Cuando te falte mi piel Capítulo 8
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Capítulo 8

Aroa y Silvia volvieron a Delirium ya con la orden judicial en su poder. De nuevo, el gorila de la puerta les impidió el paso. Pero al enseñarle el documento decidió dejarlas pasar, al tiempo que avisaba a su jefe.

Al entrar, otra vez les impactó la decoración del club. Aquel sitio invitaba a relajarse, dejarse llevar a otro mundo y cumplir todas sus fantasías.

A diferencia de la primera vez que estuvieron allí, ahora la sala estaba llena de clientes. Todos parecían pasarlo muy bien.

Mateo Bosch, el encargado, se acercó a ellas rápidamente.

—Buenas noches, inspectoras. ¿Otra vez por aquí?

—Queremos ver al señor Serna. Avísalo —ordenó Aroa.

—El señor Serna está ocupado. Si pudiesen volver más tarde…

—Ya tengo la orden judicial y no me voy a ir de aquí sin ver las grabaciones de vuestras cámaras. También debo interrogar a vuestros empleados —comentó, como si todo el trabajo fuera a hacerlo ella y Silvia no pintase nada allí.

Y en realidad así era. Su compañera tenía poca experiencia, por no decir ninguna, y se limitaba a tomar notas para aprender de una de las mejores inspectoras que había en la comisaría donde estaba destinada.

—Pero es que el señor Serna ha dado orden de que nadie lo moleste hasta dentro de dos horas. Tendrán que esperar —replicó Mateo.

—Bien. Mientras aguardamos, interrogaré a los empleados —informó Aroa, dándole a entender que no se iba a quedar de brazos cruzados.

—De acuerdo. ¿Dónde quiere que se lleven a cabo… las entrevistas? —preguntó el encargado.

—En un sitio donde podamos hablar con tranquilidad, sin oídos ajenos y sin música, a ser posible.

—Entonces tendrá que ser en el almacén de bebidas. Síganme.

Las dos inspectoras caminaron detrás de Mateo hasta el lugar indicado. Una vez allí, el hombre salió para regresar al poco rato con un par de chicos jóvenes.

Les mostraron la foto de la víctima, pero ellos no la reconocieron.

Tras unas cuantas preguntas, los dejaron marchar.

Después, llegaron otros dos y volvieron a salir de allí con el mismo resultado. Nadie parecía conocer a la chica ni haberla visto nunca en la discoteca.

Cuando terminaron de interrogar a los camareros que componían la plantilla, Aroa miró su reloj de muñeca. Todavía faltaban unos minutos para poder hablar con Gabriel Serna.

—Señor Bosch, ¿sería tan amable de traerme una botella de agua? El interrogatorio me ha dado sed. Que esté fría, por favor —le pidió.

Silvia se sorprendió al escucharla hablar con tanta dulzura.

—Sí, claro. Salgamos fuera y espérenme en uno de los sillones que hay aquí cerca. Enseguida vuelvo.

—Yo quiero una Coca-Cola Light —dijo Silvia antes de que el hombre se marchara.

Se giró hacia Aroa, que observaba alejarse al encargado con una sonrisa en la boca.

—¿Qué pasa? ¿Te pone interrogar a la gente?

—Calla y vámonos —contestó la inspectora Martínez.

—¿Cómo que nos vamos? ¿A dónde?

—Al despacho del señor Serna. Uno de los camareros me ha dicho antes donde está —le confesó Aroa.

—Pero ¿y mi Coca-Cola? ¿Y tú agua?

Aroa no contestó y Silvia tuvo que apresurarse para seguirla.

Cruzaron la pista de baile y, al fondo, subieron por unas escaleras.

Cuando llegaron a una puerta oscura, Aroa llamó con los nudillos y esperó.

Sin embargo, con el ruido de la música no pudo escuchar nada al otro lado, así que no aguantó más y abrió la puerta.

Lo que se encontró la dejó sin respiración.

