13 #2
Cuando estaba borracho hablaba mejor, y me pareció que la tensión entre ellos había desaparecido.
Entonces me enteré de que también él había hecho «un trozo de carrera».
Había estudiado un año en la Universidad Agraria, pero tuvo que dejarlo y ganar dinero para sus hermanas.
«No quería que se convirtieran en unas şalave»,[58] dijo él, y yo me apresuré a traducirle a mi padre: «Mujeres en una situación difícil».
Todo se fue al garete cuando llegó el momento de los regalos.
Anatol se había negado a presentarse con un jacinto en una maceta, como le había sugerido yo, o con el nuevo diccionario fraseológico que quería mi padre pero que costaba una fortuna, sino que le había comprado una bandolera, un objeto muy solicitado en aquel entonces.
—Muy útil, gracias, Anatolie —dijo mi padre dándole vueltas a la bandolera—, me la llevaré a recoger nueces.
Yo me apresuré a reír la primera, para que comprendiera que era una broma, pero tenía claro que ellos dos no volverían a verse jamás. En el mundo de Anatol, los regalos eran algo sagrado y había que apreciarlos como se merecían.
Me alegro al menos de haberlo convencido con gestos de que no sacara también entonces el regalo de Nina, sino que le dejara desenvolverlo sola, después de que nos marcháramos nosotros.
Le había llevado una caja entera de jabones Duru, unos veinte en total, y Nina me contó más adelante que, cada vez que mi padre se lavaba con ellos, cantaba «el jabón Duru lava bien la cara»[59] y se reía, se partía de risa él solo.
Tres meses después de que Anatol desapareciera sin dejar rastro, me encontré en mi casa con su madre, vestida de negro, y dos matones con la cabeza rapada.
Acababa de llegar de la universidad, y al principio creí que me habían robado.
Las puertas de los armarios estaban destrozadas, las alfombras enrolladas y atadas con un alambre.
El televisor había desaparecido de la pared.
Lo habían limpiado todo. A mí me dejaron solo la ropa, y tampoco toda.
La mejor estaba empaquetada en bolsas de plástico.
Habían reunido también todas las joyas. «Para las hermanas de Tolică, no para hienas como tú.»
En resumidas cuentas, de Anatol me quedaron solo un par de pendientes, los que llevaba puestos ese día, y la chaqueta de piel, que había comprado con mi dinero cuando nos conocimos en el rastro.
Le pregunté a su madre por qué iba de negro, ¿había muerto?
Pero ella se limitó a lanzarme un escupitajo y me dio la espalda. Aún sigo sin saber qué fue de él.
Ahora que ya he llegado, no sé qué hacer.
Llevo aquí una hora, pero no he dicho una palabra.
Ha abierto una botella de vino de las cuatro que le he traído, la ha dejado sobre la mesa y ha salido al huerto a recoger manzanas.
«Una reineta», creo que eso ha dicho, mejor asar una reineta porque Ella no come ya basura, o sea, tartas o bombones, ya no bebe alcohol con carbohidratos, o sea, vino o coñac, o sea, nada de lo que he traído yo desde lejos en varios trenes, atravesando la enfermedad, para hacer las paces.
Ahora, Ella vive limpia. Sigo por la ventana de la cocina cómo pasa de un árbol a otro, sacudiendo con furia sus ramas, agachándose con furia a coger las manzanas caídas, una mancha de color fuera de sí.
Cuando me vio con las bolsas en el umbral, se mostró impávida.
Los codos pegados al cuerpo, la barbilla levantada, los ojos entornados.
Eso hacía también de joven, cuando Roza la pillaba fumando o mintiendo.
Eso hizo también cuando nos separamos. Bueno, no nos separamos exactamente.
No te separas de alguien sacándolo a la puerta descalzo, quemando su ropa, envenenando a su perro.
Pero por eso se esconde Ella debajo de los árboles, estirando el tiempo y mordiéndose el pelo como una loca.
Veo que tiene miedo, no necesito sus estúpidas señales.
Reconozco el vestido que lleva. Estábamos juntas cuando lo compró.
Habíamos ido a Montmartre a ver la iglesia y a hacernos quizá un retrato juntas.
Yo fui sobre todo por eso, por aquel «hacernos quizá un retrato juntas» que me lanzó como si fuera un hueso.
Ni por los santos ni por las velas; por estar juntas, por la idea de seguir juntas al menos en algún sitio, aunque fuera en el retrato malogrado de un pintor callejero.
Una vez más, no llegamos a ninguna parte.
Cuando salimos del metro en Anvers, vio los montones de ropa barata y supe que la había perdido.
Ganar, conseguirlo, marcharse con el rico.
Así era de pequeña, así educa ahora a Marta.
Llenó dos bolsas como dos vacas, y a mí me compró un par de medias y me miró a los ojos hasta que las tomé de su mano.
Su manera de reparar un error, incluso al cabo de los años: taparlo con dinero.
Recuerdo cuánto me costaba aguantarlos cuando Marta era todavía pequeña y él la llevaba todavía a fiestas y a cenar, porque estaba todavía de moda tener una esposa del este.
No era demasiado lista, pero era guapa y se reía mucho; luego, cuando se emborrachaba, contaba cosas interesantes sobre ladrones de verdad, sobre planes de robos increíbles o sobre empleados de fábricas a los que pagaban con trozos de jabón y papel higiénico áspero.
«¿Os podéis imaginar cientos y cientos de rollos de papel higiénico áspero?»
Sus colegas banqueros la adoraban y decían abiertamente que era demasiado buena para él, demasiado buena, que se la tirarían también ellos si fuera posible. ¿Era posible?