12 #2
«Mila, hay un perro», me escribió Malik un domingo, como si no hubiera ocurrido nada, como si nuestra última pelea no hubiera sido la quema de todos los puentes del pasado y del futuro.
En un segundo, me enfurecí a morir. Su cara de niño, los ojos siempre culpables, todo ello cristalizó en aquellas cuatro palabras que solo yo comprendía y que querían decir que Malik tenía un perro para mí.
Mila, hay un perro. Mila, tengo un perro. Mila, ven.
«Vete a tomar por culo, Malik», le respondí en un mensaje mientras empezaba a vestirme con la otra mano.
Sabía que antes del anochecer llegaría donde él, donde ese hombre balbuceante que se reía inclinando la cabeza de cualquier chiste sobre periquitos, gatos, cocodrilos, monos; donde mi querido Malik, que me había conseguido un perro.
Vino a buscarme en moto a la estación. Llevaba su chaqueta buena, es decir, la chaqueta de cuero que había traído de Moscú, de sus años de degeneración.
El perro estaba dentro, pegado a su pecho.
Le había sacado la cabeza por el cuello de la chaqueta y le metía rodajas de salchichón en la boca.
«Sube también tú», me dijo riendo, y eso hice, y así arrancamos: un hombre, un perro y una mujer que los abrazaba por detrás, recorriendo las calles de Lyon en moto a toda velocidad.
«¡Sabía que vendrías!», me gritó, contento, cuando arrancó la moto, y mis manos encontraron a Donna y le acariciaron la barriga, la cola, el lomito, porque así iba a llamarse el perro, Donna, y así quedaría ese día para siempre en mi memoria, limpio y cálido como la barriga de un bebé.
Aquella noche no hicimos nada, ni siquiera lo que solíamos hacer cuando nos emborrachábamos como cubas.
«Ahora que tengo un perro, ya no te necesito», le dije en broma.
Estaba muy muy borracha, tumbada en el suelo del baño con Donna sobre mí, y él fumaba en la ventana con los ojos cerrados.
Nos habíamos tomado dos botellas de coñac y una de licor, algunas cervezas, me duraba también el vino de la noche anterior, estaba hecha un verdadero trapo.
Esperaba que dijera algo, que riera, que protestara, que soltara alguna bobada.
Que replicara al menos «¿cómo que no me necesitas?»
, «¿nada de nada?», que dijera cualquier cosa.
Y la dijo. Algo que no me esperaba entonces, pero que había intuido siempre. «Mila, hay un chico.»
En su rostro se leían la culpa y la desesperación.
Me dijo que nunca había sido feliz, y que, después de marcharse de casa, de nuestro patio, no supo cómo seguir viviendo.
Francia, Ella, Lenuţa. Todos aquellos trabajos sin sentido, con los que ganaba un dinero que no necesitaba para comprar una vida que no le satisfacía.
Se despertó un día sin aire y sin dirección, sin recuerdos y con el corazón agujereado, como un caracol que un niño recoge en un bosque y arroja luego en un patio de hormigón.
Y aquel chico le recordó todo, la vida, nuestras noches.
Era tontorrón y desobediente, y repetía las palabras como hacía también él de niño.
Iba a bailar al patio del almacén, al ritmo de una melodía que solo él conocía, y Malik lo miraba desde el tejado.
«Perdóname, Mila», me dijo, con tanta tristeza que no supe qué responder, no supe qué responder. Era demasiado incluso para mí.
Al día siguiente casi no hablamos. Sorbimos dos huevos crudos cada uno y tomamos una aspirina, metí a Donna en una mochila vieja, con un trozo de salchichón para el viaje, y me fui andando a la estación.
Me propuso que me quedara con él un día más, me pidió «que habláramos», pero no me quedé.
Me moría por llegar a casa, comprarle a Donna una cesta, un hueso, un cepillo para el pelo.
Le dije que el martes tenía una entrevista de trabajo, algo que no era exactamente mentira, pero tampoco verdad, porque sabía que no me saldría nada.
«Búscate tú también algo que hacer —le solté al despedirme—, nos vemos dentro de un mes.»
Tenía que venir al cumpleaños de Lenuţa, que aquel año cumplía una cifra redonda y nos había invitado a todos a comer alitas en el centro.
Ni la muerte de mi madre ni la degradación de mi padre, ni siquiera la relación con Anatol, me transformaron tanto como aquel año que pasé en Zavodskaia.
[41] En mi juventud, me resultó liberador.
Hoy, en cambio, entiendo que entonces comenzó, en realidad, el final.
Año cero, como nos enseñó Raphael en las reuniones, a partir del cual la debilidad deja de ser debilidad y se convierte en la fuerza que te arrastra.
En Zavodskaia me convertí en lo que soy ahora, una criatura del revés, eviscerada de todo deseo propio, capaz de sentir tan solo lo que ha pasado antes a través de los demás.
La casa en la que vivían los dos desde hacía un año pertenecía a un ladrón.
No exactamente a un «ladrón de verdad», porque de algo así no habríamos salido vivos, pero sí a alguien lo bastante importante como para dar miedo.
No les pregunté cómo habían acabado haciendo lo que hacían, aunque, viendo a Serj y a los demás, no era difícil de adivinar.
