Cuando seas feliz, golpea tú primero 11
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El año en el que yo me licencié, mi padre se quedó sin trabajo.

Solo entonces me enteré, gracias a Nina, de que sabía desde la primavera que iban a despedirlo, y así consiguió salvar al menos sus flores.

Tenía en el despacho más de cien plantas que había cultivado a partir de hojitas y raíces, de injertos y plantones, todo ello encontrado, pero sobre todo robado, en sus viajes a lo largo de la vida.

«Mila, para que una planta agarre, tienes que robarla. Te diriges al dueño y le dices: “Mire, tengo que robarle esta planta”. Si andas con dinero y esas tonterías, las flores lo notan y se marchitan.»

Eso me enseñó a hacer a mí también, solo que yo no he tenido su mano y no he cultivado nada en mí ni junto a mí.

Mi padre prefería las plantas a las personas, pero también ellas se portaron mejor con él o, al menos, más a su gusto.

No hubo en el mundo nada verde que él regara y que no prendiera en su corazón, alegrándolo como a un niño.

Mientras que yo, su único plantón humano, me alejé de él y dejé que se marchitara de pena.

Me cuesta pensar en sus últimos días en la Casa de la Prensa, en la que consumió la mitad de su vida.

Cómo elegía una planta —una violeta, una azucena, un jacinto—, cómo acariciaba sus hojas y la llevaba luego en brazos por todos los despachos, intentando encontrar a una mujer honrada que quisiera robarle una flor.

Una flor bonita, una flor rara, una flor ya crecida, como una niñita. Una Miluţa.

No le contó a nadie lo que sufrió ese verano, pero que lo apartaran de la redacción, su-redacción-hogar, su-redacción-iglesia, cuando le quedaban todavía varios años para jubilarse, lo destrozó.

Alguien me comentó más adelante que marcharse fue decisión suya, que podría haberse quedado, como hicieron otros, y besarles el culo a los políticos que habían comprado la revista, pero él no quiso.

«Prefiero dejarlo mientras tenga la boca limpia», debió de decir entonces, pero quién sabe cómo ocurrió todo; yo no lo sé.

De una cosa, sin embargo, estoy completamente convencida.

Sabía, seguro que sabía, que a su edad no se trataba ya de un alto en el camino.

Había llegado a la konecinaia[34] y ni siquiera esperaron a que se apeara: le dieron una patada en marcha, como a un saco de basura.

Yo no me enteré de nada hasta el último momento.

Estaba tan ocupada con los exámenes, con la tesina, con mi añoranza por ellos, que ni siquiera me di cuenta de que mi padre había envejecido diez años en una semana.

La única vez que me paré a preguntarle por qué tenía los ojos rojos, si había llorado —¿él, al que no había visto llorar ni en el funeral de mi madre?

—, me dijo que era por la pelusa de los álamos, que estaba por todas partes y había engullido la ciudad entera.

El hecho de que lo sustituyeran de inmediato unos mediocres fue para mí un primer aviso.

Comparados con su experiencia de toda una vida, los cinco años de francés superficial que cursé yo y un título con buenas notas no eran demasiado prometedores.

Es cierto que había sido una alumna sobresaliente, la primera de mi promoción, redactora de la revista, pero, fuera de las aulas, las notas no tenían ya el mismo valor.

Contaban mucho más los contactos, que yo, por supuesto, no tenía.

Algunas de mis compañeras encontraron trabajo inmediatamente en las empresas de sus padres o, gracias a sus conocidos, en ministerios y en organizaciones no gubernamentales.

Las ONG eran prácticamente los únicos lugares donde se cobraba un salario.

A los empleados de las fábricas y de los talleres les pagaban con lo que producían, y los funcionarios esperaban continuamente los sueldos vencidos.

«Una lengua no es una profesión. ¿Qué más sabe aparte de “francés”?»

, me preguntó en una entrevista la jefa del departamento de comunicación de una ONG que se ocupaba de los niños de la calle.

En realidad, yo no pintaba nada allí, habían aceptado mi CV porque había incluido mi experiencia como redactora jefe del periódico universitario para justificar la condición de mánager.

La mujer parecía simpática, sin aires de superioridad ni prejuicios, aunque, por su forma de vestir y de hablar conmigo, estaba claro que se había alejado hacía mucho de la vida real.

Me dijo sin rodeos que no era una candidata adecuada para el puesto; sin embargo, al despedirse me dio un buen consejo y yo lo seguí.

Estábamos comiendo pescado frito con alioli, su comida favorita, cuando sonó el timbre de la puerta. Nina se sobresaltó y se santiguó.

—No abras —dijo—, a estas horas solo hay locos por la calle.

Era casi medianoche, pero últimamente nos acostábamos tarde, a veces incluso hacia el amanecer.

Había seguido el consejo de la de la ONG y me había matriculado en un máster.

De día asistía a las clases, y por las noches traducía.

Mi padre me ayudaba como podía, o al menos traducía por solidaridad conmigo algunos fragmentos del francés al rumano.

No sabía mucho francés, pero sus traducciones eran maravillosas, incluso mejores que las mías.

