Capítulo 7
Kenia repasaba mentalmente todo lo aprendido en la agencia en los tres meses que llevaba como prostituta de lujo.
El protocolo a seguir por los clientes era casi siempre el mismo.
Elegían a la chica en cuestión por el book que Luca les hacía o bien por la descripción física que Mireia o Lali les daba por teléfono.
Cuando tenían un servicio, debían acudir una hora antes para conocer los detalles del cliente de turno.
Se apuntaban en una agenda los gustos de cada cual y algún detalle más que a las chicas les servía para tratarlos con familiaridad.
A ellos les gustaba saber que las jóvenes recordaban sus gustos, conversaciones mantenidas y demás.
Al acabar, el cliente pagaba y cada chica recibía su parte.
Antes de marcharse a casa, Mireia, Kenia y si había alguna más en el apartamento en esos momentos, ayudaban a la que hubiera terminado el servicio a arreglar la habitación, después de que se hubiera duchado ella.
Limpiaban entre todas, cambiaban las sábanas, reponían los preservativos y, mientras, charlaban sobre cómo había ido todo con ese cliente.
Las más veteranas le contaban a Kenia sus experiencias y le daban consejos sobre otros hombres que acudían a la agencia.
Con el tiempo, fue creándose entre ellas una complicidad y camaradería que a Kenia le gustó mucho.
Cada vez le atraía más ese mundo que estaba descubriendo y, como pasaba tantas horas allí porque aquello se había convertido en una droga para ella, fue dejando de lado a sus otras amigas.
Ya no le gustaba salir con sus compañeras de facultad y de piso a beber en algún parque o a liarse con algún chico de su edad, carente de la experiencia de los hombres más mayores con los que se acostaba.
Se acostumbró a mentir constantemente. Gracias a Dios, tenía muy buena memoria para recordar todo lo que salía de su boca.
De cara a sus amigas, ella trabajaba en una agencia de modelos, por lo que no les extrañaba que tuviera que acudir a varios castings —esa era la explicación que les daba cuando debía asistir a un servicio— y volvía a altas horas de la noche.
También se inventó algún que otro desfile para justificar los ingresos y, por lo tanto, el aumento de ropa, zapatos, bolsos y perfumes caros en su poder.
A Jordi, el banquero, le vio un par de veces más, pero él perdió el interés por ella enseguida, puesto que ya no era nueva en este mundo.
Con Luca tuvo otro encuentro, igual de bueno que el primero. Sin embargo, Kenia decidió no acostarse más con él. Si había hombres que pagaban por su cuerpo, ¿por qué el fotógrafo podía hacerlo gratis?
Habló con él y se lo explicó. Luca lo comprendió, pues ya le había pasado más de una vez con alguna otra chica. Desde entonces, su relación fue solo de amistad.
En esos tres meses, Kenia había ganado una pequeña fortuna.
Por cada servicio recibía entre trescientos y quinientos euros, después de quedarse la agencia con su parte.
Había conocido a ejecutivos de multinacionales, futbolistas, presentadores de televisión, altos cargos de los cuerpos de seguridad y políticos.
A veces, eran hombres que le doblaban la edad.
Otras veces solo eran unos pocos años mayores que ella.
Pero en todos sus encuentros, Kenia disfrutaba dando placer y recibiéndolo.
Estaba contenta y tranquila en ese mundo pues, además de pasarlo bien y ganar mucho dinero en poco tiempo, disfrutaba del sexo, que era lo que más le gustaba.
Conocía a muchísima gente; famosos y no tan famosos que la trataban bien y ella se sentía como una reina.
No le importaba ser mujer florero por unas horas ni vender su cuerpo.
Ser el objeto de deseo de aquellos hombres ricos le subía el ego.
Todo el mundo era muy discreto, elegante y sofisticado.
Una tarde, Kenia estaba viendo una película en la televisión junto a sus dos compañeras de piso cuando su móvil sonó.
