Cuando te falte mi piel Capítulo 9
16%

Capítulo 9

—Ya sé que estás con los exámenes finales y me dijiste que no te llamase, pero te necesito, Kenia —le suplicó Mireia por teléfono varios meses después.

—A ver, ¿qué pasa?

—Se trata de un alto cargo de una compañía telefónica. Tiene un evento al que debe acudir acompañado y tengo a todas las chicas ocupadas. Paga muy bien y solo serán dos horas. Mañana por la tarde.

—¿De cuánto dinero estamos hablando? —quiso saber Kenia.

—Mil quinientos euros. La mitad para ti.

Kenia emitió un silbido. Con la parte que le quedara a ella más lo ahorrado en todos los meses trabajando como escort , tendría suficiente para no preocuparse de los gastos en todo un año.

Además, podría irse de viaje a Suiza y Austria como ella quería cuando terminase el curso académico, al que ya le faltaba poco.

—Mil quinientos euros por dos horas… —murmuró Kenia para sí, pensando que llevaba el temario muy preparado y que no le supondría ningún inconveniente relajarse durante ese tiempo—. Vale, acepto.

Mireia suspiró aliviada al otro lado de la línea.

—Gracias, guapa. ¿Te pasas por aquí entre hoy y mañana y te explico todo?

—Si quieres cenamos juntas esta noche y me cuentas —le propuso Kenia.

—De acuerdo. ¿Sobre las diez?

—Hecho. Besitos.

—Besitos.

···

El cliente resultó ser un sesentón, calvo y al que le sobraban al menos veinte kilos, que la llevó a una fiesta de la empresa y se dedicó a pasearse por allí con Kenia colgada del brazo, presentándola a todos como su nueva novia.

La joven dudó mucho de que los invitados a la fiesta se creyeran aquella patraña, pero si el hombre era feliz diciendo eso, ella no le iba a llevar la contraria.

Había transcurrido casi una hora cuando apareció una mujer de unos cincuenta años acompañada de un hombre muy atractivo, mucho más joven que ella.

Su cliente, Sebastián, se puso tenso en cuanto los vio. Tiró de la mano de Kenia y fueron a saludar a los recién llegados.

—Hola, Julia, ¿qué tal?

—Muy bien. ¿Y tú?

—Yo fenomenal. Te presento a mi novia desde hace unas semanas. Se llama Kenia. —Y volviéndose hacia la escort , añadió—. Esta es mi exmujer, Julia.

Kenia le tendió la mano a Julia y se la estrecharon con cordialidad mientras la exesposa la evaluaba con ojo crítico.

En ese momento, la joven entendió su función allí.

O bien Sebastián quería darle celos a su exmujer, o lo que deseaba era que ella viese que había pasado página tras su divorcio y ahora tenía a alguien más joven y guapa que la que había dejado atrás.

Tanto una cosa como otra a Kenia no le importaban.

En cuanto se cumpliesen las dos horas, se largaría de allí.

—Sebastián, ¿te acuerdas de Breixo, mi novio? —le preguntó Julia, señalando al chico que la acompañaba.

—Sí, claro. —El cliente esbozó una falsa sonrisa mientras alargaba la mano para saludar al joven.

Kenia lo estudió. Era más alto que ella, moreno, con el pelo largo por arriba y corto en los lados y por la zona de la nuca.

Lo llevaba peinado hacia un lado, lo que dejaba ver sus ojos, que eran una mezcla entre azul y verde.

Iba bien afeitado y tenía unos labios muy tentadores.

El de abajo algo más carnoso que el de arriba.

Kenia se imaginó uniendo su boca a la del chico, mordiendo ese labio inferior y tirando de él para soltarlo poco a poco.

Continuó con su estudio bajando su mirada por el cuerpo de Breixo, cubierto por un traje caro, que se amoldaba a sus formas masculinas a la perfección.

Llevaba la camisa azul claro con los dos primeros botones sin abrochar e iba sin corbata.

Cuando devolvió sus ojos hacia el rostro del joven, este la miraba con una socarrona sonrisa. Debía reconocer que era un ejemplar muy atractivo. Tenía una cara de chico malo y de cabrón que a Kenia la excitó sobremanera.

—Encantado —la saludó Breixo, tendiéndole una mano.

—Igualmente —respondió ella.

