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Empecé a acostarme con él al cabo de un mes, un plazo que a mí me pareció señal de desesperación, pero que para él era un alarde de virtud.
Estaba acostumbrado a conseguir al momento todo lo que quería.
Tenía dinero y poder, y las mujeres no entraban siquiera en el apartado de los gastos.
Pagaba solo por prostitutas de lujo, como hacían todos los hombres del mundo de la hampa para mantener su estatus.
A las demás, generalmente estudiantes o alumnas de familias necesitadas, las violaba y les cerraba el pico con un perfume o un par de vaqueros de marca.
En casos extremos, tenía a sus vendedoras del rastro, mujeres angustiadas a las que aterrorizaba y ataba en corto.
Algunas tenían hijos a los que criaban solas, otras no tenían estudios; la mayoría, sin embargo, eran víctimas del tráfico de personas, habían regresado a casa gracias a diversas ONG e intentaban rehacer su vida.
Después de ser forzadas por cientos de hombres en Turquía y Albania, mutiladas y contagiadas de enfermedades venéreas, aquellas chiquillas se veían obligadas a hacer de nuevo lo mismo, solo que esta vez parecían haberlo elegido.
A ellas no les preguntaba si querían. Las tomaba, incluso a plena luz del día, en un tenderete o en el kebab, solo o con amigos. ¿Quién podía detenerlos?
No sé qué me impresionó más, el hecho de que me defendiera delante de la vendedora o que al día siguiente me hubiera localizado y estuviera esperándome enfrente de la universidad. Podía tener a cualquier mujer, pero me había elegido a mí. Por fin, alguien me había elegido a mí.
Nunca me compraba una sola cosa; elegía conjuntos.
Anillo-pulsera o collar-pendientes; en el peor de los casos, pendientes y un broche.
Con los pendientes tenía una fijación casi enfermiza.
Su mente no podía aceptar una mujer sin pendientes, y yo no tenía agujeros en las orejas, algo que resultó ser un serio problema al principio de nuestra relación.
«¿Cómo es que no tienes agujeros en las orejas?»
, me preguntó como si hubiera descubierto que lo había engañado o, todavía peor, que no podía tener hijos.
«¿Tu madre no te los hizo cuando eras una cría?»
Era el Día de los Enamorados, una fiesta que, amplificada por las tiendas, se había vuelto más importante que los cumpleaños.
Las prometidas esperaban al menos una cena en un restaurante, y para las amantes ese día era una mina de oro.
Todas comprendían que incluso los asnos más notorios pasaban la noche con sus esposas, lo cual quería decir que al día siguiente ellas recibirían el doble.
Yo no era amante, pero tampoco era esposa.
No tenía claro cuáles eran mis derechos y, de todas formas, con Anatol las cosas podían cambiar de la noche a la mañana.
Habíamos acabado de hacer el amor, o al menos había acabado él; me había asaltado tan rápido, desde la puerta, bajándome los pantalones y las bragas como un salvaje, que no había conseguido despojarme ni siquiera del jersey grueso sin el cual me congelaba en las aulas de la universidad.
Quería ir al baño y desnudarme, y quería sobre todo limpiarme el semen, que me resultaba desagradable, pero me daba miedo que se enfadara conmigo y fastidiar todos los planes.
Se volvía loco cuando me lavaba inmediatamente después.
Quería un hijo, y me obligaba a permanecer acostada en la cama al menos media hora con las piernas levantadas, algo que, en su opinión, me ayudaría a quedarme embarazada y a darle por fin un hijo.
«Tienes que ir mañana a hacerte los agujeros como una mujer normal», me dijo, enfadado.
Sacó de debajo de la cama una caja roja con un lazo y me la lanzó al vientre todavía viscoso.
Era mi primer regalo de mantenida: una pulsera y un par de pendientes de diamantes.
Me di cuenta de que no sabía nada sobre mí.
Aparte del hecho de que era profesora de francés, algo que le hacía reír siempre como si fuera tonto y recitar con voz de patán «notr pul dan votre cul»,[53] aquel hombre que se vaciaba en mí cada día ni siquiera sabía que no tenía madre.
Dormíamos juntos, hacíamos planes para el verano, y él incluso para la vida, pero nuestros mundos estaban tan alejados que los momentos en los que encontrábamos puntos en común eran tan raros como los eclipses de sol.
Hoy me parece un milagro que aguantáramos tanto tiempo juntos, pero sería un error afirmar que la relación fue solo fruto del esfuerzo por mi parte.
Lo amé. Amé en él, sobre todo, lo que me había faltado en Malik: el deseo de vivir, la determinación, la facilidad con que tomaba una decisión y la asumía, incluso aunque con el tiempo resultara ser errónea.
Me gustaba que, a diferencia de Malik, que había visto mi cuerpo desnudo desde la infancia pero lo había tratado como una tabla masturbatoria, como un borrador del cuerpo de Ella, Anatol encontrara en él placer verdadero e incluso partes favoritas, a las que mimaba con diminutivos estúpidos,
a la altura de sus capacidades: «tetuca», «culete», «ombliguín».
Lo que más me gustó, sin embargo, fue que me considerara la mujer de su vida desde el principio, desde el día en que me llevó a su casa e hicimos el amor en su cama, en la que habían dormido solo su madre y sus hermanas.