—¿Diga?
—¡Hola! Soy Mireia. ¿Estás sola?
—Estoy viendo la tele con mis compis de piso.
—De acuerdo. Tengo algo para ti. Esta noche, sobre las diez. ¿Podrías? —preguntó Mireia.
Kenia miró su reloj. Eran cerca de las cinco.
—Sí, claro. Sin problemas. Dime la dirección donde es el casting .
—Será en un hotel, pero pásate antes por la agencia y te explico todo.
—Bien. Nos vemos.
—Besitos —se despidió Mireia.
—Besitos.
Cuando colgó sus compañeras la miraban interrogantes.
—Era de la agencia. Tengo un casting a las ocho y media. Seguramente me vaya después a cenar con alguna de las amigas que he hecho en este mundillo, así que no me esperéis levantadas.
Llevar una doble vida resultaba estimulante, pero agotador.
Tenía que inventar excusas constantemente y más cuando se trataba de hacer un servicio hasta altas horas de la noche.
Debía utilizar recursos como que había hecho amigas en la agencia de modelos y salía con ellas para que sus compañeras de piso y los colegas de la facultad no sospechasen.
···
Llegó al apartamento con tiempo suficiente para que Mireia le diera instrucciones. Cuando el servicio se realizaba en un hotel o cualquier otro sitio, como asistir a una fiesta acompañando al cliente, los hombres pagaban por adelantado.
Entre consejos sobre el cliente y risas se cambió de ropa y se maquilló.
—Este servicio es un tanto especial. Habrá dos personas: él y su esposa.
—¿Y a quién de los dos me tengo que follar? ¿O tengo que hacerlo con los dos? —Quiso saber Kenia—. Las mujeres no me van, pero si pagan bien estoy dispuesta a probar. Sabes que no me asusta nada.
—La esposa solo va a mirar. Se excita viendo a su marido acostándose con otra. Tú solo tienes que ir y tirártelo. Cuando acabes, te vas y lo que hagan ellos después es cosa suya.
Cuando estuvo lista, Mireia llamó a un taxi para que llevase a Kenia hasta el hotel.
Al llegar, entró en el refinado y lujoso alojamiento, se dirigió a los ascensores y de ahí, una vez en la planta correspondiente, a la suite Club.
Kenia llamó a la puerta y cuando se abrió, apareció un hombre de treinta y cinco años que no estaba nada mal. Era alto, moreno, de facciones agradables, pero con una incipiente barriguita.
—Hola, soy Kenia.
—Yo soy Joan. Encantado.
Se dieron dos besos en las mejillas y el cliente la hizo pasar al interior del saloncito que daba la bienvenida a la suite . Allí se encontró con una mujer de la misma edad que Joan, quién se acercó a saludarla y presentarse como Ángels.
—Tengo que llamar por teléfono a Mireia —los informó.
Ese era el protocolo para controlar el tiempo del servicio y, además, para hacerle saber a los clientes que ellas no estaban solas. Siempre había alguien esperando noticias en todo momento, por lo que pudiera ocurrir.
—Sí, claro. Adelante. Llama —contestó Joan, mientras se sentaba en un sofá a esperar que la chica estuviera lista.
Cuando colgó el teléfono, Ángels le puso en la mano una copa de champán, le dio otra a su marido y ella se bebió de un solo trago la suya, que rellenó enseguida.
También le ofrecieron a Kenia una bandejita con fresas, que estaban buenísimas y con el efecto del líquido burbujeante se potenciaba su sabor.
Charlaron animadamente durante unos minutos, más bien Kenia y Joan, quién le contó que era promotor inmobiliario y por lo que parecía su empresa marchaba estupendamente. Ángels permaneció en silencio hasta que decidieron pasar a la acción.
Comenzaron a besarse y a desnudarse al mismo tiempo, y cuando ya no les quedó nada de ropa, Joan la cargó sobre sus caderas para dirigirse con ella a la cama, que estaba en la otra estancia de la suite .