«El traductor tiene que conocer la lengua a la que traduce, no aquella de la que traduce. A un francés le da igual si yo llamo queso al requesón o compota a la jalea, pero mi lector sabe.»

En el rellano se oyó primero un alboroto, luego ruido de cristales rotos. Teníamos preparada una bolsa grande de botellas para llevarlas al centro de recogida al día siguiente.

—Dios mío, estará todo lleno de sangre —dijo Nina, y saltó rápidamente de la silla.

A mí me flaquearon las piernas. Empecé a temblar y a corretear por la habitación en busca de un sitio donde esconderme.

No sabía qué hacer primero: cambiarme de ropa, arreglarme el pelo o pasarme una toalla húmeda por los sobacos, porque ese día me había dado pereza ducharme y sabía que olía a sudor.

Habría reconocido aquellas voces en cualquier sitio.

—Mila, mira quién ha venido a verte —oí que decía mi padre al otro lado de la puerta—. ¿Dónde estás, Mila? ¿Te has escapado?

Me había escapado, sí, pero no tan lejos como habría deseado.

En aquel instante quería desaparecer de la faz de la Tierra.

Me había imaginado ese encuentro mil veces, lo había vivido en mi cabeza de mil maneras, y también mil veces había repetido cada palabra que les diría para que creyeran que me iba bien, que estaba bien sin ellos.

Les hablaría, en primer lugar, sobre el máster.

Luego les contaría lo de las traducciones, que traduzco para extranjeros y me pagan en divisas.

Pagar pagar, a decir verdad, todavía no me había pagado nadie, aunque me lo habían prometido.

Pero no tenía tiempo. Me enjuagué la salsa de ajo de la boca con algo de leche y salí de la cocina como un topo escaldado.

Malik fue el primero en acercarse a abrazarme.

Había engordado, le sentaba bien. Se le habían quitado los granos de la cara y, para mi sorpresa, le favorecía aquel corte a lo bandido: le realzaba los ojos y la frente.

Parecía, por fin, un hombre. No podía creer que fuera él, mi Malik, ese que había llevado el pelo largo toda la vida y bezrukăvci[35] tejidos por Dina Andreevna con los restos de lana de sus jerséis.

—¡Milcaaa! —gritó—. ¡Ven aquí, padrujka![36]

Nunca había vuelto a hablarme así, y cuando se pegó a mí, cuando sentí en mi pecho su pecho nuevo, endurecido, sin las costillas entre las que tantas veces me había acurrucado, comprendí que ni una pizca de Malik era mía, si es que lo había sido alguna vez.

Ella estaba detrás, y la vi mirar con desdén a su alrededor.

Nuestro apartamento nunca había parecido más miserable.

Nina había puesto a secar en los radiadores todos sus calzones de invierno y unas medias agujereadas, y en el alféizar, en unos diez frascos de crema vacíos, mi padre había plantado cebollas.

Cada mañana, cuando se levantaba, hablaba con sus cebollas y les pedía que brotaran, que florecieran y que nos protegieran de los resfriados a los tres.

Además, al comienzo del invierno había reventado una tubería de la cocina y, hasta que dimos con la fuga, hasta que llegó el equipo de reparaciones —unos alcohólicos de la JEK—,[37] el agua caliente destrozó gran parte del parqué y abombó una pared.

Sin embargo, lo más penoso era el olor. Además del de pescado frito que llegaba desde la cocina, toda la casa olía a alcohol con alcanfor, a bálsamo Steluţa, a yodo, a cataplasmas de mostaza.

Pero no era nuestra pobreza lo que me avergonzaba entonces, no eran las camas viejas con los muelles rotos, que ya ni nos molestábamos en hacer durante el día, ni el televisor viejo con los botones pelados.

Yo me avergonzaba de otra cosa: de cómo había acabado mi padre.

Aquel hombre que había llevado toda la vida traje y corbata, que podía recitar de memoria páginas enteras de Eminescu, Baudelaire, Lorca, Esenin, que sabía leer en latín y griego y explicar la etimología de cualquier palabra rumana mejor que cualquier diccionario,

se había presentado ante ellos como un reo.

Yo no sabía qué hacer, cómo hablarles, cómo atenderlos a ellos, unos miserables, unos mentirosos que me habían abandonado y que no me habían llamado una sola vez en todo el año.

Odiaba a todos los presentes por igual. A Nina porque, después de diez años en la ciudad, seguía hablando como una pueblerina.

A mi padre porque no se había metido el orgullo por el culo y no había aceptado seguir trabajando en el periódico, donde habría ganado un sueldo como los demás.

A Malik porque me había traicionado, me había abandonado y había vuelto con Ella.

Pero la odiaba especialmente a Ella, por todo.

Llevaba un abrigo de piel hasta el suelo, un bodi de guipur y una minifalda de piel que no creo que midiera más de veinte centímetros.

Se había quitado las botas en la entrada, pero las vi luego, eran también de piel, por encima de las rodillas.

Estaba tan delgada que creo que habría cabido en uno de sus vestidos de niña.

Cuando me liberé de los brazos de Malik, me acerqué a Ella.

