuntaba con un bolso de Prada blanco y unas sandalias del mismo tono.

El pelo, suelto hasta media espalda, le enmarcaba el delicioso rostro, que apenas había maquillado.

—O quizá no haya sido una coincidencia y te hayas hecho la encontradiza conmigo. ¿Tenías ganas de verme? ¿Me has echado de menos? —preguntó con una amplia sonrisa, guiñándole un ojo.

—Ya quisieras tú —bufó Kenia.

Breixo ignoró el comentario. Se giró hacia sus amigas, que lo observaban sonrientes y con apreciativas miradas, y continuó hablando.

—Y estas bellas señoritas que te acompañan, ¿quiénes son? ¿Tus amigas?

—No, son monjitas de la caridad —replicó Kenia, burlándose.

Sin embargo, Breixo no la escuchaba, presentándose como estaba a las otras jóvenes.

—¿Te apetece venir a cenar con nosotras? —preguntó Dunia coqueta y descarada.

—¡No! —exclamó Kenia, fulminando con la mirada a su amiga.

¿Cómo se atrevía a invitarlo sabiendo todo lo que había estado despotricando de él desde que lo conoció?

Breixo se giró hacia Kenia al escuchar su negativa.

La observó unos segundos sin perder su sonrisa y, después, volvió sus ojos hacia Dunia.

—Me encantaría —respondió.

—No te vamos a pagar ni un solo euro, que lo sepas —soltó Kenia con acritud.

—¿Quién ha hablado de pagarme algo? Para ir a cenar con vosotras tengo dinero de sobra. Incluso os puedo invitar a todas —dijo, girándose hacia ella, sonriendo aún.

Parecía que a Breixo aquello le hacía gracia.

—Genial, porque estoy deseando que nos cuentes tu experiencia como… —Chloé, que era la que hablaba en ese momento, bajó la voz hasta convertirla en un susurro—… acompañante masculino.

El joven supo que, por las palabras de Kenia delante de sus amigas sobre pagarle por su compañía y viendo que las otras no se escandalizaban, las chicas que acompañaban a la escort eran colegas de profesión.

Además, el comentario que le acababa de hacer la tal Chloé lo había sacado de dudas en caso de que le hubiese quedado alguna.

—¿Estáis locas? —preguntó Kenia a sus amigas, entre dientes.

—¡Vamos! ¡No seas aguafiestas! —exclamaron Mireia y Dunia a la vez.

—Sí, eso, no seas aguafiestas, Kenia —repitió Breixo, mirándola divertido.

El joven tendió los brazos a sus amigas para que se agarraran a él y estas lo hicieron entre risillas coquetas.

Kenia, molesta por la actitud de las chicas, por su empeño en estrechar lazos con él y porque el escort se había salido con la suya, levantó la barbilla y se giró con altanería para salir de la tienda.

—¿Nos vamos, señoritas? —preguntó Breixo con Dunia y Mireia colgando de cada brazo y con Chloé siguiéndolos muy de cerca.

···

Breixo fue muy amable y educado durante toda la cena.

Respondió a las preguntas que le hacían Mireia, Chloé y Dunia, satisfaciendo así la curiosidad de sus homólogas femeninas, sin apartar apenas la mirada de Kenia.

Ella se mantenía en silencio, escuchando bajo los incitantes ojos del escort y su sonrisa seductora.

Sintió deseos de largarse de allí varias veces, pero eso sería reconocer que aquella batalla la había ganado él y no estaba dispuesta.

No quería que el joven se diera cuenta de cómo le afectaba su presencia.

La molestaba, la abrumaba y la seducía a partes iguales.