A Kenia le alegró comprobar el tamaño de su verga y su dureza. Mientras el hombre caminaba con ella anclada a su cuerpo, el falo le rozaba el clítoris, enviando fuertes descargas de placer por todo su cuerpo.
Llegaron a la cama y Joan la destapó de un tirón para tumbarse con Kenia encima.
Continuaron besándose, pero como le metía la lengua hasta el fondo y parecía que la iba a ahogar, Kenia decidió bajar por toda la garganta masculina y dirigirse hacia las partes bajas.
Seguro que al cliente y a su esposa les gustaría más.
Regó de besos todo el torso, el abdomen y las ingles antes de atacar esa zona deseada.
Joan no paraba de acariciarle el pelo y la espalda a Kenia mientras su vista permanecía clavada en su mujer, que se había acomodado en una silla cerca de la cama y los miraba con avidez, empapándose de cada caricia y cada gemido de su hombre.
—Hazle una mamada, pero no dejes que se corra en tu boca —ordenó Ángels.
Kenia se apresuró a cumplir la solicitud de la clienta ayudándose con las manos, pues el miembro de Joan era tan grande que no le cabía del todo en la boca.
Masajeó arriba y abajo el largo y grueso falo mientras lo llenaba de saliva para que estuviera lubricado.
Con la lengua recorría la corona rosada y se la metía en la boca hasta que ya no podía más.
Joan y Ángels se miraban a los ojos con la excitación del momento recorriendo sus venas.
—¿Te gusta, amor? —preguntó ella a su marido.
—Lo hace muy bien —jadeó el otro en respuesta.
Cuando Kenia supo que el hombre estaba a punto de alcanzar su orgasmo, minutos más tarde, se detuvo. Miró a la esposa esperando órdenes y esta le tiró un paquetito metálico.
—Fóllatelo.
Kenia abrió el envoltorio y colocó el condón en el miembro del cliente. Acto seguido, se subió a su cuerpo y se empaló en él despacio, disfrutando de ese momento. Ella también estaba excitada, pues aquella situación le producía mucho morbo y se había ido mojando conforme pasaban los minutos.
Cuando Joan la colmó, comenzaron a moverse desacompasadamente hasta que alcanzaron un punto en el que se sincronizaron y, a partir de ahí, ya todo fue a mejor.
Los dos alcanzaron el orgasmo, primero él y segundos después Kenia, porque se ayudó con sus dedos en el clítoris. Exhaustos rodaron por la cama y, cuando la esposa comprobó que el pene de su marido quedaba fuera de la vagina de la chica de lujo, se acercó para retirar ella misma el preservativo.
Se tumbó a su lado —la cama era tan grande que cabía otra persona más— y comenzó a besar a su marido, recorriendo su cuerpo con manos codiciosas.
Kenia supo que el servicio había terminado. Además, estaba próxima a cumplirse la hora estipulada. Se levantó, dejando a la pareja haciéndose arrumacos, y se dirigió al baño para darse una ducha rápida y marcharse.
Cuando salió ya aseada y vestida, se encontró con el marido lamiéndole el sexo a su mujer mientras esta gritaba que quería más y más.
Sin molestar, Kenia abandonó la habitación. Llamó por teléfono a Mireia para que supiera que ya estaba libre y que todo había ido bien.
—Pásate por el apartamento si no estás cansada y cenamos juntas —la invitó la recepcionista.
—De acuerdo. En veinte minutos estoy ahí.
Cuando Kenia llegó a la agencia, además de Mireia, había dos chicas más: Chloé y Dunia, que esa noche habían prestado servicio en el piso.
Cenaron comida asiática, que habían encargado a un wok, entre comentarios de cómo les había ido la noche y risas por las anécdotas que les habían sucedido en el tiempo que llevaban ejerciendo la profesión.