Gabriel estaba sentado en un sofá de cuero blanco rodeado por tres chicas jóvenes.

Una de las muchachas le besaba en la boca mientras otra le acariciaba el pecho por debajo de la camisa blanca que llevaba puesta y la tercera, arrodillada en el suelo entre sus fuertes muslos, comenzaba a bajarle la cremallera del pantalón en ese momento.

Al oír el ruido de la puerta abriéndose, las chicas giraron la cabeza para saber quién los estaba interrumpiendo. Se detuvieron al ver allí a dos mujeres más.

Gabriel miró intensamente a Aroa y una perezosa sonrisa se extendió por su cara.

—Inspectora Martínez, qué grata sorpresa… —Miró a Silvia que al lado de Aroa estaba boquiabierta—. Inspectora Boix…

Aroa consiguió recomponerse en pocos segundos.

Sin embargo, Silvia continuó mirándolo embobada. Dejó escapar un suspiro enamorado y Aroa tuvo que darle un codazo para que recobrase la decencia, al tiempo que ponía los ojos en blanco y maldecía.

—Ya tengo la orden judicial —escupió cabreada.

—Bien. ¿Y? No pretenderá revisar ahora las cámaras, ¿verdad? Estoy reunido, como puede ver. Mi secretaria le dará cita para más tarde.

Aroa dio un paso más, internándose en el despacho decorado en blanco y negro, con un estilo minimalista que contrastaba con el lujo y la opulencia que se veía en la parte baja de la discoteca.

Un par de armarios, una gran mesa con un asiento de cuero negro tras ella y el enorme sofá que ocupaban en esos momentos Gabriel y las tres chicas, era todo el mobiliario.

—No me voy a ir de aquí hasta que vea esas malditas grabaciones. Así que despídase de sus amiguitas.

Aroa estaba furiosa. Aunque no tenía por qué.

Pero lo que había visto, encontrarse de esa manera a Gabriel, hacía que la rabia hirviese en sus venas. Y que la hablara con esa prepotencia no ayudaba en nada.

Gabriel miró a sus chicas y, después de darle un beso en los labios a cada una, se levantó del sofá.

Llevaba una camisa blanca, con los tres primeros botones desabrochados y las mangas un poco subidas, dejando ver sus fuertes antebrazos.

En la muñeca izquierda, un caro reloj y en la derecha, varias pulseras de cuero.

Un pantalón de traje gris se ceñía a sus poderosos muslos, cubriéndole las largas piernas.

Se subió la cremallera mientras clavaba la mirada en Aroa y le sonreía socarronamente.

Las jóvenes se alzaron a la vez que él.

—Señoritas, debo atender unos asuntos. Si son tan amables de esperar fuera… Después continuaremos con nuestra fiesta privada. —Les guiñó un ojo y ellas sonrieron felices.

Cuando las chicas abandonaron el despacho, Aroa se acercó más a Gabriel.

—Aquí está la orden judicial para revisar las cámaras —repitió, desplegando el documento y plantándoselo al dueño de Delirium delante de las narices.

Gabriel ni siquiera lo cogió para leerlo. Se dio la vuelta y caminó hacia un gran armario blanco. Lo abrió y le mostró a las dos policías varias pantallas en las que se veía cada rincón de la discoteca.

—Bien. Aquí tienen mis cámaras. ¿Cuál es la fecha que les interesa? —preguntó, dándole la espalda a las dos agentes.

Aroa apretaba los dientes molesta. El muy cabrón ni siquiera había leído la orden. ¿Para eso habían gastado tiempo en conseguirla? ¿Para que luego él les dejase ver lo grabado sin oponer resistencia? Maldito hombre.

Admiró su ancha espalda y su culo prieto luchando contra el instinto sexual y el calor que se estaban apoderando de ella, mezclado con la indignación que sentía por su insolencia al no leer el documento judicial.

Inspiró profundamente para controlarse.

