Cuando seas feliz, golpea tú primero 12 #4
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Sentíamos una especie de desesperanza y excitación que no creo que pudiera explicarle a quien no vivió esos tiempos.

No había reglas. El bien y el mal eran lo mismo, la diferencia estaba en dónde te escondías.

La persona, el día, eso era lo importante.

Ni siquiera el día, el segundo. Ese segundo en el que la muerte se agachaba para atarse los cordones nos lo quedábamos nosotros.

En junio les dije que iba a volver a casa para los exámenes.

Mi padre y Nina se habían marchado al pueblo, su apartamento estaba vacío y yo necesitaba tranquilidad.

Lo cierto es que, en mi fuero interno, estaba dispuesta a marcharme para siempre.

No podía seguir viviendo como aquellos últimos meses: con el pánico en el cuerpo, una resaca constante, friendo huevos para todos aquellos despojos de la Tierra y, sobre todo, con aquel embrollo sexual degradante.

Malik estaba fuera, pero Ella me dijo que le parecía bien que volviera a casa.

«Para poder vivir también la una sin la otra», añadió, soñadora o tal vez solo hastiada, cansada, no lo sé. En cualquier caso, la frase sonó rara.

En casa de mi padre me sentí como una niña otra vez.

Nina había terminado de preparar las primeras conservas para el invierno, el pasillo estaba lleno de tarros de mermelada.

Mi padre había empezado a traducir El viejo y el mar del ruso al rumano, un trabajo inútil que evidentemente no le había encargado nadie, pero él lo hacía por gusto.

Su escritorio parecía la torre de Pisa, con pilas de diccionarios y libros a punto de derrumbarse en cualquier momento.

Me acosté en la antigua cama sin bordes —¡seguía allí!

— y pasé la mano por el tapiz de la pared, mi alfombra azul, un recuerdo de mi madre que ella había prometido entregarme como regalo de boda.

Recordé las noches de mi infancia, cuando ella lloraba quedamente a mi lado porque echaba de menos a mi padre.

Saqué de la balda inferior de la estantería el primer libro que cayó en mis manos y empecé a leerlo con avidez, buscando sentidos ocultos incluso en las palabras más banales, como me había enseñado mi padre toda la vida y como yo no había hecho jamás.

Por la noche, cené sola en la mesa, luego encendí el televisor y busqué algo que no fueran películas.

Era más de medianoche cuando llamó a mi puerta.

Tenía un labio partido y, bajo el vestido de seda, arrugado, desgarrado, que parecía un trapo, se veían quemaduras profundas y manchas de sangre.

Yo no sabía por dónde empezar. Qué darle para que no le doliera, qué decirle para tranquilizarla.

Al mismo tiempo, el miedo crecía en mí como una ola: yo era la siguiente.

Luego mi padre. Luego Nina. Toda mi gente quemada, asesinada, pringada de la mierda en la que me había metido Ella, nadie más.

Recuerdo que le pregunté si estaba también Malik, si estaba vivo o si yacía muerto por ahí, y Ella respondió que él había conseguido esconderse.

«¿Y qué vamos a hacer ahora?», grité yo, desesperada.

Quería que se marchara, que desapareciera de mi casa, de aquel lugar limpio, lleno de historias y de fruta, de los vestidos de Nina.

«Yo no quiero vivir toda mi vida como tú, como una descarriada. Por tu culpa hemos llegado hasta aquí. ¿Dónde está tu чёрт para protegernos?»

Fue la primera vez que lloró delante de mí.

Me dijo que su чёрт estaba muerto y que nadie, absolutamente nadie, podía protegernos.

Mañana es el cumpleaños de Céleste, cumple diez.

Para que no me pase lo del año pasado —elegí una muñeca que Antoine donó inmediatamente a la Cruz Roja—, le he preguntado qué regalo quiere que le compre a su hija.

«Algo de productores ecorresponsables, con una historia detrás, que apoye una causa.»

Le he dicho que lo elija él, y entonces me ha tendido una hoja donde había apuntado la dirección de la tienda y el nombre del artículo.

Creo que no soy la única que le ha pedido sugerencias.

Llevo dos horas en la puerta, esperando a que abra la ecotienda de los cojones.

Otra vez se me ha puesto el día patas arriba.

Pensaba que acabaría antes y que tendría tiempo de preparar lo de mañana.

No tengo gran cosa que hacer, pero me gustaría evitar al menos los errores de la última vez.

Lengua no voy a comprar, eso seguro. Quizá unos bombones, vino, un coñac.

Había pensado hacer una tarta de crepes, pero a ver cómo me las arreglo por la tarde.

Cora me ha pedido que limpiemos la casa hoy, puesto que voy a faltar el jueves, así que me he quedado y he limpiado.

Ella ha salido con una amiga y a Haim le ha gritado que, si tiene hambre, me pida a mí que le «apañe» algo, que voy a estar en casa todo el día.

A veces tengo la impresión de que es bipolar o de que vive, como mi padre, en dos mundos paralelos.

En uno es la mujer con un hijo muerto que me regala vestidos y entradas de conciertos, y en el otro, una estúpida vieja y podrida.

Haim ni siquiera ha salido de su habitación.

Todavía se hace el enfurruñado, aunque ayer por la noche me envió un mensaje con toda la información sobre los exámenes.

