Cuando seas feliz, golpea tú primero 15
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El día en que obtuve el visado para Francia, Nina le anunció a mi padre que lo abandonaba.

«Yo aquí ya he terminado», le dijo en un tono sosegado del que no la creía capaz, como si no estuviera abandonando al hombre junto al que había vivido diecisiete años, sino a un desconocido que la hubiera contratado para limpiar.

Él ni siquiera dejó de comer. Se sirvió otra taza de té de milenrama y le respondió, sin inmutarse: «Como quieras».

Sabía, por supuesto, cómo estaban las cosas.

Ellos dos se habían convertido juntos en la nada.

Cuando me marché con Anatol, Nina se trasladó a mi cama con los bordes arrancados y empezó a sentirse como una huésped en aquella casa.

Mi padre se ocupaba de todo. Hacía las compras, cocinaba, lavaba.

Lavaba incluso las cosas de ella para demostrarle que también eso lo hacía mejor.

Se había vuelto más arisco y hablaba con Nina solo para humillarla.

«A mí no me pongas funda de almohada», «No te acerques a mi sartén», «¿Para qué queremos tantas mermeladas?»

… Esto último era lo que a ella más le dolía.

Se quejaba porque le había impuesto una especie de «toque de queda» de ruidos, lo cual implicaba que por la noche solo podía hacer punto o coser a mano.

El televisor, «ese ventilador de mentiras», estaba prohibido en su casa.

A los vecinos con los que antes se paraba a hablar, para darles consejos y aliviarles los dolores, ni siquiera los saludaba. Se refería a ellos con palabras inventadas que sonaban a insultos —esmoldón, leozamba, bilisteco—, y luego se reía solo.

Lo más grave, sin embargo, era que había empezado a tener miedo a los ladrones, un miedo que lo acompañaría hasta el último segundo.

En primer lugar, miedo a los rateros, a los carteristas.

Se protegía llevando el dinero debajo de la camisa, en una faldriquera de tela que se fabricó él mismo con la máquina de coser de Nina.

Se apropiaba de todo sin pedir permiso, como se apropió en otra época de la cámara de fotos de mi madre.

Luego apareció también el miedo a los ladrones de verdad, que, estaba convencido, vendrían a atacarlo con armas de fuego, con cuchillos o con una plancha con la que le quemarían la espalda.

Bloqueaba todas las noches la puerta de entrada con una escalera y arrojaba trozos de cristal en el pasillo para que al menos se cortaran, «y no dejarse sacrificar como un carnero».

Nina vino a la universidad en varias ocasiones para decirme que no podía más.

Por si fuera poco, él había empezado a beber como en su juventud, con la diferencia de que ahora bebía solo y bebía en casa.

Se encerraba en la cocina y se quedaba allí toda la noche tomando vino, escribiendo poemas o examinando restos de negativos sin revelar.

A menudo se llevaba el teléfono y llamaba a sus amigos muertos.

«Anoche habló con Ilie y con Eugen, ¡pero si los pobrecillos llevan muertos diez años!»

, lloraba ella, y me preguntaba qué podía hacer «para acabar con aquello».

La marcha de Nina me afectó más de lo que cabría esperar.

La quería, quería a mi sufrida madrastra, que aguantó todos nuestros caprichos, enjugó ríos de lágrimas de mis mejillas y me cuidó como, para ser sincera, no creo que me hubiera cuidado mi madre.

Mi madre, aparte de a mi padre, que era como su Demiurgo, no quería nada de la vida.

Creo que a mí me quería solo porque era hija de él, no porque hubiera salido de ella.

El hecho de que mi padre borrara a Nina de su memoria como un error gramatical y su obstinación por no reconocerle ningún mérito me hicieron verlo bajo otra luz.

Me dolió saber que era tan seco y despiadado, él, que consiguió ver la belleza hasta en su propia demencia.

Fui a visitarla en primavera. Le había dejado a una vecina una dirección y un número de teléfono por si yo quería visitarla.

Sentía curiosidad por saber cómo vivía después de haber abandonado nuestra casa, pero echaba de menos sobre todo hablar con ella.

Aparte de Liduţa, con la que quedaba a veces para tomar un té, no tenía ninguna amiga.