Sintió cómo, al separar sus manos, Breixo la acarició con un dedo en la palma, haciéndole cosquillas, alargando el contacto al máximo.

Por la mirada que él le dirigió, Kenia supo que, o bien se trataba de un caza fortunas y estaba con la exmujer de Sebastián por el posible dinero que ella tuviese, o era un escort igual que ella.

En los meses que llevaba como prostituta de lujo, había logrado desarrollar una especie de sexto sentido para identificar a los que pertenecían a su mundo. Casi nunca se equivocaba.

Breixo admiró la belleza de la chica que tenía frente a sí.

Alta, morena, labios gruesos, ojos oscuros, con curvas en su cuerpo, sobre todo en la parte superior delantera y en la inferior trasera.

Llevaba un vestido morado de manga francesa, largo hasta la rodilla.

El escote en forma de V de la prenda acababa rematado en un fruncido por debajo del pecho, que realzaba sus turgentes senos.

La chica le pareció sexy y elegante a la vez, y tenía toda la pinta de ser una mujer florero.

Sebastián la había llevado allí para lucirla.

No sabía si para algo más, como le iba a suceder a él en un rato. Pero ¿qué importaba?

Esa joven era como él. Una escort . La había reconocido inmediatamente. Sin embargo, a pesar de que había tenido contactos con otras de su tipo, siempre a través de clientes, por primera vez deseó que Julia y Sebastián desaparecieran de allí y los dejaran solos para poder conocerla mejor.

Sebastián tiró del brazo de Kenia para alejarse de su exmujer, despidiéndose con un: «Nos veremos por aquí». Cuando se hubieron dado la vuelta, el hombre bajó su mano hasta el trasero de la chica y, después de manosearlo un poco, le dio un apretón.

—El muy capullo sabe que estoy mirando —oyó decir a Julia con rencor.

—No te preocupes, cielo. Yo te complaceré más que él. ¿Nos vamos a la habitación ya?

Breixo se inclinó sobre ella y le dio un delicado beso en los labios, que duró pocos segundos.

Se despidieron de los invitados y, al abandonar la sala, el joven buscó con la mirada a la prostituta de lujo. La encontró en un rincón, sonriendo amablemente por algún comentario que le hacían unos caballeros que rodeaban a Sebastián.

Por un instante, sus miradas se cruzaron y ambos sintieron una conexión que hizo vibrar el aire a su alrededor.

Kenia fue la primera en apartar la mirada, frunciendo el ceño.

Breixo continuó un par de segundos más admirando su belleza, rezando por volver a verla en otra ocasión y, con un poco de suerte, intimar.

El cliente y ella estuvieron en la fiesta media hora más. Kenia contaba los minutos para irse a casa, aunque antes de abandonar a Sebastián le quedaba un trabajito por hacer.

—Tengo reservada una habitación —fue lo único que le dijo a ella, quien entendió a la perfección lo que iba a suceder en poco tiempo.

Kenia asintió con la cabeza y salieron de la sala donde se celebraba el evento, despidiéndose de los allí congregados.

Agarrada de la mano de Sebastián, caminó hasta los ascensores y cuando llegaron a su planta, lo siguió por el largo pasillo.

Entraron en una suite y el cliente, que hasta entonces se había mostrado educado y amable con ella, se convirtió en una fiera que la subió el vestido hasta la cintura y le rasgó el tanga.

La inclinó sobre la cama, con el culo hacia él, quien no se molestó en desvestirse.

Únicamente se bajó los pantalones y el calzoncillo para colocarse un condón, y la embistió por detrás con la fuerza de un toro.

Kenia se agarró a la cama para que no la desplazara con sus salvajes estocadas y no pudo tocarse ella misma para alcanzar el clímax.

No le importó. No siempre iba a disfrutar ella.

Solo era un objeto en esos momentos. Un objeto muy caro, a juzgar por lo que se había gastado el hombre simplemente para presumir de chica delante de sus conocidos, darle celos a su exesposa y echar un polvo rápido después.

Cuando todo acabó, Sebastián le pidió perdón por la manera tan ruda en que la había tomado y por romperle la ropa interior.

A modo de compensación, le dio cincuenta euros para reponer el tanga desgarrado, que Kenia cogió con rapidez y, tras despedirse de él con un beso, se marchó de la habitación.

El cliente se quedaba a dormir esa noche en el hotel.

