Cuando te falte mi piel Capítulo 1
2%
Cuando te falte mi piel

Cuando te falte mi piel

Por Mabel Diaz

© inepub.com

Capítulo 1

El móvil sonaba insistente, taladrándole la cabeza con su musiquita. Aroa tanteó con la mano por encima de la mesilla hasta que lo encontró. Abrió un ojo y comprobó quién la había despertado.

—¡Joder! —exclamó al ver en la pantalla el número de su superior.

Pulsó para contestar, al tiempo que se ponía el teléfono en la oreja.

—Dime, Alonso. ¿Qué ocurre? —preguntó la inspectora de policía.

Encendió la luz de una lámpara pequeña que había en la mesilla, apartó las sábanas y se levantó.

Si el comisario la llamaba a esas horas de la noche era porque había trabajo.

Puso el altavoz para escuchar a su jefe mientras buscaba en el armario la ropa que se iba a poner.

Vivía sola y, por lo tanto, no había ningún problema en que su superior le diera detalles del nuevo caso a través del altavoz del teléfono. Nadie más que ella iba a escucharlo.

—Es la hija de un amigo de la infancia. La han encontrado muerta. Necesito que descubras quién ha sido y por qué, y que lo encerremos.

El comisario continuó dándole detalles mientras Aroa escogía un traje de pantalón y chaqueta azul marino y una camisa blanca. Le gustaba vestir de manera formal para trabajar. Le daba un aire de seriedad y competencia.

Todo lo que había conseguido en la vida se lo había ganado a base de esfuerzo y sacrificio.

Había sido la primera de su promoción, obteniendo la nota más alta.

Siempre fue buena estudiante, trabajadora incansable, con ganas de aprender cada día más.

Nadie podía reprocharle que le hubieran regalado algo de lo obtenido.

Y ahora se dejaba la piel en el trabajo.

A sus cuarenta años, no tenía pareja ni hijos.

No había nadie que la esperase al llegar a casa.

Ni siquiera un perro o un gato. No tenía tiempo para dedicárselo a otra persona o animal doméstico.

Pero no estaba sola por culpa de su profesión. Estaba sola por decisión propia.

Aroa abrió un cajón, del que sacó un conjunto de sujetador y tanga de seda negra. Lo depositó sobre la cama junto al traje y se volvió para coger unas medias de liga mientras el comisario terminaba su conversación.

—Llamaré a Silvia para que se ponga en marcha —le dijo, refiriéndose a su compañera.

—Quiero resultados inmediatos, Aroa.

—Alonso, lamento decirte que la bola de cristal se me estropeó hace unos días —comentó con sarcasmo y antes de que él pudiera replicar, prosiguió—: Tranquilo, jefe, sabes que nunca fallo. Te mantendré informado.

Cuando colgó, buscó el número de Silvia y, mientras esperaba que esta contestara al teléfono, cogió unos zapatos negros con algo de tacón y los dejó preparados al lado de toda la ropa seleccionada.

—Silvia, en marcha —dijo a modo de saludo cuando la otra mujer contestó al teléfono.

—¿Cómo que en marcha? Son las dos de la madrugada —se quejó su compañera.

—¿Y qué? Tenemos trabajo.

—Pero es que… acabo de acostarme. He dormido… solo una hora. Salí con mi novio a cenar y…

—No me cuentes tu vida. Me ha llamado Alonso para darnos un caso, así que mueve el culo ya y ponte en marcha. ¿No querías ser inspectora de homicidios? ¡Pues andando! Así es la vida de un policía.

«Haberle dicho a tu papá que te buscase otro trabajo, niñata de los cojones», estuvo a punto de soltar, pero se contuvo porque si le decía eso a Silvia tendría problemas.

Su compañera era una joven de veinticuatro años que había terminado de estudiar Psicología en la universidad el verano anterior.

Como era hija de un político de renombre y muy aficionada a las series policíacas, le había pedido a su padre que la metiera en el Cuerpo de Policía para ser inspectora, ya que este tenía amigos en él que le debían varios favores.

Aroa despreciaba a los que había en su profesión que eran como Silvia.

Hijos de gente adinerada que ingresaban en el cuerpo para jugar al csi o a Hawaii 5.

0 y no habían ascendido con los años y mucho esfuerzo hasta llegar a donde estaban como había tenido que hacer ella.

El puesto les había caído del cielo; no se lo habían ganado.

Solo llevaba en Barcelona dos años, pero en todas las comisarías donde había estado destinada siempre había algún «hijo de papá» como Silvia.

A pesar de esto, Aroa debía morderse la lengua y no soltar todo lo que pensaba al respecto. Cualquier queja de alguno de estos niñatos y perdería su empleo, algo por lo que había luchado muchísimo.

Sin embargo, había veces en las que no podía reprimirse.

···

Cuando llegaron al escenario del crimen, una vivienda cercana a la zona universitaria de Barcelona, un agente las puso al tanto de lo que habían averiguado hasta el momento.

