Cuando seas feliz, golpea tú primero 10 #3
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«A Cora le da miedo que con los años suba el nivel del Sena y perdáis la casa de Croissy», le digo, más que nada por trabar conversación.

«Es su casa —responde él secamente—, ¿a mí por qué va a darme miedo?»

Desde que ha envejecido, se hace el distinguido y se desentiende de la fortuna de Cora.

Él no necesita nada, la política es para los jóvenes, y la especulación, para los ricos de verdad, cosa que él no es.

Ahora se presenta como un simple jubilado que disfruta de la vida dans les limites.

En cierto sentido, lo entiendo. Si hubiera tenido hijos, habría sido diferente.

Tal vez habría esperado también con un nudo en la garganta un caballo de madera en el puente, aunque no lo creo.

Ni lo habría esperado ni habría venido el caballo.

Los hijos no te devuelven más de lo que les has dado.

Haim me dijo una vez que, después de la muerte de Marius, lo más duro fue asistir al cambio de Cora.

No queda nada de la mujer de la que se enamoró, nada de la criatura radiante con la que se casó, el alma de todas las fiestas.

Entonces se plantearon divorciarse, pero les pareció demasiado complicado y decidieron que era mejor separarse durante una temporada sin comentárselo a nadie.

De todas formas, ella pasaba casi todo el tiempo en Deauville, en casa de sus abuelos, donde el agua la sosegaba.

A él, en cambio, solo lo calmaba París. El estudio de arquitectura en el que trabajaba acababa de obtener unos contratos para La Défense, y se sumergió en el trabajo.

Era el momento de mostrar lo que podía hacer él solo, de dejar atrás por fin esa huella de la que tanto le había hablado.

«Los hombres sufren de otra forma», me había dicho Cora al contarme su versión de la historia.

No le hizo ningún reproche cuando descubrió que descargaba su dolor no solo en la obra, sino también en los brazos de empáticas ayudantes; pero cuando le pidió carte blanche, como había hecho también su padre en otra época, le pareció demasiado.

Le pidió que eligiera y él eligió la «estabilidad».

La costumbre de preguntar a la gente cuál es su miedo más profundo es una secuela de la terapia de grupo, y me sorprende la rapidez con que algunos responden a una pregunta, en principio, tan íntima.

A Lenuţa le dan miedo los hechizos y las tijeretas.

A Pranika, las palizas. A Aniuta, las bombas, y a Antoine, la encefalitis.

A Antoine no le da la cabeza ni para tener un miedo propio.

Un amigo suyo se fue a Kenia con la esperanza de encontrar un rumbo nuevo, pero encontró una encefalitis, y desde entonces a Antoine le da miedo la encefalitis.

Raphael, nuestro terapeuta, creía en aquello de superar los miedos a través del arte e incluía en nuestro programa toda clase de actividades con plastilina, acuarelas o diversos objetos sonoros.

«Ra-ta-ti-ner votre peur!»,[32] nos gritaba desde una escalerita, mirando todo el rato el reloj por el rabillo del ojo y siguiendo el ritmo con una cantimplora metálica, en la que llevaba cada mañana un litro de café.

«Ra-ta-ta, ra-ta-ta», a tomar por el culo los miedos, chicos, dejad las drogas, dejad la bebida, vagos miserables, «ra-ta-ta, ra-ta-ta», «ra-ta-ta», fracasados y saqueadores de ayudas, os mandaría a todos a vuestro país a trabajar.

Bueno, la segunda parte me la imaginaba yo, pero no creo que estuviera demasiado lejos de lo que Raphael pensaba de nosotros.

Éramos once y nos dividía en grupos de tres.

A veces, sin embargo, teníamos la suerte de estar solo dos, y entonces nos dejábamos de mentiras.

Claro que mentíamos, mentíamos todos por igual, mentíamos cada día.

A lo largo de mi vida no he conocido a nadie que reconozca sinceramente qué le da miedo.

Dices las alturas, pero estás pensando en Valerică, que saltó del octavo piso porque no aguantaba más las palizas de los gópnik.

[33] Dices la oscuridad y estás pensando en Lika, la muchacha a la que los chicos de la clase violaron y luego le metieron vidrios rotos por ahí.

Dices la soledad, pero estás pensando en ese año en que por la mañana querías a alguien más que a tu propia vida, pero por la tarde querías matarlo.

Inventábamos miedos a mansalva. Algunos decían que les daba miedo el teleférico, la calvicie, los submarinos.

Me costaba comprender la relación de todo eso con el alcohol y las drogas.

Otros se acordaban de sus padres o de los años de escuela.

Mi vecino habló durante medio mes sobre su perro, que había muerto de cáncer, pero, como balbuceaba y no hablaba bien francés, nosotros pensamos que hablaba de su novia, Lianne, no de la chienne. En fin, cosas así.

Yo hablé de la pobreza y sus derivados: la humillación, la frustración, la incertidumbre del día de mañana.

Como tenía que llenar el tiempo y me sobraban datos, tomando mi ejemplo como punto de partida, hablé de toda la migración de Moldavia, que, en mi humilde opinión, eso es lo que dije —«mi humilde opinión»—, fue la peor de todo el este de Europa.

Resumiendo, hablé mucho, sobrepasé el tiempo del resto del grupo y gesticulé como un molino, como hacían en otra época mis estudiantes, que sabían que era la pasión, no las ideas, la que les reportaba buenas notas.

De la terapia salía siempre con un deseo rabioso de emborracharme.