Cuando te falte mi piel Capítulo 4
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Capítulo 4

Gabriel no podía dormir, aunque eso no era nada raro en él. Desde hacía varios años solo conseguía descansar cuatro o cinco horas cada noche.

Normalmente, mataba el tiempo leyendo, viendo la televisión, haciendo ejercicio, escuchando música o vigilando que sus negocios marchasen bien.

Además de Delirium tenía varias discotecas y pubs repartidos por toda la provincia de Barcelona y buena parte de la costa catalana.

También poseía dos edificios en el centro de la Ciudad Condal que eran completamente suyos.

Los apartamentos estaban alquilados a personas de alto nivel adquisitivo y le reportaban grandes beneficios.

Él vivía en un magnífico ático ubicado en un selecto barrio de la ciudad. Los ciento veinte metros del piso estaban repartidos entre tres dormitorios, cocina, dos baños, salón y una amplia terraza de cincuenta metros cuadrados.

La casa tenía unos acabados de primera calidad y estaba decorada con sofisticación y elegancia.

Tras dormir cuatro horas, se levantó y se preparó un café mientras recordaba el encuentro con Aroa.

Hacía casi veinte años que no la veía, pero la atracción que sintió por ella en el pasado continuaba ahí, como si todos aquellos años transcurridos hubieran sido días o incluso horas.

Al verla, un sentimiento de alegría mezclado con un impulso sexual le golpeó con tanta fuerza que a punto estuvo de hacerle caer de rodillas.

A pesar de los años, Aroa continuaba siendo una belleza. Su pelo largo, moreno, que llevaba recogido en una cola de caballo, y su cuerpo voluptuoso, enfundado en un traje de pantalón y chaqueta, no habían perdido el atractivo de antaño.

Los ojos oscuros, la nariz pequeña, los labios gruesos y la tez pálida le hicieron recordar los millones de veces que los había recorrido con sus besos.

Cuando escuchó su voz hablando con Mateo, el corazón casi se le sale del pecho. No podía creerse que ella estuviera allí después de tanto tiempo buscándola.

Tuvo que reprimir el impulso de correr hacia Aroa y tomarla entre sus brazos. Llenarla de besos y obligarla a quedarse en su vida.

Sin embargo, con el frío reencuentro que habían tenido, nadie hubiera dicho que hubo un tiempo en el que fueron dueños el uno del otro.

Los recuerdos dolían tanto…

Sacudió la cabeza para despejarse. Terminó el café y se metió en la ducha.

···

A las dos del mediodía, Gabriel ya estaba sentado a la mesa de La Taberna Gallega, en el Puerto Olímpico de Barcelona, acompañado de su abogado y el detective privado que, normalmente, hacía trabajos para él.

—Podrían acusarte de obstrucción a la justicia —dijo Mauro, el letrado.

—No tenían una orden de registro expedida por un juzgado —se defendió Gabriel—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué las dejase campar a sus anchas, tocándolo todo en mi club y haciendo preguntas a mis empleados?

—Si la policía descubre lo que hay detrás de Delirium… —comenzó a decirle Mauro, pero Gabriel lo cortó.

—Tendrás que esforzarte más en tu trabajo y que no lo descubran. Para eso te pago. Tú eres el que entiende de leyes. ¿O prefieres que me busque a otro abogado y tus ganancias se las lleve él?

El letrado le dirigió una mirada cargada de resentimiento, pero no añadió nada.

El camarero llegó con los platos y, tras dejarle a cada uno el suyo, comenzaron a comer.

—Quiero que investigues a la inspectora Aroa Martínez —pidió Gabriel a Julio, el detective privado.

—Bien. ¿Para cuándo necesitas información sobre ella?

—Para ya —contestó el empresario, indicándole así que debía darle prioridad a ese tema.

—¿Por qué quieres averiguar cosas de esa policía? —preguntó Mauro.

Gabriel pensó unos segundos su respuesta.

—Digamos que… tengo algo pendiente con ella y ha llegado el momento de solucionarlo.