12
Me gusta venir aquí, sobre todo en otoño, cuando brotan los crisantemos y las dalias, los gladiolos y los ásteres.
Entonces me parece verlos juntos entre las tumbas, silbando o arrancando malas hierbas, o un poco más allá, junto a las criptas, clareando el jazmín, que se ha extendido demasiado.
«Mila, si supieras lo banales que son tus preocupaciones… —me parece oír a mi padre—, lo que vosotros llamáis vida aquí no llega a un segundo.»
Aunando fuerzas, conseguimos mantener la tumba de Malik.
Lenuţa viene poco, pero tampoco le pido más.
De todas nosotras, ella fue la que mejor lo amó hasta el final, con un amor puro y desinteresado.
En otra época, cuando me dijo que se iban a casar, no podía soportarla.
Sufrí mucho ese verano, cuando se fue a vivir con él a la caseta de Villeneuve-Saint-Georges, donde había vivido también yo una temporada.
Durante un mes esperé que él me enviara siquiera una señal.
Ya no había gran cosa entre nosotros, pero tampoco es que no hubiera nada.
Sin embargo, él no llamó, no escribió, ni siquiera mandó recuerdos, como hacía muchas veces cuando no sabía qué decir: llamaba a una de nosotras y nos mandaba recuerdos a todas.
Fui a verlo para decirle que me daba asco, que ni el hombre más macho —y él no lo era— se habría acostado, una tras otra, con todas sus amigas.
Lo encontré fuera, en chancletas y con los pantalones arremangados.
Estaba lavando trapos en una palangana. «¿Ya has pasado a la tercera?»
, le pregunté, desesperada. No tanto por amor cuanto por la incapacidad de compartir aquello con nadie más.
«¿Qué quieres, probarnos a todas?» Luego vi a Lenuţa, con un pañuelo en la cabeza y el pecho vendado, y nos echamos a llorar las dos.
«Júrame que no se lo contarás a nadie», me pidió ella.
«Si se enteran, perderé todas las clases.»
Nos pusimos muy contentas cuando Antoine nos ayudó a encontrar un lugar en el cementerio de Courbevoie y nos dio mil euros para el entierro.
No gastamos mucho: un ataúd barato, una chaqueta con una tara en la espalda, una misa con un cura joven.
Las chicas se tomaron medio día libre, y por la tarde fuimos todas a una terraza y comimos alitas.
«Aquí le haremos compañía por turnos», dijo Fima después de que se marchara el cura y nos quedáramos nosotras cuatro junto a la tumba.
Lenuţa, que esa semana había salido de nuevo de la quimioterapia, acarició la tierra con la mano y susurró: «No tengas miedo, Malichka, tu mami te espera».
Yo no dije nada, pero Ella se quebró y dijo que teníamos que mandarlo a casa, a Moldavia, para que estuviera con los suyos.
Sentí vergüenza ajena. Menos mal que estaba Fima, que la puso en su sitio y le soltó que de ahora en adelante era nuestro muerto, que en su país no lo necesitaba nadie, que tal vez la situación hubiese sido otra si su madre no hubiera perdido el apartamento, pero así, sin nada que heredar,
Malik se había convertido en el muerto del camino.
«De todas formas, tú no lo necesitaste nunca, así que ya puedes largarte», le soltó al final.
Acabaron mal, no se hablaron durante mucho tiempo.
Pero el tiempo y el dinero las reconciliaron.
Malik no está, pero está Lenuţa. Unas veces peor, otras mejor, pero está.
De vez en cuando, reaparece el cáncer, y entonces la vemos solo en el teléfono.
La mujer del pope la lleva y la trae de la quimioterapia, le da de comer, la asea, está con ella día y noche.
A Fima y a mí no nos deja ir a verla, para que no «la despistemos de la recuperación».
Luego se pone bien y, por enésima vez, a los médicos les parece un milagro.
Siempre que encuentro flores en la tumba de Malik, sé que ha estado Lenuţa un martes, cuando tiene tres horas de descanso; de vuelta a casa, se apea cuatro paradas antes en su línea de metro, cinco minutos más andando y ya está.
Rosas, como a él le gustaban. Hoy parecía querer venir también ella, pero la he disuadido.
Esperaremos a que se recupere también Fima, y entonces lo celebraremos todas.
Malik murió en Lyon la noche del 14 de julio, como siempre había querido.
Cuando éramos niños, en nuestro patio falleció un vecino y coincidió que era 9 de mayo.
[39] En las calles reinaba el jolgorio. Desfiles, encuentros de veteranos: la ciudad celebraba la victoria.
Así que Iura, que hasta entonces había sido un don nadie, se convirtió de golpe en un muerto popular.
Los vecinos sacaron mesas a la calle y las llenaron de comida, alguien trajo una armónica, todos gritaban: «Za pobedu, za mai!»
.[40] «¡Y también por Iura!», añadía su mujer.
Antes de que cayera la noche, Iura era Iuri Andreevich, un héroe.
Nadie celebraba ya la victoria, todos celebraban a Iura.
A Malik se le quedó grabado ese día, y una vez me dijo que a él también le gustaría morir un día de fiesta. Para no morir solo, en una palabra.
El chico que lo vio caer del tejado declaró más adelante que había sido un accidente de verdad.
