Capítulo 3
La joven rodeó con boli rojo el anuncio del periódico en el que solicitaban chicas guapas y sexis para trabajar de camareras en una discoteca de Barcelona.
El año anterior se había mudado a la Ciudad Condal para estudiar en la universidad y necesitaba ganar algo de dinero para poder pagarse sus caprichos.
Bastante tenían sus padres, que se habían quedado en Mallorca, con sufragarle los gastos del piso y la matrícula de la facultad.
Tenía una asignación mensual para el pago que le correspondía de luz, agua y gas de la vivienda que compartía con otras dos estudiantes y comprar comida.
No podía exigirle a su familia que, además, le diera dinero para salir de fiesta y comprarse ropa.
Ya había acordado con sus padres que buscaría un empleo a tiempo parcial o los fines de semana para conseguir efectivo para sus caprichos.
Hasta ese momento había trabajado de canguro, camarera en un Starbucks y dependienta por horas en una tienda de ropa.
Marcó el número de teléfono que ponía en el anuncio imaginando el dinero que iba a ganar y lo que iba a ligar si conseguía el trabajo.
Ella era una belleza morena, de ojos oscuros, labios carnosos y curvas en su cuerpo que hacían salivar a los hombres.
Nunca había tenido problemas para hacer caer a sus pies a cualquier tío y le gustaba el sexo muchísimo.
Ya hacía tres semanas desde la última vez que se acostó con alguien y sentía que su cuerpo le pedía marcha otra vez.
Ojalá conociera a algún tipo rico porque también le encantaban los zapatos y los bolsos de marca, los perfumes caros, las joyas, vestir con ropa de firma…
Cuando contestaron al teléfono, concertó una cita para esa misma tarde con la mujer que había al otro lado de la línea.
···
A la hora acordada, tocó el timbre del portal. Era un edificio en pleno centro de Barcelona de aspecto señorial, que le había provocado admiración unos minutos antes, cuando llegó, por su noble e histórica fachada.
Entró y se dirigió al ascensor, todo de madera y cristal de principios del siglo xx, rodeado por una protección de metal. Abrió la puerta de hierro, después la de madera y se metió dentro.
Cuando salió en el cuarto piso se encontró con una chica unos años mayor que ella, que la esperaba con la puerta entreabierta. La dirigió una sonrisa y la chica se hizo a un lado para dejarla pasar a la vivienda.
Le extrañó que no la hubiera citado en la discoteca, pero pensó que a lo mejor en aquella casa era donde estaba situada la oficina y por eso la entrevista iba a hacerla allí.
Una mujer de unos cincuenta años salió a su encuentro, presentándose como Eulalia. La señora iba perfectamente maquillada y arreglada, y ella deseó tener algún día ese aire de elegancia y sofisticación.
—Pero puedes llamarme Lali —dijo, al tiempo que le estrechaba la mano y, acto seguido, le hacía una señal para que la siguiera por un largo pasillo, con varias puertas cerradas.
Por lo que había podido ver la vivienda estaba decorada con gusto y minimalismo. Desprendía una sensación de modernidad y sobriedad al mismo tiempo.
—Bueno, así que buscas trabajo de camarera en mi discoteca, ¿eh? ¿Qué experiencia tienes? —preguntó cuando se sentaron en un amplio despacho con vistas al paseo de Gracia.
La joven le relató su corto currículum mientras la señora repasaba su fisonomía atentamente.
—Eres muy guapa. Una preciosidad. ¿No te gustaría ser modelo? Además de la discoteca, poseo una agencia de modelaje y, precisamente ahora, estoy buscando una cara nueva.
La mujer se levantó de su asiento mientras hablaba y se acercó a ella. La cogió por la barbilla y giró su rostro a un lado y a otro.
—Ponte de pie, por favor. ¿Hablas idiomas?
Ella obedeció, alucinada por la propuesta de la señora. Nunca había pensado ser modelo, aunque tenía un buen físico para dedicarse a ello.
—Sí. Mis padres tienen un pequeño hotel en Mallorca, así que domino el alemán y el inglés. También sé francés, aunque este idioma lo hablo menos.
—Muy bien. Camina hasta la puerta y luego vuelve. Despacio y de una manera sugerente.
La joven hizo lo que la mujer le pedía, bajo la atenta mirada de esta.
—La verdad es que me encantaría ser modelo —reconoció contenta la chica.
—Y a mí me gustaría tenerte en mi agencia. Eres una belleza, preciosa, y posees un cuerpo de infarto. Seguro que tienes a los chicos haciendo cola para salir contigo. ¿Me dejas que te hagamos unas fotos para el book ?
Ella abrió los ojos como platos.
—¡Por supuesto! —exclamó con alegría—. Pero ¿con esta ropa que llevo?
¿No sería mejor volver otro día con otro tipo de prendas?
—preguntó, mirándose los vaqueros y la camiseta de los Rolling Stones que llevaba.
Era una indumentaria óptima para una entrevista de trabajo para una discoteca, pero quizá no lo fuera para una sesión de fotos para una agencia de modelos.
La señora hizo un gesto con la mano mientras rodeaba el escritorio y pulsaba un botón en el teléfono que había sobre la mesa.
