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Volvían a casa molidos. Él, con los ojos a punto de reventar por las drogas; Ella, con los talones ensangrentados, hablando sobre otro negocio ventajoso que había olfateado —cómo timar a un amigo, dónde esconder otros diez mil—, mirándome como a cientos y cientos de rollos de papel higiénico áspero.
Cuando les decía que Marta estaba enferma, o que le estaban saliendo los dientes, o que se encontraba mal y había que llamar al médico, Ella parecía no oírme y subía directamente a la habitación; él me arrojaba a los pies billetes de veinte euros.
Dos o tres, nunca más. «T’es qu’une mal baisée —me decía—, fous le camp». [60]
Por la mañana, sin embargo, siempre nos reconciliábamos.
Marta se despertaba y pedía comida. Eso me ha ayudado siempre, cuidar de alguien, saber que me necesita.
Cuando Ella entraba en la cocina todavía borracha, con las marcas de él en el cuello y en la cara, sentía cómo mi enfado se derretía con cada gesto que me dirigía.
Que le hiciera gogol-mogol, que le untara mantequilla en el pan, que le lamiera las heridas.
Yo la sermoneaba porque no se preocupaba por su hija, y Ella se reía y me tapaba la boca con las manos.
«Mi hija ya es mayor y, de todas formas, te tiene a ti», me decía.
Luego, cogía a Marta en brazos y la colocaba en medio de la mesa.
Entonces era gordita, tenía las mejillas tersas y su sudor olía a leche.
«¿A que tienes dos mamás, Marta?», le preguntaba.
«Una lista y una guapa, ¿tú a cuál quieres más?»
Sé cómo va a terminar todo de nuevo. Vendrá y dirá que bebo demasiado, le diré que al menos yo no robo; alargará el brazo para pegarme, pero yo golpearé primero.
Así empezó la otra vez, y no habría habido ningún problema si no hubiera intervenido el Cerdo.
Podría dejarlo estar, ir a mi antigua habitación, dormir una hora y recuperarme.
Fima me dijo que la ha transformado en despensa, pero no me importa.
Que ha pintado las paredes de rojo, pero no me importa.
Que ha sacado todas las plantas de casa y ha dejado que se congelen en la terraza.
O podría prender fuego a la casa y mirar cómo arde el infierno hasta el final.
—Es muy lista, ¿y ves qué huesos tan finos tiene? —me dice defendiendo a su hija, mezclando frustraciones antiguas con las cualidades inexistentes de Marta, como si quisiera parirla otra vez, aquí mismo, en la mesa de la cocina. Por fin saldría una Marta a su gusto: mentirosa pero perfecta.
Le he pedido un cuchillo y se ha ablandado. Me ha lanzado algunas manzanas, ha llevado el resto al fregadero para lavarlas.
Siento tristeza, tristeza, tristeza, aunque, después de todos estos años, debería sentirme más bien recompensada al verla con el culo plano y sin su brillo de cierva, en esta casa de gente rica en la que vive solo para criar a su hija.
No para vivir con estilo, como decía de joven, no para embellecerla, como alardeaba de hacer con cualquier espacio, por muy feo que fuera, solo porque Ella era hermosa.
Está aquí solo para limpiarla y para llenarla de comida.
—¡Hay que ser responsables! —dice como desde una tribuna, y veo sus uñas postizas arrojando las pieles de manzana en un cubo hermético.
Sé que está a favor del compost, y del reciclaje, y del vegetarianismo, y de la copa menstrual.
Lo dice por mí, y sobre todo por las mujeres como yo.
Mujeres que eligen vestirse con ropa barata, eligen comer basura, eligen ser gordas e inseguras, borrachas y enfermas.
Mujeres que eligen mal porque son estúpidas, porque han elegido estúpidamente.
—¿Llevas a Marta a ballet? —le pregunto, cogiendo del frigorífico una fotografía magnética. Marta de puntillas, una sonrisa que me hiela la sangre, la sonrisa de él.
—Aquí creemos en la educación —me responde secamente, y me dan ganas de matarla.
Podría recordarle sus años de instituto, cómo se burlaba de los alumnos que estudiaban mucho, cómo les decía que todos acabarían siendo unos gafotas y oliendo a comida de bote como sus padres, que trabajaban para el Estado.
Podría seguir escuchándola, solo que estoy borracha y ya se me ha agotado la paciencia.
—Ejem —me oigo decir como dentro de una barrica—, qué suerte ha tenido con sus padres. Supongo que tendrá un montón de amigos.
—Tiene a los amigos que se la merecen.
Desvaría, pero la dejo. Es su casa. Oigo que su voz suena distinta a como la recuerdo.
No desconocida, solo distinta, pero no sé de qué manera.
Tal vez porque está de espaldas a mí, o tal vez porque rebota contra su suelo de barro cocido, otra tontería, igual que el frigorífico que fabrica hielo.
Ha cambiado mucho la cocina, hay cosas de él por todas partes.
—Nastea,[61] Anastasia —empiezo con cuidado, como he repetido en casa miles de veces. No una chica de quince, una mujer de cincuenta—. He venido para que hablemos de nosotras.
Me levanto de la silla y me acerco a Ella.
Noto que su vientre se rebela un poco, siento sus pechos en tensión, oigo su corazón acompasado.