«Vraiment-vraiment», escribió en su declaración, confiando quizá en acabar cuanto antes y recuperar el móvil con el que, por casualidad, lo había filmado todo.
Pero su madre empezó a pegarle ya en el patio de la Policía, por arrimarse a cualquier pordiosero, y su teléfono quedó confiscado como prueba durante un periodo indeterminado.
La Policía decidió que no había sido un asesinato, que ni siquiera había sido un suicidio.
De la grabación se concluía que el fallecido había subido al tejado del almacén en el que trabajaba para admirar los fuegos artificiales; se acercó demasiado al borde, era de noche, estaba bailando y se cayó. «Vive la France… Se oye claramente, señora. Un hombre disfrutando de la vida.»
El policía parecía aliviado por el hecho de que yo hubiera acudido tan rápido desde París y de que hubiera aceptado ser la hermana del difunto, «así todos podremos irnos de vacaciones, seguir con nuestra vida».
En un arrebato de bondad, me prometió un traslado gratuito al aeropuerto si me marchaba antes del jueves.
Le di las gracias, y él me ofreció café, agua, un cigarrillo y, después de firmar, llevarme a la morgue en su coche.
«¿Estaba bailando solo?», le pregunté de repente, ya lista para partir y procurando parecer amistosa por lo menos al final.
En el fondo, era un hombre decente. Un hombre con un cargo que solo estaba intentando simplificar las cosas para los dos, para que pudiéramos irnos de vacaciones y seguir con nuestra vida.
Mi voz, sin embargo, me traicionó, rompió la cadena, le saltó al cuello, y vi en su rostro que se había asustado.
¿Pensaría que yo iba a pedir una investigación adicional, aunque no tuviera derecho a ello?
Creería que era una tonta que, por más que se le haya explicado todo, sigue sin entenderlo bien y pregunta, pregunta, pregunta.
«Era un vigilante, señora», me respondió secamente.
«Si no le importa, la llevo a la morgue ahora mismo.»
Cuando le conté a Fima toda la historia —que había firmado un solo documento por un hombre muerto y exactamente tres por rescindir el contrato de alquiler; que la vieja en cuya casa vivía había sacado ya todas sus pertenencias a la calle, incluso su ropa, incluso la cartera con los fantice,
y que el forense me había entregado su reloj a través de una ventanilla, sin dejar de comerse un yogur—, Fima dijo que tenía que ser una señal.
El hecho de que la última persona que vio a nuestro Malik con vida repitiera las palabras tenía que ser una señal.
Sin embargo, algo me había molestado, aunque solo en el tren comprendí qué era, cuando, enfadada porque Ella no me respondía al teléfono, me eché a llorar.
Me molestaba que no se hubiera dignado a mover el culo para ir a ver al muchacho con el que había compartido el pan, al que había amado y con el que había pensado incluso tener un hijo.
Que todo hubiera sucedido tan rápido y con tanta facilidad.
Pero, sobre todo, aquel «claramente» de la estúpida conclusión de la Policía, una palabra como un escupitajo en la cara, bajo la cual el cuerpo destrozado de mi mejor amigo, de mi primer hombre, de la persona Mark Lipski, llamado Malik, había sido enterrado como una caca de perro.
Durante un tiempo me pregunté si había actuado bien, si había hecho lo que tenía que hacer, si no me había vendido barata a un policía francés que me había pillado desprevenida y que se había llevado, probablemente, una gratificación.
Unas cosas encajaban, otras no, pero Malik había muerto y estaba muerto.
¿Qué importaba si se había caído o si lo habían empujado?
¿Qué podía hacer una mujer como yo, inmigrante y pobre, en un país extranjero?
Solo una tarde, cuando habían pasado ya tres meses y yo seguía sin encontrar sosiego, Haim, consciente de cuánto sufría, me hizo una pregunta que me obligó a ver las cosas de otra manera.
«¿Sabes tú algo que no sepan los demás?»
, me preguntó. Sí. Sabía algo que no sabía nadie.
Yo vivía en casa del Cerdo por aquel entonces.
Marta tenía seis años y mi papel en su familia ya no estaba claro.
Cocinaba, planchaba, limpiaba, pero en mi fuero interno confiaba en encontrar un trabajo de verdad, como aquel de la AFP, e irme de aquella casa.
Notaba que querían que me marchara. Había criado a su hija.
Había conocido a un montón de las amigas ricas de Ella.
Cuando venían a verla, yo les servía la mesa.
Me pedía que se lo llevara todo en una bandeja y nunca me llamaba para que me sentara con ellas.
Cuando nos quedábamos las dos solas, me decía que su nivel de francés era demasiado avanzado para mí, pero yo sabía que, en realidad, quería aparentar que tenía criada.
Mi presencia la incomodaba también por otro motivo.
Delante de mí, no podía fingir a sus anchas, y Ella fingía siempre.
Entre semana, vivía con ellos —de todas formas, tenía que llevar y traer a Marta de la guardería—, pero los fines de semana procuraba alejarme de su mirada, y por lo general iba a Lyon, a ver a Malik.
Él se había desencantado definitivamente de París y había regresado al punto de partida, solo que ya no trabajaba en una obra, sino en un almacén.