Capítulo 10
El interrogatorio a Mateo Bosch había dado sus frutos.
El hombre confesó que tenía las grabaciones en su casa.
Se las había llevado por miedo a que a su jefe y amigo, Gabriel Serna, lo incriminaran en el asesinato de la joven.
Según contó, en ellas aparecía Gabriel hablando con la chica varios minutos.
Después, los dos se ausentaban de la discoteca por una puerta que había bajo las escaleras que pasaba inadvertida y al cabo de un cuarto de hora volvía a aparecer Gabriel solo.
Mateo tenía una buena coartada pues se le veía varias veces en toda la noche deambular por la discoteca, controlando que todo marchase bien. Así que él no podía ser el asesino. De Gabriel no podía decirse lo mismo, ya que después de esa vez que aparecía en las grabaciones, no se le veía más.
—Entonces conocíais a la víctima —afirmó la inspectora Martínez.
—Sí —admitió Mateo— Es… era asidua a nuestra discoteca. Cuando vi su foto, me entró el pánico porque tanto Gabriel como yo solemos… solíamos tratar con ella.
—Silvia, sal fuera y dile al señor Serna que no se vaya. Quiero interrogarlo también a él —ordenó Aroa a su compañera.
Se volvió para mirar a Mateo que, al lado de su abogado, esperaba.
—¿Cómo eran ese tipo de tratos?
—Ella es… bueno… era… —Miró al letrado y tragó saliva ruidosamente—. De vez en cuando… hacía algún… servicio.
Aroa clavó su vista en él.
—¿Qué tipo de servicio?
Mateo se revolvió incómodo en la silla. El letrado se acercó a su oído para darle algunos consejos, pero él sacudió la cabeza negando.
—Servicios… sexuales —declaró al fin.
Aroa se quedó estupefacta al escuchar la declaración.
Pero se recompuso enseguida y ordenó que dos agentes junto con el señor Bosch y su abogado, fueran a casa del declarante para traer las grabaciones y visionarlas.
Mientras tanto, hizo pasar a Gabriel de inmediato.
—Me ha confesado su encargado, señor Serna, que pagaban por los servicios sexuales que les ofrecía Tamara Aragón —le soltó enfadada.
—Dudo mucho que Mateo se acostara con esa chica y yo nunca he pagado para que una mujer me dé placer, ya lo sabes, Aroa —rebatió, manteniéndole la mirada a la inspectora, como si estuviera retándola a negarlo.
—¿No deberíamos esperar a que estuviera su abogado presente? —preguntó en ese momento Silvia.
El letrado había acompañado a Mateo para terminar con las diligencias.
—No necesito a mi abogado. No tengo nada que esconder. —Levantó las manos en señal de paz, sin dejar de mirar a Aroa, mostrándole su sonrisa más canalla.
—Señor Serna, ¿dónde estaba entre las ocho de la tarde y la una de la madrugada del viernes 15 de abril?
—En Delirium. Controlando mí negocio.
—Señor Serna, ¿Delirium es un prostíbulo? —preguntó a bocajarro la inspectora Martínez.
Gabriel la miró intensamente.
—No. No lo es.
—Entonces…
—Entonces —volvió a hablar él, interrumpiendo a Aroa—, la señorita Tamara Aragón era una escort , una acompañante de lujo. A partir de esta información, tienes que averiguar el resto tú, Aroa. Es tu trabajo, ¿no?
Ella se inclinó sobre la mesa, molesta por la actitud disipada de Gabriel.
—Mi trabajo, señor Serna, es mantener el orden público, velar por la seguridad de los ciudadanos y hacer que se cumpla la ley.
Se quedó un momento en silencio, respirando agitadamente por el enfado que tenía.
—Señor Serna…
—Gabriel, por favor —solicitó él.
—Señor Serna —insistió Aroa—, ¿mató usted a Tamara Aragón? —preguntó, perdiendo la paciencia.
Él la miró con fijeza y la sonrisa canalla que había estado luciendo todo el tiempo se borró de su cara.
Silvia asistía al espectáculo como si fuera un partido de tenis, mirando a uno y a otro alternativamente, sin intervenir.
—No, Aroa. Yo no la maté. Y tú lo sabes. Conoces mi debilidad.
La inspectora Martínez inspiró hondo y prosiguió.
—El señor Bosch nos ha confesado que en las grabaciones se le puede ver a usted, señor Serna —incidió en llamarle así para marcar una distancia entre ellos—, acompañando a Tamara Aragón en Delirium.
Nos ha contado cómo desaparecen tras una puerta oculta y al cabo de varios minutos, usted regresa solo.
¿Me puede decir qué se esconde tras esa puerta?
—No. Prefiero que lo veas con tus propios ojos, Aroa.