—Mujer blanca, de nacionalidad española, veintiún años, universitaria. Compartía piso con dos compañeras, que han sido quienes han descubierto el cadáver y nos han avisado. Se llamaba Tamara Aragón.

Entraron en la habitación donde el cuerpo desnudo de la joven yacía sobre la cama, con varias puñaladas en cuello, pecho, abdomen y brazos, sobre un gran charco de sangre.

—¿Sabemos la hora de la muerte? —preguntó Aroa.

—Todavía no. Hay que esperar a la autopsia.

Las chicas que vivían con ella habían salido a cenar con un grupo de amigos, pero la víctima no las acompañó porque quería estudiar para los exámenes que tenía la próxima semana.

Se marcharon sobre las ocho y cuando volvieron, a la una de la madrugada, la encontraron así.

Atada a la cama, desnuda y cosida a puñaladas.

—Pobrecilla —se lamentó Silvia—. ¿Quién se habrá ensañado con ella de esta manera?

—¿Dónde están las amigas? —quiso saber Aroa.

—Les ha dado un ataque de ansiedad y se las han llevado para calmarlas. Hay dos agentes con ellas.

—Que las interroguen y me pasen sus declaraciones. Y a los vecinos también. Tenemos que saber si alguien vio u oyó algo —ordenó.

—Ya lo hemos hecho. Nadie vio ni oyó nada.

La inspectora frunció el ceño, disgustada.

—¿El arma homicida? —preguntó.

Otro policía le tendió una bolsa de plástico transparente, precintada, con un cuchillo de grandes dimensiones dentro.

—Según parece el asesino lo cogió de la cocina, pues las compañeras de piso de la víctima lo han reconocido como de la casa. Lo vamos a enviar a examinar.

—Todo apunta a un crimen pasional —dedujo Aroa—. ¿Tenía novio?

—Las amigas nos han dicho que salía con un chico de vez en cuando; nada serio. A esta edad ya se sabe, van de flor en flor, no quieren comprometerse… —respondió el policía.

—Inspectora Martínez —la llamó una agente—, venga, por favor. Hemos encontrado algo.

Aroa y Silvia caminaron hasta la cama donde la policía científica les indicaba lo que había descubierto gracias a la linterna con luz violeta que usaban para detectar sangre, fluidos corporales y demás.

—Hay manchas de leche por toda la sábana.

—¿Leche? —se extrañó Silvia.

—Quiere decir semen —le aclaró Aroa.

—Al parecer, mantuvo relaciones sexuales antes de morir. O la violaron. Tendremos que esperar a la autopsia para que nos lo aclare —prosiguió la agente.

Aroa asintió afirmativamente y observó a su alrededor el cuarto de la chica.

Tenía una colección de perfumes caros en una estantería, varios libros, fotos repartidas por doquier y, en el armario abierto de par en par, se apreciaba un gran repertorio de zapatos de firmas caras.

Le llamó la atención que sobre el escritorio no hubiera ningún libro abierto ni apuntes.

Si la joven había estado estudiando hasta que le llegó la muerte debería haber algo de esto.

Quizá lo recogió todo antes de que el asesino la matase.

La inspectora Martínez se acercó para examinar mejor el guardarropa de la víctima. Halló varios bolsos de marcas como Prada, Marc Jacobs y Fendi. Algunos de ellos conjuntaban con los zapatos.

—También hemos detectado esto en la parte interna de su muñeca —continuó la policía—; es el sello de la discoteca Delirium.

—¡Delirium! La conozco. Sus fiestas son memorables. Estuve en una la semana pasada que… —comenzó a contar Silvia, pero Aroa la interrumpió.

—¿Lo que vas a contar es importante para el caso? —preguntó de malos modos.

Su compañera lo pensó y después negó con un movimiento de cabeza.

—Pues ahórratelo —le ordenó la inspectora Martínez.

Aroa regresó a la cama para observar con atención la marca en la epidermis de la chica. Si no fuera por la luz violeta que usaba la agente, no se la habrían visto.

Recorrió con sus ojos el cuerpo sin vida de la chica. Pudo comprobar que era una auténtica belleza, a pesar de estar cubierta de sangre.

—Tiene el armario lleno de zapatos y bolsos caros; la estantería repleta de perfumes que cuestan un ojo de la cara —comentó Aroa—; comparte piso con dos jóvenes mientras estudia una carrera.

Su familia no está mal económicamente, pero tampoco para tirar cohetes, por lo que me ha comentado el comisario.

¿Qué fuentes de ingresos tenía la muchacha?

¿Trabajaba en algo para pagarse sus caprichos?

—Al parecer, trabajaba de modelo eventualmente, según han confirmado sus compañeras —alegó la agente.

—¿Han dicho en qué agencia estaba?

—No.

—Pues habrá que averiguarlo. Y encontrad al chico ese que estaba enamorado de ella. Quiero hablar con él.