—No, cariño. Aquí tengo de todo para que te cambies y poder hacerte las fotos. Así no perdemos tiempo.
Cuando una voz femenina contestó al interfono, la mujer dio una orden.
—Mireia, dile a Luca que venga inmediatamente. Tenemos una nueva candidata para la vacante que ha dejado Elisabeth.
—Enseguida lo aviso.
La señora miró de nuevo a la joven y sonrió.
—Acompáñame al estudio. Nuestro fotógrafo vive cerca y estará aquí en pocos minutos.
Salieron de la estancia mientras la mujer le explicaba que podía probarse toda la ropa que quisiera en lo que esperaban la llegada del chico.
Entraron en un cuarto de paredes negras en el que había distintos fondos artificiales de colores y varios focos de luz muy grandes.
En un rincón, un pequeño biombo para cambiarse y, al lado, dos grandes percheros con prendas colgadas de todo tipo.
Reconoció algunas de marcas como Chanel, Ives Saint Laurent y Prada.
Se emocionó tanto que tuvo que reprimir las ganas de echar a correr y tocar las maravillosas prendas que allí había.
Ya se veía desfilando en las mejores pasarelas del mundo con ellas puestas.
Era adicta a las revistas de moda y, cuando en la televisión ponían reportajes sobre desfiles, etcétera, se los tragaba todos.
—Una pregunta. —Se volvió hacia la señora, que la miraba sonriente—. ¿Podré compaginar esto con mis estudios? Estoy en el segundo año de la carrera y aún me quedan otros dos cursos más. No quisiera que mis estudios se resintieran por…
—Tranquila, querida —la interrumpió—, si alguna vez no puedes acudir a un casting , no hay problema. O si no puedes viajar, lo mismo. Hay más chicas que pueden sustituirte. Por cierto, ¿tienes novio?
—No, no tengo. He tenido varias relaciones, pero nada serio.
—Bien. Es mejor que estés soltera porque una pareja complicaría las cosas.
Oyeron un carraspeo a sus espaldas y, al girarse, la joven se encontró con un chico de unos treinta años, moreno, de cuerpo atlético y con los ojos más verdes que había visto en su vida. Decir que era guapo sería quedarse corta.
La joven tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse con la boca abierta más tiempo del estipulado mientras pensaba en cómo le gustaría tener a ese hombre en una cama y disfrutar de él.
—Hola, soy Luca —se presentó con un marcado acento italiano, pero hablando castellano correctamente.
—Hola. Yo soy… Kenia —mintió.
No le quiso dar su nombre real porque pensó que si se iba a dedicar a la moda, estaría bien separar esta parte profesional de su vida personal como hacían muchas actrices, escritoras, etcétera, y le pareció bien usar un seudónimo.
—Kenia. Me gusta. Es exótico y bello. Como tú —afirmó Luca repasándola con la mirada mientras la boca se le hacía agua.
Kenia sonrió complacida. Se había dado cuenta de que ese joven la deseaba.
Sus ojos hambrientos se lo habían confirmado.
Siempre ocurría igual. En cuanto un macho posaba su mirada en ella, desataba el fuego del sexo y ya no podía pensar en otra cosa que no fuera darle placer.
Y ella, claro está, se aprovechaba de eso.
Se dijo que, cuando terminasen con la sesión de fotos, le propondría a Luca ir a tomar algo y conocerse mejor. Al fin y al cabo, iban a trabajar juntos.
···
Llevaban más de media hora haciendo fotos cuando Luca le sugirió que mostrase algo más de carne y ella asintió contenta.
Cada vez que iba detrás del biombo a cambiarse el modelito, el italiano la seguía con la mirada, repasándose los labios como si acabara de comerse algo delicioso.
Ella, como quien no quiere la cosa, no terminaba de colocarse del todo tras la mampara y le mostraba una pierna, un brazo o incluso una parte del trasero, con el fin de calentarlo.
—Antes, cuando he llegado, he oído cómo le decías a Lali que no tienes novio —comentó Luca, arrastrando un diván rosa hasta mitad de la estancia—. ¿No serás virgen?
Kenia salió de detrás del biombo riéndose por la pregunta que tan directamente le había hecho el italiano. ¿Qué tendría que ver el estar soltera con ser virgen a su edad?
—No, no lo soy. Perdí mi virginidad hace muchos años y, desde entonces, no he parado —le soltó sugerente.
Se había puesto un largo vestido de encaje rojo que no llevaba forro debajo y mostraba la ropa íntima sin dejar nada a la imaginación. La prenda tenía una abertura a un lado y Kenia enseñaba toda la pierna al andar.
—Túmbate en el diván y pon una pose lo más sexy que puedas —le ordenó Luca.
Comenzó a hacerle fotos de nuevo mientras hablaban.
—Si no has parado desde que perdiste la virginidad —dijo Luca— es porque te gusta muchísimo el sexo. ¿Me equivoco?
—Me encanta que me den placer.
—¿Y darlo tú?
—También —respondió ella subiéndose el vestido hasta casi enseñar las braguitas que llevaba, al tiempo que se abría de piernas y se inclinaba hacia delante para que el holgado escote rebelara sus redondos y turgentes pechos.