No quería parecer demasiado amistosa, porque confiaba en quedarme un momento a solas con ellos y echarles en cara que no me hubieran llamado.

Estaba convencida de que tendrían una historia sobre lo dura que era su vida en Moscú, que no tenían dinero ni para pan ni mucho menos para llamar por teléfono; pero, después de ver la ropa que llevaban, la cantidad de oro, cómo olían los dos a perfume caro,

a un perfume francés que yo olí una vez en una compañera rica, comprendí que me habían llamado no porque se encontraran en una situación difícil, sino porque estaban muy bien.

Para mi sorpresa, Ella se acercó a mí y me abrazó con fuerza contra su pecho. No la recordaba tan pegajosa.

—Ya le dije yo a zaia[38] que pasaría esto, que no viniéramos sin avisarte —me dijo tan despacio que me costó entender sus palabras.

Me dieron ganas de echarla. ¿A qué se refería con «esto», y desde cuándo tenían ellos que avisar antes de venir? Pero, sobre todo, eso de zaia. ¿Mi Malik su zaia?

—¡A la mesa, todo el mundo a la mesa! —gritó mi padre, contento, y vi a Nina traer de la cocina dos platitos, en los que había dividido en dos un trozo de pescado frito.

No esperaba invitados y no le hacía ninguna gracia compartir con dos bocas más un pescado comprado para nosotros con tanto esfuerzo.

Afortunadamente, ninguno de los dos quería comer.

Durante un rato solo habló mi padre con Malik.

Le preguntó si había conseguido ver la Galería Tretiakov e ir al Bolshói, si había «peregrinado» por los parques, donde crecían unos árboles maravillosos, y luego, por supuesto, si había estado en la Plaza Roja.

Intentó recordar una cafetería donde había estado de joven con unos escritores, pero no lo consiguió y le preguntó en cambio por los grandes almacenes Drujba, donde, en su época, los de Besarabia compraban libros en grafía latina y los traían aquí de contrabando.

Malik respondía a todo con vaguedades, o bien rehuyendo mi mirada, o bien mirándome con cara de culpable.

Luego, para cambiar de tema, fue a preguntarle algo sobre la redacción, pero yo conseguí darle una patada por debajo de la mesa y se calló a tiempo.

—¿Qué tal tus padres? ¿Cómo les va por allí? —le preguntó mi padre a Ella, pillándola desprevenida.

Habían pasado tres años desde que Roza y Gleb vendieron el apartamento de arriba y se trasladaron al campo, donde Roza había comenzado a cultivar flores en invernaderos, claveles y rosas.

Las flores se vendían muy bien entonces, y Roza, espabilada como era, había organizado enseguida una red de distribución.

Venía a menudo a nuestro patio para ver a sus antiguos vecinos; decía que estaban bien, pero que echaban de menos a su hija.

—Vida de pueblo —respondió Ella—: gallinas, cerdos, el retrete en el huerto.

—El pueblo tiene sus ventajas —empezó mi padre, apaciguador—: agua del pozo, aire, un viñedo. Mira, aquí tengo unas fotos que saqué en otoño, si queréis…

—¿Se puede abrir algo? —lo interrumpió Ella bruscamente, se levantó de la mesa y se dirigió a la ventana.

Mi padre, el pobre, se sintió avergonzado, pero no se le notó en la cara.

—¡Aire, claro, aire! Hace demasiado calor aquí —dijo con una premura fingida, y fue rápidamente tras Ella.

Nina saltó como un resorte porque tenía la calzas en el radiador y, con la excusa de subir las cortinas, retiró de un plumazo toda la porquería.

Aquella misma mañana habían sellado juntos las ventanas con masilla para el invierno, y habían discutido como fieras.

Ella quería dejar abierto al menos el tragaluz, para poder ventilar la habitación, pero él le había dicho que lo sellara también para que no hubiera corriente.

—Ya decía yo que había que dejar sin sellar al menos el tragaluz, para airear —dijo mi padre, y empezó a retirarlo todo mientras le gritaba a Nina que le trajera un cuchillo, porque la esponja estaba muy hundida en la grieta y no podía sacarla con los dedos.

Al ver que estaba a punto de echarme a llorar, Malik empezó a pedirle que lo dejara «todo como estaba», que ellos tenían que marcharse de todas formas y que comprendía, cómo no, todo aquel jaleo de sellar las ventanas. Cuando llegaba el frío, no era ninguna broma.

Cuando se marcharon, yo me quería morir.

Estuve toda la noche en la cama con los ojos abiertos y recordé cada año a partir de la muerte de mi madre para entender cómo, cuándo habíamos acabado nosotros así.

Ricos no habíamos sido nunca, pero tampoco habíamos conocido la pobreza hasta entonces.

Había crecido convencida de que, si estudias, si vas a la universidad y eres una persona íntegra, es imposible no salir adelante en la vida.

Entonces, ¿cómo era posible que, por sus convicciones, mi padre hubiera sido arrinconado, y otros, por lamer culos, hubieran construido palacios?

Pero, por encima de todo, necesitaba averiguar cómo habían llegado Ella y Malik a hacerse tan ricos en un año.