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Antoine ha elegido un casse-tête[50] de madera, un regalo caro y sin alma, seguro que a Céleste le hará mucha ilusión.
No tiene ninguna muñeca esta niña. Estoy empezando a hablar como Nina en otra época, pero es que no tiene.
Antoine dice que las muñecas enseñan roles equivocados y que las niñas que juegan con muñecas de pequeñas tienen muchas posibilidades de enredarse en relaciones con maltratadores en la madurez.
En mi vida había oído semejante estupidez.
Debería haberle comprado un vibrador, ya puestos.
Desde que compré el casse-tête no he conseguido relajarme.
Me pregunto cómo es posible que una palabra me lance en un segundo hacia atrás, al mundo que me juré no volver a pisar jamás.
Otras cabezas rompían entonces nuestros castete. [51]
Si Haim está en lo cierto y puedo ser funcionaria, tal vez Cora también tenga razón y pueda ser madre.
No parir, eso no va a suceder ya, sino adoptar.
Una niña que sea mía, mía del todo, no solo los lunes y los viernes o mientras dure una fiesta.
Mía toda la vida. No digo que me fuera a querer de repente o del todo, tampoco yo amé a Nina.
Con el tiempo, sin embargo, se acostumbraría a mí, estoy segura, y entonces seríamos una familia.
«Mi mamá hace las mejores crepes del mundo», diría ella en la guardería.
«Mi mamá me deja el teléfono móvil para que mire lavanderías de alfombras», en la escuela.
«Mi madre no es mi madre biológica, sino la que me ha criado», más adelante, en la facultad, en una primera cita, en mi funeral. Y sería suficiente para mí.
Si Anatol no hubiera desaparecido sin dejar huella, nos habríamos casado en otoño.
Mi relación con él fue lo más parecido a una relación normal, con él habría tenido un hijo.
Lo conocí en el rastro, donde tenía varios puestos de ropa, uno de kebabs y una oficina de cambio.
Luego descubrí que lo del kebab era, en realidad, la tapadera de un negocio miserable de tráfico de personas, pero al principio no lo sabía y, durante un tiempo, todo fue bien.
Al menos no fue peor que con otros, lo cual ya superaba mis expectativas.
Yo buscaba una chaqueta de piel. En la universidad era la única profesora que llevaba abrigos de lana.
Mis compañeras vestían a la moda e iban al trabajo en su propio coche: Opel y Volkswagen de segunda mano, de los cuales, antes de entrar en el alma mater, extraían ostentosamente las radios para guardarlas en el bolso.
Todas tenían maridos, padrinos, amantes.
Sabía, por las estudiantes, que aceptaban dinero a cambio de aprobarles los exámenes. Siempre rascaban algo a fin de mes.
No las envidiaba; ellas me criticaban, pero cuando me preguntaban a veces si me gustaba alguna falda o una blusa vulgar con la que aparecían por la mañana en el departamento, les decía sinceramente que era fea.
Yo deseaba otra clase de vida. Su aburrida existencia —una sucesión infinita de cumpleaños, bodas y demás compromisos, celebrados siempre en locales feos, donde la música significaba un sintetizador y la sorpresa de la velada, recoger el dinero— no me tentaba.
De todas formas, nunca me invitaron a esas fiestas.
Yo estaba sola de nuevo. Ella llevaba un año en Francia y Malik la siguió al cabo de unos meses.
Los dos me llamaban para contarme lo bien que les iba con Frédéric y que solo faltaba yo para que todo fuera como antes.
Malik les había montado un minicine en el sótano de la casa y veían películas los tres, comían helados, se emborrachaban.
Esos detalles me amargaban. Procuraba fingir indiferencia y les decía que también yo tenía una vida llena de actividades.
Al principio, recé para que su Frédéric resultara ser un depravado o un pobretón.
Esto último habría significado con seguridad el final.
Se oían toda clase de historias sobre extranjeros que en Moldavia pasaban por ricos y en su país vivían como mendigos, pero no fue el caso.