Puesto que una vez fuimos una, debería echarle el pelo hacia atrás, tirar de él sin contemplaciones con una mano y gritarle a la cara que la veo, que de mí no puede esconderse ni en un millar de huertos.
Pero, sobre todo, decirle que deje de utilizar corrector amarillo en los moretones, porque esa lámpara nueva le tiñe el rostro de verde y parece que ha empezado a pudrírsele la cara.
El cuerpo recuerda un lugar antes que la cabeza.
El olor dulzón de la glicinia, la aspereza de la moqueta bajo los pies descalzos, el sonido de la bomba de filtración del lago junto a la iglesia.
Entre semana, se pone en marcha alrededor de la una; eso significa que ha pasado el mediodía y que en Chez Margaux han abierto la terraza para el almuerzo.
En invierno, Margie ofrece cada día sopa de calabaza con semillas tostadas y picatostes, y el Cerdo está casi siempre de viaje.
«En septiembre hay que empezar una vida nueva», nos decía él los primeros años.
«La gente quiere caballos y barcos, bodegas y vacaciones, os las arreglaréis solas, no será para tanto.»
Y no lo era. Por la noche, mientras yo le preparaba la maleta, Ella cumplía todos sus deseos, y por la mañana las dos fingíamos tristeza.
«Cuidado con la sinusitis, Frédéric», yo.
«Ya te echo de menos, qué mes tan horrible», Ella.
Y, cuando estábamos absolutamente seguras de que se había largado y no había olvidado nada, cogíamos el coche y nos íbamos a los almacenes Moldavia.
Allí llenábamos el portamaletas con nuestra comida favorita: carne de cerdo para hacer brochetas, higadillos de pollo, caballa malosol[62] y, sin falta, sin falta, una lengua entera de vaca, para prepararla con ajo y mucha mayonesa, como nos enseñó Roza.
Volvíamos a casa riendo y bebiendo, con las canciones de Zemfira a todo volumen.
En aquellos momentos éramos tan felices que, si alguien nos hubiera propuesto que eligiéramos entre dos vidas buenas, pero separadas, y una mala, pero juntas, habríamos elegido la segunda sin pensarlo demasiado.
A menudo invitábamos a Malik, y algunas veces Malik venía.
Entonces vivía en París, en una habitación de seis metros cuadrados que le había conseguido Fima.
Fima nos despreciaba a los tres, pero a él lo protegía, le decía que se olvidara de nosotras dos y que encontrara una chica piadosa, con un trabajo estable por horas.
Ella conocía a una buena chica en la iglesia, Lenuţa.
He intentado miles de veces recordar cuándo empezaron a cambiar las cosas entre nosotras, pero nunca lo consigo, porque no fue un día ni por algo en concreto. ¿Fue acaso la sensación de que me interponía en su camino, o fue que tal vez, por fin, comprendí que ellos tenían su camino?
Ahora debería levantarme de la cama y regresar a casa, pero la cabeza me lo impide.
Mi casa está aquí, grita ella, en este sótano en el que tanto has soñado.
Es el espejo antiguo en el que fuiste guapa.
Entre estas paredes rojas, que me ahogan, mi vida se abre en tres, como el tremó barnizado de Roza: niña, mujer, pecio.
Tengo cincuenta años, estoy acabada; cuarenta y cinco, la mujer de Haim morirá enseguida; treinta y ocho, Malik está vivo, aún puedo tener hijos; veinticinco, mi padre está sano, juntos de nuevo, matamos a Audrey y a Donna y las enterramos bajo el castaño; doce,
la vida es una película y yo estoy a sus pies.
Me ha dicho que tiene una cita y que la puerta se cierra sola.
Oigo sus pasos arriba y siento cómo pasan a través de mí.
A través de mi yo de ahora, a través de mi yo de entonces.
Sus pasos, que se han convertido en latidos de corazón y sin los cuales no logro encontrar mi sitio, porque detrás de ellos hay siempre alguien de quien no puedo saciarme.
Una niña de ojos violetas bailando en un bloque soviético, una joven con la espalda quemada, una mujer que disimula sus cardenales.
Me pregunto qué pasaría si yo desapareciera del todo.
¿Me buscaría? ¿Intentaría averiguar dónde he escondido la moto de Malik para poder venderla o no haría ni eso, sino que tiraría las manzanas y apagaría la luz para acostarse?
«¿Sabes algo de esa amiga tuya?», le preguntaría tal vez él una noche, después de tres porros, con los ojos turbios e incapaz de moverse del sofá, frotando con la camiseta sus juguetes pringosos, sin los cuales ya no se le levanta.
O así, sin más, mientras ven una película sobre criptomonedas y otros proyectos, él tirado en el sofá y Ella entre sus piernas, con el pelo desparramado por la espalda.
«¿Qué amiga? —diría Ella en tono temeroso, como le gusta a él, una mujer un poco temerosa pero no demasiado, lo justo para que se sienta poderoso—, ¿qué amiga, a quién te refieres, chéri?»
«A esa —respondería él, hastiado, rico y hastiado, rascándose con una mano los huevos vaciados y acariciándole con la otra el centro de la cabeza, como a un perro a punto de morir—, a la fea esa que baila a cambio de alcohol, a Mila.»