Cuando me vio, su rostro se iluminó. «Creía que no vendrías, Miluţa. Pensaba que tú también estabas enfadada conmigo y que no querías saber nada de mí. Pero yo te esperaba como a una hija.»

Le dije que yo querría saber de ella toda mi vida, que era su hija y que eso no iba a cambiar jamás.

La mujer a la que cuidaba se llamaba Ana y le faltaba una pierna.

Tenía más de sesenta años y pensé que, si el plan de Nina era heredar la casa enseguida, se había equivocado de nuevo.

Por el aspecto de Ana, tenía muchas posibilidades de vivir incluso más años que ella.

Sin embargo, Nina no quería casa ni dinero; quería calor.

Quería alegrías sencillas y palabras sin espinas, algo que mi padre no pudo ofrecerle, y yo lo comprendí demasiado tarde.

La casa, aunque no era gran cosa —tres habitaciones, un baño y un aseo—, tenía encanto y un huerto bastante grande.

Después de darle de comer a Ana, Nina me llevó afuera y me explicó qué árboles quería plantar, qué flores, qué hierbas.

Me dijo que tenía también un porche que daba a la calle y que se planteaba abrir con el tiempo un taller de costura; de hecho, llegó a hacerlo.

Lo llamó Donde Nina, y allí cosió, casi hasta la vejez, ropa de señora, pero sobre todo «vestiditos» de colores para niñas.

Era la misma Nina con la que había acarreado bajo la lluvia platos y cortinas, y, sin embargo, era otra.

Alegre, parlanchina. Ya no elegía las palabras, como había hecho toda la vida con nosotros, y llevaba una falda de florecitas por encima de la rodilla.

Cuando nos fuimos las dos de casa, mi padre limpió todo.

Ya entonces no me gustó esa limpieza suya, pero ahora la mera idea de verlo sacar nuestras cosas —las de mi madre, las de Nina, las mías— y arrancarlas de raíz como si fueran malas hierbas venenosas, para que no volviéramos a brotar de nuevo, me deprime.

Se plantó en la soledad con tal saña, se aisló de la gente con tal violencia que solo entonces comprendí cuánto le habíamos complicado la vida.

No digo que mi padre no me quisiera. Solo digo que me habría querido más si entre nosotros no hubiera habido malentendidos.

Si yo no hubiera sido una mujer, sino un libro.

Retiró en primer lugar las alfombras y las cortinas, y se las donó a una familia joven.

Dejó únicamente las cosas que había acarreado consigo, como un proscrito, durante cincuenta años.

El sofá que compró en la época de Chernivtsí.

El escritorio y los cuatro trajes, que colgó de un perchero de cuatro brazos como adornos de un árbol de Navidad.

El resto, plantas, libros. Había reunido varios miles de libros a lo largo de su vida; los apiló en la habitación levantando con ellos torres, muros, pirámides.

Libros siguió comprando hasta el final, hasta casi duplicar su número, siempre que se presentaba la ocasión.

Los compraba en librerías, en tiendas de segunda mano, a sus amigos con dificultades económicas; o, aún mejor, los cogía directamente de la calle cuando algún vecino moría o se mudaba y sus libros acababan en la basura.

Entonces me llamaba muy contento y me decía: «Mila, hoy tengo invitados. ¡Mira quién ha venido a verme! Un chaval llamado Asimov, ¿lo conoces? Si no, deberías conocerlo, ¿lo pillas?» .

«Papá, ¿has vuelto a recoger libros de la basura?»

, le preguntaba yo. «Estás metiendo en casa porquería, chinches. Y tampoco te viene bien respirar todo ese polvo. Ya tienes libros para tres vidas.»

Pero él no me escuchaba. «¿Cómo que para tres vidas, si ni siquiera sé qué hacer con esta? ¡Imagínate, Mila, han sacado a la basura más de cien libros! Había también láminas, me estoy planteando llevarlas a la Politécnica y donarlas por el alma de Mărkuşor, ¿tú qué opinas?»

Algunos libros los tenía en rumano, en ruso y en francés, o los mismos libros en diferentes ediciones.

Los conservaba todos porque estaba convencido de que me los traería a Francia cuando pasara por casa.