Creo que le llevó un buen rato. Primero dictar el mensaje de voz para la búsqueda, luego escuchar lo que está escrito y enviar otro mensaje de voz.

No es exactamente fácil enviar mensajes cuando eres ciego.

Su idea ha empezado a echar raíces. A alcaldesa, como dice Liduţa, no llegaré, pero, a fin de cuentas, ¿qué pierdo por hacer un examen?

A Malik le gustaban las alturas desde pequeño.

En Chisináu disfrutamos de una pequeña vida en su balcón, donde Dina guardaba los tarros en invierno; en verano, le dejaba que instalara allí su «taller» de pegar todo lo que caía en sus manos.

Mientras vivió en Lyon, solo me hablaba de las montañas.

Que teníamos que ir sin falta a esquiar.

Que haríamos rutas. «El año que viene, no ahora», porque tenía que terminar un socavón, un baño, una terraza.

En el almacén estaba todavía más ocupado.

No tenía días ni noches, solo una pausa de treinta minutos para almorzar.

A veces me llamaba desde el tejado mientras comía. «Estoy arriba, ¿puedes hablar?»

No siempre podía, pero hablábamos con bastante frecuencia.

«Aquí hace calor, ¿y ahí?», me preguntaba él, o «¿qué tal las chicas? ¿Siguen liadas con la iglesia?»

. A diferencia de mí, Malik no tenía nada contra los creyentes, y discutíamos siempre por ese motivo.

«Algo existe, Mila. No se ve, pero existe», decía él cuando hablaba de Dios, y yo le respondía que al menos no había estudiado en balde en la Politécnica.

Ahora lamento aquellas discusiones estúpidas.

Desde que ha muerto también mi padre, me gustaría saber que ellos dos no están allí solos, que «algo existe».

Cuando cumplí treinta y ocho años, me dijo que tenía una sorpresa para mí y me citó junto al Centre Pompidou.

«¿Sabes dónde está? Cerca del ayuntamiento. Ven sobre las diez.»

Claro que lo sabía. En Chisináu mi padre me escribió en una hoja la dirección del taller de Brâncuşi y me dijo que, si tenía algún problema, fuera allí como a una embajada.

Había encontrado en una revista un artículo sobre cómo habían acabado las herramientas de Brâncuşi en manos del Estado francés; él había querido que estuvieran todas en el mismo sitio, incluido el yunque, incluidas las cadenas.

«¡Unas junto a otras, Mila, y no desperdigadas por el mundo! Para ser feliz, una persona necesita un lugar en el que conozca todas las cosas y todas las cosas la conozcan a ella. El maestro lo entendía, pero tú no quieres entenderlo.»

Cuando quería convencerme de algo, mi padre hablaba siempre en tercera persona.

Ya no me enfadaba con él. Venía cada día con un mensaje oculto; si no pretendía interponerse en mi camino, sí al menos retenerme un poco.

Me preparaba mis platos favoritos. Me preguntaba si no quería ir, como en otra época, a la terraza de los escritores.

Me leía mis antiguos diarios y me sorprendía ver que los había conservado en la redacción; me traía ramos de flores frescas, recogidas en los parques del barrio.

Sufría como un perro, una vecina me dijo que se lo había encontrado un par de veces llorando en la parada del trolebús.

Mirando atrás, comprendo que esas fueron las semanas en las que más me quiso y en las que me dio los mejores consejos, como si intuyera que iba a morir solo, rodeado no de nietos, sino de las cosas que mejor conocía: libros, flores, vino.

Malik vino a la cita con un ramo de peonías y una bolsa de comida.

Llevaba una botella de champán escondida debajo de la chaqueta, aunque se veía a un kilómetro.

Lo vi cansado —sabía que había trabajado todo el mes en una obra, colocando suelos, instalando sistemas de ventilación—, pero parecía contento de verme.

Me tomó de la mano y me condujo a la parte trasera del edificio, desde donde, a través de unas puertas de servicio y con la complicidad de un vigilante que lo conocía, consiguió llevarme directamente al tejado.

Aquella era la obra en la que había estado trabajando.

«No puedes imaginarte lo bonito que es, sobre todo de noche. Te lo voy a enseñar.»

Fue la mayor altura a la que subimos los dos.

A la torre Eiffel no he subido, y por Montparnasse siento también yo un desprecio tácito, como todos los franceses.

No tengo demasiado tiempo para escaladas, pero cuando dispongo de una hora libre, vengo aquí y subo a nuestro tejado del Pompidou; algunas veces, incluso entro a alguna exposición.

La última vez visité el taller de Brâncuşi y me gustó muchísimo.

No había visto jamás tantos rumanos orgullosos reunidos en un solo lugar.

Algunos habían venido de Rumanía. Otros eran de aquí o estaban de paso, con las maletas.

Una pequeña Rumanía aglutinada ante la Puerta de un amigo.

Pensé en mi padre mientras paseaba por la sala, y me lo imaginé también a él hechizado ante los gallos y el beso, estudiando atentamente las cabezas y las columnas, aguantando la respiración ante la sabiduría de la tierra, pero desarmado sobre todo por la belleza de los pájaros, que,

al igual que yo, se engañan con que vuelan en el vacío, cuando en realidad están inmóviles sobre una ciudad extranjera. «Estoy arriba, ¿puedes hablar?»

He escondido el regalo debajo de la almohada y estoy esperando a que Céleste se lave.