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Cada tarde oía en el televisor que habían detenido a tal o cual ladrón, que un mahăr[43] había sido tiroteado o que habían descubierto un canal de contrabando. Chisináu era una cárcel abierta.
El papel de Malik era algo entre perro y chivo expiatorio.
No era siquiera un şestiorkă.[44] Para eso, en el mundo criminal, tenías que ser un ladrón, y él no lo era, aunque se vistiera y hablara como un delincuente.
Malik era el şestiorkă de Ella, su perro y su chivo, al que enviaba a hacer todo el trabajo sucio y al que recompensaba en la cama.
El pobre se pasaba todo el tiempo en la estación o en escondrijos, recibiendo y enviando paquetes sospechosos, o en strelci[45] con antiguos o futuros presidiarios.
Salía de casa por la mañana y volvía tarde por la noche, cansado, magullado o con las manos hinchadas y llenas de heridas, señal de que había pegado a alguien.
Nunca lo vi armado, pero tenía muchos castete. [46] También nosotras teníamos.
A Ella, a la de entonces, no sé cómo describirla.
He bloqueado algunas imágenes en mi mente, otras no podría borrarlas por mucho que quisiera.
Eran dos personas que habitaban el mismo cuerpo y salían en días distintos.
En las semanas en las que salía la joven con la que pasé la infancia, era sencillo.
Llamaba a la facultad, decía que estaba enferma y, durante varios días, no hacía nada.
Por la mañana nos despertábamos y tomábamos gogol-mogol que hacía Malik o crepes que hacía yo.
Luego pasábamos el día juntas. Yo leía, Ella se quedaba en su habitación hojeando revistas o maquillándose y desmaquillándose cien veces, rizándose el pelo o arreglando ropa, como en la infancia.
Aquella afición suya por coser y arreglar la ropa perdura hoy en día.
Sé por Fima que su casa está también ahora llena de cordones y de retales.
Cuando se cansaba de las tijeras y de los cosméticos, ponía la música tan alta que temblaban las paredes.
Entonces bailaba como una loca sobre la cama, en las escaleras, en la mesa de billar, y sus ojos de color violeta llenaban de nuevo el aire de un olor a malvas.
Por la noche, pedíamos pizzas o kebab y mandábamos a Malik a la ciudad a comprar la bebida; él regresaba con schnaps y licores, con coñac y Martini, nuestros favoritos, porque vino no tomaba nadie, es decir, nadie joven, y nosotros éramos jóvenes.
Los alineaba luego sobre la mesa de billar y hacía de camarero.
Se colocaba en el brazo una toalla o un par de calcetines o, una vez, cuando ya estaba borrachísimo, una cortina del salón, que arrancó con riel y todo, y nos preguntaba: «¿Qué desean tomar las damas?»
. Las damas deseaban de todo y bebían mucho, hasta que se encontraban mal e iban a vomitar a aquel baño asqueroso, dándose golpecitos en la espalda la una a la otra.
Por la noche, nos acostábamos los tres en la cama inmensa, fabricada a medida, por supuesto, en la que habría cabido una persona más.
Malik y yo nos arrojábamos en ella los primeros y nos moríamos de la risa con aquel estúpido montón de seda que hacía que nos resbaláramos por todas partes; luego, como en otros tiempos, veíamos películas toda la noche.
Ahora tenía todavía más cintas. Había llenado una pared entera, y no solo con películas, sino también con conciertos, programas, espectáculos de humor, dibujos animados.
Tenía una obsesión casi enfermiza por grabar todo lo que le había gustado; bueno, no Ella, Malik.
Además de todo lo que hacía, debía ocuparse también de eso.
Nos quedábamos dormidos abrazados, a mitad de alguna película, borrachos perdidos o muertos de cansancio.
Si sabía que al día siguiente tenía que levantarme para ir a la facultad, me arrastraba a mi habitación y los dejaba solos.
Otras veces, sin embargo, se marchaba Malik y nos dejaba a nosotras.
Había también días oscuros, cuando salía la otra joven que me hablaba solo para burlarse de mí o para enviarme en busca de algo.
«¿Qué más se cuece en tu mundo, Mila? ¿Qué dice la gente instruida? ¿Está al caer el apocalipsis o qué?»
o «Tráeme cigarros. Y no estaría de más que limpiaras un poco la casa, aquí no vivimos como donde Nina, no secamos las bragas en los radiadores».
Esos días miraba a Malik como si fuera un hueco en la pared o lo insultaba a la mínima ocasión, y si se cruzaba con él o se lo encontraba en el baño o en la cocina, lo golpeaba con saña y gritaba: «¡Lárgate, me das asco!» .
Cogía luego sus mensáfonos, se llevaba el teléfono tirando del cable y se encerraba en su habitación hasta la noche, cuando salía vestida como una puta y tan maquillada que prácticamente no la reconocía.
Pocas veces le pedía a Malik que la llevara en coche, pero si se lo pedía —con gestos, ni siquiera con palabras—, él saltaba como un muelle y lo hacía de inmediato.
La mayoría de las veces, sin embargo, salía sola y montaba en coches con los cristales tintados, sin matrícula, que venían hasta la puerta y en los que desaparecía como en un agujero.
Aunque solo se prostituía Ella, nosotros dos nos sentíamos igualmente sucios.
Él porque no hacía nada por evitarlo, yo porque incluso así, tan degradada, me daba envidia.