Por el rabillo del ojo vio que Silvia estaba atontada mirándole el culo a Gabriel. Otra vez con la boca ligeramente abierta. ¡Por favor! ¡Vaya imagen de profesionalidad que daba la inspectora Boix! Le dio otro codazo para sacarla de su ensoñación.

—¡Auch! —se quejó Silvia, acariciándose la parte donde Aroa le había propinado el golpe.

La inspectora Martínez sacudió la cabeza a un lado y al otro.

—Cierra la boca, joder, que no tienes quince años… —murmuró lo más bajo que pudo, solo para que la oyera Silvia.

—¿Qué día? —volvió a preguntar Gabriel, girándose hacia ellas.

Contempló unos instantes a Aroa, recorriendo su voluptuoso cuerpo cubierto con un traje crema y una camisa blanca. Sus ojos destellaron de deseo antes de volverse hacia las cámaras de nuevo.

—El viernes.

—Muy bien, Aroa —pronunció su nombre como si fuera algo delicioso deshaciéndose en su boca—. Todo tuyo.

Gabriel se hizo a un lado para dejarla a ella trabajar.

La inspectora Martínez comenzó a mirar las fechas registradas en cada una de las grabaciones, sintiendo los ojos del señor Serna clavados en su cuerpo.

—No están las del viernes —dijo al cabo de un rato.

—¿Cómo que no están las grabaciones del viernes? —quiso saber Gabriel, cubriendo la distancia que los separaba.

—Que no están —volvió a indicar Aroa.

—Eso es imposible. Deben estar —dijo, perplejo.

—¿Quién más tiene acceso a las cámaras y las grabaciones?

—Mateo y yo.

—Llámalo. Quiero hablar con él —le ordenó Aroa.

···

—Mateo no están las grabaciones del viernes —comentó Gabriel cuando su encargado entró en el despacho—. ¿Me puedes explicar por qué?

El hombre dudó unos segundos sobre qué decir.

—No.

—¿No? —repitió Aroa—. ¿No quiere decirlo o es que no lo sabe?

Mateo se volvió hacia las dos policías, que aguardaban impacientes.

—No diré nada sin la presencia de un abogado. Por cierto, inspectora Martínez, ha sido muy astuta al darme esquinazo antes con lo del agua.

—Joder… —masculló Gabriel.

—Bien, señor Bosch. Si es tan amable de acompañarnos a Comisaria… —comenzó a decir Aroa ignorando su último comentario, pero Gabriel la interrumpió.

—Aroa, él no ha hecho nada malo —lo defendió.

—Si está pidiendo un abogado por algo será, ¿no? —la inspectora Martínez le habló con altanería.

Se giró hacia Mateo de nuevo; sin embargo, antes de poder añadir algo más, Gabriel habló otra vez.

—Iré con él.

—¿Es usted letrado, señor Serna? —preguntó Aroa.

—Sabes que no, Aroa, pero aun así, lo acompañaré. Mientras, llamaré a mi abogado para que acuda a Comisaría y represente a mi amigo.

—Su presencia allí no es necesaria. No voy a permitirle la entrada en la sala de interrogatorios —le soltó Aroa con severidad.

La mirada que le dedicó habría helado a cualquiera.

A cualquiera que no fuera Gabriel Serna.

—Aroa voy a ir te guste o no —pronunció en un tono condescendiente que a la inspectora no le gustó nada.

—Para usted, señor Serna, soy la inspectora Martínez. Convendría que lo recordase a partir de ahora.

Ella se giró molesta y, haciéndole una seña a su compañera Silvia y a Mateo, se pusieron en marcha para salir del despacho.

Mientras bajaban las escaleras, Aroa no pudo evitar echar un vistazo a la juerga que había en Delirium.

Todos lo pasaban bien. Los recuerdos que había enterrado hacía años volvieron a su memoria, golpeándola con fuerza.

Pero no quiso que ellos ganasen la batalla, así que los desechó y continuó su camino hasta la salida.