La policía asintió a la orden de Aroa y se retiró para volver a interrogar a las dos amigas de la víctima en busca de más información.

···

Cuando Aroa y Silvia llegaron a Delirium, la discoteca cuyo sello estaba en la muñeca de Tamara Aragón, eran cerca de las seis de la madrugada. Aroa se quedó observando el gran letrero negro con letras doradas preguntándose qué descubrirían en su interior.

En la puerta, un gorila les prohibió el paso hasta que la inspectora Martínez le mostró su placa.

El musculoso hombre de dos metros de alto habló por el diminuto micro escondido bajo la manga de su chaqueta contando lo que sucedía y, cuando le dieron la orden por el pinganillo de su oreja, dejó pasar a las dos mujeres.

A esas horas quedaban pocas personas allí dentro pero, por lo que observó Aroa, ya se marchaban, pues estaban poniéndose los abrigos.

Los camareros se afanaban por rellenar las cámaras de las bebidas antes de irse a casa a descansar. La música había cesado.

Delirium sorprendió a las dos agentes. Parecía un palacio hindú.

Allí todo era color. Había dos grandes elefantes dorados dando la bienvenida a las personas que accedían a aquella sala.

Varias figuras de Buda en la posición de loto repartidas por la estancia y divanes con cojines estampados con los mandalas típicos hindúes.

Del techo, colgaban exóticas lámparas que, junto con unos visillos de seda, daban al lugar sensación de calidez.

En las mesitas bajas diseminadas por doquier, velas de diferentes colores y tamaños hacían que la estancia pareciese más íntima.

—¡Vaya! Esta noche la fiesta ha debido de ser de temática hindú. Menudo despliegue de…

Un hombre alto y moreno salió al paso de las policías mientras ellas admiraban todo lo que sus ojos veían, cortando el comentario de Silvia.

—Buenas noches o buenos días, como prefieran. Soy Mateo Bosch, el encargado. ¿Qué les trae por aquí, agentes?

—Somos las inspectoras de homicidios Boix y Martínez —dijo Aroa, señalando primero a Silvia y después a ella misma.

—¿Homicidios? —repitió el hombre sorprendido.

—Estamos investigando la muerte de la señorita Tamara Aragón. —Le enseñó una foto de la chica—. Queremos hacerle unas preguntas a todo el personal de servicio que ha estado aquí esta noche y ver lo que sus cámaras de seguridad han grabado.

—No me suena —dijo, devolviéndole la foto de la víctima—.

Lo siento. Esta discoteca es una de las más famosas de Barcelona.

Viene mucha gente y es imposible acordarnos de todas las caras que pasan por nuestra sala, como comprenderán.

¿Está segura de que esa chica ha estado aquí?

—Sonrió con aire de superioridad y a Aroa le dieron ganas de darle un puñetazo en la boca para borrar esa impertinente sonrisa.

—Llevaba el sello de este club en el interior de su muñeca. Lo que significa que ha estado aquí esta noche.

Mateo fue a replicar, pero una voz tras ellos no le dejó.

—¿Trae una orden judicial, inspectora?

La voz grave y varonil reverberó en cada poro de la piel de Aroa, erizándole el vello y acelerándole el corazón. Se volvió para encararse con el dueño de esa voz y contestarle, pero se quedó petrificada al verlo bajar la escalera con la destreza de un felino estudiando a su presa.

El ejemplar masculino era atractivo y elegante. Se movía con una determinación carente en otros hombres. La fuerza y seguridad que emanaban de él le hacían sumamente tentador.

—Soy Gabriel Serna, el gerente de Delirium. —Le tendió una mano.

Aroa no hizo amago de estrechársela. Se había quedado tan asombrada al verlo que le costó algunos segundos reaccionar.

—No, no traigo una orden judicial, pero puedo conseguirla —respondió cuando recuperó la capacidad de hablar.

Se observaron mutuamente, como si estuvieran batiéndose en un duelo, alerta, esperando a que el otro atacara primero.

El cuerpo atlético de Gabriel estaba cubierto por un fino jersey de cuello vuelto en color gris oscuro, sobre el que llevaba una americana negra y un pantalón del mismo tono. Tenía el pelo moreno muy corto, casi rapado, y una barba de cuatro o cinco días, le recubría el mentón y las mejillas.

Aroa se fijó en que unas tímidas canas asomaban en las sienes, antes de centrar su mirada en los ojos claros que la escrutaban sin piedad, rodeados de espesas y negras pestañas.

—Bien. Cuando tenga esa orden, vuelva —contestó Gabriel, guardándose la mano que ella no había querido tocar en el bolsillo del pantalón.

Notó los iris del hombre recorriéndola entera, desnudándola, haciendo que se sintiera expuesta y vulnerable. Esa sensación no le gustó nada, así que inspirando profundamente, habló de nuevo.

—Volveremos a vernos, señor Serna.

—Seguiré esperándote, Aroa.