—¡Deja de llamarme así! ¡No tienes ningún derecho! —explotó la inspectora Martínez.
Silvia, a su lado, pegó un brinco en la silla al escuchar sus gritos y la miró horrorizada.
—Tranquilícese, inspectora Martínez —le pidió Gabriel, tratándola adecuadamente.
Ella respiraba con agitación. Su pecho subía y bajaba con rapidez, se aplastaba contra la camisa blanca que ella llevaba, marcándole los senos deliciosamente.
—Silvia pide otra orden para registrar Delirium.
—No es necesaria otra orden —comentó Gabriel—. Te enseñaré lo que hay allí si, a cambio, cenas conmigo una noche.
···
Dejaron marchar a Gabriel y cuando se quedaron solas las dos inspectoras, Silvia comentó lo que habían descubierto.
—Así que la víctima era una escort . Alucino.
—No alucines tanto. El negocio del sexo mueve mucho dinero.
—¿Por qué alguien se prostituye? No lo entiendo.
En su caso, la familia no pasa apuros económicos; ella era muy guapa, podría tener a cualquier tío que quisiera.
Estaba estudiando en la universidad y, por lo que nos han dicho sus profesores, sacaba excelentes notas.
No parece ser la típica cría a la que engañan para que se prostituya ni pertenecer a una red de trata de blancas —argumentó Silvia.
—Las escorts lo hacen porque quieren. Nadie las obliga.
Muchas son universitarias, con una cultura y una educación excelentes.
Hablan varios idiomas y suelen ser muy atractivas.
Otras veces —continuó explicándole— lo hacen porque les gusta el riesgo, saber que están haciendo algo prohibido les da morbo.
El sexo puede ser una droga muy adictiva.
Y si, además, las pagan bien, pues mejor para ellas.
Cuando lleves tantos años en esta profesión como yo, estarás de vuelta de todo y ya nada te sorprenderá. Aún tienes mucho que aprender.
—Menos mal que voy a aprender de la mejor. —Sonrió su compañera.
—Sí, menos mal —resopló sarcástica—. Hay que encontrar al novio o amigo con derecho a roce o lo que fuera el chico ese que estaba enamorado de ella e interrogarlo.
Puede ser el asesino. Quizá descubrió que la víctima llevaba una doble vida y la mató por celos o por haberlo engañado o vete tú a saber qué móvil tendría para asesinarla.
Aroa hizo una pausa y añadió:
—Oye, Silvia, la próxima vez que veamos al señor Serna haz el favor de no quedarte mirándolo embobada como si fueras una quinceañera.
—¡Es que está muy bueno! —exclamó la inspectora Boix con los ojos brillándole por la excitación—. Ojalá me hubiera pedido una cita a mí en vez de a ti.
—Silvia no sabes nada de él.
—Bueno, al parecer tú sí lo conoces. ¿Me vas a contar de qué?
—No.
—Vengaaa, por fiii… —suplicó Silvia.
Aroa la miró frunciendo el ceño.
—¿Qué coño haces? ¿Ahora te comportas como si tuvieras tres años?
—Venga, cuéntame algo de él.
—No —volvió a negarse la inspectora Martínez.
—Vale. Lo averiguaré por mi cuenta.
Silvia se dio la vuelta para marcharse, pero Aroa, ante el miedo a lo que pudiera descubrir, la detuvo.
—Está bien.
Su compañera se giró hacia ella nuevamente.
—Tiene cuarenta y tres años y es demasiado mayor para ti —confesó.
—Al parecer, eso a él no le importa, a juzgar por lo bien que se lo estaba pasando en el despacho de Delirium con varias jovencitas que tenían casi mi edad.
«No me lo recuerdes», gimió Aroa interiormente.
—¿Crees que esas chicas también son prostitutas de lujo? —quiso saber Silvia.
Aroa negó con la cabeza.
—No. Ya lo has oído antes. Él no paga por tener sexo con una mujer.
—Joder, pues yo pagaría bien a gusto por tenerlo con él. Ese hombre debe de ser una fiera salvaje en la cama.
—¡Silvia!
—¿Qué?
Cuando Silvia había dicho que Gabriel parecía ser una fiera en la cama, acudieron a su mente multitud de recuerdos olvidados largo tiempo y la bombardearon creándole eróticas imágenes del hombre.
—No hables así del señor Serna.
—¿Qué te vas a poner para tu cita con él? —le preguntó Silvia.
—A ti te lo voy a decir.
Aroa se dio media vuelta y echó a andar por el pasillo.
—¿Y qué es eso de que tú conoces su debilidad? ¿De qué se trata?
—Te lo contaré a su debido tiempo. Primero quiero comprobar algo.