Frédéric tenía un apartamento, trabajaba en un banco, le iba bien.
Aquella semana yo había cobrado, por fin, los retrasos, y me quedaba algo de dinero de las traducciones; tenía trescientos dólares en efectivo.
No podía decir que necesitara una chaqueta de piel, había otras cosas mucho más necesarias.
En primer lugar, tenía que arreglarme dos muelas.
Y, en segundo lugar, quería ir a la playa.
Pero lo más importante era que le había prometido a mi padre investigar cómo conseguían algunos la ciudadanía rumana, porque él había oído que incluso Grişa, «ese jeta de mierda», que había envenenado a todos los perros de nuestro patio, era ciudadano rumano con papeles en regla.
«Mila, él no habla una palabra de rumano, ¿cómo va a tener el pasaporte? ¿Crees que debería llamar al Ministerio de Asuntos Exteriores?»
Durante varios meses, instaló un teléfono y me llamaba al despacho por cualquier tontería: para decirme que el viernes iban a cortar la luz, que no se me olvidara descongelar el frigorífico, o para preguntarme qué tal estaba.
«¿Qué tal estás, Mila? Esta tarde echan Los miserables con Robert Redford en la Telecinemateca, tienes que verla sin falta con Liduţa.»
Había alquilado con Liduţa un apartamento de una sola habitación junto a la estación.
Vivíamos peor que los estudiantes. Dormíamos las dos en una cama, por todo mobiliario teníamos una mesa y un armario con luna, pero a nuestros padres les habíamos dicho que teníamos una habitación cada una, con televisor, una lámpara grande y ventanas de PVC que no dejaban pasar el frío.
Ella era tan pobre como yo, pero tenía suerte con sus padres en el pueblo, que le enviaban bolsas de comida todas las semanas.
El rastro, aunque pretendía pasar por un mercado fino, era, en realidad, una cloaca que sacaba a la superficie toda la miseria de aquellos tiempos.
Veías máquinas tragaperras a cada paso, en los altavoces se escuchaban solo canciones sobre la hampa, y los rateros no se tomaban siquiera la molestia de disimular.
Aunque nadie iba allí sin dinero, lo primero que te golpeaba en la cara en cuanto cruzabas la puerta era la pobreza.
Gente desesperada. Gente maleada. Gente dispuesta a meterse en una pelea por un comentario o a sacarte los riñones por cien dólares.
Había otros como yo, compradores papanatas y bisoños en el regateo, que iban no tanto a consolidar su estatus cuanto a remendar su imagen.
Después de deambular un par de horas entre los puestos, me detuve ante uno que parecía ofrecer mejores precios y ropa menos estridente.
La vendedora, una mujer más o menos de mi edad, escondía las manos debajo del mostrador.
Pensé que estaba contando dinero y la dejé en paz.
Cuando vi que ni siquiera había levantado la mirada hacia mí, la saludé y le pedí que me enseñara una prenda de la fila de arriba.
Costaba trescientos dólares, pero quería sacarla más barata.
«¿Tienes dinero o me vas a venir con que se te ha olvidado?»
, me preguntó con acritud, y entonces vi que tenía las manos vendadas.
En una de ellas, la gasa estaba empapada de sangre y el meñique, negro e hinchado.
Sus manos me apaciguaron un poco, pero no por mucho tiempo.
Al fin y al cabo, todos teníamos problemas.
Estaba allí para atenderme, era su trabajo, así como el mío era meterles por el gaznate inútiles conocimientos de francés a unas estudiantes que solo iban a la facultad a encontrar marido.
Abrí la boca para ponerla en su sitio, pero no fue necesario.
Entre la ropa apareció la mano peluda de un hombre y le dio un bofetón.
«Enséñale la kurtka,[52] ¿o es que quieres quedarte también sin lengua?»
, se oyó inmediatamente la voz detrás de la mano, la voz de Anatol.