Solo al cabo de muchos años me confesó Malik que Ella se había hecho amante de un tipo que, después de llevar a cabo dos robos a mano armada, había huido del país y seguía utilizándola para lo que hiciera falta.
«¿Tú crees que yo necesitaba dinero, coche, todo eso?»
, me preguntó él un par de meses antes de morir.
«Tampoco Ella lo necesitaba, pero no sabía cómo escapar. Le daba miedo que la matara, o algo todavía peor.»
Esas palabras de Malik —«o algo todavía peor»— se me quedaron clavadas en la mente como la peor conjugación de los tiempos más oscuros.
Peor que peor vivimos nosotros entonces.
Malik me dijo también otra cosa. Él estaba en contra de que me fuera a vivir con ellos, pero Ella le había dicho que, si no me llevaba, ya estaba largándose él.
No creo que Malik me mintiera. ¿Qué sentido habría tenido después de tantos años?
Hacia el final, hablaba todo el tiempo de pecados, de errores y reparación.
Se acordaba de cosas que había hecho en la infancia y me tenía al teléfono horas muertas para explicarme que esa no había sido su intención, que había pronunciado aquellas palabras cuando estaba nervioso, y que, si me había ofendido, me pedía perdón.
Así pues, su visita a mi casa, la idea de salvarme de la pobreza, de tenderme la mano, había sido una mascarada.
En realidad, Malik temía perderla a Ella y Ella quería pringarme a mí también.
La casa tenía tres pisos y solo se podía llegar en coche.
Creo que esa era precisamente la idea: que no llegara cualquiera.
Se veía que los propietarios tenían mucho dinero cuando empezaron a construirla y se lanzaron con materiales caros, pero cuando el dinero se acabó, se vieron obligados a rematarla como pudieron.
La fachada ni siquiera tenía ventanas, y, en lugar de puerta de entrada, Malik había colgado dos mantas con unos clavos.
Nosotros tres entrábamos por la parte de atrás, que era más o menos habitable, aunque todo lo que contenía te hacía pensar más bien en un búnker.
Poca luz, una gran mesa de billar en medio del salón, dos sofás de piel desgastados y algunas butacas hundidas.
Junto a la cocina había un baño con azulejos de lujo, pero sin ducha, y con una taza tan sucia que a veces pensaba que se habían aliviado en ella todos los delincuentes de los alrededores.
Había también una sauna, que, por supuesto, no funcionaba, aunque olía muy bien a madera.
Vivíamos en el tercer piso, que Ella había arreglado.
Oficialmente, compartía con Malik una habitación y una cama, pero discutían tan a menudo que casi la mitad del tiempo Malik dormía en el sofá desgastado.
Cuando entré por primera vez en su habitación, me bloqueé.
No creo haber visto en mi vida nada más kitsch y, al mismo tiempo, más orgánico, que se adaptara tan bien a una persona.
La conocía desde pequeña, pero a Ella, la de verdad, la conocí solo allí, en aquella habitación que llamaba, y no en broma, budoar.
[42] Me habló largo y tendido sobre cada objeto.
Tenía un cuadernito amarillo lleno de números de teléfono: vendedores, artesanos, especuladores.
El nombre, el precio, la dirección…, por si necesitaba algo en otra ocasión.
La mayoría de los objetos estaban fabricados a medida según sus diseños, según fotografías o imágenes de películas.
Había cubierto las paredes con papel dorado, y en la cama había puesto sábanas de seda negra, como había visto en El padrino.
Su mayor orgullo, sin embargo, era otra cosa.
Ni los papeles ni la lencería, ni siquiera la pantalla de la lámpara de terciopelo rayado que Malik había montado con gran esfuerzo justo en medio del techo, sino una mesita de tocador.
Rosa, enmarcada por cien bombillitas que brillaban en todos los colores y que, en la oscuridad, hacían que te sintieras en un Luna Park.
Mi habitación estaba junto a la suya. Grande y completamente vacía, pintada de blanco.
Tenía solo una ventana y dos bombillas que salían de una pared a la altura de la cama.
Seguramente ese iba a ser el dormitorio.
Malik se disculpó porque no sabía qué cama comprarme y había esperado para que fuéramos juntos a la tienda.
«Compraremos lo que quieras además de la cama», añadió, atento, mirándola de reojo, lo cual me dio a entender que no era él quien se ocupaba de las finanzas.
En fin, no era nada lujoso, pero estaba limpio y era mío.
Mejor que separada de Nina y de mi padre por un trapo.
Desconocía a qué se dedicaban exactamente, pero les eché una mano en varias ocasiones.
Una vez empaqueté fruta toda la noche, creo que más de cien cajas, en las que ellos habían escondido algo.
Al día siguiente, Malik las cargó en un camión.
Otra vez hice lo mismo con paquetes de trigo triturado, con juguetes para niños, con edredones.
Recuerdo que Ella vino una tarde con cuatro edredones ya descosidos, en los que metió saquitos de polvo blanco y luego los cosió a mano.
Drogas, divisas, no creo que les confiaran armas.
En todo lo que preparábamos pegábamos la etiqueta «donación de la Fundación no sé qué», y lo enviábamos a Rusia.
Ella lo sabía todo, Malik sabía solo la mitad y yo solo me lo imaginaba.