Capítulo 3 #2
—¿Sabes que el sexo es uno de los mayores negocios que existen? Con él se gana mucha pasta, mueve cantidades ingentes de dinero, sobre todo, si pagan los ricos. —Le guiñó un ojo.
—Si a mí me pagaran por follar, no saldría en todo el día de la cama. —Se rio Kenia.
—¿De verdad?
Ella asintió con una sonrisa traviesa.
—Pues yo podría conseguirte eso. Hombres ricos que te pagarán una fortuna por acostarte con ellos —le soltó a bocajarro el fotógrafo.
Kenia pensó que estaba de broma, pero al ver que Luca se había puesto serio de repente, supo que no era así.
—Eso me convertiría en una prostituta —afirmó, mirándolo con intensidad.
Luca dejó la cámara en una mesita auxiliar y se acercó a ella despacio. Se sentó a su lado en el diván y la acarició un muslo lentamente. La joven se puso tensa.
—Algunas veces no tienes por qué acostarte con los hombres.
Hay muchos que solo quieren hablar con una chica guapa, que los escuchen porque sus esposas no lo hacen.
Estar acompañados, ir a fiestas con una mujer atractiva al lado y presumir de ella.
Si llegado el momento, ellos quieren ir más allá y tú no, se acaba la cita. Te pagan y te vas a casa.
—¿Seguro? —preguntó Kenia dudosa.
Luca afirmó con un gesto de cabeza.
—Si te unes a nosotros, te convertirías en una escort , una acompañante de lujo para hombres acaudalados. Si no quieres, no pasa nada. Encontraremos a otra dispuesta a ganar tres mil euros o más al mes. Limpios. Sin tener que declarar nada ni pagar impuestos.
¿Tres mil euros o más al mes? Al escuchar la cantidad, el cerebro de Kenia comenzó a calcular con rapidez.
Podría pagarse todos sus estudios, el piso y la comida ella sola, sin la ayuda de su familia.
Además, podría permitirse ropa cara, bolsos y zapatos de firma.
Ir a las mismas fiestas que la jet set .
Marcharse a estudiar a Estados Unidos el último año de la carrera como siempre había soñado…
—¿Cómo funciona esto? —preguntó interesada, relajándose al instante—. ¿Tengo que trabajar todos los días? ¿Y hasta cuándo?
Luca sonrió, sabiendo que ya estaba casi convencida de unirse a ellos.
Deslizó su mano despacio por el muslo de Kenia hasta llegar a la ingle.
—El horario lo pones tú, aunque es mejor trabajar por las tardes y, sobre todo, las noches.
Sería una hora o dos como mucho. No hace falta que vengas todos los días, con un par de veces a la semana, arreglado.
Los fines de semana es cuando más peticiones de clientes tenemos, sobre todo el viernes y el sábado por la noche —le explicó Luca, mientras llegaba hasta el borde de las braguitas y metía un dedo por dentro—.
Mmm, estás toda depilada. Qué bien —ronroneó acercándose al cuello de Kenia para besarla—.
Imagínate que soy un tío rico que se muere por echarte un polvo.
Te daría quinientos euros solo por una hora. ¿Lo harías?
La mano de Luca en su entrepierna no la dejaba pensar con claridad. Había llegado al botón mágico de su cuerpo y lo presionaba al tiempo que buscaba la entrada para meter un dedo. Un exquisito calor comenzaba a extenderse por su cuerpo, que Luca había recostado sobre el diván, con el suyo encima.
—Dime, Kenia, ¿lo harías?
—Si todos están tan buenos como tú, lo haría encantada —gimió, tratando de asimilar lo que el italiano le estaba proponiendo.
Sin embargo, a pesar de su declaración, necesitaba meditarlo consigo misma un poco. Ella era valiente, osada, atrevida. Le gustaba la acción y nunca decía «No» a vivir nuevas experiencias. Si estas experiencias iban ligadas al sexo, mejor aún.
Pero en su mente rondaba una y otra vez la palabra «Puta».
Sin embargo, el morbo de ese mundo desconocido había disparado su imaginación.
Era un entorno provocador, transgresor y escandaloso que la atraía.
No le importaba convertirse en mujer florero y vender su cuerpo de vez en cuando si la persona en cuestión soltaba una pasta gansa.
O ser el objeto de deseo de algún desconocido, como en ese momento con el fotógrafo.
—¿Y dónde sería? ¿En la discoteca o en algún hotel? —preguntó entrecortadamente, pues los dedos de Luca entrando y saliendo de su húmedo sexo, al tiempo que la frotaba el clítoris y derramaba infinidad de besos por su garganta y su pecho, la estaban haciendo perder la capacidad de razonar.
—Te llamaría Lali o, en su defecto, Mireia, la recepcionista.
Tendrías que venir aquí, al apartamento, o acudir al hotel de lujo que te indiquen.
Es muy sencillo, Kenia. Pasas una hora con el hombre que te digan, hablando o teniendo sexo, y cuando se acabe el tiempo, agarras la pasta y vuelas. En poco tiempo, te habrás hecho rica.
—¿Cuánto se cobra por cada…? —Kenia no pudo acabar la pregunta porque el orgasmo la barrió entera, dejándola con las palabras colgando de su boca.
Luca se apresuró a enrollarle el vestido en la cintura, quitarle las braguitas y bajarse él los pantalones. Cuando tuvo su miembro liberado de la ropa, se colocó un preservativo y ensartó a Kenia con rapidez.
—La mitad del servicio sería para ti. La otra mitad para la agencia.
Según lo que el cliente esté dispuesto a pagar.
Normalmente, por una hora tú te llevarías entre doscientos y quinientos euros, depende de lo que se quiera gastar el ricachón de turno.
La chica que menos gana de aquí se lleva seiscientos euros a la semana y porque trabaja solo dos días. Imagínate que trabajase tres o cuatro.
—¿Seiscientos euros a la semana por pasar un rato con un hombre? ¡Eso es mucha pasta! —exclamó Kenia, notando que con las sacudidas de Luca en su interior, volvía a calentarse.
—Ya ves, guapa, y todo por hacer lo que estás haciendo conmigo ahora gratis. La cuestión es: ¿cuánto dinero quieres ganar tú?
—Yo… No lo sé… Tengo que pensarlo.
Luca aumentó su bombeo en el sexo de Kenia, buscando su liberación.
—No tardes mucho en decidirte. El dinero está llamando a tu puerta. Solo tienes que abrirla y cogerlo.
De camino a su casa, Kenia pensaba en todo lo ocurrido aquella tarde.
Si había sido capaz de follarse a un fotógrafo que no conocía de nada, ¿por qué no iba a acostarse con un tío rico que encima le iba a pagar mogollón de pelas?
¿O acompañar a una fiesta al cliente de turno para que la pasease delante de sus amigos, igual de podridos de dinero, y ser por un determinando espacio de tiempo el objeto de deseo de esos hombres?
Supo que la decisión estaba tomada cuando se metió en la cama y sonrió ante las expectativas. Además, ya tenía su seudónimo. Acababa de convertirse en la sensual y ardiente Kenia.