Cuando murió y fui a Chisináu a vender el apartamento, vendí con él los dieciocho metros cuadrados de libros, y encontré entre ellos decenas de mensajes ocultos.

Era una escritura diferente a aquella a la que me había acostumbrado desde pequeña, casi indescifrable.

Creo que escribía cuando estaba borracho o cuando le dolía el corazón.

Algunos mensajes estaban dirigidos a mí: «¡Mila, en Pitsunda crece un pino que se llama como tú!»

. Otros eran para él: «¡Cuando seas feliz, golpea tú primero!»

. Recuerdo sobre todo uno. Estaba escondido en El viejo y el mar, en la página diecisiete, en la que firmaba todos sus libros: «Mila, tienes que escribir sin falta un libro sobre los amigos».

Pienso en sus últimos años con un sentimiento de culpa.

Si me hubiera quedado en Moldavia, tal vez su vida habría sido más larga y su corazón no habría acabado hecho trizas, como dijo el doctor después de la autopsia, «un corazón hecho trizas».

Otras veces, sin embargo, me pregunto si de verdad habría vivido mejor mi padre.

¿Habría sido más feliz si hubiera estado yo allí?

No creo. La libertad de la que disfrutó él no voy a tenerla yo jamás.

Desde que no está, su voz se ha trasladado al transistor negro que se trajo de la residencia para familias y que había llevado allí desde el Dombás.

Basta con encenderlo en cualquier frecuencia —a mi padre nunca se le dio bien la tecnología— y entonces empieza a contarme historias, a hacerme preguntas, a pedirme que le enseñe cosas.

«Mila, hoy te pareces a Eduard Dudcă. ¿Sigues leyendo?»

«¿Qué tienes en esa rama del albaricoque? Acércate más para que pueda verlo.»

«Miluţa, las plantas se secan cuando no se es feliz. ¿No eres feliz, cariño?»

Aquel invierno, mi padre no murió solo. Con él murieron un huerto, un pichón al que los niños arrancaron las alas y, como descubrí más adelante, un artesano que fabricaba silbatos en una aldea del norte.

Mi padre le enviaba cada año dinero para carbón.

Unos cuantos muertos menos —recuerdo haber pensado entonces—, si hubiera muerto en verano, lo habrían acompañado unos cuantos muertos menos.

La imagen de mi padre conducido a la tumba como un faraón, con un séquito de almas muertas, de todos los que dependían de él y no pudieron o no quisieron vivir sin él, me ha perseguido a lo largo de los años.

Cuando pienso en él muerto, cuando la palabra padremuerto me atraviesa, veo a un hombre realizado y en su sitio, siempre ante su mesa de trabajo, rodeado de folios y lapiceros, de diccionarios y galeradas, con restos de tinta en la frente.

No sé con exactitud dónde andará ahora mi padre sabio, porque no creía en la vida después de la muerte, creía solo en la terrenal.

Creía en las plantas y en los cardiólogos, en la escritura y en la lectura, pero mi padre creía sobre todo en los amigos.

Sé, sin embargo, que allí, en ese lugar al que ha llegado él y que ahora caldea para cuando yo llegue, nos encontraremos los dos y beberemos vino juntos en un cuerno de carnero, beberemos sin falta.

Una novela en forma de cicatriz, escrita desde el sitio exacto en el que la devoción y el rencor se vuelven indistinguibles.

Mila tiene cincuenta años. Nació en un país del Este, pero ahora sobrevive en París en casas ajenas entre trabajos precarios, atrapada en una soledad cada vez más espesa.

Su vida, moldeada a golpes, la ha ido arrastrando hacia el alcohol y la humillación.

En el centro de todo ha estado siempre su padre: tan tierno como irresponsable, tan luminoso como tóxico.

Periodista bohemio y alcohólico, fue quien la enseñó a escribir, pero amó los libros más que a su hija y murió sin decirle lo que ella necesitaba.

Un libro sobre la embriaguez y la vergüenza, sobre la herencia familiar y la imposibilidad de empezar de nuevo. Sobre lo que una hija sigue debiéndole a un padre incluso cuando ya solo queda de él una nota escondida entre las páginas de un libro.