En Recepción, pidió que llamasen a un taxi para ella y, mientras, marcó el número de la agencia para que supieran que el servicio había finalizado, que todo había ido bien y que se marchaba a casa. Estaba deseando ducharse y eliminar de su cuerpo los restos del sexo pagado.

Mientras esperaba a que llegase el automóvil, vio salir del ascensor a Breixo. Él se detuvo un segundo al percatarse de su presencia y, poniendo una depredadora sonrisa en su boca, se acercó a Kenia despacio, demorándose con su andar felino para disfrutar al máximo del acercamiento a ella.

—¿Ya has terminado? —preguntó en un susurro, colocándose a su lado.

—¿Si ya he terminado qué? —respondió la joven, haciendo como que no entendía su pregunta.

—Ya sabes el qué. —Breixo se inclinó hacia su oreja—. El servicio de esta noche.

Su cálido susurro le rozó la piel del cuello y la clavícula estremeciéndola de placer.

Ella se hizo la ofendida, como si la hubiera tomado por algo que no era, cuando en realidad él la había calado igual que ella a él nada más verse, y se apartó unos centímetros.

—No sé de qué me hablas.

—Vamos, preciosa, no lo niegues. Los dos sabemos de lo que estamos hablando y a lo que hemos venido aquí esta noche —comentó Breixo, en voz baja, divertido.

Kenia lo miró, estudiándolo.

Breixo se la comió con los ojos.

—¿No te da vergüenza acostarte con un hombre que podría ser tu abuelo? —preguntó el chico, descarado.

—¿No te de vergüenza a ti acostarte con una mujer que ronda la edad de tu madre? ¿Es que tienes complejo de Edipo o qué? —le soltó Kenia, encarándolo.

—Habló la que padece gerontofilia. —Se rio él.

Kenia se distanció unos pasos de Breixo, molesta por su actitud.

Pero el escort no le dejó que se alejara más al retenerla por un brazo. Ella notó todos los dedos masculinos sobre la manga del vestido, traspasando la tela con su calor y abrasando su piel fina y delicada.

—Venga, no te enfades. Era una broma.

—No estoy para bromas esta noche.

—¿Por qué? ¿Ha ido mal con Sebastián?

—No es de tu incumbencia —respondió ella.

—Si te ha dejado insatisfecha, yo puedo arreglarlo —dijo Breixo acariciándole el brazo con el pulgar. La miró intensamente.

—¿Tú? —Kenia se rio, tirando de su brazo para romper la dulce tortura que suponía el contacto masculino—. Perdona, pero no creo que tú puedas arreglar nada. Además, no podrías pagar mi tarifa.

Breixo echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que llamó la atención del chico que atendía la Recepción del hotel.

—¿Podrías ser más discreto, por favor? —le pidió Kenia, entre dientes.

—¿Sabes una cosa? —El escort volvió a hablarle en voz baja, casi susurrando.

A Kenia el sonido de su voz le erizó todo el vello corporal y estimuló de tal manera sus terminaciones nerviosas con aquel eco, que se mojó al instante—.

Yo no pago por estar con una mujer. Al contrario, todas pagan porque me las folle.

Solteras, casadas, jóvenes, mayores, de distintas nacionalidades…

Unas me dicen cosas bonitas y dulces. Otras sueltan por su boca auténticas burradas.

Pero lo que te puedo asegurar es que cuando me las follo a todas las hago gritar por igual.

—¿Se puede ser más creído y descarado? ¡Por favor! —resopló Kenia ante la desfachatez del escort .

El taxi llegó en ese momento y la joven se apresuró hacia la salida.

Breixo la siguió a la calle.

—¿Compartimos taxi? —preguntó él—. Y así negociamos el precio que me vas a pagar por follarte y mandarte a casa contenta.

—Vete a la mierda, capullo. Si quieres acostarte conmigo, tendrás que pagar tú.

Dicho esto, Kenia se metió en el coche con rapidez mientras le ordenaba al conductor que arrancase.

Una vez que el auto se alejó de la acera y enfiló calle abajo, ella se volvió para mirar por el cristal trasero a ese joven que la había calentado y enfadado a partes iguales.

Comprobó que Breixo aún continuaba mirando cómo se alejaba dentro del vehículo sin perder su sarcástica sonrisa. Al ver que él levantaba una mano para decirle «Adiós», ella se volvió hacia delante, notando miles de mariposas en el estómago.