Le pregunté una vez a Malik adónde iba esas noches, qué hacía.
Luego me arrepentí, porque Malik se trastornó por completo y empezó a mentir de forma tan penosa que ni siquiera pude enfadarme con él.
Me dijo que Ella no hacía «nada de eso», que se ocupaba de cosas serias: organizaba reuniones, enviaba paquetes; era una persona de contacto, no una şalavă.
[47] Ella le mentía, o se mentía él solo, no lo sé.
Pero creo que su corazón sabía lo que pasaba.
Al principio, estaba más o menos claro. Teníamos cada uno una tarea.
Yo, aunque no hiciera nada concreto, estaba allí para reconciliarlos y para hacerles recordar.
Me sentía como una copa de cristal en un aparador tirado a la basura, una prueba de que nosotros habíamos vivido de otra manera, de que en otra época habíamos sido también gente decente.
A partir de un determinado momento, sin embargo, todo empezó a complicarse.
Malik, que tenía que ser nuestro sostén, volvía a casa cada vez más abatido, y yo veía que tenía miedo.
Instaló alrededor de la casa y en el primer piso un sistema de vigilancia con cámaras, y comenzó a llevar pistola.
Discutían todos los días y, cuando pillaba fragmentos de su conversación, entendía que él le pedía que lo dejara antes de que fuera demasiado tarde.
Se había vuelto peligroso, decía Malik: controles, gente nueva con la que él no quería ya trabajar porque no eran ladrones o contrabandistas, sino criminales.
«Matan, ¿me entiendes?», gritaba él. «¿Y qué propones?»
, respondía Ella, ausente, haciéndose la ausente, porque también Ella tenía miedo, se notaba.
«¿Vas a decirles tú lo que tienen que hacer?»
Yo, por supuesto, no podía meter baza, porque Malik me atacaba sin pensárselo dos veces: «No es asunto tuyo, tú dedícate a estudiar». Y entonces Ella se echaba a reír y decía: «Mira tú quién va a salvarnos, Mila. Corre a escribir una redacción». Felicidad, alegría. Suciedad, miedo. Así vivíamos.
La primavera trajo consigo unos acontecimientos tan violentos que prácticamente nos convirtió en conejos.
Malik «se cayó por descuido sobre una navaja»; su versión, claro.
Estuvo una temporada en el hospital, donde nosotras pagamos unos trescientos dólares para asegurarnos de que nadie llamara a la policía.
En aquel entonces, había que denunciar las heridas sospechosas: de pistola, de navaja, las violaciones.
Pero no si les «dabas las gracias» a los médicos como Dios manda.
Casi no dormíamos ya por las noches, nos temíamos que apareciera la policía para arrestarnos en cualquier momento, o que alguien lanzara una granada a la casa.
Lo segundo era lo más probable. Desde hacía una semana, habían empezado a llegar toda clase de desconocidos que, evidentemente, huían de la ley.
Por fortuna no hacían ruido. Eran fugitivos, no tenían ningún interés en hacer ruido.
Recuerdo a uno que se encerró en la sauna y durmió sin moverse un día y una noche; luego se marchó sin decir una palabra.
Otros dos subieron al tercer piso y registraron cada habitación, cada rincón, para ver si efectivamente no había nadie en casa, como les había asegurado yo.
Estuve a punto de mearme encima cuando los vi revolviendo las camas.
El joven me preguntó en ruso cómo me llamaba, pero el otro le hizo un gesto para que callara y oí cómo le susurraba que era la mujer del чёрт.
[48] Pensaban que yo era Ella. Me preguntaron si había comida en la casa.
Les di salchichón y les freí diez huevos, me dieron las gracias respetuosamente y me dijeron que podía acostarme tranquila, que ellos vigilarían la casa.
Aquellas semanas, Malik estaba sombrío, y las noches de Ella se habían vuelto más largas y más frecuentes.
A veces desaparecía incluso dos días, y cuando regresaba, en un estado deplorable, no dejaba que la tocáramos.
La vi en algunas ocasiones quemar la ropa que había llevado, y entonces se dedicaba solo a ver Ну, погоди!
.[49] Le preguntaba si quería que viera los dibujos animados con Ella, si quería que le preparara crepes, pero no quería nada.
Me lanzaba una mirada vacía en la que se leía la desesperación.
En aquella época solo podía imaginarme lo que estaba ocurriendo.
Al cabo de los años, descubrí que era incluso peor.
Cuando Ella no estaba, Malik y yo empezamos a dormir juntos de nuevo.
Al principio, solo en mi habitación, con cuidado de borrar toda huella de complicidad, como unos adolescentes, pero eso no duró mucho.
Un día nos pilló desprevenidos. Estábamos desnudos, restregándonos, no podíamos fingir que estuviéramos haciendo otra cosa.
Lo que más me sorprendió fue que no nos reprochó nada, y Malik no volvió a sentirse culpable por engañarla precisamente conmigo.
A partir de entonces, no nos tomábamos la molestia de escondernos.
Hacíamos el amor en su cama, luego nos quedábamos viendo películas, bebiendo, comiendo, y si regresaba pronto, Ella venía y se acostaba con nosotros.
A veces besaba a Malik. A veces me daba la impresión de que quería besarme a mí, o a los dos.
Nada parecía ya vergonzoso o incorrecto.