Cuando te falte mi piel Capítulo 5
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Capítulo 5

El móvil sonó asustando a Kenia, absorta como estaba en sus estudios.

Al mirar la pantalla, comprobó que era de la agencia.

—Hola —contestó.

—Hola, querida —dijo Lali—. Me alegré mucho cuando Luca me contó que estabas interesada en unirte a nosotros. Espero que hayas tomado una decisión y sea afirmativa.

—Sí, estoy interesada en probar… durante un tiempo.

Kenia se levantó de la silla que ocupaba y fue a cerrar la puerta de su habitación. No quería que sus compañeras de piso se enterasen de lo que hablaba por teléfono.

—Bien, porque tengo un servicio para esta tarde. ¿Puedes hacerlo?

—¿Esta tarde? —Kenia miró su reloj. Eran las cuatro y media.

—Sí.

—Yo… estoy estudiando…

—El cliente paga muy bien. Seiscientos euros por una hora.

Teniendo en cuenta que será tu primera vez…

—Lali dejó de hablar unos segundos y luego prosiguió—.

Pero si quieres se lo digo a otra de las chicas.

Aunque seguro que rebajará la cantidad porque a él le gustan las inexpertas en este ámbito y si no va a tenerte a ti…

¿Seiscientos euros? Sí. ¡Seiscientos euros! Aunque solo la mitad sería para ella, como bien le había explicado Luca.

El corazón de Kenia galopaba cuando contestó a Lali.

—No llames a otra. Yo lo haré. ¿A qué hora y dónde?

—A las ocho. Aquí en el apartamento. Prefiero que tu primera vez sea en un entorno controlado que tú ya conozcas, para que no te pongas nerviosa y lo hagas bien.

—De acuerdo. ¿Cómo debo ir vestida?

—No te preocupes por eso. Aquí hay ropa para ti. Ven una hora antes para que te dé tiempo a cambiarte y maquillarte un poco. Mireia estará esperándote para ayudarte en lo que necesites.

Cuando Kenia colgó, le temblaba todo el cuerpo. ¿De verdad iba a acostarse con un hombre al que no conocía de nada?

«Como si fuera la primera vez que haces algo así», se burló de ella la voz de su conciencia.

Y tenía razón. No era la primera vez que tenía relaciones sexuales con alguien desconocido. El morbo que le producía esa situación hacía que fuera más tentadora.

«Al menos esta vez voy a ganar una buena cantidad de dinero por hacerlo. Quizá me compre ese bolso de Gucci que vi en la tienda de al lado de la agencia», pensó contenta, intentando volver a centrarse en el libro que tenía delante.

···

Cuando llegó al apartamento, Mireia la esperaba, como le había dicho Lali.

—El cliente se llama Jordi y es banquero.

Seguro que le habrás visto en la tele, en algún sarao que organizan los famosos.

Tiene cuarenta y tres años, pero está muy bien físicamente.

Se mantiene en buena forma, es amable y educado.

Y muy normalito. No te pedirá cosas raras. Es de los del misionero y poco más.

—Veintitrés años de diferencia. Nunca he estado con alguien tan mayor —objetó Kenia mientras elegía algo del guardarropa que Mireia le mostraba.

—No te preocupes. En la cama, esa diferencia ni se nota.

Solo seréis un hombre y una mujer haciendo el amor.

Nada más. —La sonrió para transmitirle confianza—.

Él sabe que es tu primera vez, así que deja que te guíe al principio y luego, según vaya la cosa, te lanzas tú.

Aunque no creo que te cueste mucho después de lo que pasó con Luca el otro día.

A Kenia se le cortó la respiración.

Mireia ahogó una carcajada.

—¿Creías que no lo sabíamos? —le preguntó a Kenia—. Luca las prueba a todas, para eso lo tenemos. No creas que lo suyo es solo hacer fotos…

···

A las ocho de la tarde llegó el cliente.

En el tiempo transcurrido, Mireia le había dado instrucciones sobre cómo comportarse, de qué temas hablar con él y algo muy muy importante.

