Capítulo 2
—¿Me puedes explicar qué ha pasado ahí dentro con ese madurito atractivo? —quiso saber Silvia cuando se subieron al coche para marcharse de Delirium.
—No sé a qué te refieres —contestó Aroa, frunciendo el ceño al tiempo que arrancaba el auto.
—¡Oh, vamos! ¡No me digas que no! Cuando se ha acercado a ti, ha sido como, no sé… como si se creara un campo de fuerza gravitatoria entre vosotros dos que os hacía moveros en sincronía. Como si fuerais imanes.
—No digas chorradas, Silvia.
—Y lo mejor de todo es que parecía que estabais en una burbuja particular, protegida por un aura tan intensa que, si la tocábamos, nos haría rebotar y salir despedidos.
—Como no te calles, tú sí que vas a salir despedida, pero del coche, so mema —la advirtió Aroa sin poder contenerse.
—¡Venga ya, tía! Nunca he visto una atracción tan poderosa entre un hombre y una mujer. Podríais causar un incendio con el fuego que emana de vosotros.
—Deja de ver telenovelas. Te están friendo el cerebro. Ves flores y corazones donde no los hay.
Silvia se colocó de medio lado en el asiento para mirar a su compañera a la cara.
—Vosotros os conocéis de antes, ¿verdad? No he pasado por alto el hecho de que te ha llamado por tu nombre de pila cuando tú, en ningún momento, has mencionado que te llamabas así. Y ha dicho «seguiré esperándote». ¿Has tenido algún lío con ese macizorro?
Aroa apretó los dientes. No quería dar explicaciones a nadie sobre su pasado, pero Gabriel había metido la pata hasta el fondo al pronunciar su nombre junto con esa frase.
Estaba segura de que lo había hecho con toda la intención para que ella supiera que la había reconocido después de tantos años sin verse.
—Despierta a quien sea y consígueme esa maldita orden judicial ya —ordenó Aroa, cambiando de tema y centrándose en la investigación.
Silvia fue a decir algo más sobre Gabriel Serna, pero la inspectora la atajó.
—Y si vuelves a insinuar que entre ese hombre y yo hay algo o lo ha habido, pediré que te releven de tu puesto y me asignen a otro compañero.
···
—¿Conoces a la inspectora Martínez? —le preguntó Mateo a Gabriel.
—Ha sido una noche movidita. Me voy a casa, a ver si con un poco de suerte consigo descansar algo.
—No has contestado a mi pregunta. ¿De qué conoces a ese bombón de mujer? —quiso saber Mateo mientras lo acompañaba a la salida de la discoteca.
—Llama a nuestro abogado y a Julio, el detective privado, también. Voy a encargarle una investigación. Diles que me reuniré con ellos hoy a las dos de la tarde, en La Taberna Gallega, en el Puerto Olímpico. ¿Te ocupas de reservar una mesa?
—Sí, descuida, lo haré todo. Pero dime de qué conoces a la inspectora Aroa Martínez.
Gabriel suspiró. Sabía que si no contestaba a Mateo, este no lo iba a dejar tranquilo.
—La conocí hace casi veinte años. —Se paró al llegar a la puerta—. Y desde entonces estoy esperando que nuestros caminos vuelvan a cruzarse.
Le dirigió a Mateo una enigmática sonrisa y salió al exterior, donde ya comenzaba a amanecer.
Mientras se dirigía a su auto recordó todos los momentos vividos con Aroa y una punzada de nostalgia le atravesó el corazón.
Cuando se subió a su Maserati rojo, sacó el móvil e hizo una llamada. Al otro lado de la línea, una voz femenina contestó.
—¡Por Dios! ¿Sabes qué hora es? ¡Estaba durmiendo!
—No te habría llamado si no fuera importante.
—A ver, ¿qué ha pasado?
—Tamara está muerta.