«Tú estás hecha para mí», me dijo, tan feliz como si hubiera encontrado un tesoro, y en mi fuero interno me alegré de no haber sido más atrevida.
Después de Zavodskaia, también yo podría haberle enseñado alguna cosa en la cama, pero la idea del striptease con una silla, como estaba de moda entonces, me parecía humillante.
Tuve la fortuna de que no le gustaran las prostitutas.
Las consideraba adecuadas solo para los placeres denigrantes, para las cosas que un hombre no podía hacer en casa con la madre de sus hijos, la mujer que debía permanecer pura.
Con mi padre coincidió una sola vez, y si tuviera que elegir un día de mi vida que me gustaría anular, sería ese.
Yo había cumplido veintinueve años y Anatol había insistido en celebrar mi cumpleaños «como se merece».
En su cabeza, eso significaba alquilar un restaurante e invitar a unos cuantos amigos míos, y especialmente a todos sus enemigos, a comer y beber hasta reventar, para contarles luego a otros enemigos cuánto le había costado la fiesta.
Yo le dije que prefería preparar algo rico en casa, invitar a mi padre y a Nina, y a Liduţa con Miranda.
Nos habíamos mudado un mes antes a un apartamento de tres habitaciones, en el que Anatol había hecho una «eurorrenovación».
[54] Lo había comprado todo él solo, en el rastro, por supuesto, donde lo conocían todos los vendedores, que, por respeto o por miedo, le hicieron descuentos importantes.
A mí solo me dejó elegir las cortinas, que él consideraba «cosas de mujeres», y me preguntó si me gustaba el papel de la habitación de la criatura.
Por supuesto, era azul, con cohetes, para un niño.
Mi padre, sin embargo, tenía neumonía y no pudo venir.
«Creo que me ha llegado la hora, Mila. ¡De ahora en adelante, que suene la música!»
, me anunció por teléfono. Exageraba como siempre, pero lo tranquilicé diciéndole que iría yo a su casa.
«Mi padre está enfermo y no puede venir —le dije aquella noche a Anatol—, y sin él no quiero celebrar una fiesta.»
Su respuesta me sorprendió. Creía que insistiría en lo del restaurante, le encantaban las fiestas, pero se mostró muy comprensivo: «¡No hay problema, vamos nosotros a su casa!» . Un hombre de familia, pensé entonces.
Esperamos a que mi padre se sintiera mejor y, al cabo de dos días, fuimos a su casa.
Nina se había preparado como para una boda, la casa resplandecía.
En la cocina vi unas cazuelas nuevas, también habían arreglado algo en el desván y no se veían ya las manchas de humedad de la última inundación.
Por no mencionar la comida: había cocinado como para diez.
—Tolean…[55] —se presentó Anatol, intentando parecer jovial, y a mí me dieron ganas de abofetearlo allí mismo. Le había dicho que en mi casa hablara con sencillez, que no intentara impresionar a mi padre con tonterías, porque él venía de otro mundo. Creo que no entendió ni jota.
—… Odolean —respondió mi padre al instante, y se echó a reír como un necio, frotándose las manos, encantado con lo bien que le había salido el juego de palabras—.
Tolean-odolean —insistió, riéndose todavía más fuerte—, sabes lo que es odolean, ¿no?
Valeriana, al odolean se le llama también valeriana o valeriankă, como seguramente la llamarás tú.
Anatol torció el gesto, pero no dijo nada.
Aquel día, mi padre parecía más viejo que de costumbre, se había anudado al cuello un pañuelo de Nina, olía a patatas ralladas y alcohol, y sobre la camisa llevaba un chaleco confeccionado con retales que Nina había cosido con unas ropas viejas.
Nos sentamos los cuatro a la mesa y mi padre continuó, animado:
—Tolean, ¿has oído hablar de Anatolia? Sabes dónde está, ¿no? Mila me ha dicho que queréis ir de vacaciones a Turquía; deberíais empezar por Anatolia, de donde viene tu nombre.
—Yo no soy turco, crecí en Bălţi —le respondió despacio, y vi que se ruborizaba como cuando algún ruso lo llamaba por la calle barîga[56] o baran.[57]
—¿Cómo te encuentras, papá? —le pregunté deprisa, intentando cambiar de tema mientras tranquilizaba a Anatol. Arrimé mi silla a la suya y empecé a acariciarle el muslo derecho por debajo de la mesa, pero eso solo pareció enfurecerlo todavía más.
—Aquí no me toques —farfulló, y me apartó de un empujón con silla y todo.
—Cómo voy a encontrarme —dijo mi padre, contento con la pregunta—, como un muerto reciente en un ataúd de mermelada. —Y se echó a reír de nuevo, alterando esta vez incluso a Nina, que se levantó de la mesa y le hizo una señal para que fuera a la cocina a echarle una mano.
—Es por la medicación —le susurré a Anatol cuando nos quedamos a solas en la habitación—, no sabe lo que dice.
Pero no era por la medicación. Había comenzado el declive.
Mientras comíamos, todo fue bien. Después del vino, del vodka y del coñac —mi padre se había aprovisionado para quedar bien—, Anatol se relajó y, alentado por mí por debajo de la mesa, le contó todas las dificultades por las que había pasado su madre, una mujer sencilla,
que crio sola a cuatro hijos.