A los clientes nunca, jamás, debía darles su número de teléfono.

Si querían contactar con ella para un servicio, debían hacerlo a través de la agencia.

El pago lo realizaría Jordi al acabar. Mireia sería la encargada de recibir el dinero.

Antes de que Kenia se marchase a su casa, le entregaría su parte.

Cuando Kenia vio al banquero, respiró aliviada. Era un hombre bastante atractivo y no aparentaba para nada la edad que tenía.

Se saludaron con dos besos en las mejillas y Mireia les hizo pasar a un saloncito, donde tomaron una copa mientras charlaban los tres juntos. Diez minutos más tarde, la recepcionista de la agencia se disculpó con ellos y abandonó la estancia.

Kenia y Jordi se miraron a los ojos.

—Eres muy guapa —la piropeó él, poniéndole una mano en el muslo—. ¿Estás nerviosa?

—Un poco. Es mi primera vez y…

—Tranquila. Te trataré bien. ¿Vamos a la habitación?

Kenia asintió y ambos se levantaron del sofá. La joven lo agarró de la mano y lo guio por el pasillo hasta que abrió una de las puertas, que previamente le había indicado Mireia cuando estuvo dándole instrucciones antes de que Jordi llegase, y se metió con él en el dormitorio.

En el centro de la habitación estaba la gran cama, cubierta con una colcha negra de seda. Varios cojines del mismo color decoraban el lecho. A los lados, unas mesitas de nogal y en los pies de la cama una bonita y cara alfombra.

El cliente se quitó la chaqueta y la corbata, desabrochándose el primer botón de la camisa. Cuando se sentó sobre el colchón, dio una palmadita en él para que Kenia se colocase a su lado.

Ella obedeció su orden silenciosa y en cuanto hubo puesto el trasero sobre la colcha, Jordi se inclinó sobre su boca para besarla. La agarró con delicadeza por la nuca y atrapó los labios de Kenia en un lento beso.

Kenia le desabrochó el resto de los botones de la camisa, pensando en lo bien que besaba el cliente. Si todo lo hacía tan bien, iba a disfrutar mucho con él en la cama.

Poco a poco fueron desnudándose el uno al otro hasta que ya no les quedó nada de ropa. Jordi la tumbó despacio sobre las sábanas blancas, después de quitar los cojines y la colcha. Comenzó a recorrer con ardientes besos el cuerpo de Kenia mientras le decía lo bella que era.

Cada caricia de Jordi y cada beso calentaban a Kenia un poco más.

Se dijo que no era justo para el cliente.

Él la estaba excitando y ella no le hacía nada a él.

Así que comenzó a masajear el miembro de Jordi hasta que logró endurecerlo del todo.

Cuando el banquero vio que ella quería llevar las riendas de la situación, se dejó hacer.

Kenia bajó su boca para cubrir el largo falo y recorrerlo con la lengua.

Jordi no dejaba de jadear y gemir mientras la joven le hacía la felación.

Cuando estaba a punto de correrse, la detuvo. Kenia, sabiendo lo que sucedía, agarró con rapidez un preservativo de la mesilla y se lo colocó. Jordi le dijo que se tumbara sobre la cama y se abriera de piernas.

Se insertó en ella lentamente, disfrutando del momento de unión. Después, bombeó en su interior, adquiriendo velocidad con cada uno de sus embistes mientras Kenia, con la mano entre sus cuerpos, se acariciaba el clítoris para lograr ella también el orgasmo.

Cuando ambos lo alcanzaron, Jordi cayó sobre la joven resoplando. Ella quedó incrustada en el colchón hasta que el cliente se dio cuenta de que la estaba aplastando y rodó hacia un lado para liberarla.

Permanecieron unos minutos hablando y, llegado el final de la hora, se despidieron con un largo beso, prometiéndose volver a verse.

Esa noche Kenia se durmió feliz. No le había costado tanto entregarse a un desconocido. Para ella había sido como los chicos que se ligaba en la discoteca o la playa, solo que esta vez en lugar de follar en unos baños públicos y gratis, había sido en un cómoda cama y ganando dinero.